PASEOS CON WOODY ALLEN POR LA CIUDAD DE OVIEDO (ASTURIAS)

Atardece. El sol juega al escondite tras la fina lluvia que es una sábana fresca y limpia. Orbaya, dice una mujeruca que pasa y sonríe mientras desprecia la protección de un paraguas que empuña como un bastón. En la plaza dela Escandaleradeja la historia oír su murmullo de voces antiguas y recientes, su mensaje de cruces y guerreros, de monjes y literatos, de indianos y mineros. Como un latido de primavera oigo las notas de un clarinete, su balada lastimera y quejumbrosa que se vuelca de golpe en una loca melodía de notas negras y solos majestuosos.

–  Ésta es una ciudad de cuento de hadas- me susurra Woody al oído mientras guiña un ojo con fingida picardía y acuna el clarinete como un niño.

– ¿De cuento de hadas? No parece atestiguarlo así su historia- respondo yo mientras recuerdo las hazañas de Pelayo, las devociones de Alfonso el Casto, el fervor inquisitorial del poder eclesiástico, la altiva burguesía que tejió en la ciudad su red de influencias y de castas.

– Claro que sí. Escucha. Si hago sonar mi clarinete me responden cien gaitas al unísono y no me hacen falta más instrumentos para armar la barahúnda más grande y más hermosa del mundo. ¡Ah! Y no queda ahí la cosa porque la percusión la tenemos asegurada con los efluvios digestivos de ese plato tan belicoso como sorprendente: fabada. El primer día que la probé creí acabada mi carrera de director pero finalmente lo superé y

Miro a Woody y sonrío. Lleva su gabardina arrugada, unos zapatos sacados de las mejores películas de Hollywood y un gesto distraído. Pienso que lo mismo podría estar en Oviedo que en Los Angeles pero sus ojos vivos, su mirada atenta que no pierde detalle me afirman lo contrario.

– Es un lugar delicioso. Aquí todo lo nombran con diminutivos –prosigue- y me llamaron niñín. Figúrate, yo con más de setenta otoños y me puse a jugar en el parque de San Francisco con otros arrapiezos que me invitaban a sidrita y me hacían sentir un niño judío que no ha celebrado su Bar Mitzvah. Pero, oye, ¿tú que haces por aquí? Te he visto tomando notas.

– Estoy en un Congreso. Además, es la tierra de mis ancestros. Me gusta venir aquí, buscar la esencia de esta tierra donde se plantó la semilla de España.  Todavía en las montañas, entre los pastos, resuena la palabra libertad con un eco tan rotundo que me conmueve.

Woody sonríe también. Veo reflejarse en sus ojos la sombra divertida de una pasión adolescente. Él conoció aquí a príncipes enamorados que premiaron su talento, buscó entre las callejas el perfume de Ana Ozores y se encontró el aroma fresco de las muchachas en flor. Anduvo por plazas donde se escucha el rumor vivo de la vida en los mercados y subió a los montes para buscar, tan despistado como siempre, la llegada del oso en cualquier lugar. Pero en cambio se encontró la belleza armónica de las iglesias prerrománicas y el majestuoso volar de las rapaces entre los robles.

Es una tierra para venir a disfrutar. Eso sí, muy recia. Y también para venir a soñar. Por eso te dije que de cuento de hadas. Porque la gente es atenta y cariñosa, noble y leal como dicen de la ciudad. Todo a la mano. El paisaje, el paseo, la cultura, el ocio. Todo dispuesto para ser amado. La historia, el arte, los personajes, el presente hecho futuro.

-Calla, Woody, calla, que eso me toca decirlo a mí pero como tú eres tan perspicaz te me adelantas y luego yo no sé que añadir, que senderos tomar.

-No tomes ninguno. Quédate aquí conmigo en este enclave único. Mira como pasa la vida. Por la calle de Uría, navega el comercio. Por la del marqués de Santa Cruz, el poder civil. Andando por la de San Francisco, el de la mitra religiosa y enfrente, en el parque se deja sentir el mas poderoso y noble, el de la naturaleza.

 

Y así lo hago. Pongo mi planta sobre el suelo y oigo cantar a las raíces del primer orbayo. Cierro los ojos e imagino el frú-frú de los vestidos de seda de las damas en el paseo, la mirada rapaz de don Fermín de Pas tras los cristales de su casa, el taconeo arrogante de don Álvaro por el paseo y la tertulia languideciente de los burgueses poderosos en el Casino. A lo lejos, suena de nuevo, ahora más triste, el clarinete. Cuando los abro, Woody Allen se ha ido de nuevo a fundirse con el bronce. Amo esta ciudad en la que uno puede reconocerse en un cuento de hadas o en los recodos de la historia tan antiguos como el de la gesta de Pelayo y tan recientes como el del alzamiento de los mineros contra la alta burguesía

 

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