TENOCHTITLAN, Los cimientos del cielo.

La migración de Aztlán. Este mapa de 1704, dibujado por Giovanni Francesco Gemelli Careri, es la primera representación publicada de la legendaria migración azteca de Aztlán, un paraíso misterioso en algún lugar del noroeste de México al Valle de México.

. . . y su dios les indicó el lugar, entonces el hombre creó la tierra

para poderle construir su ciudad

Tan inhóspito era el universo en el que se adentraron, que el colérico padre dejó de perseguirles, convencido de que todos perecerían dentro de aquella ciénaga.

En su huida, nadie les prestó ayuda, nadie les dio refugio, ni tan siquiera aquellos que un día fueron sus hermanos, y que ya se encontraban establecidos en las islas más grandes del lago.

Pero aquello no significó la tristeza y el derrumbe de aquel pueblo tan convencido de lo glorioso de su destino, y menos ahora que contaban con una nueva diosa protectora llamada Yaocihuatl “mujer guerrera”, siendo su origen, paradojas del destino, tolteca, pues era en lo que se había convertido la joven princesa sacrificada.

A pesar de sus penas, la única preocupación que tenían, era encontrar la señal que les indicara donde quería Huitzilopochtli que se le construyera su ciudad.

Nadie sabía en que consistía esa señal, pero estaban convencido de que en cuanto su gran sacerdote la viera, la sabría interpretar. Y con este fin partían todas las mañanas de todos los día, a buscar, de islote en islote, de rincón en rincón el oráculo prometido, hasta que una mañana temprana la piragua quedó varada junto a un islote obligando a bajar a sus dos ocupantes; el agua les cubría muy por encima del tobillo, arrastraron la barca hasta que quedó segura y se adentraron entre los carrizales llenos de rocío que les mojaba las manos, incluso las caras al apartarlos, pero por fin se acabaron, y entonces la admiraron, encima de una solitaria roca había una chumbera, y sobre ésta, posada, un águila sosteniendo en su pico una serpiente.

La imagen, recortada en el intenso azul del cielo, sobrecogía. El  águila paró su picoteo desgarrador clavando la mirada de sus dorados ojos en aquellos dos hombres que, paralizados, la contemplaban.

El gran sacerdote se dejó caer clavando sus rodillas en el suelo, a la vez que inclinaba su cabeza hasta tocarlo; ejemplo que fue seguido por el que le acompañaba.

Tres veces levantó la cabeza y la imagen continuaba, su mirada fija en él, como si le hablara; a la cuarta, el águila ya no estaba.

La solemnidad del momento, dejó paso al alborozo desconcertado del sacerdote

– ¡¡Es aquí!!, ¡ Es aquí!  Éste es el lugar donde Huitzilopochtli nuestro dios, quiere morar.

Era el año de los dioses 2-Casa, equivalente al 1.325, cuando el  sacerdote Quauhoatl, rebelaba a los aztecas que su gran dios le había mostrado donde quería que se le construyera su templo, por ende, su ciudad.

Cuando describió al águila, como estaba posada, y como lo miraba, el griterío fue ensordecedor, y no era para menos, aquello significaba el fin de su eterno peregrinar. Mandó guardar silencio, para continuar

– A ese pequeño islote hemos de ir, hemos de llevar ya a nuestro dios. Hoy debe de descansar allí.

Todos se pusieron en movimiento. Los Teomamaques, así llamados los porteadores del dios, siguiendo las órdenes del gran Teomama, tomaron las parihuelas en las que estaba Huitzilopochtli sobre su trono y partieron siguiendo la multitud, llegando a la pequeña isla cuando el sol había pasado  lo más alto y ya iniciaba su larga bajada hacia el ocaso.

Y allí, justo allí, en la sombra que daba la chumbera, levantaron una sencilla choza hecha de carrizo y tule, siendo éste el primer santuario de Huitzilopochtli y también el centro de lo que sería la futura ciudad de Tenochtitlan.

Y así de pobre, así de miserable, se levantaron los cimientos del cielo que darían refugio a los dioses en su residencia en la tierra.

