EL ERAL Y EL BUEY

Eral

La mañana primaveral ponía tonos verdes y amarillentos en la dehesa, tamizada por una leve bruma que difuminaba los contornos de los olivos dándole al paisaje un aspecto irreal, mientras algunos pájaros buscaban pajas para empezar a construir sus nidos. Desde la casona del cortijo llegaban, como en sordina, las voces de los mayorales organizando la faena del día y el inquieto piafar de los caballos estimulados por el olor a retama fresca. En el campo, los toros, ramoneaban los tallos de hierba tierna esperando la llegada de los pastores para iniciar el diario trote hasta los bebederos. Aunque parecía un día como tantos otros, no lo era en absoluto; aquella era la mañana designada para que los erales bravos, los elegidos para ser lidiados cuando llegara el momento, fueran separados de los que, cuando el ganadero gritase “¡buey!”, serían destinados al trabajo del campo o al matadero.

Bajo la sombra de un centenario olivo, un viejo buey, perfecto conocedor de los sonidos que señalaban las faenas cotidianas en el cortijo, pacía tranquilamente en la seguridad de que, aquel día, no se vería obligado a trabajar. A pocos pasos de distancia, un eral triscaba alegremente, con la fogosidad de su adolescencia recién estrenada, disfrutando con cada una de las bocanadas de aire fresco que llenaban sus pulmones.

 

El buey, molesto por el despliegue de energía del que hacía gala el novillo, quizás porque ponía en evidencia su propio cansancio, decidió aguarle la fiesta.

 

Con ese paso tan lento y pesado, que proporcionan los años de estar uncido a la carreta o atado al arado se acercó al torillo que, como jugando, levantó la cabeza con ademán orgulloso; pero aquel gesto indicaba que el eral no era sino un macho dispuesto a defender fieramente su territorio, su tranquilidad.

La voz de buey, dirigiéndose al torete, sonó hueca en la amplitud de la dehesa:

 

– Aprovecha mientras puedas, que para luego, es tarde.

 

– ¿Por qué dices éso, buey? –preguntó el aludido-.

 

– ¿Sabes acaso lo que va a suceder esta mañana?- dijo el pesado animal con una mirada entre pícara y malintencionada.

 

– Claro que lo sé. Hoy me voy a reunir con la manada grande, la de los distinguidos, porque me han elegido para ser un toro de lidia –dijo el eral dejando en el aire un rastro perfumado de vanidad juvenil.

 

– Y ¿éso te parece bien? –dijo el buey-. ¿Sabes que, en realidad, te han señalado para morir asesinado ante mucha gente?

 

– Lo sé. Cantarillo, el semental que indultaron hace dos años en la plaza de Sevilla, se lo estaba contando a los mansos con todo detalle una tarde en el bebedero y lo oí perfectamente, así que no te preocupes por mí, amigo buey.

 

– Entonces piensas que es bonito morir asesinado en plena juventud, para que los hombres se diviertan –dejó caer el buey con mala intención-, y puede que creas que esa forma de morir tiene algo de heroico, claro.

– Bueno –dijo el eral un poco amoscado por no saber dónde quería ir a parar el buey con aquella parla insulsa– tampoco me preocupa mucho la cosa. Cada cual nace para algo y, lo mío, es morir así.

 

– Tú verás; pero, si quieres mi opinión, creo que es mejor llegar a viejo y disfrutar de la vida plenamente –apostrofó el buey con intención de zaherir al orgulloso novillo-.

 

El eral, con un movimiento brusco, como espantado por algún tábano inoportuno, dio por terminada la conversación breve que habían mantenido e inició un trotecillo alegre que puso alguna distancia entre él y el buey que, por su parte, se sentía muy orgulloso de haberle bajado los humos al torillo y seguía mordisqueando la hierba primaveral mientras vigilaba de reojo al jovenzuelo, con la convicción de que le había amargado por completo el día.

