ASOMOS – EL COMIENZO

TESTIMONIO I

EL COMIENZO

PARTE I

pareció que trepaba. Sonriendo, bajé mis ojos y sentí un gozo envidioso de la placidez que contemplaba. Ni un rumor, ni la sombra de un ruido en la noche que recién comenzaba. Todo estaba en silencio, hasta los montes parecían estar durmiendo.

 

Semejante quietud avivó mi fatiga, había sido un día muy especial. Tan especial, que estando la noche aún temprana sentí la necesidad de meterme en la cama, como si esta me llamara.

 

Corta fue la tranquilidad del sueño, pues de pronto me sentí llevado como si flameara en el vacío. No veía nada. Todo estaba intensamente oscuro. Abrí los ojos y pareció como si el negror se iluminara por una tenue e interminable línea  de un azul casi oscuro que dividía el infinito provocando un escenario de espacio ilimitado donde la soledad y el miedo parecían estar unidos en un páramo espacial de infinito silencio.

 

Aparte de  lo dicho, nada más veía, ni tan siquiera mis manos. De pronto, en el confín de la distancia, aparecieron unos puntos dorados y luminosos que parecían venir  hacia donde yo estaba, haciéndose cada vez más grandes a medida que se acercaban.

 

Intenté moverme, pero no pude hacerlo. Entonces me dí cuenta que mi mirada estaba fija, mis ojos no obedecían. Tampoco mis manos sentía. ¿Dónde estaba? me pregunté preocupado.

 

Mientras pensaba, aquello que fueran puntos, se habían acercado tanto que fueron tomando forma llegando a tomar un aspecto que era de verdadero susto. Susto que se acrecentó cuando pareció que se enzarzaban en una discusión de la que ningún sonido salía de ella, hasta que llegó un momento en que quedaron quietos, yo diría que mirándome, como si me estuvieran esperando.

 

Entonces sentí una fuerza que pareció me iba a permitir avanzar. Mis pensamientos estaban ocupados en hacerlo, cuando

se oyó un crujido semejando a una voz que sonó lenta, como si arrastrara unas palabras que casi se me hicieron difícil de entender:

– ¡Alto! No avances ¿Eres muerto o estás vivo?

Quedé confundido y alucinado. Ese sonido lúgubre, había surgido de un ente sin forma envuelto en frías llamas. Ha pesar de todo y ante mi sorpresa, conseguí contestar:

– Creo que vivo.

No me respondió. Se limitó a moverse con sigilo en torno a mí flotando muy despacio  llegando a tener la sensación que me estaba analizando; sobre todo cuando se detuvo frente a mí quedando quieto. Yo me sentía temblar ante esa sombra luminosa que no emitía ni un  rumor, ni un sonido que rompiera aquella inmensidad de silencio. Tras unos instantes que se me antojaron eternos, empezó a cambiar su aspecto. Esas llamas frías de un color indistinto que lo cubrían, se fueron abriendo como si de una envoltura se tratara dejando al descubierto una figura casi siniestra con un rostro que fulguraba.

Tras observarme unos instantes con su nuevo aspecto, volvió a hablar de nuevo:

 

– Has llegado a la línea del Fin y del Principio, donde se vive sin vivir y se muere sin morir.  Ahora estás en su Preámbulo. Lo que ves allí, son espíritus voluntariamente quedados entre las líneas del Más Allá y del Más Acá, en protesta permanente por hechos que ocurrieron sin haber necesidad.  Los hay de los dos lados: De los causantes que se arrepintieron antes de morir, y de los sufridos, aquellos que padecieron los hechos acontecidos sin poderlos impedir; siendo su único deseo antes de partir definitivamente al Más Allá,  el de contar sus penas y congojas a alguien que esté dispuesto a darlas a conocer entre los seres que están vivos y de los cuales, en su tiempo, ellos  formaron parte. ¿Tú lo harías?

 

Su pregunta me sorprendió, pero reaccioné enseguida:

 

– ¡Por qué no!

