MEDICOS Y VENENOS EN LA ANTIGUA ROMA (I). Por Roberto Pelta Fernández. Doctor en Medicina. Miembro de Número de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas.

MÉDICOS Y VENENOS (i)

El poeta latino Quinto Horacio Flaco (65-8 a.C.) se refiere en sus obras a los envenenadores y a sus clientes. Ese fue el caso de Canidia y su hermana Sagana, unas hechiceras de las que afirma que llegaron a sacrificar niños para preparar con su médula ósea filtros (término que hace referencia, según la definición del diccionario de la RAE, a una bebida o composición con que se pretende conciliar el amor de una persona). Fue el historiador Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.) el que llamó la atención sobre unos sucesos extraños que tuvieron lugar en Roma, durante el consulado de Valerio Flaco y de Marco Claudio Marcelo, que describe en los siguientes términos:

«El año 423 de la fundación de Roma, cuando reinaba en ella la virtud más austera. Cuando no se había presentado el caso de ningún divorcio, aunque la ley lo autorizaba; cuando las mujeres no bebían vino, ni salían de sus casas más que para ir a los templos. Este año debe contarse entre los años desgraciados, pues hubo en él extraordinaria mortalidad, causada por la intemperie del aire o la malicia humana. Quisiera poder afirmar con otros autores que la corrupción del aire causó esta epidemia, y no atribuir la muerte de muchísimos romanos a los estragos del veneno. Un gran número de muertes súbitas, todas con los mismos síntomas, sembraron de repente el terror en la sociedad romana. No se sabía a qué causa atribuir los numerosos decesos, era como una epidemia, en el momento en que una esclava denunció el complot formado por veinte damas romanas que se dedicaban a la elaboración de brebajes envenenados para deshacerse de aquellos que les desagradaban o de quienes podrían obtener la herencia. Ellas alegaron en su defensa que estas pócimas eran en realidad medicinas. Para dar cumplimiento a la demanda de la esclava que las había denunciado, fueron invitadas a ingerir sus bebidas emponzoñadas, falleciendo todas. También se extendió el proceso a sus cómplices, que fueron condenados, en número de setenta.».

Cayo Julio César Augusto Germánico, también conocido como Cayo César  Calígula, fue el tercer emperador del Imperio romano miembro de la dinastía Julio-Claudia, instituida por Augusto. Era hijo de Nerón Claudio Druso Germánico (Julio César Germánico o Druso el Mayor), que a su vez era hermano de Tiberio, y se le conocía con el sobrenombre de Germánico, por ser el pacificador de la región de Germania. De niño Calígula acompañó a su padre en sus expediciones militares por Germania, donde se calzaba con las caligas de los legionarios, que le dieron el sobrenombre afectuoso de Calígula (“botitas”). Tras fallecer su progenitor, fue adoptado por su tío paterno Tiberio. Posteriormente contrajo matrimonio con Agripina la mayor, quien le dio nueve hijos, alcanzando tan sólo seis la edad adulta (Julia Livila, Drusila, Agripinila, madre del emperador Nerón, Druso César, Nerón César y Calígula). Está considerado como uno de los más grandes generales romanos y aunque gozaba de buena salud, falleció a los 34 años en extrañas circunstancias, tras efectuar una expedición a Asia Menor, con el objeto de conocer Egipto, el país que había causado la admiración de su abuelo marco Antonio. Se sospechó que una envenenadora cercana a la mujer de Calpurnio Pisón, que era el gobernador de Asia Menor y enemigo de Germánico, había sido la causante del óbito. Se halló veneno en el cabello del difunto y su viuda Agripina la Mayor acusó a Tiberio de su trágico final. Gregorio Marañón, en su libro Tiberio. Historia de un resentimiento, niega el  envenenamiento de César Druso II, también llamado Nerón Claudio Druso o Druso el Mayor (38 a. C.9 a. C.).