 

Una vez levantado aquel chamizo  y su dios puesto sobre el altar,  todos lo admiraron no reparando en lo escabroso e inaudito del lugar, sobre todo si se tenía presente que había sido  elegido por una deidad.

Entonces los aztecas, con esa tranquilidad que da al espíritu el saber que se ha llegado a su destino, decidieron dar comienzo a su asentamiento, apañándose como podían para preparar sus alojamientos, todavía no sabían que no habían acabado sus sufrimientos, una vez más, se estaban instalando en un lugar que ya tenía dueño: los tepanecas de Azcapozalco. Y ésta vez la situación podría resultar más difícil  ya que de allí no se podían marchar, su dios había elegido morar allí.

Confiados en esta realidad divina y acostumbrados a resolver dificultades, no le dieron importancia a este inconveniente, dedicándose a encauzar esta nueva vida convencidos de que sería la definitiva, Huitlipochtli así lo había decidido.

Y mucha fe es la que iban a necesitar para poder adaptarse a ella. Su existencia cambió tanto que pasó a ser casi anfibia, siendo sus viviendas las piraguas y sus armas de subsistencia las redes y las flechas, alimentándose casi exclusivamente de la pesca y de las aves acuáticas así como de los bichos que en las numerosas islas se daban.

También empezaron a crear la tierra. Con los juncos hicieron almadías, y sobre las almadías acumularon limo y con ellas huertos flotantes, y con los huertos flotantes, llamados chinampas, unieron islotes  y así fueron creando su pobre aldea, haciéndola, milagrosamente, crecer palmo a palmo, metro a metro, uniendo  todo aquello que pudiera ser fijado, al fondo de aquel lago.

Pero sus penas y sufrimientos pronto creyeron que se reanudaban; a las noticias que les llegaban desde Azcapozalco de que los tepanecas empezaban a sentirse incómodos por su presencia, se les unió las exigencias de su dios. Y con éstas inquietudes y necesidades se reunieron los aztecas.

Necesitamos construir un templo decente para nuestro dios – fue lo primero que se oyó.

– Para eso necesitaremos madera y piedra – explicó otro

– En la tierra firme la encontraremos.

– Pero esas tierras, como estas islas en las que estamos, pertenecen a los tepanecas de Azcapocalco.

– Les pagaremos lo que tomemos – sorprendió otro.

– ¡¿ Les pagaremos ?!  ¿Con qué ?

– Con lo que el lago nos dé: peces, ranas, camaroncillos, culebras, patos … y todo lo que vive en el agua.

– Que así se haga – sentenció el gran sacerdote.

Y así, con esa idea, se pusieron a pescar y a cazar  todo lo que lo que en ese lugar se encontraba, no tardando en juntar una buena cantidad de peces, ajolotes, camaroncillos, y toda suerte de aves que en aquel mundo se daba.

Una vez todo ello reunido, marcharon hacia la orilla hasta llegar a Azcapocalco, ofertando lo que llevaban  a cambio de qué lo que necesitaban.

El sorprendente deseo cayó bien entre los tepanecas, admitiéndoles en el comercio y permitiéndoles que se quedaran donde ya se habían instalado, pero advirtiéndoles rigurosamente que no salieran instalaran de donde ya estaban, bajo la amenaza de ser castigados.

Y a sus islotes volvieron contentos llevando piedras y maderas con lo que hicieron  un primer templo a su dios Huitzilopochtli, y aunque fue un adoratorio muy pequeño, quedó debidamente cimentado, forjando así las primeras raíces del poblado.

Con tan humildes principios, pero con tan grandes ambiciones, se inició la existencia de Tenochtitlan. Y así fueron pasando los años, sin nombrar a nadie que los dirigiera, siendo gobernados por un  conjunto de ancianos y antiguos sacerdotes hasta que una mañana, coincidiendo con el empezar a humear el volcán Popocatepetl, murió el sumo sacerdote que los había dirigido durante casi cuarenta años.