 

La mañana había terminado por deshilachar la bruma y el sol comenzaba a calentar con fuerza los lomos del eral. Apartado voluntariamente de sus compañeros, ignorando los tiernos brotes de hierba que parecían crecer bajo sus patas, estaba sumido en un mar de confusiones.

 

Pensaba que en cierto modo algo de razón tenía el buey; al fin y al cabo, dejar la vida al aire libre a temprana edad para jugarse la vida, y casi con seguridad perderla, no era el mejor futuro que podía esperarse, y mucho menos, en una jornada tan hermosa. La inquietud que sentía en su interior le mantuvo nervioso, hasta tal punto que, cuando uno de los becerros se acercó para retozar un rato, recibió un malintencionado testarazo que cortó en seco las ansias juguetonas del ternero. Para evitar que su estado de ánimo fuera la causa de algún enfrentamiento más serio, el eral decidió apartarse del resto de la manada.

 

Cruzó el potrero con paso cansino y, cuando llegaba a la valla grande, cerca del corral donde lo habían marcado con un hierro al rojo, se sorprendió al ver cómo alguno de sus compañeros, justo los que no habían sido elegidos para la lidia, eran conducidos hacia el rincón del cercado por uno de los mayorales montado en aquel caballo ruano que tanto corría.

El eral estuvo vagando sin rumbo alguno durante bastante tiempo, dándole vueltas a lo que le había dicho el buey. Por algún motivo que él desconocía, se había perdido la luminosidad de la mañana al mismo tiempo que su alegría; sólo cuando llegó de nuevo ante la valla grande del corral de los apartados se dio cuenta de que había estado caminando en círculo durante mucho tiempo, sin rumbo fijo. Le costaba mucho reconocer que todo cuanto le había dicho el buey aquella misma mañana, había logrado meterle la duda en el cuerpo y era éso, precisamente éso, lo que le mantenía nervioso. Al final se dijo que posiblemente, el buey, tuviera razón.

 

Un mugido lleno de dolor insoportable, de queja y súplica, rompió la mañana en añicos. El eral, sorprendido por aquel sonido desgarrador, trató de averiguar su origen una vez superado el sobresalto que le produjo aquel sonido inesperado. Sigilosamente caminó bordeando la valla grande hasta que, la escena que apareció ante sus ojos, le heló la sangre; en el rincón del cercado varios hombres sujetaban a un torete encordado, mientras otro le manipulaba los testículos con las manos llenas de sangre. Ignorando los bramidos de dolor del animal, reían alguna gracia mientras arrojaban los testículos del novillo a una cesta. El eral no comprendía bien del todo el lenguaje humano pero pudo entender el significado de algunas palabras atroces como lo eran castrado, trabajo, carnicero y, sobre todo, buey.

 

Sin dejarse ver, asustado por lo que acababa de contemplar, se fue caminando a la parte más alejada de la dehesa. Cuando tenía a la vista los olivos jóvenes, vio cómo uno de los peones, en la parte baja del campo, golpeaba con una vara a uno de los bueyes más viejos porque no podía arrastrar la enorme carga a la que le habían atado.

El animal, soportando el brutal castigo, había optado por quedarse quieto sin siquiera quejarse; aquel fatalismo que pudo observar en los ojos del buey apaleado, hizo que en su cerebro se abriera paso la solución a lo que tanto le había preocupado durante todo ese tiempo. Con un alegre trotecillo, se acercó al olivo centenario donde se encontraba el buey con el que había hablado por la mañana y, como el que no quiere la cosa, se hizo ver por el viejo animal que, al darse cuenta de que el eral había vuelto, no quiso desaprovechar la ocasión para amargarlo un poquito más.

 

– ¡Qué!, ¿de vuelta por aquí?

 

– Ya ves, buey –dijo arrastrando la última palabra con desprecio- de vuelta al olivo.

 

– ¿Preocupado por lo que te espera? Mira, ya salen los mayorales para llevaros con la manada de los muertos.

