CUANDO INGLATERRA PERDIÓ UNA ESCUADRA

LA ARMADA ESPAÑOLA FUE LA CAUSANTE DE UNA LIPOTIMIA AL REY INGLES JORGE III

1780 agosto. El calor de día menguaba y la tripulación del Santísima Trinidad estaba enfrangada en sus tareas marineras. Desde el mastelero mayor se oteaba el horizonte marino en busca de velas inglesas. El pesado navío surcaba el Océano Atlántico con el sol ya poniente. 120 cañones divididos en tres puentes y una cubierta superior, estaban siempre preparados para iniciar el combate. Por su proa cabeceaba la ágil fragata ferrolana Santa Perpétua, a babor, los navíos San Eugenio y el Oriente (uno de los 12 Apóstoles), los dos armados con 74 cañones, en popa le seguía a la estela el San Fernando con sus 100 cañones. Por estribor mostraba las velas el navío francés Hero de 74 piezas. Todos ellos formaban la cuarta división de la flota. Algo más lejos, el resto de la escuadra hispano francesa navegaba a todo trapo.

La información que tiempo atrás habían pasado los espías españoles infiltrados en el Reino de la Pérfida Albión, fue transmitida al secretario de Estado José Moiño y Redondo, conde de Floriblanca, a través del Capitán General de Cuba, Don Diego José García Navarro,  gracias a los agentes secretos que disponía en el Caribe Juan Miralles trayllón. Estos informes eran muy detallados señalando que desde Porsmouth partiría el 29 de julio una flota inglesa. Decía así el informe: “Un convoy compuesto de 55 navíos entre mercantes armados, navíos y fragatas, partiría hacia Norteamérica, cargado de tropas, pertrechos, armas y dineros, para aplastar la revuelta de las trece colonias insurgentes”.

  La formidable expedición se dirigirá hacia el sur y virará hacia el oeste pasadas las Canarias, procurando evitar encuentros con la flota española”.   La escolta, en principio, estaría compuesta por la flota del Canal de la Mancha: los navíos Inflexible, Búffalo y la Fragata Alarm, que escoltarían al convoy hasta la altura de las islas Sorlingas. A partir de ese punto, los mercantes quedarían bajo la atenta mirada de la artillería de el Navio de Línea Ramilles al mando del comodoro inglés, John Moutray, que a su vez comandaba la flota, y las fragatas Thtes al mando del comandante Linzee y la Soulthampton al mando de comandante Garnier.

Los ingleses venían de sufrir un terrible año de 1779, lleno de terror desconocido desde tiempos de la Grande y Felicísima Armada de Felipe II, el acoso de la Armada combinada a las costas británicas. Era la primera acción importante después de que los Pactos de Familia pusieran a España en guerra con Inglaterra, un acoso por el que la población británica había abandonado incluso las localidades costeñas. Desconocían la que se le venía encima.

 La flota inglesa debía de dirigirse a las Antillas inglesas para avituallar a la escuadra de Rodney y a las tropas inglesas enfrascadas en los combates por la independencia de sus colonias norteamericanas mientras la otra parte se dirigiría a la India donde Gran Bretaña libraba otra guerra colonial contra las naciones hindúes maratas, el rebelde Hider Ali Kan y la escuadra francesa de las Indias Orientales.

La información es comunicada al recién nombrado  Director General de la Armada Española Don Luis De Cordova. El Al mirante se encontraba vigilando el estrecho de Gibraltar, al mando de una flota de veintisiete navíos de línea y varias fragatas, a la que se había sumado una escuadra francesa de nueve navíos y una fragata mandados por Mr. de Beausset.