Ocurrido ésto, creyeron llegado el momento de dar comienzo a uno de sus más viejos sueños: la creación de una dinastía azteca como ocurría con las poderosas ciudades de su entorno, decidiendo nombrar por primera vez un caudillo, un tlatoani que los gobernara como ocurría con los toltecas de Culhuacan o los tepanecas de Azcapozalco; y varias eran las opiniones que habían, pero siempre contemplándose como súbditos de una de las dos ciudades.

Al fin,se tomó una sabia decisión; querían y necesitaban entroncarse con el antiguo mundo tolteca y recordaron que el nuevo rey de Culhuacan estaba emparentado con los aztecas de cuando éstos habían habitado en Tizapan.

Y así, un grupo de ancianos, armados de un valor que rayaba el descaro, se presentaron ante el tlatoani de Colhuacan diciendo

– Oh, honorable señor de Culhuacan y también nieto nuestro, venimos a rogaros olvidar penas pasadas y a confortaros con nuestra lealtad y deseos.

Nauhyotl, que así se llamaba el nuevo tlatoani, quedó callado, pensando en el atrevimiento de éstos mexicas, que después de haber hecho lo que hicieron con la hija del rey anterior, tenían de nuevo el atrevimiento de venir a pedir aún no se sabía qué.

La curiosidad, más que otra cosa, le hizo dar su autorización para que prosiguieran.

– Venimos a pediros humildemente a vuestro hijo Acamapichtli, para que sea el primer tlatoani de nuestra ciudad Tenochtitlan.

Nauhyotl no daba crédito a lo que acababa de escuchar, pero aconsejado de su ya afamada prudencia, respondió

– Ésto es una decisión que atañe al consejo, por lo que debéis salir y esperar a que sea tomada.

Reunido el consejo, recordó de inmediato de que manera tan cruel sacrificaron a la hija de Achitometl, después de habérsela pedido para que fuese su reina, por lo que la primera reacción de los reunidos fue dar una rotunda negativa; pero pensando después de que se trataba de un hombre, que realmente tenía sangre azteca, y conociendo los deseos que éstos tenían en entroncar con la antigua cultura tolteca, decidieron dar su autorización diciéndoles

– Que gobierne Acamapichtli, mi hijo, vuestra ciudad de Tenochtitlan.

Y así es como tuvieron los aztecas su primer tlatoani,  siendo como querían, de ascendencia tolteca: Acamapichtli Itzpapaltl.

Con su flamante rey nombrado, Tenochtitlan tomó una sabia decisión, y fue seguir pagando tributo a los tepanecas de Azcapotzalco como dueños de los islotes donde estaban asentados y seguir ayudándoles en las continuas guerras que mantenían lo que aprovechaban para ejercitarse en la lucha.

 

El tiempo ha ido pasando muy lento, tan lento como lo hacía el tiempo de antes, pero los acontecimientos han seguido ocurriendo inexorables.

Tenochtitlan ha crecido de una forma casi sobrenatural, y todos hacían responsable de este milagro a su buen dios Huitzilopochtli y a la fundación  del linaje que ya parecía estar bien asentado. Muerto Acamapichtli le sucedió su hijo Huitzilihuitl, que casó con una hija de Tezozomoc, rey de Azcapozalco, y de cuya unión, nació en un día de sol del año de 1379, un hijo que se llamó Chimalpopoca.

Emparentados tan sabiamente con las dos más poderosas ciudades del Anahuac, los mexicas pudieron dedicarse, casi por entero, al engrandecimiento de su ciudad, sin olvidar la ayuda militar, que prestaban a Azcapotzalco.

A medida que crecía éste niño, se iba transformando en lo más preferido de  su poderoso abuelo Tezozomoc, que a la vez veía con buenos ojos el desarrollo que estaban alcanzando los aztecas de Tenochtitlan.

Pero este cariño también sirvió para crearse enemigos, y el más relevante de todos ellos fue Maxtlatzin, señor de Coyoacan y uno de los hijos de Tezozomoc, que no estaba en absoluto conforme con el claro camino que llevaba Tenochtitlan para convertirse en un señorío independiente, ya que lo que quería era que siguiera formando parte del imperio tepaneca que él pensaba heredar a la muerte de su padre.