 

– Pues sí, buey –el tono insultante que ponía en la palabra parecía gustarle al eral- con los muertos en vida. Claro que, pensándolo bien, prefiero mi vida a la tuya.

 

– ¿Quieres decir –preguntó el sorprendido animal- que prefieres morir a vivir? Estás loco si piensas de esa manera, torete -sentenció-.

 

– Es muy posible, buey, es muy posible, pero en el fondo sé que me envidias.

 

– Lo dicho: estás loco.

 

Verás, manso. Si tuvieras que poner en una balanza tus años de vida y los míos, los tuyos pesarían más, seguro. Pero para que puedas vivir más años que yo, ¿te das cuenta a todo lo que has renunciado? ¿Sabes lo que debes hacer para alargar tu miserable vida?

 

– No te entiendo –dijo el buey algo receloso ante la seguridad que mostraba el novillo- la verdad que no sé qué quieres decirme.

 

– Sencillamente que, si vives más que yo es por cobardía, porque en el tentadero ya demostraste que no dabas la talla para pelear en una plaza por tu vida.

 

– ¡Un momento! Eso no es cierto. Yo soy buey porque había muchos erales el año que yo nací, y me tocó a mí.

 

– No te mientas a ti mismo, cabestro. Si estás aquí es porque no tuviste valor para demostrar tu casta; por esa razón te arrancaron los testículos entre las risas de los peones: porque no eras digno de llevarlos.

 

– Eso, ahora, no viene a cuento, eral. Te pongas como te pongas, al final, viviré más años que tú.

 

– ¿Llamas vida a permanecer de sol a sol uncido a un carro, arrastrando cargas y comiendo paja seca? ¿Llamas tú vida a esperar el día de tu muerte respirando el polvo de los campos, bajo un sol abrasador, mientras tiras de un arado bajo los golpes de la vara? ¿Llamas tú vida a no saber lo que es ser tratado con respeto por todos?

 

– Bueno…yo… -dudó el buey-.

 

– Vivirás más años, sí –afirmó el eral-; pero no conocerás la enorme alegría de jugar con otros toros aprendiendo a utilizar la pala y el pitón, ni sabrás del goce que supone montar a una vaquilla ni podrás soñar nunca cómo tus hijos corretean por la dehesa, triscando en la hierba fresca, durante las mañanas de primavera. Tú naciste, eres y serás toda tu vida un buey, no un toro.

 

– Quizás tengas razón en eso, sí; pero, a pesar de las fatigas que tendré -dijo el buey- moriré en paz bajo este olivo mientras que tú te ahogarás en tu propia sangre una tarde cualquiera, en una plaza llena de gente que jaleará tus estertores.

 

– Por supuesto, cabestro, manso; pero mientras tú pasas tu vida sin poderte defender del palo, del sol, de la lluvia, del trabajo y te alimentan con paja seca, yo viviré al aire tibio de la primavera, podré evitar el sol en verano y comeré hierba

fresca. Mientras a ti te ignoran, a mí me admiran; por lo menos tendré la oportunidad de vender cara mi vida, me podré defender. ¿Quién sabe si después de una buena faena, si demuestro mi casta, mi valor, no me indultan como a Cantarillo? Entonces, con mis cicatrices, volveré a la dehesa para tener las vaquillas más hermosas, la descendencia más numerosa y el mejor alimento.

 

– Pero, si no es así, terminarás destazado en cualquier carnicería –dijo el buey- y entonces tendremos el mismo fin.

– Hasta en eso te equivocas porque, mientras que tu carne endurecida por la edad y el trabajo será consumida en tristes guisados campesinos, en platos de peltre sobre algunas mesas miserables, te acompañarán con vinos agrios y silencio, mi carne será tratada con esmero por los mejores cocineros y la servirán en platos de porcelana, acompañada de los mejores finos entre un jolgorio de coplas flamencas y rasgueos de guitarra. Las mesas estarán cubiertas de manteles lujosos y, mientras disfrutan de mi carne todavía tierna, comentarán la faena de mi matador y el gran valor que demostré en la arena.