– Son muchos – prosiguió

– Espero que mi vida sea lo suficiente larga para poder contentar a cuantos quieran – contesté yo.

 

– ¿Sabes escribir?

Me sentí temblar en medio de mi soledad. Dudaba que contestar , pero al fin respondí:

 

– ¡Quiero aprender!.

De nuevo se quedaron quietas las palabras. Impresionaba no oír una voz en aquel vasto mundo de silencio que se asemejaba a la solemnidad de la desolación.

 

Contra todo mi temor, aquella terrible figura que de repente parecía haber dulcificado lo que parecía ser su rostro, me alentó al decirme:

 

– Toma mi pluma, ella te ayudará. Su nombre es Fisgadora.

 

La tomé, la observé y me resultó cómoda. Después me quedé mirándolo y volvió a anunciar de nuevo:

 

– Ahora, como Guardián del Espíritu que soy, iré a hablar con aquellos espíritus inquietos que impacientes esperan, volviendo después acompañado de los que te harán el primer relato.

 

Admirado, contemplé como se alejaba esa estela de luz con la que, de forma sorprendente, había dialogado,  viendo como llegaba a unirse con aquellos entes de aspecto indefinido.

 

Quedé curioso mirando. Sentía verdadera curiosidad por saber de qué estarían hablando aquel que se llamaba así mismo el Guardián del Espíritu y aquellos que él había descrito como Espíritus Quedados. Deseé no tener que esperar mucho.

 

De repente mis ojos se abrieron y me encontré en la cama. Quedé quieto, aturdido y pensativo, e incluso confundido. Había sido tan real, que llegué a preguntarme si es que no había sucedido. Recapacité, sonreí y me dije:

 

– Ha sido un sueño.

Sentí necesidad de levantarme, y al hacerlo, algo cayó al suelo. Miré y quedé quieto, contemplándolo:

 

– ¡¡Santo Dios!! – exclamé. Era la pluma que me había dejado el Guardián del Espíritu. ¡Ella te ayudará a escribir!, me había dicho.

PARTE II

Su marcha pareció más bien para dar tranquilidad a los que había traído y dejado ante mí.

 

Los miré y remiré. Era un equipo formado por tres espíritus dolidos;  uno de los causantes y dos de los sufridos. Y en verdad que su aspecto era de susto, pero cuando sus voces sonaron, algo semejante a la calma, se adueñó de todo el entorno:

 

– Morimos sin morir y estamos vivos sin vivir. Somos espíritus quedados entre la separación del Más Allá y del Más Acá, como protesta permanente de los hechos ocurridos sin haber necesidad, siendo los remordimientos y las penas los que nos hacen estar con el único propósito de poder contar lo que aconteció. Yo era inglés y participé en la conquista de Tasmania cuando era conocida como la Isla de Van Diem.

Midnight Oil, banda de rock australiana, creo una canción llamada “Truganini” inspirada en esta aborigen de Tasmania. La canción utiliza un problema australiano recurrente, la sequía, para plantear la pregunta “¿para qué?”, ​​Que significa “¿por qué los europeos se molestaron en colonizar este duro lugar?” La canción menciona a dos prominentes australianos indígenas (Truganini y Albert Namatjira ) cuyas vidas fueron alteradas por los asentamientos europeos y analiza el sentimiento actual hacia el viejo país de la Pérfida Albión.

Video de la canción Truganini

Tras su exposición, quedó callado, mirándome.

 

– Yo era del pueblo palawa – comenzó a exponer un segundo –  habitante aborigen y  soy  el espíritu de uno de los muchos muertos de aquellos tiempos de la tierra que acaban de mencionar.

 

Y quedó igualmente callado, mirándome.

 

– Yo también era palawa – se presentó el tercero – habitante de aquellas tierras tranquilas antes que llegaran los hombres blancos, siendo el espíritu de uno de los muchos muertos mencionados.

 

Como los otros dos, acabó guardando silencio, mirándome.

 

Yo también los estaba mirando, pero sin saber que responder. Posiblemente ante mi silencio, una voz sonó gruesa, como si fuera la de los tres espíritus a coro preguntando:

 

– ¿Si te contamos lo que ocurrió te comprometes a darlo a conocer?

