LO QUE TÚ DIGAS, LUIS LO QUE TÚ DIGAS

A veces la fantasía desborda tanta alegría que tiene toda la semejanza de ser la felicidad

Amada Loba.

Esta es una historia que vale la pena contar no porque sea mentira o verdad, sino por saber si realmente ocurrió, pues tengo mucho interés en saber si sucedió.

 

Tres eran tres, los tres amigos Luis, Pedro y Francés. El primero y el último vivían en Petrer, Pedro en un lugar próximo a Aldaia perdido entre los montes, que nunca conseguía explicar dónde, pero sabía ir.

 

Aquella mañana, como siempre que iba a Petrer, Pedro salía de su ignota morada a las 7 de la mañana con la pretensión de llegar sobre las 8, 45 y así ocurría, pues sobre las 8 y media ya estaba llamando a Luis para anunciarle que ya estaba viendo las almenas del castillo de Sax.

 

Eran las 9 de la mañana cuando estaban sentados en una de las muchas mesas colocadas en la calle dispuestos a zamparse una espléndida fuente de churros mojados en chocolate y amenizada con una agradable conversación entre Luis, Pedro y Linda, el amor de Luis, mientras esperaban a Francés, que no tardó mucho en aparecer siendo la primera en darle la bienvenida Curra, la pequeña y cariñosa perrita de Luis.

 

Tras los efusivos saludos, llegaron las preguntas:

– ¿Estás bien? – quiso saber Francés

– He estado mejor –  respondió Pedro.

– ¿Quizás el tanto madrugar y las horas en coche? – insistió Francés.

– No sé. Lo que si sé es lo que dijo aquel: “No por mucho tempranar amanece más madruga”.

– Querrás decir: “No por mucho madrugar amanece más temprano”.

– Pues eso – asintió Pedro.

– Hay que estar bien descansado, es un largo viaje el que vamos a emprender – intervino Luis – Tenemos que atravesar en toda su anchura la llanura de La Mancha y llegar hasta Mérida en Extremadura, y después empezar a subir por la antigua Vía Romana más conocida por La Ruta de la Plata hasta llegar a Astorga, que es donde acaba, y allí girar a la izquierda para emprender El Camino de Santiago hasta llegar a la ciudad del Apóstol, sin olvidar que antes o después, tenemos que pasar por Finisterre para ver si, como dicen, su atardecer es tan hermoso como el de Petrer.

– ¡¡Vaya!! ¡Y sin mirar el mapa! – casi exclamó Pedro – Ya sabes tanto, que solo nos queda por decir: Lo que tú digas Luis, lo que tú digas. ¿No es así, Francés?

– Lo suyo hubiera sido salir antes de romper el día – opinó Francés.

– Eso es lo que he hecho yo esta mañana para venir aquí.

– ¡Bah! ¿De qué te quejas Pedro, si estás hecho un chaval? – le dijo Francés al tiempo que le daba una palmada.

– ¡Un chaval! Los primeros dientes – respondió Pedro.

– A este paso, aún saldréis después de comer – espetó Linda sonriendo.

– ¡De eso nada! Tenemos que comer por esos lares donde acostumbraba hacerlo “el ingenioso hidalgo”. ¿Ya sabemos quien va conducir? – preguntó Luis mirando ora a Pedro, ora a Francés.

Tras un instante de mirarse en silencio, fue Francés quien habló primero:

– Para ser una mañana sin prisas, ya ha transcurrido bastante tiempo. Mi coche está ahí cerca y yo con ganas de pelearme con muchos kilómetros. Así es que pongámonos en marcha que “pa luego es tarde”.

La frase sonó a orden y todos se pusieron en pie. Tras el abrazo de despedida a Linda y el adiós envuelto en ladridos a Curra, emprendieron el camino hacia el coche de Francés.

 

Una vez en él, y yendo Luis de copiloto, encararon la carretera casi cantando, sin preocuparse hacia dónde iban deseando perderse en la distancia.

 

El salir de las tierras valencianas provocó uso entusiásticos gritos y la promesa de volver mucho más contentos de lo que salían. Ya el hambre acuciaba, solamente restaba encontrar el lugar donde poderla saciar.

