LAS ALBORES DE UN PUEBLO: EL AZTECA

Cuando la realidad y la fantasía se mezclaban, dejando que la crueldad se aprovechara

 Todo pueblo, para explicar su nacimiento, necesita de una leyenda, y el mexica la repitió tantas veces y durante tanto tiempo, que acabó convirtiéndola en realidad.

  Ocurrió muy lejos de aquí y mucho más lejos de allá, en un lugar, dicen que mágico, llamado Aztlán. Su tierra era roja y estaba rodeada de agua por todas partes, según unos, de vetustas y rocosas montañas, según otros, en las que habían siete grandes y profundas cuevas que le daban nombre a aquel rincón: Chicomoztoc, “ La Casa de las Siete Cuevas “, todas ellas siempre habitadas por otras tantas familias hasta que, aconsejadas por sus dioses, fueron abandonándolas, una tras otra, buscando mejor sitio para estar, hasta solo quedar una, por no tener dios que la guiara.

Tras un largo tiempo de rogadas y angustiosa espera en la que pareciera que ninguna divinidad tuviera interés en querer llegar, uno de los sacerdotes, el que creía estar más en contacto con las alturas, llamado Coyote Erguido, había decidido retirarse hacía muchos días, en escondida meditación, buscando un dios preferible capaz de llevarlos a un mejor destino, allá donde quizás estuvieran los Montes Blancos.

En la impaciente espera, un día radiante empezó a tornarse extraño, pareciendo como si de repente el negro quisiera adueñarse del cielo.

Quedaron todos perplejos, observando, admirando, como avanzaba la Luna queriendo devorar al Sol.

Con la incredulidad asomada en todos los rostros y los latidos de los corazones desbocados, buscaron donde esconderse encontrando cobijo en las bocas de las cuevas.

Poco a poco se iba cubriendo al Sol, una Luna guerrera  estaba sumiendo al mundo en las sombras y la gente se sentía morir viendo como todo se ocultaba, sabían  que si el sol desaparecía sus vidas se irían con él. Todo se fue haciendo oscuro, hasta la tierra roja, incluso el viento parecía gemir de miedo. También sentían como la lucha entre los dioses afectaba  a cuantos admiraban la visión que era tan horrenda como hermosa, pareciendo que iban a quedarse ciegos en la contemplación.

Por fin la oscuridad fue total. La luna devoró al sol y las estrellas se encendieron para iluminar la escena. Y entonces se dieron cuenta de que la luna tampoco  estaba. ¿Qué ocurría ?. Los momentos se hicieron eternos, las aves empezaron a hacer sonar sus cantos de sueño. Todos preguntaban y se preguntaban “¿Quien traerá ahora a la aurora ?   ¿Quién hará alborear la mañana ?”. Todo se había ido. Nada se veía, la oscuridad los rodeaba, las lágrimas asomaban dispuestas a acoger el dolor de la noche inesperada. El miedo lo llenaba todo, lo helaba, congelándoles el alma.

En el susto, de repente, una luz se encendió, y al poco, empezó como si quisiera aparecer de nuevo el Sol, viéndose asomar su redondez, como si intentara volver a nacer. Lo que se creía que era el fin, era un nuevo comienzo, un volver a empezar.

 

Coyote Erguido, el esperanzado sacerdote, apareció caminando seguido de dos hombres que, en una parihuela, portaban una figura esculpida en la piedra.

– Aquí tenéis al nuevo dios. Es el sol recién nacido dispuesto a guiarnos a las tierras del Sur donde nos asentaremos. Su nombre es Huitzilopochtli.- les anunció.

Todos se fijaron casi sin atreverse a mirar, todavía tenían en sus retinas la imagen de lo ocurrido en los cielos.

– Lo que admirasteis con tanto miedo – reanudó Coyote Erguido al percatarse de sus tribulaciones  – fue su nacimiento divino, el terrenal yo os lo voy a narrar  para que a partir de ahora lo podáis mirar sin olvidar el miedo.