Con esta escuadra cruzaba habitualmente entre los cabos y costas de Portugal, internándose en el mar todo lo necesario para proteger la arribada de los convoyes provenientes de América y abrir paso a los buques españoles, que provenientes de El Ferrol o Santander, se dirigían a Cádiz. Córdova ejercía el mando supremo de la flota combinada a pesar de las quejas de los , que dudaban de su capacidad por haber cumplido el almirante español los 73 años. No obstante, Floridablanca sabía de que era capaz el viejo león y sin dudar en absoluto de su valía pese a su avanzada edad, ciertamente chocante para un mando naval, había reiterado siempre y en especial en una carta enviada al conde de Aranda en 1779, certificaba que el viejo es más sufrido y alentado que los señoritos de Brest. Verdaderamente lo era, no encontrándose cuadros de oficiales franceses o británicos en la historia que lo superaran al mando de un buque de guerra.  En ese empeño colaboraba con Córdova desde el 15 de Abril José de Mazarredo como segundo en el mando ejerciendo como Mayor General de la Armada del Océano.

El bilbaíno comenzó a adiestrar a fondo las dotaciones, «de Capitán a paje, y el manejo del material de quilla a perilla», y organizó constantes comisiones de pequeñas agrupaciones de navíos y sutiles para patrullar las derrotas del golfo de Cádiz y el Estrecho, comisiones que, ocasionalmente, incluían bombardeos sobre el Peñón.

Cuando arribó Don Luis a Cádiz, portaba los navíos españoles: – Santísima Trinidad, Purísima Concepción, Rayo, San Carlos, Santa Isabel, San Miguel, San Eugenio, San Justo, Galicia, Ángel de la Guarda, San Vicente Ferrer, Brillante, Firme , San Joaquín, Atlante, San Dámaso, Septentrión y Miño- junto a los franceses – Glorieux, Bourgogne, Zodiaque, Scipion, Zelé, Marsellais, Cesar, Hero, Protecteur, Terrible, Actif, Hardy, Leon y Sagittare-acompañados por tres fragatas españolas – Asunción, Santa Perpetua, Santa Bárbara- y una francesa- la Nereide- más una corbeta española –Santa Catalina-, una balandra –Golondrina- y la balandra-patache –Ligera, repartidos en tres escuadras y una escuadra ligera con funciones de cuerpo de reserva al mando de nuevo al mando de Antonie Hilarion de Beausset.

Vueltos a puerto se dispuso que saliendo de Cádiz el 31 de Julio patrullara por aquellas aguas entre los cabos de Santa María (36°57′36″N 7°53′18″O) y San Vicente (37°01′30″N 8°59′40″O). Varias fragatas partieron adelantadas para vigilar la ruta ordenada.

La Flota inglesa, después de un rápido reavituallamiento en Lisboa, el 8 de agosto se encontraba en la latitud 36º 40´N y 15º W de longitud. Desde la cofa mayor del Ramillies donde Moutray arbolaba su estandarte, un grito advirtió de la presencia de varias velas no identificadas al sur-suroeste. Tras atisbar en esa dirección, vieron que se trataba de dos fragatas españolas y dos francesas en facha inmóviles en el medio del océano, a unas 4 millas de distancia. Moutray ordenó al convoy cambiar el rumbo, aumentar velamen y seguirle buscando el viento. Por no ver las señales o por simple desobediencia el convoy de mercantes siguió su rumbo sin atender la orden de Moutray acercándose a la costa en dirección a la punta más meridional portuguesa, el cabo de San Vicente camino de la isla de Madeira.

Mientras tanto, ese mismo día la escuadra combinada hispano francesa navegaba con vientos del Norte de vuelta del Oeste hasta acercarse a 1 grado del meridiano de las islas de Madeira. La calina de este tórrido día estival había impedido al vigía la visión de toda la fuerza enemiga. En este punto Mazarredo propuso no pasar más al Oeste, porque ya no habría encuentro de buque enemigo alguno que navegase para América o la India, siendo necesario para esto navegar entre 1 y 3 grados al E de la isla de Madeira.

 

El general Córdova aprobó la propuesta, ordenó virar y navegar vuelta del Este. Se llevaban siempre cazadores en largas descubiertas, estaba la escuadra ligera a barlovento y se divisaba un amplio horizonte. Al anochecer parece que el navío Miño, de la escuadra ligera hizo la señal de «tres velas a barlovento», pero no se volvieron a repetir dichas señales ni el navío se acercó a dar cuenta de semejante novedad seguramente por la escasa entidad del avistamiento.

