ASOMOS – LAS VOCES DE LAS TINIEBLAS

TESTIMONIO II

Las voces de las tinieblas

Una triste elegía de penas y reclamos

I Parte

Estoy con los codos apoyados en la balaustrada del balcón repasando la blanca luna. El hierro está frio, la noche calma. Es la cuarta después de aquella de espanto. Mirando al cielo digo pensando: << He cumplido mi promesa; he escrito el relato, y también se ha publicado >>. Me entretengo observando las sombras; la solemne oscuridad brilla, muchos son los puntos que parpadean. Un detalle de repente la altera, la luna se ha puesto roja y ha tornado al cielo cárdeno.

 

Sigo mirando sin preocuparme pues mi mente está ocupada preguntándome a que puede deberse el haber sido elegido como portavoz de aquellos espíritus descontentos. De repente me siento cansado sin tener porqué. No ha sido un día agitado, ayer sí que lo fue.Sentado en la cama por un momento titubeo, pero de inmediato desestimo cualquier preocupación. Abro las blancas sábanas y me meto dentro, estiro mis piernas, pongo las manos tras la cabeza y miro la luz. Fue un instante; después la apago y quedo arrebujado en el silencio.

 

No me alarmo; pero la placidez del sueño pronto desaparece. Nuevamente vuelvo a sentir el intranquilo desasosiego de ser llevado. La intensa negrura esta vez no me confunde; la infinita línea azul parece menos oscura. Una voz me asusta. Creí estar despierto, pero aún seguía dormido. Fue un despertar distinto pues continuaba oyendo la voz, una voz que reconocí como la del Guardián del Espíritu. Aunque parecía seguir arrastrando las palabras, su sonoridad era menos lúgubre, semejando tener un tono de impensable familiaridad al sentirla decir:

 

– Lo has hecho bien, ser vivo. ¿Puedes decirme cuál es tu nombre?– Pedro, Pedro Pascual Ramírez – le respondí, quedando callado para seguir escuchándolo.

– Bien Pedro, has cumplido. Incluso lo que has escrito ha gustado, por lo que los tres espíritus quedados se han considerado satisfechos, dejando paso a otros que están esperando para hacer su manifiesto, si es que quieres escucharlos.

 

Me sorprendió su aparente cordialidad, pero su figura de llamas frías con rostro fulgurante seguía siendo inquietante en aquellas solemnidades de silencios. Lo miré aún cohibido y le dije que sí, por lo que me anunció de inmediato:

– Esta vez son más los que quieren hablar contigo, pero, aunque sus palabras suenen distintas, es un único deseo el que todos te quieren manifestar.Asentí y sonreí. Después contemplé como se alejaba en busca de los que esperaban. Su aspecto ya no me pareció tan siniestro, pero su entorno seguía siendo el mismo, ni un ruido en aquel vasto silencio de desolación infinita. Realmente era un lugar recóndito de no sabía dónde.

 

Sujetando mis miedos, retiré la mirada del inmenso vacío dejándola fija en aquellos entes fulgentes que habían comenzado a venir hacia mí.

 

– Estos son los espíritus quedados que hablar contigo quieren – me anunció el Guardián del Espíritu, al tiempo que se marchaba diciendo – Os dejo que habléis solos pues tengo que estar en otro lugar.

Eran 7, el mágico número 7  tan repetido en la Biblia, las etéreas siluetas  que habían ido tomando forma  mientras avanzaban hasta llegar ante mí quedando quietos como una frontera;  ellos mirándome, y yo mirándolos  a ellos. Su apariencia ya se asemejaba a la humana. En esa tensión se estaba, cuando por fin uno se decidió a lanzar su voz que sonó quejumbrosa a la vez que reivindicadora:

 

– Soy el espíritu de alguien que cuando vivió fue novohispano y he sido elegido en hablar primero  por decisión de todos los que en este ignoto rincón, amplio y sombrío estamos, que no vivimos, para exponeros toda la tristeza y pena que nos aqueja al escuchar como ocurridos, relatos confundidos que nunca han sucedido en estas sagradas tierras por la que tantos pueblos hemos luchado para conseguir crear el gran reino que nos dio nombre a todos y que tras trescientos años de paz, aquellos españoles conocidos como criollos, consiguieron su mal llamada independencia, que no fue otra cosa que una dolorosa separación. Tampoco estamos de acuerdo con ese aberrante empeño de una lucha continua de palabras ofensivas contra España. ¿Quizás por el miedo de tener que dar una explicación a todos los mexicanos por la pérdida de más de la mitad del territorio que de ella heredó tras trescientos años de paz?