Acaeció en las tierras del Sur, allí donde las montañas se cubren de blanco y hasta algunas humean, donde una mujer de nombre Coatlicue “La de la Falda de Serpientes “, madre de  400 hijos a los que llamaban  Surianos y de una hija  de nombre Coyolxauhqui, estaba barriendo, como penitencia, en la Montaña de la Serpiente, cuando cayó sobre ella una bola de preciosas plumas tan hermosas y finas que las recogió y las guardó en su seno. Al terminar de barrer, buscó las plumas donde las había dejado pero no las encontró. En ese momento la mujer había quedado preñada.

Cuando los 400 Surianos vieron que su madre estaba en cinta, mucho se enfadaron, enojándose tanto que dijeron:

– “¿Quien le ha hecho ésto ? ¿Quien la dejó en cinta ?. Nos afrenta, nos deshonra “

A lo que su hermana Coyolxauhqui abundó.

– “Hermanos, ella nos ha deshonrado, hemos de matar a nuestra madre, la perversa se encuentra ya en cinta. ¿Quien le hizo lo que lleva en el vientre ? “

Al enterarse de esto, Coatlicue mucho se espantó y se entristeció.Pero su hijo Huitzilopochtli, el que estaba en su seno, la confortó diciéndole

– “No temas madre, yo se lo que tengo que hacer “

Cuando oyó a su hijo decir esas palabras, se consoló, se calmó su corazón y se sintió tranquila.

Entre tanto, los 400 Surianos se juntaron para tomar una decisión y determinaron dar muerte a su madre porque les había infamado. Estaban muy enfadados e irritados. Como si su corazón se le fuera a salir. Coyolxauhqui aún avivaba más la ira de sus hermanos para que mataran a su madre.Y así, los XMR. Pero uno llamado Cuahutlicac era falso en sus palabras y enseguida fue a comunicárselo a Huitzilopochtli que le respondió

– “ Ten cuidado, está vigilante tío mío, bien sé lo que tengo que hacer”

Resueltos, los 400 surianos se pusieron en movimiento guiados por Coyolxauhqui. Iban bien ataviados, guarnecidos para la guerra, en fila, en orden de escuadrón. Pero Cuahuitlicac subió enseguida a la montaña para hablar desde allí a Huitzilopochtli

– “ Ya vienen “ – le dijo

Al rato, Huitzilopochtli preguntaba

– “ ¿Por donde vienen ya ? “

A lo que Cuahuitlicac respondía

– “ Vienen por la cuesta de la montaña “

Y todavía una vez más, le dijo Huitzilopochtli

– “ Mira bien por donde vienen “

Entonces le dijo Cuahuitlicac

– “ Ya están en la cumbre, ya llegan, los viene guiando Coyolxauqui “

En ese momento nació Huitzilopochtli, se vistió con sus atavíos, tomó su escudo de plumas de águila, sus dardos, su lanzadardos azul el llamado de turquesa. Se pintó su rostro con franjas diagonales , con el color llamado “pintura de niño”. Sobre su cabeza colocó plumas finas, se puso sus orejeras. Y en uno de sus pies, que era enjuto, llevaba una sandalia cubierta de plumas, mientras que sus dos piernas y sus dos brazos los llevaba pintado de azul.Y el llamado Tochancalqui puso fuego a la serpiente hecha de teas llamada Xiuhcóatl que obedecía a Huitzilopochtli. Luego con ella, cortó la cabeza a Coyolxauhqui para dejarla abandonada en la falda de la Montaña de la Serpiente y dejar su cuerpo caer rodando quedando hecho pedazos; por diversas partes cayeron sus manos, sus piernas, su cuerpo. Entonces Huitzilopochtli se irguió persiguiendo a los 400 surianos, los fue acosando, los dispersó, los persiguió como a conejos en torno a la montaña. Cuatro veces les hizo dar vueltas. En vano trataban de hacer algo en contra de él. Nada pudieron hacer, nada pudieron lograr, con nada pudieron defenderse. Por mucho que rogaban, por mucho que decían -”¡Basta ya!” – Huitzilopochtli no se contentaba, con fuerza se ensañaba contra ellos, los perseguía. Solo unos pocos pudieron escapar y cuando les hubo dado muerte, cuando hubo dado salida a su ira, les quitó sus adornos, sus atavíos, su anecúyotl, se los apropió, los incorporó a su destino, haciendo de ellas sus propias insignias.