 

El despertar resultó confuso. Ninguno recordaba el haber parado ni tampoco cuando quedaron dormidos. Ni siquiera recordaban el haber comido. Un clamor de ruidos golpeaba de continuo la carrocería del coche. Estaba lloviendo y había anochecido. Arrancaron el vehículo, dieron las luces y por más que lo intentaban, no lograban saber donde se hallaban. Pusieron en marcha el coche, la carretera ya no estaba, tampoco había camino; por donde rodaban se asemejaba a una vereda. Siguieron por ella aunque pronto dejó de ser recta, empezando a subir y a retorcerse en curvas cerradas que apenas lograban verlas.

– ¡Allí se ve una luz! – exclamó de repente Luis.

Observando el oscuro y lluvioso horizonte vieron un punto amarillo que aparecía y desaparecía según la sinuosidad del sendero. Cuando llegaron al punto, resultó ser una bombilla que, suspendida debajo de un plato, iluminaba una vieja pared medio derruida. Era una luz tan pobre, que apenas servía para alumbrar.

 

Al pasar por debajo de ella, los tres parecieron sentir un ligero cosquilleo en la piel al que apenas concedieron importancia por su brevedad. De pronto, como si de un milagro se tratara, la lluvia cesó y la oscuridad se transformó en entreclara, dándose cuenta que acababan de entrar en un pueblo.

 

Como conducían muy despacio pudieron leer lo que en la fachada ponía: Fonda.

 

Francés frenó sin preguntar opinión. Bajaron y cada uno agarró su ligero equipaje. Llegados a la puerta, todo estaba cerrado y a oscuras se escucharon unos maullidos de gatos ¿distintos que aumentados por el silencio sonaron como saludos.

 

– ¿Qué hacemos? – preguntó a sottovoce Pedro.

– ¿Qué vamos hacer? Llamar – respondió Luis.

Sin esperar más, Francés buscó un timbre que no encontró, pero si una aldaba de hierro con la que golpeó no demasiado fuerte pero que resonó en el eco de la noche, tanto, que a los maullidos de los gatos se unieron el ladrido de algunos perros, pero de la fonda nadie respondió.

 

Ya se disponía a aldabear de nuevo cuando sintieron un ruido detrás de la puerta y esta se abrió.

 

– Buenas noches señores. ¿Qué es lo que desean? – preguntó una voz cargada de sueño que iluminaba su rostro con un candil.

 

– ¡Buenas noches! – respondieron los tres casi a coro, para terminar preguntando Luis – Si es posible, dormir.

– Claro que sí. Entren si les place – dijo el hombre haciéndose a un lado para facilitarles la entrada.

Una vez todos dentro y cerrada la puerta, el hombre del candil se puso a andar delante de todos al tiempo que les decía:

– Síganme.

Los tres se miraron y sonriendo siguieron a aquella extraña figura vestida con una larga bata blanca y sobre la cabeza una especie de boina con una bola, creando una semi penumbra en movimiento provocada por el candil que en el brazo en alto llevaba.

Y así se vieron subiendo una basta escalera que parecía estar hecha de yeso y madera que los llevó a un piso en el que, tras dar unos pasos, entraron en un recinto en el que una vez encendidas las velas, alumbraron una amplia habitación en la que habían tres camas con dosel en las que se adivinaban unos gruesos cochones rellenos de lana. No quisieron preguntar por qué no había luz, ya lo harían mañana. En este momento solo pensaban en dormir.

 

 

Un rayo de sol que le daba justo en la cara, despertó a Pedro. Se levantó y fue hacia la ventana. Sintió la sensación que soñaba ante lo que contemplaba, entre otras cosas por que no veía ningún coche, ni en movimientos ni aparcados; y ya había jaleo en las calles.

 

Dio media vuelta y se fijó en los dos que estaban dormidos. No los quiso despertar, pero tampoco evitó hacer ruidos. Se dirigió    a la palancana que frente a él estaba. La jarra tenía agua, llenó la zafa, se lavó la cara, se afeitó, e iba a terminar de vestirse cuando se oyó la voz de Luis:

– ¡Qué habitación tan extraña! Buenos días, tropa-

– Sí que es rara – confirmó Francés – Buenos días.

– Pues todavía no habéis visto la calle. Parece que todos anden disfrazados interpretando una obra de teatro – culminó Pedro.

– Lo mejor será que bajemos y sepamos donde nos encontramos.

– Lo que tú digas Luis, lo que tú digas – clamaron Pedro y Francés al unísono acabando todos riendo.

