CERVANTES ERASMISTA

De Miguel de Cervantes y de su obra se ha dicho y escrito casi todo. Ahí está la figura de mi insigne paisano, el gran cervantista don Luis Astrana Marín, para certificarlo. Pero siempre queda un dato por indagar, un detalle que puntualizar o un aspecto que reinterpretar. Entre las distintas posibilidades que se me brindaban para componer esta ponencia, he elegido el manifiesto erasmismo del escritor, algo sobre lo que se ha pasado de puntillas y que, tal vez por eso, voy a empeñarme en resaltar.

En el prólogo de su inmortal novela Cervantes intenta hacernos creer una gran mentira. Dice textualmente que la obra es “una invectiva contra los libros de caballería”. Esta afirmación es totalmente falsa. A principios de siglo XVII, cuando Cervantes escribe y publica el Quijote, hace muchos años que tales libros han dejado de estar de moda, muchos años en que no se ha editado uno solo de estos libros, muchos años que habían dejado de servir de entretenimiento a las personas cultas. Su peligrosidad, si alguna vez existió, había dejado de existir. Cuesta trabajo aceptar que, en estas circunstancias, Cervantes emprendiera contra ellos una inútil y gratuita cruzada personal. Pero es que, además, en el propio Quijote hace encendidos elogios de algunos de estos libros, como el “Amadís de Gaula”, el “Palmerín de Inglaterra  y el “Tirant lo Blanc”, llegando a decir de este último que es “el mejor libro del mundo”. No, no es admisible que un hombre de tanto ingenio y tan buen juicio dedicase a un combate claramente anacrónico y sin sentido la más extensa de sus obras y los últimos años de su vida. Parece más sensato suponer que su propósito era muy otro: ampararse en una divertida parodia de los libros de caballería para denunciar los males de una sociedad decadente y en plena descomposición y exponer unas ideas que, expuestas de otro modo, podrían acarrearle serios disgustos.

Es lo mismo que había hecho el gran humanista Erasmo de Rotterdam décadas antes de que Cervantes naciera. Había puesto de manifiesto los vicios de la sociedad católica de su tiempo tratando de promover una reforma de la misma impulsada por la propia jerarquía eclesiástica. Pretendía Erasmo el retorno a la sencillez y la pureza de los primitivos cristianos, acabar con la corrupción, la inmoralidad y las prácticas supersticiosas presentes en las costumbres de las gentes y en las comunidades religiosas; proclamar la superioridad de la fe y la virtud  sobre las manifestaciones externas y rutinarias, y lograr que la vida del creyente se rigiese por la auténtica moral cristiana y la ética humanística más que por la obediencia ciega a cánones y normas. De este modo podría llevarse a cabo esa reforma que anhelaban las mentes más lúcidas de la Iglesia. Lamentablemente, la Santa Sede no supo responder a estos anhelos y con ello propició que la reforma se hiciese, no desde ella, sino frente a ella. La reforma que la jerarquía católica no quiso hacer la intentaría Martín Lutero provocando una escisión en el mundo cristiano que todavía prevalece  en nuestros días.

Las doctrinas erasmistas tuvieron una amplia difusión en la España de la primera mitad del siglo XVI y ejercieron una gran influencia en los intelectuales, pensadores y teólogos de la época. Se ha acusado a Erasmo de ser el precursor de Lutero y de haberle proporcionado argumentos para su rebelión. Esta aseveración no es cierta. Erasmo en ningún momento ataca al Dogma ni pone en cuestión el magisterio de la Iglesia. Sus críticas eran tan razonables y estaban expuestas con tanto respeto a la ortodoxia que la Inquisición española, tan atenta a castigar la más leve desviación ideológica, no sólo no formuló contra ellas la mínima censura, sino que el inquisidor general Alonso Manrique era un decidido partidario de Erasmo, como lo era el arzobispo Fonseca, primado de Toledo, y como parece haberlo sido su antecesor, el cardenal Cisneros. Sólo después de la muerte de Erasmo, acaecida en 1536, y la del inquisidor Manrique –dos años más tarde- se prohíbe la publicación en lengua castellana de sus libros, iniciándose así una persecución más o menos solapada a impulsos, sobre todo, de las órdenes monásticas, tan criticadas por el reformista de Rotterdam. Corría de boca en boca por estos años el siguiente dicho: “Quien habla mal de Erasmo o es un fraile o es un asno”.

La respuesta de la Santa Sede a la herejía luterana fue la llamada Contrarreforma, fraguada en el famoso Concilio de Trento. El Concilio de Trento fue la gran ocasión perdida para llevar a cabo la moralización de las costumbres y la racionalización de las creencias que necesitaba la Cristiandad. Aunque tuvo logros positivos –como la culturalización del clero, la creación de seminarios en todas las diócesis, etc.-, supuso la consolidación de las situaciones denunciadas por los críticos. Así, el concilio tridentino reforzó las manifestaciones externas poniéndolas por encima de la sinceridad de las virtudes, aumentó el esplendor de la liturgia, vigorizó el culto a los santos y a las reliquias, promovió la realización de actos públicos fuera de los templos (procesiones, entierros, viáticos, etc.), reafirmó el poder y la influencia de las órdenes religiosas y acogió el nacimiento de otras nuevas como la Compañía de Jesús. En resumen, trató de fortalecer la fe dando espectacularidad y teatralidad a las formas externas de la religión. Todo lo contrario de lo que pretendían los erasmistas. Y como el eficaz aparato de la Inquisición se empleó a fondo en el triunfo de la Contrarreforma, puede decirse que a partir de este momento se acaba el erasmismo en España. Quedan, sin embargo, seguidores póstumos, solitarios y recalcitrantes, como el Brocense, cuyo proceso inquisitorial todavía no se había resuelto a su muerte, en 1601, cuatro años antes de la publicación del Quijote.  Y quedaba al menos otro escritor, éste de poca monta, llamado Miguel de Cervantes.

¿Por qué decimos que era erasmista el autor del Quijote? No podemos, por la obligada brevedad de la ponencia, reproducir aquí pasajes y párrafos que prueban esta afirmación. Pero basta una lectura reflexiva del texto cervantino para comprobar que, en pleno apogeo de la Contrarreforma, Don Quijote ataca y destroza procesiones y entierros, apalea disciplinantes, arremete contra clérigos y frailes,, reprueba la adoración supersticiosa de imágenes y reliquias de dudoso origen, así como la validez de las indulgencias conseguidas con dinero; denuncia la vida licenciosa de algunos conventos, la venta de cargos y beneficios eclesiásticos y tantas cosas cuya desaparición estaba contemplada en los planes reformistas de Erasmo. Don Quijote habla como católico convencido, pero no tiene un solo libro de devoción en su biblioteca, no va a misa, no frecuenta los sacramentos, no invoca a Dios al iniciar una aventura ni se detiene a orar. Sólo en una ocasión, cuando se retira a hacer penitencia en Sierra Morena, se entrega a la oración, pero lo hace parodiando a Amadís de Gaula más que como un acto de auténtica piedad. Frente a la fe ciega y formalista, Don Quijote defiende los valores racionales propios del humanismo renacentista. Don Quijote se echa a los caminos para hacer el bien, para enderezar entuertos, para proteger a débiles y necesitados, para practicar una fe con obras no con palabras. Es con una conducta recta como se sirve al bien y a la verdad y como se alcanza la gloria. En el Quijote se encuentran frases tan reveladoras del ideario erasmista como “Cada uno es hijo de sus obras” y “Cada uno es artífice de su ventura”.

Lo que causa asombro, a la vista de todo esto, es que la Inquisición no pusieras al libro el menor reparo. No lo puso a la primera parte y, en la segunda, sólo ordenó la supresión de unas líneas en las que se decía que la caridad carece de valor si se hace tibiamente, con desgana o indiferencia. Cervantes, que recordareis que había sido excomulgado dos veces en el ejercicio de su misión de recaudador de impuestos, sabía muy bien lo que se jugaba y en defensa propia utiliza un escudo eficacísimo: la locura de su personaje. El hidalgo manchego es un perturbado que, en sus momentos de lucidez habla como un sabio creyente, pero cuando se enfrenta a los postulados oficiales procede como lo que es: un loco. Un loco es un ser irresponsable y lo que haga o diga no debe ser tenido en cuenta. Es un recurso de autor admirablemente válido para asegurarse la impunidad. Ahora bien, no olvidemos que es el mismo recurso utilizado por Erasmo de Rotterdam en el más polémico y conocido de sus libros, el titulado precisamente “Elogio de la Locura”. Cuando Erasmo lanza invectivas contra lo establecido, las pone en boca de la Stulticia, es decir, de la Locura. Cervantes es un aprovechado heredero.

Las críticas de Cervantes contenidas en el Quijote no se refieren sólo al plano religioso: se extienden también y en gran medida al ámbito social. El autor no refleja en su libro las ideas de las clases dominantes que regían el país. Por el contrario, arremete contra ellas por considerarlas arbitrarias y anacrónicas en un mundo al que el humanismo ha abierto nuevas perspectivas. Un mundo en el que sobran los nobles vagos y viciosos, los hidalgos pobres obligados a no trabajar, los plebeyos ricos que tratan con desprecio y violencia a quienes dependen de ellos. Las historias de Crisóstomo, de Cardenio, del Curioso Impertinente, las figuras del Caballero del Verde Gabán o de los duques aragoneses que hospedan a Don Quijote y Sancho para burlarse de ellos, así como los opulentos aldeanos Haldudo y Camacho son reveladores del pensamiento de Cervantes sobre la sociedad de su tiempo. El héroe del libro arremete contra la justicia del rey  -recordemos el episodio de la liberación de los galeotes-,  contra gobernadores, corregidores y alcaldes prevaricadores o incompetentes, contra la corrupción, la ineptitud y la impunidad de los funcionarios, contra los cuadrilleros de la Santa Hermandad, contra tantas manifestaciones patológicas de una sociedad en crisis cuyas consecuencias el mismo Cervantes había tenido que sufrir en carne propia.

Y aquí está la razón de la inmortalidad y la universalidad del Quijote. El Quijote no es un libro de aventuras más o menos divertidas. Es un tratado de ética individual y colectiva apto para ser aplicado en todo momento y en todo lugar, Vale para hoy y para mañana y para cualquier comunidad humana de cualquier parte del mundo. Este es su máximo e indiscutible mérito.

La actual crisis de valores que padece nuestro país y que alcanza a todas las capas de la sociedad necesita urgentes medidas de regeneración cuyas claves pueden encontrarse en el Quijote: recta conciencia, amor a los demás, sentidos de lo justo, comprensión, altruismo y solidaridad; pero también dignidad, firmeza y valentía para llevar a cabo los cambios necesarios. Valores universales y eternos que sustentan la permanente vigencia del Quijote. Por hundir sus raíces en la misma naturaleza del hombre tal vigencia está garantizada mientras el hombre exista. Alegrémonos de que así sea y demos gracias por ello a Don Miguel de Cervantes.

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