UN QUIJOTE PARA VAGOS, Parte I Capítulo XIII

Don Quijote

PARTE I

CAPÍTULO XIII

Donde se da fin al cuento de Marcela

Los cabreros despertaron con algunas voces a don Quijote, quien se levantó aturdido y con voz autoritaria dijo a Sancho:

-Sancho, ensíllame mi buen caballo. Nos vamos con estos caballeros al entierro del enamorado Grisóstomo.

Se pusieron todos en camino.

Menos de un cuarto de legua llevaban de recorrido cuando vieron a seis pastores venir con negros pellicos y guirnaldas en la cabeza.

Al estar cerca de ellos advierten los pastores de la locura de don Quijote al verlo vestido así por tierras tan pacíficas. Vivaldo que era uno de ellos interroga:

-Señor… ¿cóma va vestido vuestra merced?

Don Quijote le contestó:

-Es mi profesión y oficio. El reposo es para aquel que nunca hizo promesa de caballero como yo, que todo indigno me siento el menor de todos. ¿Acaso vuestras mercedes no han oído las historias de donde Arturo perdió su reino y se fue al infinito convirtiéndose en cuervo? ¿No oyeron vuestras mercedes, famosos tan conocidos como fue Tirante el Blanco? Por eso quiero ser yo, caballero de los caminos, buscando siempre el peligro para ayudar a los más desfavorecidos.

Por estas y otras razones, los pastores, vieron que el caballero Don Quijote, es falto de juicio. Y Vivaldo, cor algo de sarna dijo:

-Paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced ha profesado una de las más estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para mí que aun la de los frailes cartujos no es tan estrecha.

Don Quijote le contestó:

Los religiosos son los que piden por la paz, pero quien persigue a los que la profanan son los caballeros andantes, así que somos ministros de Dios en la tierra quienes ejecutamos los castigos y si alguno ha conseguido el título de emperador, sangre y sudor ha corrido. De ese parecer soy yo.

-¿Y como ante el peligro no os encomendáis a Dios en vez de a una dama o señora? Además.. hay caballeros andantes que no tienen damas a quien encomendarse porque no todos son enamorados.

-Eso no puede ser, no hay caballero sin dama. Si no estuviera el caballero enamorado no sería tenido por legítimo caballero, sino por bastardo y que entró en la fortaleza de la caballería dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón.

-Siendo eso así, a su merced, yo suplico, nos hable de su amada señora.

Don Quijote, dio un gran suspiro y dijo:

-Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta o no de que el mundo sepa que yo la sirvo. Ella se llama Dulcinea del Toboso. Sus cabellos son de oro, sus labios corales finos, sus cejas.. arcos del cielo, sus mejillas rosas, alabastro su cuello  las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales,  que solo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas.

-Vivaldo le replicó:

-Quisieramos saber de su alcurnia.

-No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de los modernos Colonas y Ursinos, ni de los Moncadas y Requesenes de Cataluña, ni menos de los Rebellas y Villanovas de Valencia. Pero en los venideros siglos El Toboso de La Mancha, con generosos principios, se extenderá por todo el universo. Y no se me replique en esto, si no fuere con las condiciones que puso Cervino al pie del trofeo de las armas de Orlando, que decía:

Nadie las mueva

que estar no pueda con Roldán a prueba.

Mire, vuestra merced, aunque mi nombre ha sido Cachopines de Laredo, nunca llegó a mis oídos El Toboso de la Mancha.

¿Cómo es que no ha ocurrido?

Es estas plácticas iban cuando por el camino vieron que venían veinte pastores, todos ellos con pellicos de negra lana que traían unas andas.

Un cabreo dijo:

-Aquellos que diviso, portan el cuerpo de Grisóstomo hacia el lugar de su entierro.

Todos dieronse prisa en llegar y vieron en el lugar a unos cuantos con picos cavar en el sitio que Ambrosio había marcado.

Uno de pastores dijo:

-Señores… ¿Véis este cuerpo que ya está yerto? Es el cuerpo de mi buen Grisóstomo, fénix de la amistad y en letras favorecido. Voceo a la soledad. Quiso bien y fue aborrecido. Él me mandó que quemase estos papeles en fuego vivo.

Vivaldo serio dijo:

-Será una gran crueldad, no ordenéis su destrucción de esos tan valiosos escritos. Mandáis a la tierra el cuerpo de vuestro querido amigo, no permitáis que su obra quede en el olvido. Ambrosio!, a lo menos, yo te lo suplico de mi parte, que, dejando de abrasar estos papeles, me dejes llevar algunos dellos.

Y sin aguardar que el pastor respondiese, alargó la mano y tomó algunos de los que más cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:

—Por cortesía consentiré que os quedéis, señor, con los que ya habéis tomado; pero pensar que dejaré de abrasar los que quedan es pensamiento vano.

Vivaldo abrió uno de ellos que tenía por título “Canción desesperada”.

Ambrosio al verlo dijo:

-Son los últimos papeles que escribiera el fallecido.

Y mientras cavan la sepultura

Vivaldo los va leyendo.

 

 

FIN DESTE CAPÍTULO PORQUE EL AUTOR ASÍ LO QUISO. 

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