Como veis – continuó – este dios, Huitzilopochtli, es un portento, con una sola pluma que cayó en el vientre de su madre Coatlicue, fue concebido. Nadie ha aparecido como padre.- terminó

 

– ¿ Y quien te lo ha dicho?   ¿Como lo has sabido tú ? – se atrevió a preguntar alguien

 

– ¡ Por su madre ! – respondió Coyote Erguido – Una anciana tan horripilante, que parecía algo venido del infierno.

 

Poco tiempo después, ya estaba todo preparado para dar comienzo la inmigración.

 

-¿ Y ahora, hacia donde vamos ? – preguntaron

 

– ¡ No importa ! – respondió el sacerdote – Vayamos por donde vayamos, llegaremos. No somos nosotros quienes decidimos.

 

Y así empezó la tan ansiada partida, pareciendo su caminar una procesión de hormigas atareadas siguiendo a un dios que marchaba delante portado en andas sobre su trono.

Muchos fueron los años que andaron, muchos más de cien de vagar de una forma inmisericorde de aquí para allá, acampando diez  en un sitio, en otros más, en algunos menos, dependiendo del criterio del dios que los guiaba; pero siempre relacionándose y continuamente aprendiendo de los pueblos que en esos lugares estaban,  pues ellos no sabían nada, solamente luchar y pelear y también cazar.

Y así se instruyeron en el arte de sembrar y cultivar maíz, frijoles, calabazas, chile, jitomate, miltomate y otras especies,  como también a cocinarlas y conservarlas, para así poder transportarlas.

Del mismo modo aprendieron a prever y a organizarse de tal forma que cuando el sacerdote más unido al dios Huitzilopochtli, el encargado de hablar con él e interpretar sus deseos, recibía las sensaciones de la próxima partida, se adelantaban los macehuales en cantidad suficiente para buscar y una vez encontrado el próximo lugar, levantar, como primera acción, el nuevo “Cu” o templo del dios, y después proceder a la siembra, plantación y cultivo de todas las simientes y plantas que portaban.

En el último asentamiento tomado, el mejor de los que hasta ahora habían encontrado, el nuevo sacerdote, recientemente nombrado por la muerte inesperada de su antecesor, mandó reunir a los más relevantes  de la tribu, para hacerles saber de los nuevos deseos de su dios.

Cuando los tuvo ante él, Cuauhtleco “Aguila que Asciende”, que así se llamaba el nuevo mediador, les dijo

 

– Huitzilopochtli, nuestro dios del Sol y de la guerra y nuestro omnipotente guiador, necesita de nuevas muestras y mayores energías para poder seguir protegiendo a sus hijos los Mexicas, cada vez más numerosos y sobre todo ahora que según todo  parece indicar, se está acercando el fin de nuestra larga peregrinación.

 

Todos alegraron su rostro al escuchar tan esperanzadora noticia. Pero ante el continuado silencio del sacerdote, que parecía esperar una pregunta, el representante del consejo se atrevió: a hacerla:

 

–  ¿Y que es lo que estaría dispuesto a aceptar de nosotros, nuestro venerado Huitzilopochtli ?

 

Tras unos instantes de silencio, Cuauhtleco lanzó

 

– ¡ La vida !

 

– ¡ ¿ Como . . . ?! – exclamaron

 

– Sí. Sacrificar la vida, ofreciéndole el corazón para que la sangre apaciguara su sed.

 

– ¿ La vida . . . de quién. . . de quienes ?- continuó el mismo que preguntó, esta vez temblándole la voz.

 

– Con nosotros llevamos desde hace algún tiempo un prisionero. La de él es la que pide.- los tranquilizó

 

En poco tiempo, todo quedó dispuesto. Se improvisó una elevación en la que se colocó la figura de Huitzilipochtli sobre una plataforma como trono, y dominando la escena, el sacerdote Cuauhtleco, que a pesar de baja estatura y aspecto un tanto escuchimizadoque se asemejaba a un suspiro, miraba hacia abajo contemplando a la gente que, impaciente y espectante, estaba esperando.