– Aunque también será para aplacar el hambre – apuntó Pedro saliendo.

 

 

Lo que parecía ser el comedor, era una gran habitación situada en la planta baja en la que habían varias mesas de madera rústicamente construidas con un banco en cada uno de sus cuatro lados, también de madera y sin respaldo.

 

Todas estaban ocupadas menos una, sobre la que había tres tazones humeantes y una gran bandeja en el centro con unos bollos que parecían estar recién hechos.

 

Hacia ella se dirigieron siguiendo las indicaciones del que parecía ser un camarero, aunque por su indumentaria parecía ir disfrazado, así como todos los que estaban sentados en el comedor, que miraban extrañados a los tres, aunque la extrañeza de estos, no era menor.

 

El chocolate estaba extraordinario, hecho al modo de antes, aunque ninguno de los tres supiera como se hacía antaño el chocolate, sino por que sabía deliciosamente diferente, sobre todo al mojar en él un bollo que de tan bueno, debió de estar hecho por las manos de un ángel.

 

Apenas habían recién acabado, cuando se les acercó el mozo que parecía ser el camarero:

– ¿Quedaron satisfecho los señores?

– ¡Del todo! – respondió Luis por los tres, para añadir después – Oye muchacho, ¿podríamos saber dónde estamos?

– En un lugar de La Mancha, señor, que por cierto, deberían de aprovechar para divertirse pues estamos en plenas fiestas.

– ¡Vaya! Sí que es interesante. ¿Y en qué consisten las fiestas? – intervino Francés.

– Si quieren saber más, podrían acercarse a los mentideros.

– ¿Los mentideros? ¿Y eso que es? – preguntó interesado Luis.

– Son lugares de reunión para dar rienda suelta a las conversaciones, expandiendo rumores, cuchicheos y maledicencias.

– ¿Y además de los mentideros, hay algo más para ver? – preguntó Pedro pareciendo tener un particular interés.

– Pues sí. Pero eso sería al atardecer, donde podrían ir al corral de la comedia donde ver una bonita obra de teatro. ¿Y ahora, me perdonan? Tengo trabajo que hacer – dijo marchándose.

Los tres se miraron convencidos que lo que había hecho el camarero era como una escapada para no seguir hablando.

– ¡Vamos! Salgamos fuera – decidió Luis.

Una vez en la calle empezaron a pasear, en el aire se respiraba el vino. La que parecía ser la principal, estaba empedrada, las demás eran de tierra. Un hombre montado, que vareaba su rocín, estuvo a punto de arrollarlos. Abrieron la boca para gritar, pero quedaron mudos. Lo que contemplaban era tan irreal y hermoso, que daba la sensación que la tierra y el cielo estuvieran en un mismo plano.

 

Tan grande era su estupor, que no tenían tiempo para hablar entre ellos. Y así llegaron a una plaza en la que su iglesia tenía una torre tan alta, que parecía estar indicando donde se encontraba el cielo. En su caminar tropezaron con una fuente labrada en la piedra que disponía de varios caños donde hombres y mujeres conversaban mientras se llenaban los cántaros.

 

Continuaron caminando abstraídos, tanto, que acabó por adelantarlos un mulo quedándose mirando sus cuartos traseros, que eran rotundos. De su lomo caían unas aguaeras hechas de esparto de la que sobresalían las bocas de los dos cántaros. Su jinete, encima, iba tranquilo, un brazo en jarra y el otro con las riendas en la mano.

 

En su marcha, se cruzaban con la gente y todos les sonreían, hasta algunos les saludaban. Tan de antes iban vestidos, que casi hacían que los tres se sintieran extraños al no ir como ellos. De cuando en vez preguntaban, a aquellos que más amables se mostraban, si iban disfrazados por las fiestas, a lo que todos reían, pero nadie contestaba.

 

Y así, entretenidos y caminando, llegaron a lo que parecía era el final de la calle. Su fondo era de compacto azul. Como si el cielo hiciera de tapón impidiendo que nadie entrara ni saliera.

 

Ahora si tenían motivos para estar preocupados. Desde donde estaban miraron la bombilla que vieran anoche observando que continuaba encendida. Inexplicablemente no sintieron ninguna inquietud por llegar hasta ella, y de una forma natural dieron media vuelta para proseguir en sus andaduras.

