LOS EUNUCOS

El poder de los eunucos, en el año 400, había aumentado hasta límites nunca vistos en la corte bizantina. Ahora, estos hombres castrados, un tercer sexo al que los habitantes de la ciudad de Constantino a veces tachaban de demoníaco y otras de santo y angelical, pues la mayoría de ellos se habían entregado al cristianismo y no pecaban. “Si no pecan, es porque no tienen con qué”, aseguraban los constanopolitanos socarrones. “Sí tienen, les queda el trasero, pero su santidad les impide pecar”, contradecían los defensores de la castración. Era muy popular en aquella época un libro, un manual de devoción, llamado “Las sentencias de Sexto”, en cuyas páginas podía leerse: “Aparta de ti cualquier parte de tu cuerpo que te impida el autocontrol, ya que es mejor vivir en continencia gracias a estar amputado que hacerlo destructivamente usando el falo. Quizás hayáis visto a algunas personas que han preservado la salud del cuerpo cercenando alguna de sus partes. Por ejemplo, si un pie se gangrena y lo cortamos, es posible seguir con vida gracias a una amputación. De donde se desprende que es bueno amputar nuestros genitales si ello conducirá a la salvación del alma”. Sin embargo, la gente común siguió asignándoles a los eunucos la etiqueta de retorcidos y lujuriosos. Fue por eso que el Arzobispo de Ocrida, en lo que es hoy territorio de la República Yugoslava de Macedonia, escribió el libro “En defensa de los eunucos”. El texto está escrito por alguien que conoce el fenómeno de cerca. El hermano del prelado y varios de sus amigos estaban castrados. De ellos el hombre de Dios aseguró que tenían una conducta intachable. A pesar de las maledicencias y las envidias el poder de los eunucos y su fervor cristiano iba en aumento. Amancio tal vez fue el más poderoso de los castrados. Consejero personal y ministro de la Emperatriz Eudoxia, instigó a la mujer para que extirpara de la manera más cruel el templo del antiquísimo dios Dagón, de los filisteos, en Gaza, el cual había sido reconstruido y ampliado por el Emperador Adriano aproximadamente en el año 110 Después de Cristo. Ahora se llamaba Zeus Marna, o Marneion, pero adentro se seguía adorando a la abominable forma de un pez monstruoso surgido de los abismos de agua.

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