EL TRISTE DESTINO DEL FORO

Los primitivos foros de la ciudades romanas —pongamos Roma como lógico paradigma— se situaban en un extremo de las mismas, junto a las empalizadas o los muros. De ahí viene precisamente su nombre que significa fuera o, lo que es lo mismo, lejos del centro urbano.

 

Se utilizaba para hacer mercados, y era lógica su situación para que el trasiego de los mercaderes, la llegada de suministros y el gentío de compradores no estorbase la vida ordinaria del centro urbano.

 

Pero unos siete u ocho siglos a.C. empezaron a organizarse plazas en el mismísimo centro de las poblaciones, justo en el cruce de las dos arterias principales, el decumano máximo, vía que cruzaba de este a oeste la ciudad, con el cardo máximo que la atravesaba de norte a sur. Entonces empezó a tener la palabra foro el sentido con el que ahora la conocemos.

 

Y ahí empezaron los problemas, porque el foro dejó de ser mercado para ser núcleo donde se levantaban los templos de los dioses; la “basílica”, que era el lugar para impartir justicia; el “senado” o centro básico de gobierno; la “curia” donde se ejercían funciones administrativas; el “tabulario” o archivo de la urbe y el “erario” o tesoro. Es decir que lo que antes era lugar de compra, venta o trueque de ganado, alimentos, especias, tejidos y  enseres para facilitar la vida, perdió su nombre, se quedó sólo en mercado, y aquel nuevo foro que ya estaba en el corazón urbano empezó a dedicarse a discursos, homilías, declamaciones y consignas de políticos, sacerdotes, abogados y recaudadores.

 

Nada fueron las pequeñas argucias con que los vendedores y mercachifles pudieran engañar a los concurrentes frente a las enormes mentiras, manipulaciones, falacias y discursos torticeros que los poderosos vertieron en los nuevos foros.

 

Una deriva triste, un traslado lamentable de lugar y de estilo, un desafortunado cambio de sentido para una palabra que emigró de las afueras al centro de las ciudades y se prostituyó cambiando a los vendedores de objetos y viandas por los vendedores de humo.

 

Las actuales plazas, herederas de aquellos foros, cumplen hoy funciones diversas y son memoria antigua cuando se instalan mercados, voz popular cuando se llenan de manifestantes y lugar de encuentro en todas las ocasiones. Sólo cuando llegan las elecciones vuelven a tener el aspecto de los foros romanos y se alzan los tinglados  sobre los que prebostes de todo pelaje intentan embaucar a los ciudadanos.

 

Si por fortuna se alza en la plaza un escenario y unos músicos alegran la vida, el viejo foro se acuerda de antiguos bardos, juglares y malabaristas, y sonríe aliviado.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.