 

Y aún lo comprendemos menos cuando oímos llamar traidores a todos aquellos pueblos que lucharon  por la libertad construyendo este maravilloso país en el que una parte importante, en lugar de disfrutarlo, está empeñada en destruir. Y a los que así piensan les digo, que si echáis la vista atrás, veréis que no dejáis huellas en el camino, sino que hacéis surcos al andar.

 

Se hizo el silencio. Un silencio prolongado que daba conformidad a todo lo escuchado. La escena impresionaba. Siete siluetas encendidas  de un fuego amarillo y frío que no brillaba y que, aún sabiendo que nada malo de ellos se esperaba, me inquietaban. Por fin la quietud se turbó y una voz, que del silencio pareció haber nacido, se escuchó:    

 

– Soy el espíritu de uno que fuera guerrero tlaxcalteca  en los tiempos en que los aztecas eran únicos dueños de toda la tierra conocida, donde sus   dirigentes buscaban su grandeza actuando  como serviles esclavos para cumplir los crueles deseos de sus dioses; deseos que únicamente eran adivinados por sus sacerdotes.

 

A tal punto llegaron a interpretar sus divinas ansias de comer corazones aún latentes y saciar su sed de sangre todavía caliente, que obligaron a mi pueblo, Tlaxcala, a mantener periódicas luchas llamadas Xochiyaoyote o Floridas, con el único fin de tomar cautivos a nuestros guerreros para sacrificarlos vivos a sus dioses.

 

Calló. No se oía ni un rumor. Cómo se hubiera agradecido un suave soplo de viento. Tras un instante, una nueva voz se oyó en el crudo silencio:

 

– Yo soy el espíritu de un guerrero totonaca  de los tiempos dichos por el general tlaxcalteca. Mi pueblo llevaba tiempo bajo el dominio mexica, siendo lo que más nos dolía, no la entrega de oro y otros productos que a guisa de tributo les pagábamos, sino la entrega de nuestros jóvenes hijos, incluso niños, para ser sacrificados a sus dioses.

De nuevo el mayestático silencio. Me sentía temblar en aquella soledad rodeado de entes que fulguraban. Y de nuevo, como si tratara de querer devolverme la calma, uno de aquellos seres dejó oír su gutural y tortuosa voz, que me sorprendió pues pareció sonar hasta triste:

 

– Yo fui el espíritu de una madre azteca a la que los sacerdotes arrebataron a su hijito pequeño para sacrificarlo a los dioses.

 

Calló de un modo distinto a los demás, dejándome impresionado por lo que dijo, y más todavía en el tono que lo hizo. De nuevo el silencio, el silencio y la calma, pero era una calma extraña, tan extraña que no calmaba. Afortunadamente sonó una nueva voz, era el quinto lamento:

 

– Yo soy el espíritu de uno que fuera general cholulteca aliados de los aztecas. Siguiendo sus órdenes, dimos guerra a aquellos extraños recién llegados de rostro blanco y barbado, pero cuando lo hicimos,  nunca nos ayudaron siendo por ellos abandonados a nuestra suerte.

 

Apenas había callado, cuando otra voz rompió el silencio:

– Yo soy el espíritu de un dirigente acolhua de la ciudad de Texcoco, aliada de los aztecas. Empezamos juntos la guerra,  pero cuando se sintieron en peligro, también fuimos abandonados como hicieran con  el pueblo de Cholula.

 

Sus palabras habían sido muy breves, casi dubitativas, como si tuviera algo más que decir, pero aún así, mantuvo su silencio que fue de inmediato roto por la última voz, la 7ª que resonó más fuerte y segura:

 

– Yo soy el espíritu de un guerrero que fuera cazonci purépecha, el único pueblo que resistió, cada vez que lo intentaron, la invasión de los aztecas causándoles dos inolvidables derrotas – y calló, pero aquí si había habido satisfacción en su tono.

 

Todos nos estábamos mirando. De repente me sentí indispuesto, tanto, que perdí la noción del tiempo.