Pasó el tiempo, y en el año de 1415 murió Huitzilihuitl, sucediéndole como tlatoani de Tenochtitlan, su joven hijo Chimalpopoca “Escudo Humeante”, con lo que los celos y las ansias de poder de Maxtla sufrieron una provocación, hasta el punto de poner en suerte el destino de Tenochtitlan.

Fue en el año 12-Conejo, equivalente a 1426, cuando murió  Tezozomoc, rey de Azcapotzalco, dejando como sucesor a uno de sus hijos que no fue Maxtla, por lo que éste, preso de la rabia, los celos y la envidia, ordenó la muerte del que había sido elegido, autoproclamándose rey a continuación.

 

Chimalpopoca, en un gesto de temerario valor, marchó a Azcapotzalco a pedir cuentas sobre la muerte de su tío a lo que el cruel Maxtla, como ya habían empezado a llamarle, le respondió asesinándolo; haciendo lo mismo con el otro hermano que le quedaba e intentándolo también con Netzahualcoyotl “El Lobo que Ayuna”, señor de Tezcoco, pero al contrario que los otros, éste tuvo tiempo de escapar.

En éste terrible ambiente donde lo único que se escuchaba eran sones de guerra, los aztecas eligieron como cuarto tlatoani a Itzcoalt, “Serpiente de Obsidiana”, hijo de Acamaplichtli y de una bella esclava de Azcapotzalco, teniendo como primera acción, decidir que hacer sobre la amenaza tepaneca, más concretamente la de Maxtla.

Por tan importante motivo se hallaban reunidos alrededor del nuevo tlatoani, el jefe de los guerreros aztecas Moctezuma Ilhuicamina, su joven hermano Tlacaelel y los representantes de los cuatro cantones en los que se había dividido Tenochtitlan.

La opinión generalizada era la rendición incondicional a los tepanecas para así evitar un inútil derramamiento  de sangre, y estando Itzcoalt hablando, tratando de convencer ante unas pequeñas vacilaciones, de la conveniencia de la rendición, una voz fuerte y sonora que dejó desconcertado a todos los reunidos, se escuchó

– ¡¡ Basta !!, ¡Basta ya !

Pero lo más sorprendente fue ver que era el joven Tlacaelel el que las clamaba, alguien que hasta el momento no había sido capaz de pronunciar una sola palabra. Pero el joven no solo se atrevió a hablar,  sino que, dando un brinco, se colocó en medio del recinto buscando que cayeran sobre él las miradas de todos los que allí estaban, para continuar con su ardiente soflama

– Ya corrimos bastante llevando detrás a los colhuacanos cuando salimos huyendo de Tizapan, para que volvamos a hacer lo mismo ahora delante de los tepanecas.

 Sus ojos se veían coléricos, realmente sentía lo que estaba diciendo, siendo Moctezuma el único que miraba satisfecho a su hermano  más pequeño, mientras los demás estaban desconcertados, pero atentos.

 

Tlacaelel, viendo que sus palabras habían despertado la admiración que pretendía, continuó

– Basta de huir, de correr llevando siempre al enemigo detrás – hizo una ligera pausa para continuar – Huitzilopochtli, nuestro dios, nos indicó el lugar, “Éste es el sitio, ya habéis llegado, es aquí donde me tenéis que adorar”, nos dijo. Y ahora yo os pregunto ¿Nos ha vuelto a hablar? – interrogó con sus ojos a todos los presentes, y viendo que nadie daba respuesta, continuó

– Ésta es la casa de nuestro dios, y por ende la nuestra. No nos moveremos, y si intentan echarnos, haremos de los tepanecas el alimento de nuestro dios.

Las miradas de todos dejaron de fijarse en él, para clavarse en su tlatoani Itzcoatl que, entre intranquilo y curioso, preguntó

– ¿ Y como lo harías, si es que lo has pensado ?

– ¡Con alianzas! – respondió Tlacaelel

– ¿Con alianzas? – preguntaron todos, semejando un coro.