A  una señal suya, dos hombres, especialmente ataviados, arrastraron al elegido hasta dejarlo tendido sobre la elevada superficie  de una gran piedra plana y estrecha, al tiempo que lo sujetaban. En un principio quedó tranquilo, como esperando, pero cuando vio al sacerdote plantarse ante él con el cuchillo de pedernal en alto, comenzó a forcejar de tal manera que fue imposible inmovilizarlo, por más que lo intentaron.

Hizo una nueva señal y dos hombres más, de aquellos que también portaban en andas al dios, se abalanzaron sobre él dejándolo, esta vez sí, inmovilizado.

Ya parecía que el sacrificio  iba a poder celebrarse, cuando la víctima, al ver de nuevo alzarse el cuchillo, empezó a agitar su cabeza haciendo mover tanto su cuerpo, que otra vez fue imposible sujetarlo. Tuvo que repetir la señal, esta vez con prisas, acercándose  un quinto hombre como nuevo victimario que, aplastando y sujetando la cabeza contra el filoso canto de la piedra, lo privó de cualquier aspaviento.

Ahora si quedó quieto, aunque convulso. Mientras lo miraba, Cuauhtleco pensó  – << Vaya, son 6 los  que se necesitan para consumar un sacrificio; 5 victimarios y yo, el ejecutor >> –  al tiempo que, con decisión,  le hacía una marca roja en el pecho. Alzó el cuchillo manteniéndolo levantado y quieto mientras buscaba la mirada de la victima, encontrándola alocada por el miedo. Después se fijó  en la marca que le había hecho en el pecho para de repente, como abducido por ella, descargar con fuerza sus dos manos sujetando el cuchillo, sintiendo los huesos crujir al impactar sobre ellos. En el mismo movimiento, como poseído, comenzó a querer serrar, romper las costillas. Los gritos de dolor retumbaban en el silencio, sin que nadie se asustara por ello, era el nuevo sacrificio para su dios. Una vez creada la abertura, lanzó el cuchillo cayendo al suelo e introdujo sus manos en el interior del pecho rebuscando en las entrañas. Los gritos continuaban, los movimientos también, pareciendo imposible que pudieran quedar quietos. Sus manos tropezaron con algo que se movía hinchándose y deshinchándose, provocando unos latidos que aceleraron los suyos propios. Aprisionó el corazón con las dos manos, y una vez que lo creyó seguro, tiró con todas sus fuerzas tratando de arrancarlo, pero no lo consiguió. Se detuvo, respiró,  vio la cara descompuesta del pobre desgraciado y repitió el movimiento  y esta vez sí lo logró, sacando sus manos  y entre ellas, latiendo, el corazón. Lo alzó mostrándolo al gentío que como poseído, gritó. Después se revolvió, miró a Huitzilopochtli, su dios, y hacia él se dirigió presentándole el fruto que a sus pies, sobre el trono, lo dejó. Todavía saltaba,  hilos de sangre, despacio, se deslizaban.

Al fin habían llegado al Anahuac. En lo alto de su llano habían quedado parados contemplando admirados como dos altos picos de una misma montaña, solemnemente vestidos de blanco, casi juntos a la vez que aislados, decoraban con majestuosidad el infinito azul del cielo.

          Uno de los acompañantes, vecino de aquellas tierras, que al percatarse del deslumbramiento que despertaba la contemplación de aquella imagen, se había ofrecido a contar la historia de aquella dos cimas, empezó diciendo:

     – Hace mucho tiempo, tanto que las muestras de amor apenas se daban, un joven guerrero llamado Popocatépetl, se enamoró de la hija del cacique el pueblo, una joven muy hermosa de nombre Iztaccihuatl.

         Aunque los dos jóvenes se amaban y todo el pueblo lo sabía, el padre de la joven no veía con buenos ojos esa relación. A pesar de que sabía que Popocatépetl era el más prometedor y joven de sus guerreros, tenía otros planes para su hija, como el de unirla con el cacique de un pueblo cercano con cuya unión, su poder quedaría grandemente aumentado.

          Pero la postura de los dos jóvenes, sobre todo la de su hija, fue determinante

       –  ¡ Quiero a Popocatépetl y pasaré a su lado el resto de mi vida – le manifestó

       El padre, no vio otra solución que poner una condición al joven guerrero

       – Sabes que los de la tribu del sur, nos tienen amenazados y en cualquier momento vendrán sobre nosotros. Antes de que vengan, atácalos tú. Si vences, mi hija te estará aquí esperando.                      

             Popocatépetl aceptó, sabía que el amor que sentía por Iztaccihuatl y el que ella sentía por él, le daría la fuerza suficiente para vencer todo aquello que se le interpusiera.

       Iztaccihualtl también aceptó, tal era la confianza que sentía por su amado. Y el padre, aún más contento se quedó; sabía  de la enorme superioridad del enemigo al que se iba a enfrentar. De ninguna de las maneras podía ganar.

     Popocatépetl partió confiando en volver. Al poco tiempo, alguien se presentó con la noticia de que Popocatépetl había sido derrotado y muerto por el enemigo.

            La alegría del padre, pronto se trocó en pesar al ver la acctitud de su hija. Iztaccihuatl se retiró, se escondió alimentándose únicamente de su tristeza  y al poco tiempo murió.

         Cuando el cacique preparaba el entierro de su hija, apareció triunfante Popocatépetl que al verla y contemplarla, se negó a creer que estuviera muerta. Tomó su cuerpo y sin que nadie osara estorbarlo, se dirigió a las montañas. Una vez allí, levantó un lecho en forma de altar recostándola sobre él. Popocatépetl quedó frente a ella, jurándole que la cuidaría por siempre y que esperaría hasta que ella despertara y así poder terminar de vivir su amor; rogándole a los dioses que sus deseos se cumplieran.

     Éstos, conmovidos, dejaron que Iztaccihuatl y  Popocatépetl se hicieran montañas para, con el tiempo, transformarse en volcanes. Ella siempre está quieta, pero él de vez en cuando humea, expresando así que sigue vivo, vigilando, esperando que ella despierte.

       Más de 300 años después, Hernán Cortés, al pasar entre los dos volcanes, siempre nevados, del Iztaccihuatl  “ La Mujer Blanca “ y el Popocatépetl “La Montaña que Humea”, camino de la capital Azteca, quedó rendido ante su belleza, hasta el punto de que uno de sus capitanes no pudo resistir la tentación atreviéndose a subir hasta el mismo borde del cráter, dando así testimonio al bajar, de que la montaña estaba viva

Era el año aproximado de 1168 DC, cuando los mexicas  llegaron a orillas del lago de Tezcoco. No eran muchos, probablemente mil o tal vez tres mil, pero aquel era un lugar tan dénsamente poblado  que pasaron desapercibidos. Eran todo ciudades estado establecidas  al borde del lago y más allá,  desde la desintegración del imperio tolteca. También  estaban allí,  asentados, parte de las tribus que con ellos convivieron y que salieron en peregrinación mucho antes que ellos, pero nadie los conocían ni los querían conocer. Eran todas ciudades guerreras como Culhuacan, de origen tolteca; Texcoco, chichimeca; Azcapozalco, otomí; etc. Ciudades que entre ellas tenían alianzas, ligas, guerras que trastocaban a diario el equilibrio en una época de violencia e intriga, pero también de gran desarrollo cultural. Nadie les hacía caso, cuando se acercaban a un lugar donde molestaban, simplemente los echaban y ellos se marchaban. Por mucho que buscaban, nunca encontraban nada, todo era tierra ocupada.

Durante esos años errantes, los aztecas fueron absorbiendo la cultura de los que no los querían como vecinos. Y así crecieron y se extendieron, pero eran tan pocos que no habían suficientes esposas para todos, por lo que las robaban, y ésta vez sí se crearon enemigos. Por primera vez fueron atacados y vencidos. Parte de ellos huyeron  refugiándose en los islotes pantanosos e insalubres del lago donde nadie los siguió dejándolos en paz. Los que quedaron, fueron sometidos y tomados como esclavos en la ciudad de Culhuacan que poco después entraba en guerra contra la ciudad de Xochimilco obligando  a los aztecas a participar en ella.