 

El propio Pisón tenía fama de eliminar a sus amantes mediante la introducción de veneno en la vagina. Se envió a Roma a la sospechosa del envenenamiento, para someterla a una investigación por parte del Senado, pero murió en el camino. El historiador y biógrafo romano Suetonio se refería así al aspecto del cadáver de Germánico:

 

«Además de las manchas lívidas y la espuma que le salía de la boca, viose, después que hubo sido quemado, que su corazón había quedado entero; luego, créese comúnmente que el corazón impregnado de veneno resiste la acción del fuego».

Entra dentro de lo posible que fuera Elio Sejano, prefecto del Pretorio y hombre de la máxima confianza de Tiberio, el que promovió la muerte de Germánico. Tiberio había enviado a Sejano en compañía de su hijo Druso el Joven para aplastar la rebelión de la región de Panonia, poniéndose de relieve sus grandes dotes de estratega, por lo que a su regreso fue nombrado jefe de la guardia pretoriana. Intentó conspirar contra Tiberio, tras retirarse el emperador a la isla de Capri, pero  al descubrir aquél sus siniestros planes le destituyó y Sejano fue juzgado y condenado a muerte. Tras ordenar Tiberio la muerte de Sejano, el hijo mayor del prefecto también fue detenido y ejecutado. Apicata, que era  la esposa de Sejano se suicidó, al no poder soportar la doble pérdida. En señal de venganza, antes de poner fin a su vida, mandó una carta a Tiberio y en ella le hablaba del supuesto envenenamiento de Druso el menor o el Joven (Nerón Claudio Druso), primogénito de Tiberio y de su primera esposa Vipsania, al conspirar la viuda de aquel, que se llamaba Livila (“la pequeña Livia”) y era la única hija de Nerón Claudio Druso el Mayor y Antonia la menor y a su vez hermana de Germánico, con su médico Eudemo, siendo el  eunuco Ligdo o Lygdas el encargado de administrar el veneno  suministrado por el galeno. No se logró probar que  hubiera envenenado a su marido Druso el Joven, pero al darse por enterado Tiberio ordenó que se llevasen a cabo una serie de ejecuciones en Roma. Lo que sucedió es que Livila fue condenada a morir de inanición, por orden de su madre Antonia la menor. En lo que respecta a Tiberio fallecería en el año 37, a la edad de 77 años, no pudiéndose descartar que su sobrino Calígula, pudiera haber tenido algo que ver en su muerte, convirtiéndose tras la misma en emperador, porque Tiberio no tenía sucesores directos. Calígula era aficionado a las bebidas alcohólicas, a visitar prostíbulos y a practicar torturas. Según sus biógrafos le gustaba asistir a las ejecuciones, para divertirse suministrando venenos a los condenados. Pero sería asesinado por dos tribunos (jefes militares) de la Guardia Pretoriana, cuando aún no había cumplido cuatro años en el trono, debido a su tiranía. De sus excesos da buena cuenta su afición a practicar el sexo no sólo con mujeres, a las que llegaba a sodomizar tras haberlas introducido en la vagina estramonio, sino también con hombres y animales. Usaba como antídoto, ante el temor a morir envenenado, perlas maceradas en vinagre, a veces en forma de rapé tras haber sido pulverizadas. Debido a que sufría alteraciones del sueño tomaba pequeñas dosis de acónito, y para los temblores que padecía bebía infusiones de cannabis. De él escribió el historiador y cónsul romano Cornelio Tácito (55-120), una vez que falleció, que:

Locusta sabía preparar pociones capaces de acabar con la vida de cualquiera y que nadie sospechara que esa persona había sido envenenada

«padecía en especial durante las noches de tormenta temblores repentinos que le provocaban convulsiones, caídas al suelo y pérdida de la visión, a la vez que sacaba espuma por la boca como si lo hubieran envenenado; después, como si volviese de un sueño, mostraba su aturdimiento y no siempre recordaba lo ocurrido.». A Calígula le sucedería su tío Tiberio Claudio César Augusto [ (10 a.C.-54 d.C.),  más conocido por Claudio, que a su vez era hermano de Germánico y Livila, y que por el hecho de padecer una cojera, tartamudez y epilepsia, había sido apartado inicialmente del poder. De él diría el erudito y biógrafo latino Tranquilo Cayo Suetonio que:

 

«cuando hablaba, tanto en broma como en serio, le afeaban sus taras, una risa desagradable y una cólera más repulsiva aún que le hacían echar espumarajos por la boca, una nariz goteante, un balbuceo insoportable y un continuo temblor de cabeza que crecía al ocuparse en cualquier negocio por insignificante que fuese». Los pretorianos que asesinaron a Calígula hallaron a Claudio detrás de una cortina, donde se había escondido creyendo que lo iban a matar. Tras la muerte de Calígula, a pesar de su aparente debilidad e inexperiencia política, Claudio fue proclamado emperador. Condenó al suicidio a su tercera mujer, Valeria Mesalina (ella tenía 15 años cuando se casó con Claudio, que contaba casi 50), que tenía fama de ninfómana, por sus escándalos e infidelidades. Según el diccionario de la RAE, mesalina significa: «mujer poderosa o aristócrata y de costumbres disolutas». Luego Claudio se unió en matrimonio con Julia Vipsania Agripina, llamada Agripina la Menor (no tiene nada que ver con Agripina la mayor, que era la esposa de Germánico y madre de Agripina la menor y de Calígula), que era su sobrina. La nueva esposa tenía un hijo de un matrimonio previo con el cónsul Cneo Domicio Ahenobarbo, el futuro emperador Nerón, que intentaría al parecer envenenar a su madre en varias ocasiones, no consiguiéndolo porque Agripina tomaba antídotos. Esta última convenció a Claudio para que adoptara a su hijo y repudiase al de Mesalina, nombrando al cruel Nerón su sucesor. Este acto fue un error del emperador, lo mismo que hacer testamento a favor de su mujer. Al poco tiempo, Claudio se arrepentiría y Agripina, viéndose en peligro, decidió actuar. Encargó a la afamada envenenadora Locusta, que al parecer era una esclava nacida en la Galia y que tenía  conocimientos de hierbas y pócimas, mientras que otros afirman que era una bruja de origen persa que había estado como esclava al servicio de un médico griego, preparar una pócima letal. De Locusta se decía que probaba todos los venenos en pequeñas cantidades hasta hacerse inmune a ellos. Una vez establecida en Roma se dedicó a vender sus pócimas, elaboradas fundamentalmente con arsénico, pero también con otros ingredientes como setas y hierbas venenosas. Fue condenada a muerte por ser la causante de diversos envenenamientos, pero en el año 54 d.C., antes de que pudiera ser ejecutada, la emperatriz Mesalina la contrató para deshacerse de su esposo Claudio. Locusta, a la que alude en sus obras Suetonio, y el eunuco Haloto, confidente de la emperatriz, disimularon el tóxico en un guiso de setas,  un manjar que gustaba mucho a Claudio. Pero el veneno no surtió gran efecto, pues Claudio, después de vomitar varias veces, comenzó a mostrar señales de mejoría. Agripina, temerosa de que su plan se descubriese, llamó a su amante, el médico Jenofonte de Cos. Con el pretexto de provocar el vómito para ayudar a evacuar el tóxico, clavó en la garganta del emperador una pluma untada con veneno y Claudio murió al instante. Así lo refiere Suetonio:

 

«Murió envenenado, pero dónde y por quién es motivo de discusión. Algunos aseguran que, mientras comía en la ciudadela de los sacerdotes, lo emponzoñó el eunuco Halor, su catador; otros aseguran que la propia Agripina, durante un banquete en el palacio, le sirvió unas setas envenenadas. Muchos sostienen que después de haber ingerido el veneno quedó mudo, y que, atormentado por dolores durante toda la noche, murió por la mañana. Algunos dicen que, de entrada, quedó como aletargado y que luego vomitó abundantemente cuando le ofrecieron otro veneno mezclado con una especie de polenta que le dieron para recuperar sus fuerzas, ya que estaba extenuado, o quizá por un enema que le administraron haciéndole creer que aliviaría sus dolores con esta evacuación.».