Titubeé por un instante, pero enseguida contesté:

 

– No sé cómo lo haré, pero sí os digo que pondré en ello todo mi empeño.

 

– Será suficiente – respondieron – y nos daremos por satisfecho si así lo haces. No dudamos que El Guardián del Espíritu te ayudará en ello.

 

Quedé callado. Todos lo estábamos, mirándonos, hasta  que el que dijo haber sido inglés en vida, empezó a hablar de nuevo:

 

– Era principio de los años de 1800. Inglaterra, que aspiraba a ser dueña de todos los mares, dominaba una tierra que llamó Nueva Gales del Sur, situada en una gigantesca isla, que de tan grande se asemejaba más a un continente, que terminó por llamarse Australia.

 

Frente a sus costas había una isla descubierta primeramente por holandeses que le pusieron por nombre Tierra de Van Diem y en la que ya, algunos colonos ingleses habían hecho pequeñas incursiones. Pasado el tiempo, llegó un momento en que las cárceles de Inglaterra estaban más llenas de criminales, ladrones y todo tipo de gente de mal vivir de lo que su capacidad les permitía, obligando al parlamento ingles a buscar una solución. Y la halló. Mandó tomar posesión de la isla de Van Diem, que pronto pasaría a llamarse Tasmania, y construir en ella un gran penal donde serían llevados todos los condenados, fuere cual fuere su delito, quedando así desahogadas las cárceles inglesas.

 

Y se hizo el penal, y también se construyó un pueblo, y los colonos, en sus incursiones por la tierra que era libre, pronto empezaron a tener problemas con los aborígenes que siempre habían poblado aquellas tierras.

 

Al poco, el pueblo colonial había crecido tanto y tan rápido, que ya tenía hasta periódico, el COLONIAL TIMES AND TASMANIAN ADVERTISER se llamaba,y que, haciéndose eco  de las continuas quejas de sus habitantes contra los naturales del lugar, en el colmo de la inquina y la desvergüenza, publicaba en su edición del 1 de Diciembre de 1826: “La defensa propia es la primera ley de la naturaleza. El gobierno tiene que retirar a los nativos, si no, ¡Serán cazados como animales salvajes y destruidos!” Esto era el encabezamiento de lo mucho que a continuación se decía.

 

Estas quejas pronto llegaron al Parlamento de Inglaterra, que, por lo mal que aconseja la distancia y el buen vivir de quien tiene que decidir, no tardó en dictar la orden de aniquilamiento, que fue enviada en barcos de guerra cargados de soldados bien armados. Yo iba como oficial en aquella flota de exterminio.

 

Tras el entusiástico recibimiento, acrecentado al saber la orden que portaba, las autoridades y los civiles se creyeron en la necesidad de contribuir, ofreciendo una recompensa de 5 libras esterlinas por adulto y 2 libras por niño aborigen capturado con vida.

 

Con semejante estímulo, un fatídico día se organizó la inhumana “Linea Negra,” formada por más de un millar de exterminadores contando soldados y civiles, entre los cuales iba yo. Todos bien armados y cogidos de la mano, hicimos una cadena humana que atravesó de parte a parte toda la isla, dando  caza a cualquier nativo que  encontrábamos a nuestro paso. Los barcos, anclados, nos estaban esperando al otro lado de la isla.

 

Su voz quedó callada, posiblemente por un cargo de conciencia. Ante su silencio, otro espíritu, este palawa, tomó la palabra:

 

– Yo estaba en pleno campo enseñando a mi hijo a cazar canguros, que era casi el único alimento de nuestro pueblo, pues no practicábamos ni la pesca ni la agricultura, cuando vimos aparecer avanzando, aquella larga línea de hombres, el sol alumbrando su espalda. Mi hijo se asustó y emprendimos la huida. En mi impotencia, tuve tiempo de ver como lo cogían antes de morir.

 

Nuevo silencio. Pero esta vez no fue la conciencia quien acalló su voz; sino una colérica indignación.