– ¡Sí!, con alianzas – certificó con un tono, si cabe, más seguro – Netzahualcoyotl, el señor de Tezcoco, anda perdido por los montes huyendo de los tepanecas. Si se lo proponemos, no rehusará unirse a nosotros, y será un buen aliado. Y como él, habrán más, Maxtla es tan cruel que lo mejor que sabe hacer es crearse enemigos.

Calló. Todos guardaban silencio, las palabras de Tlacaelel, seguían sorprendiendo. El mismo tlatoani Itzcoatl, que momentos antes solo pensaba en la rendición, ahora solo hablaba,  después de oír a su sobrino,  de como plantear la lucha

– No estamos en condiciones de combatir en estos momentos, y necesitamos ganar tiempo para prepararnos. Aprovechando que estamos todos reunidos, ¿Quién de vosotros estaría dispuesto a ir ante el rey de Azcaptzalco para cerciorarse si persiste en su intención de destruirnos o si por el contrario, existe la posibilidad de que se retracte ? – dijo, callando … y esperando.

– ¿Nadie se atreve? – preguntó ante el silencio mirándolos a todos, no pareciendo muy sorprendido. Aún estaba en sus memorias el último suceso.

Viendo que, a pesar de la insistencia, nadie se levantaba, Tlacaelel se alzó de nuevo

– Yo iré a llevar el mensaje a Azcapotzalco, y hablaré con su señor para tratar de evitar la guerra.

Y no fue una vez las que tuvo que ir, sino varias, aunque por desgracia todos los intentos fracasaron, pero el tiempo que se ganó negociando, fue el que se necesitó para encontrar y pactar con el príncipe de Texcoco, cuyo padre también había sido asesinado por los tepanecas, convirtiéndose en un inapreciable aliado.

Y lo increíble, por lo impensable, ocurrió. Fue en el año de 1428, equivalente al 1-Pedernal del calendario azteca, cuando los nuevos aliados  decidieron no esperar, y acaudillados por el rey Itzcoalt, el joven Tlacaelel, su hermano Moctezuma, y el príncipe tezcocano Netzahualcoyotl, decidieron empuñar la flecha y el escudo y luchar por primera vez defendiendo su libertad, cayendo como terrible tormenta sobre Azcapotzalco. En esta ocasión no corrieron, combatieron, y en contra de lo que

todos los agoreros pudieron pensar y esperar, resultaron vencedores.

Azcapotzalco, ante de la sorpresa de todos, cayó; y Maxtla, con los suyos huyó, refugiándose en otra gran población Coyoacan, en la que contaban con grandes partidiarios. Pero los aztecas y tezcocanos no se conformaron, y de forma temeraria, allí acudieron a darles caza. Y una vez más, contra la opinión de todos, volvieron a derrotarlos.

Maxtla desapareció, pero Itzcoalt, siguiendo los apremiantes consejos de Tlacaelel, mandó una incansable búsqueda bajo orden de

– Hay que detener a Maxtla, el que fuera señor de los tepanecas. No admitiré excusas, solo quiero la persona de ese tirano.

Y mientras ésto decía el tlatoani Itzcoatl, Tlacaelel daba otra orden a un pequeño grupo

– Id a Tenochtitlan y traer una imagen de nuestro gran dios Huitzilopochtli, y una vez aquí, que sea colocada en el altar de templo mayor de Coyoacan.

 

El sol calentaba la escena que se desarrollaba en la plaza donde estaba situado el gran Teocalli de Coyoacan. Todo el gentío que la llenaba tenía la vista fija en el templo, acompañando con su incesante griterío a la victima que, custodiada por cuatro fornidos guerreros, subía lentamente los altos escalones que conducían a su cumbre donde aguardaba, impaciente, el ofrendador y sus ayudantes.

Una vez en lo alto,  víctima y ejecutor quedaron presos de sus miradas, siendo mucho lo que entre ellos se dijeron sin pronunciar palabra. Los dos eran de semejante altura y mirándose a los ojos, daban una imagen poco habitual en un sacrificio. A la mente de Tlacaelel, acudió el recuerdo de encuentros no muy lejanos, haciéndole romper su silencio para decirle con inquina

– Tus gritos alegrarán los oídos de mi dios Huitzilopochtli.