 

Estaban tan embebidos en lo que veían y tan poco lo comprendían, que Luis sintió la imperiosa necesidad de hablar:

– No sé por qué de repente me viene a la memoria una frase que hace tiempo leí y que decía: “La razón de la sin razón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura.”

– ¿Y esa elocuencia a qué viene? – quiso saber Francés.

– No lo sé – respondió enigmático Luis – Nunca presté atención para la resolución de tan enigmática frase, pero sin saber por qué, la memoricé y la guardé. Y ahora me viene del recuerdo quizás por que empiezo a sentir la necesidad de comprender algo de lo mucho que estamos viendo, sobre todo para el bien de mi cordura.

– Querido Luis, siempre tan profundo – intervino Pedro tratando de suavizar la preocupación – Mira lo que tenemos enfrente, ¿no se asemeja a un bar? Pienso que una cerveza no nos vendría mal.

– ¡Ni dos tampoco! – opinó Francés.

Miraron a derecha e izquierda, rieron por su gesto, y cruzaron la calle para ir a sentarse en una mesa que estaba debajo de un cobertizo. No tardó en acercarse un mozo que, pareciendo estar secándose las manos en su mandil blanco, saludó y preguntó:

– Buenas tardes caballeros. ¿Comerán los señores?

– Pues sí – respondió Luis sorprendiéndose – ¿Qué es lo que tenéis?

– Duelos y Quebrantos de primero y algo de Palomino de segundo.

– ¿Es sábado o domingo? – preguntó de nuevo Luis, sonriendo.

– ¿Cómo dice el señor? – inquirió el mozo.

– No, nada – restó importancia Luis – De acuerdo, tomaremos de las dos ¿verdad? – dijo mirando a Pedro y Francés que asintieron.

Quedaron solos y empezaron los comentarios, siendo Francés quien comenzó:

– ¿Os habéis dado cuenta que hasta ahora no es que no hallamos visto nada eléctrico, es que tampoco mecánico. Ni un coche, ni una moto, ni tan siquiera una bicicleta. Todos van andando, sin prisas. También los hay que marchan en burros. Burros si que hay. Ya no sé el tiempo que hace que vi el último, pero de una cosa estoy seguro, no recuerdo jamás haber visto a tantos juntos.

Pronto les sirvieron la comida quedando del todo satisfechos. El vino también les gustó.

 

– ¿Comieron bien los señores? – preguntó solícito el mozo que les había servido.

– ¡Muy bien! Hacía mucho tiempo que no quedaba tan complacido – exclamó Luis dándose una palmada de satisfacción en la barriga – ¿Podría ser un café? – preguntó esperando oír un no.

– Faltaba más señores – les sorprendió y dándose la vuelta se marchó al parecer en busca de lo que se le había pedido.

– ¿Qué creéis que va a traer? – preguntó Francés.

– Yo creo que ha entendido bien – opinó Pedro.

– Pronto lo vamos a saber. Ahí está viniendo – apuntó Luis.

Y así era, el amable mozo venía hacia ellos con una fuente de barro a guisa de bandeja sobre la que iba una olla y tres tazas que pronto dejó sobre la mesa empezando el conveniente reparto.

 

– ¿Cómo se llama este lugar que todavía no hemos conseguido averiguar? – preguntó Francés como si no le diera importancia al tiempo que echaba el azúcar en su taza.

– Pues diciendo la verdad, os diré que no lo recuerdo – respondió muy tranquilo, como estando muy convencido de lo que decía.

– ¡¿Me quieres decir que no sabes dónde vives?! – preguntó Pedro alzando la cabeza y mirándolo perplejo.

– ¡Oh, sí! Si señor, por supuesto que lo sé. Por Dios, ¿cómo no lo voy a saber? Este es el lugar del que el famoso nunca se quiso acordar.

 

 

El sol irrumpió tranquilo rompiendo la paz del alba. Sus rayos, ya bravos, cayeron sobre el coche que, solitario, en aquel apartado lugar se encontraba, yendo a chocar de plano contra el rostro de Francés que apoyado sobre el volante, dormido estaba, siendo así el primero en despertar llamando a los demás que lo primero que vieron al abrir los ojos, fue la conocida bombilla encendida bajo el plato blanco enganchado a la vieja pared.

 

Los tres se miraron sin decir palabra para enseguida Francés, sin hablar, arrancar el coche y al poco entraban en la autovía, el sol empujándoles la espalda.

 

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