 

A la una de la madrugada del 9 de agosto de 1780, navegando la escuadra inglesa en formación de tres columnas una de las fragatas en descubierta avista en el horizonte gran número de velas al Norte de las Madeira en la latitud de 35º 50´ y longitud 12º 52´ y da aviso de su descubrimiento al cuerpo principal de la flota descargando una serie de cañonazos. Sin embargo, la distancia con el resto de la escuadra es enorme y desde el castillo de popa del Santísima Trinidad, aunque a barlovento divisa la señal no puede concretar el número de disparos, su significado y con ello ni la cantidad ni entidad del avistamiento. No obstante Córdova, seguro de que el oficial al mando repetirá el aviso en cumplimiento de lo que manda el reglamento, espera con sus oficiales la nueva tanda de cañonazos.

Pasados unos minutos, a la una y cuarto, la fragata repite la señal y ahora con toda la oficialidad a la expectativa sí pueden contarse los disparos y se pudo percibir que significaba «vista de embarcaciones que no pertenecían a la escuadra» y el Mayor, José de Mazarredo, procede a cronometrar el tiempo que transcurre desde el primer fogonazo a escucharse la primera señal sonora.

No podía dudarse de que era algún objeto de consideración, pues por una, dos ni tres velas, la fragata o navío que hizo la señal no alborotaría la escuadra de esa manera. Se oían al mismo tiempo cañonazos en número y orden que no formaban señal de las nuestras. Sin embargo, la información proporcionada por la fragata llena de dudas a algunos sobre si en realidad habrán encontrado a la escuadra inglesa del Canal al mando del almirante Geary o un convoy armado y más fuertemente escoltado de lo que se esperaba.

La opinión generalizada era que podría ser el almirante Geary y que no convenía entrar en empeño a oscuras, sin conocimiento de sus fuerzas y con la notable desventaja en el andar de los nuestros al no estar los cascos de nuestros navíos forrados con cobre como los ingleses.

Mazarredo manifestó al General su opinión de que el almirante Geary no podía bajar a estas latitudes salvo que tuviera la intención de buscar nuestra escuadra, que en este caso no podía suponerla en aquel paraje, a 100 leguas del cabo de San Vicente, que en consecuencia de ningún modo creía allí al almirante inglés y que aunque lo fuera, si los enemigos eran superiores, era ya inevitable el combate.

La Gaceta de Madrid del 29 de agosto de 1780, cuando ya se sabía incluso el número y nombre de las presas y el parte de D. Luis de Córdoba decía lo siguiente. Que además aclara la forma como se llevó a cabo el apresamiento del convoy.

Dando cuenta el Director General de la Armada D. Luis de Córdoba en carta del 12 del presente mes del rico convoy inglés que ha apresado (y se ha anunciado en las dos Gacetas últimas) refiere que a la una de la noche del 8 al 9 advirtiendo a barlovento una señal, que por la tardanza del sonido manifestaba hacerse a larga distancia, no quedó bien asegurado de su significación, por no haberse podido contar los fogonazos o cañonazos; pero no dudando que la fragata de la escuadra de su mando que la hacía, la repetiría, lo verificó esta así, indicando avistarse velas que no parecían de la escuadra combinada, por lo que mandó este General virase toda inmediatamente e hizo rumbo hacia aquel paraje, proporcionándolo, y la vela a poder concurrir al romper el día con los buques extraños en un punto.

 

Con efecto a las 4 y cuarto de la madrugada con las primeras luces del alba se empezó a contar una, y seguidamente muchas embarcaciones, todas unidas y con dirección a nuestra escuadra, efecto de un farol que el navío Comandante la Santísima Trinidad llevaba en el tope de trinquete, y creyó el convoy inglés ser luz de su Comandante.