 

Nunca el buey había oído razonamientos semejantes. Aturdido por lo que acababa de escuchar, intentó zanjar la conversación con una frase que creyó incontestable, definitiva, para poner al torete en su lugar:

 

– Pero, después de muertos, iguales.

 

Si los erales supieran sonreír, la mueca que hizo el novillo con el hocico, hubiera podido definirse como una sonrisa irónica, picaresca, cuando respondió:

 

– Pues tampoco, buey. Cuando tú mueras irás, como todos sabemos, a un lugar de descanso entre verdes praderas y agua abundante, para disfrutar de paz el resto de la eternidad, mientras que yo…

 

– Tú, lo mismo ¿no?

– No –dijo el eral con ojos soñadores-. Cuando muera, iré a un lugar donde pasaremos la eternidad, entre canciones y fiesta, toros y toreros. Allí conoceré a los grandes maestros como Cúchares, Granero, Belmonte, Frascuelo o don Antonio Bienvenida; allí conoceré a los toros más famosos y compartiré cháchara con Islero y Avispao. Y no dudes que, entre toros y toreros, en alguna tarde mágica y especial, se colará alguna copla de Marifé de Triana, Camarón de la Isla o de Manolo Caracol. Tú no podrás nunca imaginarte a toda esa gente que comparte la misma afición, escuchando boquiabierta a Cossío hablando de tauromaquia mientras, en otro lugar, Hemingway, recuerda los encierros de Pamplona con un coro de recortadores embelesados por sus sabias palabras y, un poco más lejos, allí donde la noche está separada del día por una línea rosada, tenue como la caricia del sol, García Lorca, don Federico, recita pasajes del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Todo eso no lo verán tus ojos solo porque, cuando tuviste oportunidad de tener una vida diferente, preferiste acobardarte antes de pelear en tu defensa como un toro; en resumen, elegiste la esclavitud vergonzante a la libertad con riesgos.

El buey no sabía qué responder a los razonamientos que brotaban de aquel corazón pleno de fuerza; la seguridad de aquel torete lo tenía confundido. En el fondo pensaba que, el eral, tenía su parte de razón y recordó cómo, el día del tentadero, cuando notó la puya del caballista perforar su piel, decidió escapar al castigo y por éso había gritado “buey” el ganadero. Por no quedar con la partida perdida, decidió arriesgar una última pulla sarcástica:

 

– Todavía no sabemos si existe un lugar como el que dicen que hay después de la muerte; tampoco sé yo si existe una pradera como la que cuentan que está destinada para nuestro descanso.

 

– Existe, buey. Es algo que no se puede negar.

 

-Y ¿tú piensas que es cierto lo que dicen de ese lugar con toros y toreros?

 

– Estoy convencido, buey. Ese lugar existe y se llama cielo.

 

– Y ¿cómo llamas a tu credulidad?

 

– Llámale fe.

 

El buey observó cómo el eral se alejaba con un galope alegre que destilaba felicidad, alegría de vivir. Pero no podía dejar que un novillo, un animal que todavía tenía pintas de becerro, le derrotara a él, un buey con experiencia probada. Por éso se atrevió a gritarle:

 

– Y ¿cómo llamas tú al deseo de vivir pocos años bien antes que muchos años mal? Y, ¿cómo llamas tú al deseo de morir antes de tiempo para evitar el sufrimiento?

 

El eral frenó en seco como sorprendido de la pregunta. En el fondo de su cerebro aparecieron unas palabras que había oído pronunciar alguna vez en los corros que formaban los mayorales y peones en los descansos que hacían para comer y beber. No estaba seguro de que pudiera pronunciarlas correctamente, pero sabía que eran justamente las que estaba buscando. Con el orgullo brillando en sus ojos, gritó:

 

– ¡A la primera llámala calidad de vida!

 

– Y, ¿a la segunda? –gritó el buey-.

 

– Llámala eu… euta… eutanasia. ¡Cabestro!

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