UN QUIJOTE PARA VAGOS, Parte I. Capítulo VII con audio incluido

Don Quijote, es actual

CAPÍTULO SEPTIMO De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha

Don Quijote, con jubón puesto y subido a pie sobre su cama se puso a dar voces:

-¡VALEROSOS CABALLEROS! ¡Vendid a librar batalla con el más grande caballero!

 

El cura, el barbero y el ama, al oír los gritos fueron ráudos y veloces a verlo. Don Quijote estába muy desvariado y con la espada entre su mano dando  cuchilladas y reveses por todas partes estando tan despierto como si nunca se hubiera dormido.

 

-¡Hay de vos! señor arzobispo de Turpín-gritó Don Quijote dirigiéndose al cura- deje que esta batalla yo, Quijote aventurero, la gane para la fama.

 

-¡¡Calle vuestra merced!! Se puede ganar mañana que vuestra merced está herido.

 

-No estoy ferido, no, pero molido y quebrantado, no hay duda de ello, porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías; mas no me llamaría yo Reinaldo de Montalbán, si en levantándome deste lecho no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamentos.

 

Los allí asistentes, cuando don Quijote quedo tranquilo, le dieron cena    y esperaron a que quedase dormido para decidir, esa misma noche, poner un muro a la biblioteca, para que éste no se diese cuentas que los libros habían desaparecido.

 

De allí a dos días, se levantó don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros; y como no hallaba el aposento donde los había dejado, andaba de una en otra parte buscándolos. Llegaba adonde solía tener la puerta, y tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo sin decir ni mediar palabra.

 

Al cabo de un tiempo preguntó al ama y a su sobrina por sus libros y esta le contestó:

-¿Qué aposento ni que nada? Los libros se los ha llevado el mesmo diablo y no hay ni uno solo en casa.

 

-No, no fue el diablo- dijo la sobrina- fue un mago encantador muy viejo que decía llamarse el sabio Muñatón.

 

—«Frestón» diría —dijo don Quijote.

—No sé —respondió el ama— si se llamaba «Frestón» o «Fritón», solo sé que acabó en tón su nombre.

—Ese…, ese es un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza, porque es conocedor de mi buena fama y sabe que vengo a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece.

—¿Quién duda de eso? —dijo la sobrina—. Pero ¿quién le mete a vuestra merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico en su casa, y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven tresquilados?

—¡Oh!, sobrina del alma, cuan mal estás en la cuenta, que yo quitaré las barbas antes que a mi me trasquilen.

 

Viendo que no se calmaba, dejaron pasar un tiempo. Quince días fue la calma donde don Quijote estuvo bien tranquilo. Un día, solicitó la presencia de un  labrador vecino suyo, hombre de bien, pero de muy poca sal en la mollera. Tanto le dijo al labrador y tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano  decidió servirle de escudero.

-Si vienes conmigo, amigo Sancho Panza, te aré gobernador de una Ínsula.

Al poco tiempo, don Quijote  dio orden en buscar dineros, y, vendiendo una cosa y empeñando otra y malbaratándolas todas, llegó a una razonable cantidad. Avisó a su escudero Sancho del día y la hora que pensaba ponerse en camino.

 

Sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche salieron y tanto tiempo caminaron que, cuando llegó el alba, nadie los encontraría por mucho que los buscaran.

 

Sancho Panza, sobre su jumento, iba como un patriarca con sus alforjas repletas y su bota bien llena con vino de La Mancha. Ya por campos de Montiel,  Sancho va en busca de ventura y con mucho deseo de verse  gobernador de la ínsula que su amo le había prometido en su casa y le dijo a su amo:

—Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo de la ínsula, esa que me prometió en vuestra casa, que yo la sabré gobernar, por muy grande que sea.

—Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que ganaban.

-De esa manera —respondió Sancho Panza—, si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos Juana Gutiérrez,  vendría a ser reina, y mis hijos infantes.

—Pues ¿quién lo duda? —respondió don Quijote.

—Yo lo dudo —replicó Sancho Panza—, porque tengo para mí que, aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina; condesa le caerá mejor, y aun Dios y ayuda.

—Encomiéndalo tú a Dios, Sancho —respondió don Quijote—, que Él dará lo que más le convenga; pero no apoques tu ánimo tanto, que te vengas a contentar con menos que con ser adelantado.

 

Espero que lo haga, y así lo hare, mi señor y que Dios me de templanza.

 

 

Se acaba aquí este capítulo así porque es así

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