COMBATES DE CAGAYÁN

Ni Tercios españoles contra Samuráis ni roperas contra catanas

No irás a dejar que la verdad te estropee un buen reportaje”. Esta frase, que define perfectamente las bases del periodismo-basura, de la argumentación artera, la pronunció el actor Tony Curtis, interpretando a Bob Weston, el periodista más despreciable que trabajaba en la gaceta sensacionalista “Stop”, sin duda la más miserable y mezquina de la ciudad, en la película de 1964 “Sex and the single girl” cuyo título en español fue “La pícara soltera”.

Si traigo a colación esta frase es porque hace algún tiempo leí un artículo en la prensa que hablaba de un combate que a finales del siglo XVI, en las islas Filipinas, enfrentó a un reducido grupo de soldados de los Tercios contra un millar de samuráis, resultando en una aplastante victoria española. Movido por la curiosidad que me produjo este artículo me propuse saber más sobre aquel hecho y, como un milenial cualquiera, comencé a buscar por la red en la que encontré multitud de videos y escritos referentes al tema, tan parecidos unos a otros que parecían copiados; pero, quien busca encuentra y, cuando más orgulloso estaba de aquellos pocos antepasados que habían humillado a los míticos samuráis, la realidad, en forma de comentario a uno de los videos, puso las cosas en su justo lugar y decidí ahondar más en el asunto comprendiendo que aquellos títulos que tanto me habían emocionado sólo eran un reclamo.

Con el libro “Velas negras”, de Carlos Canales y Miguel del Rey, en las manos comencé a vislumbrar la verdad y, después de visionar conferencias, buscar documentación y leer artículos serios sobre los combates de Cagayán, comprendí que la mala praxis del despreciable Bob Weston es más común que lo que sospechaba y, hoy, casi nadie deja que la verdad le estropee un buen reportaje.

Para entender los combates de Cagayán lo primero es puntualizar, aunque los corruptores de la Historia afirmen lo contrario, que Cagayán no fue el primer enfrentamiento entre europeos y japoneses. Los portugueses habían llegado a Japón en 1543 y los orientales descubren el poder de las armas de fuego europeas, aunque tardarían mucho en desarrollar tácticas de combate que les permitieran sacar ventaja de las copias que sus artesanos fabricaron. Japoneses y portugueses no tardaron en tener enfrentamientos y, aquí sí, podemos hablar de combates entre europeos y samuráis. Vayan, como ejemplo, tres casos.

Año 1561, se aliaron en Moji algunos señores feudales (daimios) con un pequeño grupo de portugueses desertores para apoderarse de un galeón. Al darse cuenta los marineros de la nave que iban a ser atacados, dispararon su artillería contra la costa y frustraron el intento con el resultado de catorce heridos lusos por doscientos cincuenta samuráis y ashigarus, sus soldados de a pie, muertos. Año 1565, los japoneses trataron de tomar un barco portugués, en Fukuda, viendo que casi toda la tripulación estaba en tierra; pero los marinos se dieron cuenta y, de nuevo, la confrontación terminó en desastre para los japoneses. Por último tras el robo de una flota lusa cargada de porcelana llevado a cabo por los holandeses, los portugueses se enteran de que se está preparando un nuevo acto de piratería contra ellos y deciden cambiar la ruta. Cuando llegan a Macao se dan cuenta de que los japoneses están rapiñando sus colonias chinas y, dado que André Pessoa tenía fuerzas militares, que habían llegado para escoltar la flota, duchas en las guerras europeas y algunos de ellos veterano de los Tercios de Flandes, decide hacer un escarmiento y destroza a los japoneses quienes se rindieron. Pessoa les perdonó la vida con la condición de que nunca volvieran a China y que contaran en Japón lo que había sucedido.

Ustedes se preguntarán a estas alturas por qué razón los samuráis eran derrotados por los portugueses si también tenían armas de fuego. Hay dos razones que trataré de explicar con sencillez para quienes no sean duchos en temas militares.

