MANZANAS HAY MUCHAS, TODAS LAS QUE SE QUIERA, Y MÁS TODAVÍA.

Alejandro Moreno

Si tú tienes una manzana y yo tengo una manzana, e intercambiamos las manzanas, entonces tanto tú como yo seguiremos teniendo una manzana. Pero si tú tienes una idea y yo tengo una idea, e intercambiamos ideas, entonces ambos tendremos dos ideas.

George Bernard Shwan

Manzanas hay muchas, todas las que se quiera y más todavía. Hay manzanas reinetas, manzanas rojas, manzanas verdes, manzanas amarillas, que los pijos llaman golden, manzanas color de rosa, que los refinados igual de pijos llaman pink lady, en fin, para qué le voy a contar.

 

-¿Y por qué se dice la manzana de Adán? – inquiere Sabino Retuerto.

 

-Tú siempre tan ocurrente –le responde Artemio Junquera-. La manzana de Adán es la nuez; se dice la nuez de Adán, no seas tan finolis. ¡La manzana, mira que la manzana, qué lata de manzana!

 

Artemio Junquera no está de buen humor, ni mucho menos. Y es que cada vez que oye mentar las manzanas se le pone cara de vinagre. Prosigue:

 

-¡Es que desde el primer momento, oye! – se cabrea, pensando en el relato bíblico – Por una simple manzana, ¡hala!, todo el mundo hecho la puñeta por los siglos de los siglos.

 

A menudo, el sueño de Artemio Junquera se ve atormentado por terribles pesadillas donde las manzanas siempre están presentes de una forma o de otra. A veces se encuentra perdido en un desierto de manzanas Golden cuyas doradas dunas se extienden hasta el infinito y cuando grita, en busca de auxilio, un torrente de manzanas Royal Gala se precipita sobre su cabeza desde las alturas del cielo rojo como una Red Rome.

Otras veces se ve a sí mismo, con peluca y casaca, sentado bajo un gigantesco manzano desde el que se desploma una colosal Reineta que lo sepulta en sus verdes entrañas, mientras un profundo aroma de sidra inunda su entorno. A su alrededor flotan ráfagas de brillantes burbujas dentro de las cuales titila una fórmula que se repite hasta el vértigo:

Cuando se despierta, desasosegado y tembloroso, aún resuena en sus oídos una frase que lo persigue todo el día: “Isaac, Isaac, qué gravedad la tuya”.

 

Y lo peor es que, siempre que sueña con manzanas, termina zarandeado de unas en otras alucinaciones en las que él mismo es una manzana que, ora pende del árbol- ya se puede adivinar por dónde- ora se ve estrujado, deshaciéndose en mil chorritos de sidra espumeante, y al final remata, aterrado, viendo cómo su suegra lo empuña con mano férrea y siente, implacables, los dientes caballunos cerrándose sobre su pulida piel.

 

Un día, Artemio Junquera ya no pudo más y se lo confió todo a su amigo Sabino Retuerto.

 

-Sabino, por tu madre, haz algo, que yo me voy volver loco- le confesó entre sollozos.

 

Sabino Retuerto lo miró, entre compasivo y zumbón.

 

-Artemio, tú estás para que te echen a los psiquiatras.

 

-Bueno, pero ¿y qué hago?

 

-Búscate uno bueno y que sea lo que Dios quiera.

 

Artemio Junquera se puso muy serio cuando el psiquiatra le pidió que se tumbara en el diván.

 

-Oiga ¿y si me duermo?

 

-Mejor. Eso querrá decir que está relajado.

 

-¡Ya, relajado! ¡Cuando empiecen a caer manzanas ya me dirá!

 

-Hábleme de las manzanas.

 

Al cabo de una hora el psiquiatra le dijo:

 

-Lo dejamos aquí. Vuelva el lunes. Son cincuenta euros.

 

A los dos años de terapia, Artemio Junquera echó sus cuentas y le salieron más de cinco mil euros. Entonces se guardó el boli y se fue en busca de su amigo Sabino Retuerto.

 

-A la mierda las manzanas, Sabino. La que tiene la culpa de todo es mi suegra.

 

-¿Y eso cómo lo has averiguado?

 

-Porque seguro que está liada con el psiquiatra. A ver: ¿Quién sale en mis sueños en cuanto aparecen las manzanas?

 

-Tu suegra.

 

-¿Y quién le saca los cuartos a todo este lío?

 

-El psiquiatra

 

-Pues ahí lo tienes. Vente conmigo, Sabino, que nos vamos a emborrachar. Y cuando vuelva a casa se va a enterar la guarra esa.

 

Cuando su suegra sintió llegar a Artemio Junquera, a las cuatro y pico de la madrugada, le salió al encuentro en camisón y con sus mejores intenciones arremangadas. Él la miró todo lo fijo que pudo, se sacó una manzana del bolsillo, se la metió a su suegra en la boca, le cerró las quijadas, apretando con las dos manos, y se fue a la cama, tan contento.

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