– Tu dios creerá haberse quedado sordo cuando no escuche salir ni un gemido de mi garganta.

– Eso está por ver – le retó Tlacaelel en un tono tan bajo que solo Maxtla pudo oírlo – ¡Tendedlo sobre el techcatl ! – ordenó alzando la voz – Y sujetarlo de tal manera que  le sea  imposible moverse.

El ponerlo boca arriba sobre la piedra, provocó una explosión de gritos en la gente que, expectante, abajo aguardaba.

Una vez tendido y bien agarrado por cuatro sacerdotes, le dijo a un quinto

– Sujeta su cabeza de forma que no quede inclinada para que pueda ver siempre su mirada y quede recta su garganta  para facilitar todo lo que pueda  salir de ella.

De como se estaba preparando, comprendieron todos de que no  se trataba de sacrificio normal la que se iba a realizar.

Una vez consideró a la víctima sujeta, Tlacaelel se posicionó a su izquierda, a la altura del corazón, miró la imagen de su dios, alzó su filoso cuchillo de obsidiana al cielo y después de encararse con el  sol, en lugar de asestar el golpe seco y rompedor, comenzar a bajar con calculada lentitud, como si meditara lo que estaba haciendo, hasta dejar su punta apoyada sobre el pecho, más arriba de donde podía estar el corazón, viendo satisfecho como sus latidos hacían temblar la brillante piel triguera. Después, presionó despacio y muy suave entre dos costillas con un pulso y un temple que para sí quisiera cualquier cirujano, comenzando a cortar lentamente procurando no profundizar para no dañar nada importante. Los labios del desgraciado se mantenían dolorosamente fruncidos, cerrando una boca que se desesperaba por querer lanzar un grito. Recorridos unos 15 centímetros, extrajo el puñal para, más abajo, donde ya no existía el costillar, dejando un ancho suficiente para que el corazón quedara intacto, volver a clavarlo de igual manera realizando un nuevo corte de la misma longitud del anterior. La sangre ya corría, pero sin ser escandalosa.

 

Nuevamente Tlacaelel paró el cuchillo sin dejar de mirar a Maxtla que seguía dolorosamente mudo, sus ojos mirándolo con una fijeza  casi extraviada, no sabiendo si imploraban o desafiaban, mientras su boca, cerrada, mantenía cautivos los gritos que su garganta, excitada por convulsos movimientos, ahogaba. Quienes lo sujetaban, para conseguirlo, se las veían y se las deseaban.

Pareciendo estar ajeno a tantos ruegos del dolor, Tlacaelel volvió a levantar el cuchillo, miró de nuevo al cielo, y cuando sus ojos se desorbitaron invadidos por el diabolismo,  su puño armado cayó con certera furia en el inicio del primer corte para imprimir de inmediato un movimiento de sierra, rompiendo costillas, en busca del segundo corte.

– ¡¡¡Aaaaaahhhhh!!! – el grito de Maxtla fue inhumano, ocultando el sobrecogedor sonido que producían los huesos al ser cortados mientras el desgraciado se mantenía dolorosamente vivo.

Unidos los dos cortes, Tlacaelel dejó caer el cuchillo, metió las manos en el interior y una vez que sintió bien agarradas las costillas tiró con brusquedad hacia arriba abriendo en el pecho como una ventana en la que quedaba el corazón completamente descubierto. El ritmo de su bombeo lo fascinó. Apartó la vista y miró a Maxtla viendo como sus ojos parecían querer decir su ultimo adiós a la vida.

Quiso complacerlo, volvió a mirar su corazón y con todo el cuidado de que era capaz, metió suavemente su mano  por debajo de él para después cerrarla muy despacio, casi con cariño, sintiendo sus latidos, pensando, y de repente, como un arrebato, hacer un brusco movimiento hacia arriba, arrancándolo. Con el corazón aún latiendo en su mano, quiso enseñárselo pero Maxtla ya no estaba, se había ido. Entonces se irguió con aquello sangrándole brazo abajo y se encaró con el pueblo, mostrándoselo, haciendo que éste rompiera su sacrílego silencio en miles de gritos desenfrenados.

Poco después, aún entre la ovación interminable, el corazón de Maxtla era ofrecido a Huitzilopochtli, mientras su cuerpo  rodaba escalones abajo para ser descuartizado, guisado y devorado.

Ese día no hubieron más sacrificios, la muerte del tirano significaba tanto, que no debía de morir acompañado.

Aquellos tres hombres que partieron llenos de miedo, al frente de sus ejércitos, hacia Azcapozalco, habían regresado, cargados de gloria, a Tenochtitlan. Glorias que se transformaron en títulos de señorío como el de Itzcoatl, que de tlatoani pasó a ser el Gran Tlatoani; Moctezuma Ilhuicamina que recibió el de Tlacatecatl, “General de todos los ejércitos”; y Tlacaelel que se transformó en Tlacohcacalcatl, “Señor de la Casa de los Dardos”; así como a otros varios guerreros.

Estos títulos vinieron acompañados de grandes concesiones de tierras conseguidas de los pueblos derrotados.

Y así empezó el engrandecimiento tan buscado por los aztecas, siendo Tlacaelel el que más se empecinó en su desarrollo preocupándose de todo, y así, casi enseguida, se convistió en Cihuacoatl, “Consejero Supremo” de Izcoatl además de interlocutor único del gran dios Huitzilopochtli.

Tanto fue su poder, que enseguida olvidó la humildad que lo caracterizaba ya que sus opiniones empezaron a parecer órdenes por el caso que hacía de ellas, tan pronto como las oía, el rey Itzcoatl.

 

Y en éste su nuevo esplendor se encontraba Tlecaelel hablando, en medio de una reunión que tanto empezaba a gustarle convocar.

– Puesto que el rey Maxtla ya no está – decía henchido de orgullo – su ciudad, Azcapotzalco debe dejar de existir también.

Como tantas veces, la sorpresa acudió a los rostros  de quienes le escuchaban, pero él, ajeno, continuó

– No debe de bastarnos con hacer arder sus templos y cambiar sus dioses por los nuestros, sino que sus edificios también deben de desaparecer para fomentar la creencia de que nunca existieron y así, sus piedras servirán para engrandecer Tenochtitlan.

A pesar de que parecía que sus palabras no despertaban muchos acuerdos, romper las costumbres era algo que a los aztecas no siempre les había gustado, él ignoró la acogida de su propósito y continuó:

– Nuestro dios Huitzilopochtli tiene prisa por estar acondicionado como se merece, solamente tenéis que ver la manera como nos ha ayudado. De Azcapotzalco no debe de quedar ni tan siquiera el recuerdo, haciendo que sus piedras sirvan para la construción definitiva de Tenochtitlan, quedando así realizada la morada que nuestro dios merece.

El razonamiento, ahora sí, pareció convencer a todos, por lo que acabó diciendo:

– Una vez todo terminado, sus habitantes serán distribuidos por otras poblaciones con la grave prohibición de no lamentarse jamás.

Decidido por unanimidad, los tepanecas, acompañados de sus llantos, tuvieron que destruir su ciudad, al tiempo que  ayudaban a levantar a la que durante tanto tiempo habían protegido, para después tenerse que marchar.

Y así acabó Azcaptzalco para mayor gloria de Tenochtitlan.

 

One Reply to “TENOCHTITLAN, Los cimientos del cielo.”

  1. En esto está empeñado el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en modificar la fecha de la fundación de Tenochtitlan de 1325 a 1321 y así este año en lugar de celebrar el 13 de Agosto los 500 de la conquista de México, celebrar los 700 años de la fundación de Tenochtitlan, pero hay mucha gente que se opones, entre ellos el afamado Don Eduardo Matos Moctezuma diciendo que eso es mentira y que es una manipulación. Yo estoy de acuerdo con él.

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