Uno de los motivos, ya lo he apuntado, y es que carecían de tácticas para poder obtener alguna ventaja de sus armas de fuego. La segunda, y más importante, es que los samuráis y los ashigarus, estaban acostumbrados a luchar entre ellos y los bandos en conflicto utilizaban las mismas estrategias de combate por lo que, al enfrentarse con soldados mucho más acostumbrados a pelear contra enemigos diferentes que no luchaban con el protocolo japonés, se veían desbordados. Como ya he comentado antes, muchos de los soldados portugueses habían luchado en los Tercios desde Italia hasta Flandes, ya se habían habituado a enfrentarse con enemigos que tenían diferentes formas de combatir, por lo que eran capaces de adaptarse a cualquier modo de lucha y de terreno. Bastará con decir que en trescientos años los portugueses no perdieron ninguna fortaleza atacada por los japoneses fuesen samuráis o no.

La segunda puntualización tiene que ver con las armas utilizadas.

Podrán decir que los aceros utilizados en las catanas de calidad y en las mejores espadas europeas eran muy buenos y sería una aproximación acertada; pero a esas armas solo tenían acceso los más pudientes ya que las utilizadas por los soldados de ambos ejércitos tenían mucha menos calidad. Las espadas de los soldados europeos no eran las típicas roperas que aparecen en las películas de los Tres Mosqueteros o en Capitán Alatriste, sino unas espadas un poco más cortas y con la hoja más ancha y resistente que, frecuentemente era una espada vieja a la que le cambiaban la guarda, o heredada de su familia.

Tampoco las dagas llamadas de vela, izquierdilla o misericordia, eran como las que aparecen en las películas ya que los soldados portaban unos cuchillos bien afilados, menos lujosos, que a menudo estaban hechos a partir de espadas rotas o de herramientas inservibles. Tengamos en cuenta que, en el caso de los Tercios las armas blancas las pagaban los soldados y que no todos los soldados sabían combatir con daga y espada.

Siguiendo con el tema del uso de las espadas, quienes digan que los españoles fueron superiores por el uso del tipo de esgrima española llamada “Destreza”, también están gravemente equivocados ya que fue en 1852 cuando Carranza publicó en Madrid su “Tratado de la filosofía de las armas y de la destreza” y todavía faltaban algunos años para que Pacheco de Narváez, Maestro mayor de esgrima de Felipe IV, publicara sus tratados. Anoto también que, aún después de que la Destreza se hiciese conocida, nada tiene que ver la esgrima “de salón” con la utilizada en un campo de batalla.

En cuanto a la calidad de los aceros y de las armas europeas, sin querer ofender a los admiradores de las catanas, creo que será suficiente con decir que en la batalla de Sekigahara, año 1600, que fue ganada por Ideyoshi y selló el futuro del Japón, todos los cascos y armaduras que portaban los samuráis de la guardia personal del Shogun, eran europeas; hay que aclarar que los guerreros japoneses las habían decorado a su manera dando lugar a los cascos llamados namban kabuto y a las armaduras conocidas como namban gusoku.

Japón llegó a importar acero español para confeccionar sus armas e incluso hojas de espada que luego sus artesanos trabajaban a la manera japonesa. Claro que no solo eran aceros toledanos sino que importaban las hojas llamadas Bilbo, de excelente calidad y más baratas puesto que, al ser fabricadas en Vizcaya, se hacían con carbón y hierro de la zona abaratando los gastos de transporte. Estas hojas, utilizadas por los marinos ingleses, se falsificaban en Inglaterra utilizando punzones de armeros vascos para marcar las hojas.

De lo escrito se deduce que la calidad del acero europeo era mucho mejor, en general, que el japonés y que en los campos de batalla, quien podía permitírselo no dudaba en usar acero español.

Sentadas estas bases vayamos a Cagayán.

Empecemos diciendo que ya en 1574, el pirata chino Li Ma Hong, atacó Manila con intención de saquearla; pero a pesar de que Syoko, jefe de los japoneses de Li, mandaba un experto grupo de mercenarios y de ronin (samuráis sin dueño) recibió un varapalo que le mantuvo alejado de Filipinas durante un tiempo. No obstante, desde 1579 se conocía que los piratas japoneses tenían la intención de saquear localidades filipinas. Felipe II, para curarse en salud, atendió la petición del capitán Juan Pablo de Carrión, quien después de una vida de servicio a la corona española en ultramar volvió a España para defenderse de las acusaciones de bigamia y de ser judaizante, y le envió a Filipinas para que organizase una defensa, a pesar de que Carrión contaba con sesenta y cuatro años de edad.