 

Conociendo D. Luis de Córdoba que este era enemigo disparó varios cañonazos contra algunas embarcaciones que ya intentaban la fuga, y revirando la escuadra puso señal de caza general y de marinar las presas, logrando con esta pronta disposición a las 5 de la mañana encerrar con 16 navíos de la escuadra hasta 36 embarcaciones, que desde luego fueron rendidas y marinadas; y aunque sobrevino una llovizna que dejaba muy corto horizonte para ver las embarcaciones que huían, se continuó la caza contra ellas; todas correspondientes a un convoy que salió de Portsmouth el 29 de julio, escoltado por el navío el Ramillies de 74 cañones, y las fragatas Tetis y Southampton de 36, a cuyos tres buques que navegaban a retaguardia y barlovento de su convoy, y ciñieron

inmediatamente el viento para alejarse de nuestra escuadra, los dio caza con el mayor empeño la nuestra ligera del mando del Jefe Mr. Bausset y otros varios navíos; pero no pudo lograrse su alcance por el barlovento que ya tenían y su excesiva ventaja en el andar; en cuyas circunstancias tomó este Jefe la acertada determinación de cargar sobre los mercantes que huían hacia el S. O. y logró interceptarlos.

 

Con ellos y con los detenidos por el resto de la escuadra, quedaron al anochecer marinadas, e incorporadas a las citadas 36 hasta el número de 51 presas, sin que se hubiesen escapado más que por el E. un bergantincillo muy velero, y unas 6 ó 7 embarcaciones que el Jefe Mr. Bausset vio muy a barlovento, cuando daba caza a los 3 buques de guerra, persuadiéndose el Comandante General de la escuadra D. Luis de Córdoba que algunas de estas habrían sido detenidas (como así ha sucedido) especialmente una que perseguían la fragata Nereida y navíos que iban a retaguardia.

 

Añade D. Luis de Córdoba que sin contar 5 navíos de la Compañía de las Indias Orientales apresados, aseguran los Capitanes y Negociantes prisioneros de este convoy, aunque no el más numeroso, es el más interesado de cuantos han salido de Inglaterra de muchos años a esta parte. Y concluye expresando que sin embargo de sus deseos y desvelo para el mejor Real servicio, atribuye enteramente a la alta mano del Todo Poderoso la caída de esta riqueza de los enemigos en nuestro poder, completándose su satisfacción con la entera ruina de una expedición de tanta entidad así por los refuerzos de tropas para la India e Islas de América como por los grandes repuestos de víveres, lonas, velamen, jarcias y toda clase de pertrechos, que se conducían para la escuadra y establecimientos ingleses en América, cuya perdida es de tanto daño a los enemigos.

 

En la tarde del 10 quedaba ya arreglado el orden del convoy que puso D. Luis de Córdoba al cargo del Jefe de Escuadra D. Vicente Doz, quien con la competente escolta se separó de la escuadra el día 18 y emprendió su navegación; y agregando al paso otra presa hecha por el navío el León, fondeó en el puerto de Cádiz con todo el convoy el día 20. Y habiendo entrado anteriormente las 3 anunciadas en las dos últimas Gacetas, se compone de 55 embarcaciones el todo convoy apresado.

 

En la madrugada del día 9, a la vista del convoy y al darse cuenta los ingleses de que los barcos de enfrente son españoles viran de inmediato e inician la desbandada. El terror se abatía entre las tripulaciones de los barcos ingleses. No es nada extraño este comportamiento y de hecho forma parte de la tradición de la marina de guerra inglesa, que solo entabla combate cuando está en condiciones de superioridad; en caso de duda enseña la popa al enemigo sin el menor pudor. Pero ya era demasiado tarde, los españoles y sus aliados franceses se dedican a dar «caza general» y marinar las presas que se iban haciendo entre escoltas y mercantes.

La captura de los buques ingleses fue una pérdida impresionante, aparte de los buques, fueron capturados: 80. 000 mosquetes, 294 piezas de artillería 3.000 barriles de pólvora, gran cantidad de provisiones y efectos navales destinados a mantener operativas las flotas británicas de América y el océano Índico, vestuario y equipación para doce regimientos de infantería, y la ingente suma de 1.000.000 de libras esterlinas en lingotes y monedas de oro (todos los buques y bienes capturados estaban valorados en unas 600.000 libras). Además se hicieron cerca de 3.000 prisioneros, de los cuales unos 1.159 hombres eran de las dotaciones de los buques, 1.692 oficiales y soldados de regimientos británicos que pasaban a ultramar como refuerzos y unos 244 pasajeros.

