Cervantes y Quevedo, dos “locos” en el Siglo de Oro

Don Miguel de Cervantes y Saavedra y don Francisco de Quevedo y Villegas

 DAVID FELIPE ARRANZ

Las de Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo han sido presentadas por críticos y profesores como dos personalidades antagónicas. Sin embargo, no se entiende la obra del uno sin la del otro. Es cierto que sus carreras profesionales discurrieron por caminos opuestos, pero fue por cuna y oportunidad de contexto social, no por divergencias ideológicas. Cervantes representa el anhelo permanentemente frustrado del pretendiente de corte: nunca le abrieron las puertas. Quevedo simboliza el desengaño acerbo, cáustico y desapacible del cortesano que no necesitó ser pretendiente.

 

Ambos, “locos” a su manera –un romántico desengañado y un satírico extremo en un mundo que no los comprende–, quedaron defraudados de la vida social y política de la España del XVII. Ambos escritores nacieron el mismo mes, con 33 años de diferencia, en septiembre de 1547 y 1580. También ambos pertenecían a la baja nobleza, manchada con la sospecha de la ascendencia judía en el caso del linaje paterno de Cervantes. Ni la distancia biográfica, ni la cronológica impidieron su confluencia literaria a principios del siglo XVII, en la corte vallisoletana de Felipe III, cuando el joven Quevedo escribía El Buscón y el viejo Cervantes acababa El Quijote, en las Navidades de 1694. Fue la suya una confluencia generacional, que afectó a Góngora y a Lope, que también tuvieron edades muy distanciadas.

 

Una de las divergencias más acusadas entre el enfoque ideológico y literario de los dos genios estriba precisamente en el concepto de locura. El célebre Diccionario de Autoridades (1726-1739) definió loco como “el que ha perdido el juicio, carece de razón, y hace y dice disparates”. Sebastián de Covarrubias en el Tesoro de la lengua castellana o española (1611) da a esta voz varias etimologías, pero la más verosímil es “que se dijese loco del latino lucus, por contrario sentido, por tener oscurecido y ofuscado el entendimiento”. Cita así a Dioscórides: “curábanse antiguamente con las raíces del eléboro negro en Anticyra los locos y melancólicos. Por semejanza se llama el sujeto de poco juicio y asiento, disparatado e imprudente” y cita a Justiniano: “En el discurso de mi historia me verás no sólo parlona, sino loca, saltadora, brincadora, bailadora y gaitera”. Traslaticiamente se tomaba también por “fecundo, abundante y lozano –“año loco, cosecha loca”–. En cualquier caso, la locura era, en el Siglo de Oro, esa enfermedad que priva del juicio y embaraza el uso de la razón y también “disparate, desatino y necedad grande”, sentido que proviene del latín stultitia o fatuitas. Así, “hacer locuras”, es la frase con la que se pondera el exceso de una alegría o lo sumo de un pesar. En el vocablo “orate” introduce el citado Diccionario de Autoridades otro matiz: “la persona desbaratada, sin asiento ni juicio”. Por su parte, Covarrubias en el Tesoro… afirma que “el orate viene de la voz hora, porque tienen tiempos en que muestran su locura; pero no obstante se escribe sin “h”, como se hace comúnmente”; y cita precisamente un romance de Quevedo.

 

Febrero, que en los orates

del tiempo merece celda,

deja de ser loco un día

y de bellaco se precia.

 

La casa de orates era lo mismo que casa de locos. Y Quevedo utiliza la palabra en ese sentido en el Sueño de la Muerte: “Dejemos eso y dime, ¿hay muchos golosos de valimientos de los señores del mundo? -Enfermedad es –dije yo– esa de que todos los reinos son hospitales. Y él (el nigromántico) replicó: –Antes casas de orates, entendí yo–. […] ¿Quién reina agora en España?, que es la postrera curiosidad que he de saber, que me quiero volver a jigote, que me hallo mejor”. Palabras las de Quevedo que hoy cobran un especial sentido.

 

Cervantes pensaba que la relación entre la locura y la virtud era muy estrecha –su modelo es don Quijote, un “loco” virtuoso–, además de heroica –como la de Orlando Furioso– y que era necesario ese gramo de locura para distinguirse, pues no había que tener envidia “a los que padres y ‘agüelos’ tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista (es decir, se conquista), y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”. Quevedo en los Sueños desarrolla la alegoría de la Locura, acompañada de poetas, músicos, enamorados y valientes, “gente en todo agena de este día”, es decir, gente dispersa, distraída, alienada, orates que buscan la fama y la gloria. Es cierto que los locos de Cervantes también buscan fama y gloria a través de sus hazañas, pero en otro sentido, porque esos hechos son modelo de virtud.

 

Cuando muchos años después, lejos de las orillas del Pisuerga, estos dos “locos” a redropelo volvieron a encontrarse en Madrid, en el ambiente de las academias literarias, supieron reconocerse como los genios que eran. Hay suficientes alusiones en la obra de ambos que nos indican que sentían un profundo respeto y admiración, el que sólo pueden sentir dos “locos” maravillosos, fecundos y abundantes… como se decía en aquel tiempo

Plano de Madrid. Por Mancelli. 1633

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.