UN QUIJOTE PARA VAGOS. Capítulo XIV con audio incluido

Don Quijote

Parte I

Capítulo XIV

 

 

Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos

Ya que quieres, crüel, que se publique

de lengua en lengua y de una en otra gente

del áspero rigor tuyo la fuerza,

haré que el mesmo infierno comunique

al triste pecho mío un son doliente,

con que el uso común de mi voz tuerza.

Y al par de mi deseo, que se esfuerza

a decir mi dolor y tus hazañas,

de la espantable voz irá el acento,

y en él mezcladas, por mayor tormento,

pedazos de las míseras entrañas.

Escucha, pues, y presta atento oído,

no al concertado son, sino al ruïdo

que de lo hondo de mi amargo pecho,

llevado de un forzoso desvarío,

por gusto mío sale y tu despecho…

 

Una vez que la canción fue acabada por Vivaldo, a todos hermosa les pareció.

 

Ambrosio dijo:

-Grisóstomo escribió esta canción a Marcela y no hay cosa más cruel para todo enamorado que tener la mente llena de celos imaginados.

-Esa es verdad -respondió Vivaldo. Y cuando quiso leer otro papel, una visión increíble sin pulso dejó a todo el mundo. Justo sobre la peña apareció la Marcela. Todos quedaron mudos por su belleza. Ambrosio quebró el silencio:

-¿Vienes a ver, por tu ventura a tu muerto enamorado? ¿O vienes para ufanarte -como Nero despiadado- del incendio de tu Roma? Dinos presto a lo que vienes o qué es aquello de que más gustas, que, por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto será tu vasallo.

—No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho —respondió Marcela— Solo quiero deciros, que en la muerte de Grisóstomo, no he tenido culpa alguna. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir «Quiérote por hermosa: hazme de amar aunque sea feo». Nací libre y quiero vivir en la soledad destos campos. A nadie di esperanza de verme casada, ni  siquiera a Grisóstomo. Si él se sintió engañado y dijo de morir de celos, pudo estar equivocado. Yo tengo riquezas propias, ajenas no he deseado. Yo estoy enamorada de todo el campo y de mis cabras.

 

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba. Dejó a todos admirado por su discreción y por lo bien hablado, como por esa hermosura que a todos ha conquistado.

 

Lo cual visto por don Quijote, pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería, socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada, en altas voces dijo:

-De la muerte del desdichado Grisóstomo, queda demostrado que ella, la bella Marcela, no tiene culpa alguna y el caso queda cerrado.

 

O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían, ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí hasta que, acabada la sepultura y abrasados los papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de los circunstantes.

 

Ambrosio  escribió este epitafio que puso sobre su tumba:

 

Yace aquí de un amador

el mísero cuerpo helado,

que fue pastor de ganado,

perdido por desamor.

Murió a manos del rigor

de una esquiva hermosa ingrata,

con quien su imperio dilata

la tiranía de amor.

 

Luego esparcieron por cima de la sepultura muchas flores y ramos, y, dando todos el pésame a su amigo Ambrosio, se despidieron dél. Lo mesmo hicieron Vivaldo y su compañero, y don Quijote se despidió de sus huéspedes y de los caminantes, los cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla. Don Quijote rechazó con delicadeza, tenía el deber de  despejar aquellas tierras de malandrines y ladrones y ha de quedarse en ella.

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