 

Ante el mutismo de todos y creyendo haber llegado su vez, el tercer espíritu lanzó su voz:

 

– En cuanto a mi historia, era un mediodía no muy caliente. En la choza había varias mujeres tratando de ayudar a mi mujer a traer al mundo a nuestro primer hijo. La cosa no parecía ir muy fácil hasta que, ante la esperanza de todos, aquel que peleaba por nacer,  empezó a asomar la cabeza. De pronto, las exclamaciones de alegría y los desgarradores gritos de la madre de mi hijo, quedaron ahogados por unos más potentes que venían del exterior. Más preocupado que curioso salí a ver el porqué de aquellos gritos asustados. Eran muchos de esos extraños hombres blancos que hacía algún tiempo habían invadido nuestras tierras haciéndose dueños de una parte de ellas, y que ahora, con sus palos que creaban truenos y  escupían fuego  y sus varas de hierro, estaban matando a toda la gente del pueblo.

 

No supe más. Sin darme tiempo a avisar, perdí mi vida, yéndome sin saber si mi primer hijo fue hombre o mujer.

 

La angustia era tensa. Yo estaba impresionado. Tras unos instantes de silencio, el primero,  el espíritu causante volvió a lanzar su voz:

 

– Y así, tras un largo recorrido y muchas acciones como las detalladas, llegamos hasta donde aguardaban los barcos sin que quedara nada con vida a nuestra espalda. Subimos en ellos y sin más dilación volvimos al lugar de donde habíamos partido. En nuestros semblantes no había arrepentimiento, únicamente satisfacción. El problema se había acabado y en aquellas tierras ya solo había un único dueño, Inglaterra.

 

Al cabo de unos años, y al borde de mi muerte, una dolorosa congoja se adueñó de mi corazón. Pero ya era demasiado tarde, la muerte impidió que mi nuevo afán se cumpliera, que no era otro que dar a conocer lo que verdaderamente ocurrió.

 

Desde entonces, soy un espíritu en pena que vaga inmisericorde por este lugar de la nada con el único deseo de encontrar a alguien que quiera contar la forma en que aquello ocurrió. ¿Lo harás tú? – preguntó de nuevo.

 

 

Dos círculos que parecían estar en llamas, me miraban ansiosos esperando una contestación. Me sentía sobrecogido, la responsabilidad me pesaba como una losa, pero aun así, respondí:

 

– ¡Sí! Lo contaré. ¿Cuales son vuestros nombres? – pregunté.

– Eso no importa. Nadie nos conoce. Pero si te diré que ha habido gente importante que ha referido por escrito  estos sucesos sin mencionar implícitamente al culpable.

 

– ¿Y son? – pregunté acuciado de impaciente curiosidad.

– Uno, un afamado naturalista,  también inglés, llamado Charles Darwin que, durante la expedición de investigación del Beagle, anotó en su diario de viaje cuando estuvo en Tasmania allá por los años de 1830: “Todos los aborígenes han sido trasladados a una isla en el estrecho de Bass, de modo que Tierra de Van Diemen, como antes se conocía a Tasmania, disfruta de la gran ventaja de estar libre de población nativa.”

 

– Un comentario inconcebible, sobre todo dicho por un naturalista – opiné sin poderme contener – ¿Y el otro quien fue? – pregunté esperanzado  en que fuera tan relevante.

 

– Fue un escritor, también inglés – contestó – Su nombre Herbert George Wells, más conocido como H.G. Wells, que en el capítulo uno de su novela “La Guerra de los Mundos,” escribe un comentario que suena como disculpa a la invasión de los marcianos pues dice: “Antes de juzgarlos con demasiada dureza, debemos recordar lo que la destrucción implacable y completa de nuestra propia especie ha causado, no solo de animales como los desaparecidos bisontes y dodos, sino también de sus propias razas inferiores. Los tasmanos, a pesar de su apariencia humana, fueron barridos por completo de la existencia en una guerra de exterminio librada por inmigrantes europeos en el espacio de 50 años.”

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