Las pérdidas supusieron para el Reino Unido el mayor desastre logístico de su historia naval (superando incluso al sufrido por el convoy PQ 17, perdido frente a fuerzas alemanas más de un siglo y medio después, durante la Segunda Guerra Mundial). El número de buques y hombres capturados, así como la cantidad de más de 1 millón de libras esterlinas en lingotes y monedas de oro que pasaron a manos españolas, provocaron fuertes pérdidas en la Bolsa de Londres, lo que perjudicó gravemente las importantes finanzas que el Reino de Gran Bretaña mantenía para poder sostener las lejanas guerras que libraba.

Jorge III sufrió una lipotimia cuando recibió la noticia, no solo por el varapalo a las arcas del Estado, sino porque acababa de perder una importante suma de su propio patrimonio que, aconsejado por su secretario, había invertido en 3 valores de la bolsa londinense.

En esta ocasión, ni la sempiterna ineptitud náutica ni la tradicional impericia ejecutiva de nuestros aliados franceses, consiguió dar al traste con la operación. La grande y felicísima captura realizada sin una sola baja

Cinco de los barcos capturados fueron puestos al servicio de la flota española. La armada de España comisionó el Hillsborough de 30 cañones como Santa Clotilde de 12 cañones en calidad de urca; el Mountstuart de 28 cañones como el Santa Balvina de 34 cañones; el Royal George de 28 cañones como el Real Jorge de 34 cañones; el Godfrey de 28 cañones como el Santa Biviana de 34 cañones y el Gatton de 28 cañones como Santa Paula de 34 cañones.

NOTA:   En la campaña de 1.781, asimismo en el canal de la Mancha, gracias a las acertadas disposiciones que tomó el general Córdoba secundado por su mayor general José de Mazarredo,en dicha campaña también le cupo el éxito de apresar otro convoy británico de 27 barcos entre fragatas y bergantines mercantes, que el día 17 del mismo junio había salido de Porstmouth con destino a Terranova, siendo alcanzado 25 de junio, capturando 19 barcos. Las otras 8 embarcaciones restantes de las cuales 3 eran fragatas y una balandra de su escolta, no fueron vistos por la escuadra española (ARRECABALLO.ES)

El capitán John Montray, jefe del convoy inglés, fue sentenciado en Consejo de Guerra a la pérdida de su empleo como víctima sacrificada a la opinión pública, porque la presa constituía el golpe más doloroso sufrido por el comercio durante la guerra. Beatson (Military and Naval Memoirs) dijo: A general inclination prevailed to lay the blame upon some individual who might be punished according to the magnitude of the object, rather than in proportion to his demerit. Una vez más puede notarse la dureza de los jueces ingleses en contraste con la lenidad de los españoles.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Cesáreo Fernández Duro lo describe en el tomo VII de su obra Armada Española

Francisco de Paula Pavia (1851) La revista militar: periódico de arte, ciencia y literatura militar, Volumen 8.

Gaceta de Madrid del 29 de agosto de 1780

Vela, Rubén E. (2017) Presas de la Armada Española 1779-1828: listado de buques apresados e incorporados a la Real Armada por apresamiento. ISBN 1-86176-030-2

Volo, M. James. (2008). Blue Water Patriots: The American Revolution Afloat, Rowman & Littlefield Publishers, Inc. ISBN 978-0-7425-6120-5.

Casado Rabanal, David (2009). La Marina ilustrada. Sueño y ambición de la España del XVIII. Madrid: Ediciones Antígona & Ministerio de Defensa.

Peña Blanco, Joaquín Guillermo (2020). La Real Armada contra la Royal Navy. Alicante: Editorial EAS.

Rodríguez González, Agustín Ramón (2006). Victorias por mar de los españoles. Madrid: Grafite Ediciones.

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