La guerra acabó ganándola Culhuacan, y cuando estaban todos reunidos celebrando la victoria, le preguntaron a los Mexicas.

– ¿ Y vosotros, en qué habéis contribuido ? – poniendo en duda su aportación.

– ¿ Os habéis fijado  de que a casi todos los que habéis hecho prisionero les faltaba una oreja ? – respondió el cabecilla azteca.

Ante la cara de sorpresa de todos, continuó el mexica

– ¡ Aquí las tenéis todas ! – dijo, abriendo una gran bolsa y echándolas a tierra.

El estupor pronto se transformó en admirativos elogios y el cacique, preso del fervor, les anunció

– Pedirme un deseo, pero que esté en mi mano para que  os lo pueda conceder.

Tras unos momentos de silencio, gritaron en unanimidad

– ¡ Queremos tierra y libertad !

Los culhuacanos, que nunca creyeron que los mexicas se atrevieran a tanto y viéndose obligados a cumplir la palabra ofrecida, se reunieron y tras mucho deliberar, decidieron darles una isleta entre carrizales llamada Tizapán, “La Casa de las Serpiente “.

La intención era bien clara: habían optado por deshacerse de ellos y de esa forma estaban convencidos de que lo conseguirían,  o bien por las picaduras de las víboras que poblaban la isla, o, posiblemente, al ver tanto reptil, se marcharían de allí. Pero los aztecas, en vez de ser victimas de las serpientes, las transformaron en su alimento.

Ante semejante actuación, la confianza se entabló entre los dos pueblos. Los aztecas ya tenían suelo donde residir y los culhuacanos aceptaron que sus hijas se hicieran esposas de los mexicas que ya estaban empezando a conseguir una completa Toltequidad, es decir, aprender y adoptar toda la cultura tolteca, incluidas  sus costumbres y dioses, entre ellos los más importantes, Quetzalcoatl y Tezcatlipoca. A partir de ese momento, Huitzilopochtli estaría menos solo, pero seguiría siendo el principal.

Pasando los años, quisieron crear su estirpe, es decir tener un linaje como lo tenían los grandes pueblos de alrededor, y para eso le pidieron a Achitómetl, nuevo cacique de Culhuacan, su hermosa hija para que fuera la reina de los aztecas, y éste,  sin ningún  reparo y con gran orgullo  la ofreció.

Pero en el último instante, Huitzilopochtli, por boca de su gran sacerdote, cambió de opinión. Quiso que la joven hija del rey de Culhuacan le fuera sacrificada convirtiéndola así en su esposa, lo que la convertiría en la diosa Yaocihuatl “Mujer Guerrera”, dando así a los mexicas mayor protección a la vez que, al ser de origen tolteca, uniría más si cabe a los dos pueblos.

Para éste fin, fue cuidadosamente desollada, consiguiendo arrancarle la piel entera,  sin que fuera rasgada, con el fin de que pudiera cubrir el cuerpo viejo y esmirriado del sacerdote por completo, cuando se presentara ante Huitzilopocctli.

El corazón también se le ofrendaría al dios, mientras que su cuerpo sería delicadamente guisado y ofrecido como comida para los invitados  más selectos de la ceremonia.

Achitómetl, señor de Culhuacan, acudió al evento ricamente vestido, esperando, orgulloso, ver casarse a su hija con el señor de los mexicas.

Cuando, horrorizado, vio al añoso sacerdote caminar de una forma petulante y altiva, cubierto con la piel de su amada hija, se llenó de ira mandando destruir Tizapán expulsando a los aztecas y haciéndoles huir al interior del lago dando la orden de que si alguno se acercaba, fuera inmediatamente despedazado.

Esta ocurrencia, cambió la vida de los mexicas y sus pensamientos. ¡ ¿No tenían tierra ?! Pues ellos mismos la crearían, pero del lago nadie los echaría .      

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