II PARTE

Abrí los ojos y tuve la sensación de no haberme ido. Aquellos siete espectros semejantes a apariciones luminosas estaban ante mi, quietos. De  pronto deseé con todas mis fuerzas que ese siniestro silencio que se asemejaba a un tétrico intermedio, se acabara.

 

Y sucedió. La voz segura y retumbante del que fuera general tlaxcalteca, resonó de nuevo en aquella solemnidad de silencios:

 

– El azteca era el enemigo de todos los pueblos y aún más de la paz. Sus dioses aterrorizaban en el cielo y ellos estaban empeñados en hacerlo en la tierra; hasta que un  día, al poco de acabar una de esas luchas floridas contra los mexicas, aparecieron unos misteriosos guerreros de tez blanca y barbados, algunos de ellos montados sobre extraños venados y que sorprendentemente venían acaudillados por una joven mujer que era la voz de los extranjeros y que con el tiempo demostró ser la mayor luchadora por la libertad que los pueblos han conocido. Tres veces les dimos guerra a esos extranjeros sin que nadie nos ayudara, y tres veces nos vencieron, siendo lo más curioso que cada vez que se acababa una batalla, y a pesar de habernos vencido, de nuevo nos pedían la paz. Solo querían pasar por nuestras tierras para ir a Tenochtitlan, la capital del imperio Azteca.

 

Viendo cual era su actitud y la nobleza de su comportamiento, sellamos una alianza que perduró a través de los tiempos. Su intrepidez y valor en el combate, nos habían demostrado que podían ser unos grandes aliados para tratar de vencer a ese tan odiado imperio del mal.

 

Cuando quedó callado, me sentí impresionado por la rotundidad de sus afirmaciones. Pero si antes calla, antes empieza el espíritu totonaca:

 

– Esa misma sensación fue la  que nos causaron en nosotros, pues quedamos  convencidos por las mágicas palabras de aquella joven mujer a la que obedecían los extranjeros, llamada Malinalli, aliándonos con ellos para luchar por la libertad de nuestro pueblo. Y esa impresión, no nos engañó, pues nunca más tuvimos que entregar a nuestros hijos para que fueran sacrificados a los dioses aztecas.

 

Tras la concluyente confirmación, volvió el silencio. Cada vez que aquellos espectros fulgentes de luz tenue  callaban, la inmensidad desolada parecía engrandecer. Yo, en esta ocasión, sentía impaciencia por saber que iba a decir aquel espíritu de la afamada ciudad religiosa de Cholula, y no fue larga la espera,  pues enseguida comenzó:

 

– Los aztecas, como he dicho antes, no eran de fiar, no las gentes del pueblo, sino sus dirigentes y especialmente la clase religiosa que únicamente estaban pendientes de los deseos de sus dioses. Y ellos ordenaron que nosotros, los cholultecas atacáramos a los guerreros de tez blanca y barbados, y que una vez hubiéramos empezado, acudirían ellos a ayudarnos. Nunca vinieron. Cuando empezó la lucha, aquellos que estaban esperando para hacerlo en las afueras de Cholula, se retiraron cobardemente a Tenochtitlan, huyendo de la batalla. Tras este abandono, nos rendimos pidiendo clemencia y pactamos una  eterna alianza con los extraños extranjeros en contra de los aztecas.

Esta vez pareció quedar más satisfecho que antes cuando calló. De todas formas, me llamó la atención la unanimidad de los espíritus indígenas. Pareciera como si solo existiera un único motivo que inspirara a todos, aunque quizás, por un momento pensé, que este que iba a hablar lo rompiera, pues era el espíritu texcocano, por lo que presté toda mi atención:

– Como antes dije – empezó – estábamos confederados con los aztecas  formando la Excan Tlahtoloyan o Triple Alianza, pero a pesar de ello, lo mismo que hicieron con Cholula hicieron con nosotros tan pronto se vieron atacados por todos los pueblos unidos con los hombres blancos, encerrándose en Tenochtitlan y olvidándose de nosotros. En vista de su actitud, nombramos un nuevo Tlatoani  en Texcoco y nos aliamos con todos los pueblos convencidos que habíamos sido abandonados y traicionados por los aztecas.

Sentí que no se quedaba satisfecho con lo que había dicho, como si tuviera más cosas que decir, pero aún así, quedó callado provocando un largo silencio, tan largo, que miré al purépecha que al sentir sobre él mi mirada, comenzó:

– Confirmo lo que antes dije, siempre vencimos a los aztecas, pero nunca empezamos las guerras, únicamente nos defendimos. Por eso, cuando nos pidieron ayuda al verse sitiados en Tenochtitlan, no solamente se la negamos, sino que quisimos hacer con ellos, lo que ellos hacían con los demás, invadir sus tierras y destruir sus casas, y así, con este fin, nos aliamos con todos los pueblos que luchaban contra ellos.

Silencio de nuevo. Todos estaban de acuerdo; ni la más mínima diferencia. Al quedar callados, todas las miradas quedaron fijas en el más afligido de los espíritus. Incluso su fulgencia parecía más triste que la de los demás. Quedé mirándola, tratando de dar a mi rostro toda la confianza que fuera capaz de reflejar. Y empezó. Su voz no sonó hueca, ni tampoco vacía, hasta sentimientos parecía que tenía:

– Como antes dije, yo fui el espíritu de una madre azteca. Mi esposo era pochteca y estaba ausente de Tenochtitlan cuando sucedió lo que voy a contar que prueba la crueldad de los dioses y sacerdotes que nos gobernaban. Yo era madre de un precioso niñito de poco más de un año. A pesar de su tierna edad, nunca lloraba, siempre sonreía y hasta ya casi hablaba, y su gracia se acentuaba por los dos remolinos que le hacía el pelo en la coronilla de su cabeza.

Estaban próximos los días en los que deberían que venir las lluvias y había que tener contento al dios que las provocaba, Tlaloc. Para ello, se le tenían  que sacrificar niños menores de un año de edad. Y cuantos más, mejor. Aquel día terrible, el más cruel del calendario, se plantaron ante mi casa los malditos sacerdotes y sacerdotisas del dios de la lluvia. Venían a llevarse a mi niño. Yo les dije que mi hijito era mayor de un año. Sí, muy poco más mayor es, me contestaron, pero esos dos remolinos que tiene en su pelo, harán la satisfacción de Tlaloc. Por más que grité, por más que lloré, no pude convencerles llevándose a mi chalpayatito adorado. Siempre había intentado que esos dos remolinos que tenía en su pelo pasaran desapercibidos, pero por lo que fuera no lo logré. Ese detalle era uno de los preferidos de los sacerdotes del dios Tlaloc para la elección de sus pequeñas víctimas.

Yo tenía mi corazón roto, pues sabía que los niños tenían que ir al sacrificio llorando, y cuanto más mejor, pues a más lágrimas derramadas, mayores serían las lluvias que caerían del cielo. Pero a mi niñito no le gustaba llorar – la voz se le quebró y por un instante calló, después, con un tono más sentido,  continuó – Pero estos demoníacos sacerdotes sabían lo que hacer para que sus lágrimas brotaran sin cesar, siendo una de sus crueldades preferidas, arrancarles muy despacio, poco a poco, y una a una, las uñas de sus manos y de sus pies .

Y no volví a ver más a mi niñito; ese niñito que nunca se apartaba de mi lado. Mientras viví, nunca pude quitar de mi mente lo mucho que en su muerte debió de  padecer. Malditos sacerdotes, malditos gobernantes, yo os maldigo.

Esta vez sí fue doloroso el silencio. Tras una breve pausa, el espíritu tlaxcalteca retomó la palabra:

 

– Como has podido escuchar,  en los tiempos que hablamos todos los pueblos estábamos bajo el terror y el dolor del dominio de una ciudad, la invencible Tenochtitlan. Enorme ciudad donde las  piramidales moradas de sus dioses eran tan monumentales que pareciera haberlas querido hacer  semejantes a las que en el cielo tenían; siendo principalmente grandioso el  Huey Teocalli o Templo Mayor en cuya cumbre habían dos adoratorios, uno del dios principal Huitzilopochtli, y otro en el que se adoraba al infanticida dios de la lluvia Tlaloc.