En 1582, teniendo conocimiento de que los japoneses estaban asaltando la costa norte de Filipinas, y en respuesta a los ataques que perpetraron contra Luzón, se le encomienda a Carrión que arme una flotilla para rechazar la ofensiva de los piratas.

Carrión armó y salió con siete embarcaciones. La galera “Capitana”, el navío ligero San Yusepe y cinco bajeles pequeños. Todas las embarcaciones habían sido construidas en Filipinas. A bordo de las naves, aparte de los tripulantes, iban cuarenta soldados; pero no pertenecían a los Tercios y, según Canales, no más de cinco o seis habían luchado en Europa. Entonces, ¿quiénes eran los soldados que acompañaban a Carrión? La mayoría de ellos eran españoles nacidos en Nueva España, hoy México. Entre ellos se podían contar unos pocos oficiales criollos y el resto eran indios tlaxcaltecas; pero no crean que eran bisoños en combates ya que, si bien no habían guerreado en Europa, sí estaban curtidos en combate ya que todos ellos eran veteranos, entre otras, de las guerras contra los chichimecas. Todo el armamento que llevaban era europeo. Por supuesto los criollos llevaban armas y armaduras de la mejor calidad, el resto de la tropa neo-hispana llevaba las armas y defensas de un soldado corriente. Debemos añadir que todos conocían de memoria, y practicaban con soltura, las tácticas habituales de las formaciones españolas.

La flotilla se puso en marcha remontando el río que llamaban Tajo del norte para enfrentarse a la fuerza de piratas japoneses capitaneada por Tay Fusa que mandaba dieciocho juncos con una dotación que se podía calcular entre los seiscientos y ochocientos hombres. Estos piratas no eran como los samuráis, repetidamente derrotados por los portugueses, sino que habían combatido a manera de mercenarios desde Camboya hasta Tailandia, y como los españoles sabían adaptarse para aprovechar las debilidades del enemigo.

La galera Capitana, en la que iba Carrión y un grupo de soldados, divisa un junco y, maniobrando, lanza los garfios para sujetarlo y trata de arribarlo; pero los japoneses rechazan la acometida y pasan al ataque abordando a la Capitana. Carrión ordena que los suyos formen en la popa de la nave con los piqueros delante y los arcabuceros detrás. Como ve que los japoneses les superan en número, corta de un tajo la driza de la vela mayor que cae sobre el combés de la galera formando un parapeto desde el que los arcabuceros pueden disparar con más seguridad. Tras varias descargas de arcabucería y algunas cargas en las que los rodeleros llegan a la pelea cuerpo a cuerpo, los piratas retroceden y vuelven al junco. En ese momento crucial del combate llega el San Yusepe que, con varias descargas de artillería, barre la cubierta del junco.

La flotilla de Carrión continuó navegando río arriba hasta que se encontró con las embarcaciones de Tay Fusa quien había construido algunas fortificaciones en la desembocadura del río Tajo del norte. Carrión, consciente de su inferioridad numérica, vira y se dirige río abajo para atraer a los japoneses hacia un terreno más favorable. Cuando encuentra el sitio que le parece idóneo, manda desembarcar y bajar la artillería de las naves a tierra. Seguidamente da instrucciones de abrir una trinchera y prepara la defensa para resistir ataques frontales ya que, por todo cuanto había oído sobre la forma de combatir de aquellos piratas, era natural que se decidieran por aquella táctica fiados en la superioridad de fuerzas. A duras penas habían terminado la fortificación cuando los japoneses aparecieron iniciándose un fuego cruzado de artillería y arcabucería que duró varias horas a resultas del cual, los piratas habían dejado doscientos cadáveres en el campo de batalla.

Los españoles habían perdido solo una decena de hombres lo que dejaba patente la superioridad estratégica de los soldados de España. Al contemplar aquella carnicería, Tay Fusa trató de negociar con Carrión pero éste le ordenó que saliera de Filipinas. El pirata se mostró conforme con marcharse… si los españoles le pagaban una indemnización e oro para compensar sus pérdidas. La respuesta del abuelo Carrión, contaba ya con sesenta y nueve años, fue la misma orden de abandonar Filipinas sin pérdida de tiempo.

