LA VERA HISTORIA DE ANDRÓMEDA Y EL MONSTRUO

Como suele suceder con ciertas fábulas presuntamente infantiles, o algunos mitos convertidos en cuentos, el de Andrómeda y el Monstruo soslaya la verdadera historia, tergiversando los hechos en aras de una moral pacata o convencional. Por eso, el autor de este relato se ha propuesto develar su auténtico sentido.

 

Frente al antiquísimo puerto de Jaffa, según una oscura leyenda, se halla la Roca de Andrómeda. Supuestamente, allí estuvo ella encadenada y a merced del Monstruo Ceto, hasta que Perseo, montado en Pegaso, vino a salvarla. El mito griego no menciona ningún sitio preciso para la Roca, salvo que estaba entre el Océano, bajo la égida del dios Nereo, y el borde del Mar de Neptuno, que los helenos, aún antes que los romanos, consideraban como si fuera suyo. Esto no era, empero, por razones de conquista, sino porque las colonias que ellos habían fundado -casi siempre en las costas marinas, y que se dedicaban más al amor y al comercio que a la guerra- estaban dispersas a lo largo y ancho de ese fabuloso mar.

 

Lo curioso de la leyenda, amén de lo que luego revelaremos, es que ubica la Roca tan al sur, tan lejos de los laberintos insulares del Egeo y el Jónico, e incluso del Ponto, o Mar Negro, que ha menudo se la ha tildado de falsa. Porque el puerto de Jaffa, adonde arribaban las naves del Rey Hiram de Tiro con los cedros para el Templo del Rey Salomón, y de donde había partido el Profeta Jonás en uno de los barcos que salían para “Tarsis” -nombre bíblico de Iberia, anterior a “Sefarad”- no figuraba en el itinerario de la mitología helénica.

Ello no obstante, me consta que la leyenda es verídica porque estaba disimulada entre líneas en un pergamino atribuido a Plinio el Viejo, geógrafo griego que recorrió los siete mares y algunas islas del ignoto Océano.

 

 

Además, la costa donde se hallaba -y todavía se halla- el puerto de Jaffa, era ya conocida por sus monstruos marinos, tanto como las Escilas y Caribdis más norteñas y propiamente helénicas. El célebre “Leviatán” del Libro del Profeta Jonás frecuentaba esas aguas; aunque el Monstruo Ceto, de donde proviene la palabra cetáceo, como tampoco el Leviatán, nada tenían que ver con las ballenas.

 

La culpa de todo la tuvo la propia Andrómeda, por jactarse de ser más bella que las Nereidas, o Hijas de Nereo, Princesas del Mar, que deslumbraban por su hermosura a dioses, semidioses y hombres. Cierto es, sin embargo, que Andrómeda las sobrepasaba en belleza, porque sus pechos, nalgas y muslos eran más ampulosos que los de las orgullosas y un tanto magras Nereidas, lo cual les placía sobremanera a los libidinosos griegos de entonces. La única mujer mortal que se aproximó al supremo encanto de Andrómeda fue Aspasia, la mujer de Pericles, esculpida por los grandes artistas atenienses que, como se sabe, las preferían también bastante rellenitas.

Pero Andrómeda tenía a su favor, además, dos atractivos adicionales. Como los helenos, amaba profundamente el mar sin ser un engendro marino, y compartía su perenne concupiscencia, que, sin duda, provenía de sus propios dioses y diosas.

 

En cuanto al Monstruo Ceto, ciertamente no era de sexo femenino, como lo pintan la mayoría de las versiones apócrifas. Esa es otra de las falsías míticas para esconder su verdadera naturaleza. Tal cual lo muestra su figura más auténtica, calcada de un vaso griego de la época clásica, tenía torso de hombre, cola de pez y cabeza de serpiente. Lo que nadie sabe es que, disimuladas bajo la espuma que siempre lo rodeaba, mantenía sus partes pudendas claramente masculinas y muy bien puestas. Poseía, por añadidura, cuatro brazos, lo cual puede ser un atributo muy apreciado a la hora de hacer el amor. La lengua bífida, propia de los ofidios, también jugaba su parte, a juzgar por las censuradas confesiones de muchas sirenas, ninfas y gorgonas, e incluso de la misma Afrodita, diosa amante y amada por antonomasia.

Cierto es que junto con eso los testimonios, tanto los secretos como los conocidos por todos, aluden a la crueldad del Monstruo, debido a lo cual es imposible ignorarla; aunque hay quien piensa, como el Marqués de Sade, que en todo acto amoroso hay siempre un atisbo de dicha crueldad, y, por ende, de la soberana Muerte.

Por eso, cuando Perseo, caballero en Pegaso, se acercó a la Roca donde las Nereidas habían encadenado a Andrómeda, no pudo creer lo que estaba viendo: ella copulaba con el Monstruo, montado a horcajadas sobre su cuerpo, con el placer pintado en su rostro. Las cadenas, en lugar de estorbarlos, aumentaban el deseo de ambos, y el mar se acompasaba al ritmo de su vaivén, desatando el oleaje y cubriendo con la consabida espuma al intruso jinete y a su alada cabalgadura.

Consumido por la ira, ya que estaba perdidamente enamorado de Andrómeda, Perseo convirtió al Monstruo en una estatua de piedra, mediante la cabeza de Medusa, que llevaba consigo como premio desde que se la había cortado. Luego rompió las cadenas y alzó a Andrómeda en sus brazos, mientras Pegaso apenas resistía los embates del mar embravecido.

Perseo miró a Andrómeda a los ojos, fijamente, ocultando sobre el anca del caballo volante la cabeza fatídica -para que ella no la viera y se convirtiese también en piedra- y entonces, lo comprendió todo…

      -¡Te odio!-barbotó Andrómeda- yo amaba al Monstruo. –Y se arrojó

        intempestivamante al agua, de donde no volvió a salir.

Despechado, Perseo raptó a la primera Nereida que le salió al paso y huyó de allí para siempre con destino desconocido.

Desde entonces, no pocos griegos y bárbaros, dioses y mortales, usaron las ominosas cadenas en sus juegos amorosos; reviviendo la pasión de Andrómeda y el Monstruo, y a modo de homenaje a los desafortunados amantes.

 

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