 

Y era allí, en todo lo alto, donde se arrancaban los corazones haciéndolo con tanta habilidad, que el sacrificado, aún con vida, tenía tiempo de horrorizarse viendo como latía su corazón en las manos del sacerdote que se lo mostraba a él y al sol. Después, le cortaban la cabeza y era lanzado rodando escaleras abajo, llegando en algunas conmemoraciones a ser tantos los sacrificados, que formaban verdaderos ríos de sangre que caían en cascada por el más de centenar de altos escalones que descendían desde lo más alto del templo hasta el suelo de la ciudad,  donde una cantidad de matarifes esperaban para terminarlos de descuartizar y repartir los trozos, unos para sus captores, y otros para meterlos  en grandes ollas que ya estaban sobre el fuego para el gran festín de dirigentes y sacerdotes.

 

Pero lo verdaderamente cruel ocurrió cuando, en plena lucha por la libertad, pusimos sitio a Tenochtitlan, siendo el pueblo llano azteca  el que más padeció a causa del hambre y la sed, viviendo en la más absoluta de las penurias por el empecinamiento de sus dirigentes y sacerdotes, que no pasaban necesidades pues se alimentaban de los prisioneros que sacrificaban. Pero lo más penoso fue que su gente no les importaba, pues cuando creyeron la lucha perdida, los abandonaron  tratando de huir con su Huey Tlatoani, el famoso Cuauhtemoc a la cabeza, en canoas bien dispuestas para hacer posible su huida a través del lago de Texcoco.

 

Y resulta curioso, aunque más que curioso denigrante que ahora, 500 años después de aquella lucha por la libertad, una parte de los que viven en la gloriosa nación llamada México que mi pueblo y otros más, junto con los españoles, ayudamos a crear, basándose cínicamente en una falseada y mentirosa verdad, nos llamen traidores a nosotros, a los que la conseguimos crear, sin tener en cuenta las  diferencias y solo las ansias de paz, sin vacilar nunca en la lucha por la libertad.

 

Sinceramente, y digo y repito que hablo en nombre de todos los espíritus de  aquellos pueblos que luchamos por vernos libres  del cruel y opresor imperio azteca,  que nosotros amamos al águila, también a la serpiente, y más  si la serpiente es emplumada. Pero detestamos, porque nos denigra y nos agravia,  esa representación sanguinaria y supremacista del águila devorando a la serpiente sobre el nopal, que en muchos sitios está, pero donde únicamente nos preocupa es que figure en la bandera nacional ya que no es una figura que una a los distintos pueblos,  pues recuerda unos tiempos en que uno tenía subyugados a los demás y que afortunadamente al final, logramos vencer en aquel día del 13 de agosto de 1521.

 

Y te rogamos: haz lo que esté en tu mano para evitar que esta verdad la terminen de ocultar y que de nuevo vuelva a ser reconocida por lo grandiosa que es, pues parece como si otra vez  el espíritu de la persecución se estuviera adueñando  de esta maravillosa tierra por la que tantos pueblos y con tanto amor, luchamos y dimos la vida.

Calló haciéndose el silencio. Las verdades arcanas habían sonado. Un color indistinto emanaba de aquellos entes etéreos.

 

– Todo esto que has oído es lo que opinamos todos. ¿Harás saber lo que te hemos contado? – quiso saber en tono exigente el espíritu purépecha.

– ¡Sí! Lo haré – mi tono también sonó convincente.

Satisfechos, sus aspectos fueron reduciéndose hasta quedar transformados en pequeñas esferas, y mientras contemplaba como se alejaban desprendiendo una suave estela de luz, la voz y la aparición del Guardián del Espíritu me sorprendió:

 

– Esta vez la confidencia ha sido más complicada y necesitarás con más vehemencia la ayuda de Fisgadora, la pluma que te presté. He visto que haces bien tu función. Cumple tu palabra que yo, nuevas confidencias te conseguiré – su despedida sonó suelta, sin arrastrar las palabras.

 

Un súbito negror provocó su desaparición al tiempo que se abrían  mis ojos y me encontraba en la cama. Ya la luz del alba asomaba por la ventana. Nuevamente reflexioné, estaba convencido que “los sueños sueños son,” pero tenía mis serias dudas que lo que acababa de, ¿vivir,?  lo fueran.

 

Me levanté y por un momento quedé sentado en la cama. Ya me dirigía al cuarto de baño cuando me di cuenta que algo llevaba en la mano. Era la pluma Fisgadora que parecía tener vida propia. Pensando que fuera una indirecta, cambié de dirección y me senté en el escritorio.

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