 

Tácito también nos ha dejado su versión del envenenamiento: «Le fue suministrada, con la excusa de no haber comido nada, una segunda dosis del tóxico mezclado con una pasta de higo que lo sedó, lo sumergió en un apacible sueño del que más tarde despertaría convulso y que le llevaría tras horas de sufrimiento a la muerte».

Probablemente Claudio fue envenenado por amanitina, que es el principio activo de la “Amanita phalloides”, que una vez cocinada puede tener el mismo aspecto de la “Amanita caesarea”, comestible y tan suculenta que Plinio el Viejo la llamaba “manjar de los dioses”. A este respecto el poeta Marcial exclamaba: «Es fácil despreciar el oro y la plata; pero ¡qué difícil es no rendirse ante un plato de oronjas!». La ingestión de una de estas setas puede ser mortal y los síntomas aparecen al cabo de 6 a 12 horas. Primero  hay dolor abdominal, vómitos, diarrea, y tras un período de recuperación comienzan las lesiones hepáticas  y la insuficiencia renal. Algunos autores abogan por la posibilidad de que las setas que ingirió Claudio hubieran sido impregnadas con arsénico. Diecisiete siglos más tarde, el emperador Carlos VI de Habsburgo (1685-1740) murió intoxicado por las mismas setas.

 

Tras el fallecimiento de Claudio, Nerón ordenó a Locusta, convertida en “instrumento de estado”, que envenenase a Tiberio Claudio Británico, hijo de Claudio y de su primera esposa, Valeria Mesalina. Nerón consideraba a Británico un rival para coronarse emperador y como el veneno elegido no producía con rapidez el efecto buscado, instó a Locusta para que elaborase otro de acción más acelerada, aconteciendo la muerte de Británico en un banquete. Según Tácito:

 

«Un brebaje aromático todavía inocente, pero muy caliente, le fue servido a Británico después de ser catado. Entonces, al rechazarlo, por estar demasiado caliente, le añadieron agua fresca y, con ella, el veneno que le causó un efecto tan rápido que se vio privado a la vez de la palabra y de la vida».

 

Suetonio y Dión Casio se adhirieron a la hipótesis de Tácito sobre el posible envenenamiento de Británico, pero no así otros historiadores como Plutarco.

 

A Locusta la acogió Nerón como su asesora personal en materia de venenos e incluso organizó una escuela donde podía entrenar a otros en su oficio y probar las diferentes sustancias tanto en animales como en criminales condenados. Nerón alojó a Locusta en su palacio, para agradecerle los servicios prestados y le donó tierras. Dicho emperador se suicidaría en el año 68, con 32 años de edad, tras arrojarse al río Tíber. Había solicitado previamente la ayuda de Locusta, pero la caja de oro en la que cobijaba el veneno le había sido sustraída por sus esclavos.

 

Tras la caída de Nerón su sucesor, el emperador Servio Sulpicio Galba (hacia 3 a.C.-69 d.C.), acusó a Locusta de centenares de asesinatos y en el año 69 d.C. ordenó ejecutar a la tenebrosa dama de una forma cruel, al ser violada en público por una jirafa amaestrada y luego descuartizada por animales salvajes.

 

Pronto relevó a Locusta como envenenadora a cargo del servicio imperial Canidia. A ella y a otro envenenador llamado Apodoloro se referiría Horacio porque al parecer añadían cicuta a la miel.

 

Tras las guerras civiles, los asesinatos por envenenamiento se multiplicaron en Roma y el emperador Sylla promulgó una ley contra los envenenadores y los sicarios, que denominó “Lex Cornelia de sicariis et veneficiis”. Si el acusado de envenenamiento era patricio se le confiscaban sus propiedades, pero si era plebeyo se le condenaba a muerte.

3 Replies to “MEDICOS Y VENENOS EN LA ANTIGUA ROMA (I). Por Roberto Pelta Fernández. Doctor en Medicina. Miembro de Número de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas.”

  1. A lo largo de la historia, las mujeres siempre han tenido una gran relevancia para cambiarla, y siempre, tras las cortinas, hacer lo que a elles les deba la gana.

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