Rotas las negociaciones, los japoneses atacaron una vez más llegando incluso a intentar arrancar las picas de manos españolas, pero tampoco esa vez consiguieron superar las defensas; a la espera de un nuevo ataque y con la experiencia del anterior, Carrión ordenó que las picas fueran embadurnadas con sebo y, cuando este se produjo, las manos de los japoneses resbalaban por las picas haciendo imposible su agarre. Por fin después de este ataque se produjo un tercero en el que, casi agotada la pólvora de ambos bandos, se llegó a una lucha cuerpo a cuerpo en el que los japoneses, tras darse cuenta del gran número de bajas que estaban sufriendo y que sería imposible derrotar a un grupo tan aguerrido, comenzaron a huir sin orden ni concierto. Los de Carrión salieron en persecución de los piratas causándoles muchas bajas a pesar de que, por el peso de sus armaduras, eran menos veloces que los piratas.

Hasta aquí el breve relato de los combates de Cagayán en los que ni estuvieron los Tercios, ni había samuráis, ni espadas roperas enfrentándose a las catanas japonesas; lo que sí hubo fue un enfrentamiento desigual entre expertos piratas y unos pocos aguerridos españoles, tanto de la península como de ultramar, en el que se demostró la superioridad de las estrategias, de la artillería y de la capacidad guerrera de los hispanos frente a la ferocidad de los piratas y de los mercenarios japoneses.

Queda también claro que sin samuráis, sin catanas, sin Tercios ni roperas, la hazaña de aquellos soldados perdidos en filipinas no es menos admirable, menos peliculera sí, pero no menos prodigiosa, al contrario: el valor de aquellos hombres frente a fuerzas superiores, su combatividad ante la experiencia de los mercenarios, la fe en la victoria en circunstancias adversas y la profesionalidad en el manejo de las armas, dotan a los combates de Cagayán de un aura de heroísmo difícil de igualar… hasta el sitio de Baler, también en Filipinas.

Si estos combates hubieran tenido lugar entre ingleses y piratas japoneses, con resultado de victoria inglesa, no faltarían novelas, películas y series de televisión para demostrarle al mundo la superioridad inglesa. Esto es algo que nadie puede negar.

Recordemos que los ingleses han hecho películas, series y publicado libros ensalzándose de su actuación en China a pesar de ser ellos quienes iniciaron la guerra del Opio para proteger a sus narcotraficantes y permitir el comercio ilegal de drogas para hacer caja, así como hicieron fortuna dando patentes de corso a piratas asesinos con orden de asaltar y robar a cuantos barcos no ingleses pudieran. Incluso cuando parecen ayudar son nocivos para España porque el laureado general Wellington, que vino a la península Ibérica para ayudar supuestamente a los españoles a sacar a Napoleón de nuestro territorio, no dudó en destruir cuantas industrias y fábricas se encontró a su paso, con objeto de anular el tejido industrial español y que sus fábricas pudieran arrebatar el comercio de ultramar a los nuestros.

Y no es que les tenga un odio especial a los ingleses, ellos sí nos odian recordando que les hemos dado cera para hartar, menos en Trafalgar que fue dirigida por franceses y hasta tienen el descaro de contar a sus escolares que a la Armada Invencible la derrotaron ellos, cuando cualquiera que no sea inglés sabe que la flota fue hundida por una tempestad.

No les odio, no. Me molesta que a día de hoy, casi doscientos años después de la desaparición del que fuera Imperio Español, siguen con la salmodia de la leyenda negra española cada vez que tienen oportunidad. Claro que desde hace algún tiempo cuentan con la ayuda de bastantes españoles que, cerriles, ignorantes y desconocedores de la Historia de un país que los vio nacer, de una tierra a la que desprecian, les dan argumentos irreales para esa ignominiosa leyenda tachando de asesinos y genocidas a quienes arriesgaron su vida por hacer su trabajo, por defender a su país a desprecio de su propia supervivencia.

¿Por qué? Porque no quieren dejar que la verdad le estropee un buen titular.

2 Replies to “COMBATES DE CAGAYÁN”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *