LA MISIÓN KEICHO (Tensho): LOS PRIMEROS JAPONESES QUE SE AFINCARON EN ESPAÑA

A comienzos del siglo XVII, en la volcánica isla de Hondo Date Matasune gobernaba la región de Sendai como señor feudal. Era sólo un oligarca local pero se ganaba el respeto del shogún de Edo, el valido que acaparaba el poder central al tener domeñado al emperador.

En 1549, el jesuita Francisco Javier había llegado al archipiélago. Desde el foco establecido en la meridional isla de Kyushu, el catolicismo irradiaba su luz por los dominios del Sol Naciente hasta que el shogún Ieyasu Tokugawa decidió prohibirlo. Entonces, los conversos de pómulos salientes y ojos hundidos comenzaron a sufrir martirio.

Ni por una ni por otra parte el diálogo resultaba fácil. Los cuadros dirigentes no comprendían el sistema social proclamado por los predicadores, la igualdad de todos los hombres ante Dios no encajaba con las castas. Tampoco a los europeos les resultaba inteligible que el valedor insular fuera simplemente un kimono sin voz ni voto. Para aclararse, los portugueses trazaron un paralelo etnográfico al comparar la jerarquía entre el emperador y el shogún con la del papa (de raigambre divina, pero con poca potestad política) y el rey (responsable de la aplicación de la justicia terrenal).

La embajada Keicho empezó a fraguarse, de improviso, en 1609. Don Rodrigo de Vivero, gobernador de las Filipinas, resultó sorprendido en su tornaviaje por una tormenta que arrastró el San Francisco desde la latitud de la isla de Guam hasta la costa japonesa de Chiba, donde naufragó.

Los nipones trataron con cordialidad a los 317 supervivientes y, tras el salvamento, la tripulación compareció ante el shogún en Edo (Tokio) y Sunpu. El 29 de noviembre se firmó un pacto en virtud del cual se autorizaba el establecimiento de una fábrica, pues a los japoneses les interesaban las técnicas de navegación occidentales y los métodos de purificación de metales por ser abundantes en sus parajes las minas de plata. En las conversaciones, el artífice de los designios de Japón manifestó además su deseo de entablar relaciones comerciales, pues declaró haber sido informado de que “el rey don Felipe Hispanicus es el enorme señor de todas las cosas”.

El shogún encomendó a William Adams, lobo de mar inglés, la fabricación del San Buenaventura, que habría de trasladar a los españoles hasta México. Tres meses después de zarpar, don Rodrigo fondeó en Acapulco para narrar la aventura al virrey Luis de Velasco, que en agradecimiento envió los 4.000 ducados dejados en deuda y el coste del navío. El aguerrido Sebastián Vizcaíno encabezaba esta operación, con el encargo anexo de localizar dos islas de ensueño: Rica de Oro y Rica de Plata. No las encontró y, luego de recalar en el puerto de Uraga el 10 de junio de 1611, sufrió graves daños, mientras que los holandeses incrementaban su presencia en Oriente.

En la época en la que jesuitas y franciscanos competían por el monopolio del cristianismo entre los japoneses, un heredero del amor a la naturaleza de Asís, Luis Sotelo, convenció al señor de Sendai de los beneficios que reportaría la embajada a Roma. Con ayuda de Vizcaíno y de los náufragos que quedaban por aquellos lares, se empezó a construir en la península de Ojika un bajel denominado por los japoneses Mutsu Maru y por los españoles, San Juan Bautista.

Tan pronto se convirtió al catolicismo, Date Matasune vetó las prácticas budistas y sintoístas y decidió enviar una delegación a Europa a fin de impulsar el tráfico mercantil con México y allanar la entrada de misioneros en Japón. Desde la Baja Edad Media, la imagen que se poseía de Cipango estaba envuelta por el mito. En 1618, Lope de Vega comparaba estas islas con las venas del cuerpo humano y es que, además de la dispersión inherente a su status geográfico, el archipiélago estaba fraccionado en daimios o taifas en permanente guerra civil.

El 28 de octubre de 1613 la comitiva salió de Sendai con tres cartas: una para la ciudad de Sevilla, otra para Felipe III y una tercera para el papa. Esta misión, conocida como “embajada Keicho” fue encabezada por Hasekura Tsunenaga y Luis Sotelo. El samurái había dado muestras de su heroísmo en los conflictos de Corea de 1591 y 1607. El franciscano, descendiente de una ilustre familia sevillana de origen judío, había estudiado en Salamanca, evangelizado Nueva España y Filipinas y, en 1608, pasó a Edo, ya que en esa fecha Paulo V autorizó a los franciscanos y a los dominicos a predicar en Japón, hasta entonces monopolio jesuítico. Enterado de la protección del terrateniente de Sendai hacia los cristianos, se refugió allí y, al instante, se ganó su confianza.

Junto a los cabecillas, viajaban los frailes Ignacio de Jesús y Diego de Ibáñez, 25 marinos españoles y 150 japoneses como personal de servicio. Sin temor, surcaron el Pacífico y, a finales de enero de 1614, el cortejo desembarcó en la ciudad de México, donde fue recibido por el virrey Guadalcázar, que organizó el bautismo de 68 nipones.

Sin embargo, únicamente Fray Luis Sotelo, Hasekura Tsunenaga y 30 japoneses quisieron proseguir la ruta en caravana de mulas hasta rozar en Veracruz la costa atlántica. A bordo del galeón San José, el 10 de junio partieron desde el fuerte de San Juan de Ulúa enrolados en la flota de Indias que retornaba a la Península Ibérica. Superada la escala en La Habana, el 30 de septiembre de 1614 divisaron Sanlúcar de Barrameda. El duque de Medina Sidonia envió carrozas para honrar a los embajadores de Asia y les aparejó dos galeras que los condujeron río Guadalquivir arriba.

En Coria del Río, núcleo donde 2.000 habitantes vivían en el siglo XVII de la pesca fluvial y de la cría de caballos, algunos japoneses creyeron hallar el Paraíso terrenal y, mediante el mestizaje, el séquito de Hasekura echó raíces en Andalucía. En el registro parroquial de Santa María de la Estrella el apellido Japón está presente desde dicha centuria. En la España Moderna era común usar los topónimos como gentilicios y, actualmente, de los 30.000 habitantes del municipio, 1.000 pertenecen a este linaje.

De Coria pasaron a Sevilla. Fueron hospedados como príncipes en los Reales Alcázares y aprovecharon para visitar la catedral gótica y subir a la Giralda. Una semana después fueron atendidos por el cabildo y Hasekura hizo entrega de la catana y del sable corto como presentes del daimio.

Con 2 carros, 2 literas y 22 acémilas de monta y carga desplegadas sobre el camino, vieron Córdoba, Toledo y finalmente Madrid. La pareja afrontaba el reto con entusiasmo, si bien desde el Consejo de Indias, la Casa de Contratación y el virreinato se sucedían los informes negativos remitidos a Felipe III. Aparte de los dispendios ocasionados durante la estancia mexicana, se acusaba a Fray Luis de haber abandonado su demarcación sin licencia del prelado.

En la villa y corte se alojaron en el convento de San Francisco y el 30 de enero de 1615 fueron recibidos por Felipe III, que debió de estirarse al escuchar a Hasekura: “así yo, viniendo de una región desprovista de la luz del cielo a estos  reinos de cristianos para encontrarla, y compareciendo ante su real  presencia, que es un sol de cristiandad que ilustra el mundo…”

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En una suntuosa ceremonia, que contó con la asistencia de la familia real, el 17 de febrero Hasekura fue bautizado en el monasterio de las Descalzas Reales como Felipe Francisco (nombres del monarca y del duque de Lerma). Los embajadores quedaron muy satisfechos con las fiestas y torneos celebrados en su honor, especialmente con los juegos de cañas.

Unos meses después, el periplo continuó por Alcalá de Henares, adonde llegaron el 22 de agosto siendo acogidos por la comunidad franciscana. En la Universidad fueron recibidos igualmente con honores por el rector y los estudiantes. A los dos días, se encaminaron a Daroca.

El 30 de septiembre se entrevistaron en Zaragoza con el virrey de Aragón, Diego Pimentel, marqués de Gelves, que los acompañó a visitar el  templo del Pilar.  La siguiente etapa después de Zaragoza fue Barcelona, pasando por Fraga y Lérida, donde les proporcionaron una compañía de soldados a fin de asegurar su viaje por Cataluña. Con ellos llegaron a Igualada, partiendo desde allí a caballo hacia Montserrat. En Barcelona se hospedaron en una casa cercana al convento de San Francisco. El príncipe Filiberto de Saboya, capitán general de la Mar, a quien el rey había encargado el embarque, organizó la salida en dos fragatas de Génova y un bergantín, aunque por la tardanza en su llegada partieron en falúas.

 

El propósito de la expedición tirrena era que el pontífice aprobara un episcopado franciscano en el noroeste. En 1579, el jesuita napolitano Alessandro Valignano había proyectado la primera embajada de japoneses a Europa, formada por cuatro adolescentes conversos, miembros de la nobleza feudal de la isla de Kyushu. En 1582 la misión Tensho salió de Nagasaki, entró en la Península por Lisboa, fue recibida en Madrid por Felipe II y llegó a Roma en 1585, no retornando a Japón hasta 1590. Dos de ellos,  Mancio Ito y Julian Nakaura fenecieron en el suplicio, Martino Hara murió en el exilio y Michael Chijiwa, desilusionado por la persecución, renunció a su fe. Ahora Sotelo anhelaba que el viaje diera frutos, contrarrestando a su vez el peso de la Compañía, arraigada en el sur.

El mal tiempo varó los buques en el puerto francés de Saint-Tropez. De esta forma, la nobleza local tuvo ocasión de rendirles homenaje y, también, de observarlos minuciosamente. Los anfitriones tomaron ciertas notas que detallan el comportamiento de los emisarios asiáticos: “Nunca tocaban la comida con sus dedos, sino que usaban dos pequeñas varas que ellos sujetaban con tres dedos. Soplaban sus narices en papeles de seda suave del tamaño de una mano, que nunca lo usaban dos veces, así que ellos los arrojaban al suelo después de usarlos, y ellos estaban contentos de ver a nuestra gente alrededor precipitándose a recogerlos. Sus espadas cortan tanto que ellos pueden cortar un papel suave poniéndolos sobre el filo y que el viento soplara sobre ellos”.

El Senado romano honró a Hasekura con el título de ciudadano y el 3 de noviembre de 1615 el anciano Paulo V escuchó a Fray Luis y también a Hasekura que, en la cámara asignada para su asueto, había reemplazado el vestido negro por el traje de colores, el apropiado para comparecer ante los soberanos. A mediados de mes su secretario fue bautizado en San Juan de Letrán y el 25 de diciembre el propio  samurái recibió la confirmación junto al Tíber. El hospedaje, en el convento de Santa María de Aracoeli, corrió a cargo del erario pontificio.

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El 7 de enero de 1616 la comitiva salió de Roma. El papa había dado muy buenas palabras a Fray Luis pero, al decir adiós a la ciudad eterna, una zozobra inexplicable advirtió al hermano de que, tal vez, las hermosas intenciones se quedarían encerradas en la cripta de San Pedro.

En marzo la embajada se adentró por segunda vez en España, mas el cariz del regreso distaba del olor de multitudes que había marcado su anterior entrada. El Consejo de Indias, con su habitual animadversión en idénticas proporciones hacia Sotelo y hacia los gastos, exigió que se dirigieran a Sevilla sin parar en Madrid con vistas a que embarcaran lo antes posible en la flota de México. Pero cuando llegó el día de zarpar subieron a proa 20 japoneses y 2 franciscanos. Hasekura fingió problemas de salud y, al parecer, a Fray Luis se le había fracturado una pierna. Es indudable que ambos le habían cogido querencia a deambular por España y, ante la enfermedad, no cabe la posibilidad de réplica. Los internaron en el convento de Nuestra Señora de Loreto, de Espartinas, en espera de que se recuperaran y, al año, en julio de 1617, los oficiales de la Casa de Contratación y del Consejo de Indias suspiraron aliviados cuando los devolvieron a Asia.

Aunque Madrid y Roma consideraron de poca monta esta delegación oficial pues había sido promovida por una autoridad menor, a la larga se elevó a la condición de hito en las relaciones bilaterales. A corto plazo, lamentablemente ni Sotelo ni Hasekura lograron imponer la política de la simpatía que preconizaban. Tras recorrer en siete años casi 50.000 kilómetros, el samurái fue encarcelado por orden del shogún y murió pobre, sin su casaca de gola blanca. Al religioso lo devoraron las lenguas de la hoguera. Nunca ciñó la mitra, mas Pío IX lo beatificó el 7 de julio de 1867. La felicidad inmediata sólo alcanzó a los japoneses que se avecindaron a orillas del Guadalquivir.

Transcurrieron más de 200 años hasta que Japón y España retomaron el contacto. En 1868 los dos Estados afrontaban vidas paralelas: la restauración Meiji y la revolución Gloriosa. Después de la visita del comodoro Perry, el aislamiento nipón se erosionó, los Tokugawa fueron derrocados y el emperador recuperó su capacidad de mando pero, en el destierro, Isabel II perdería la pista de las credenciales que firmara poco antes de instalarse en París. Entre los gritos de “Viva la España con honra”, Tokio acusó recibo de los documentos en pleno Sexenio Democrático.

 

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