LAS BODAS DE CAMACHO COMO SÍMBOLO DE LA COCINA DE LA OPULENCIA, por Alfredo Villaverde Gil

Si el renacimiento hace germinar las semillas de la individualidad, de la economía del mercado y del intercambio económico y cultural, es con el barroco donde apuntan a concebir el mundo como  una gran representación. Es un concepto de vida que Cervantes recoge en varios pasajes de Quijote y que cobra especial relevancia en los capítulos 19, 20 y 21 de la segunda parte de la obra, en los que se cuentan las pretendidas bodas de Camacho, el rico, con Quiteria, la Hermosa. Y digo pretendidas porque el amor de Basilio, el zagal enamorado, hará que los esponsales se celebren finalmente con el sustancial cambio masculino de citado Basilio en lugar del hacendado Camacho.

En esta obra maestra de la literatura universal que es el Quijote encontramos entretejidos todos los géneros:  poesía, cuento, narración, ensayo filosófico, crónica y también representación teatral, espectáculo. Y ese género teatral, en el que todo no es lo que parece, como  sucede también en las comedias de Shakespeare, nos plantea un episodio en el que todo va encaminado al  engaño a los ojos  o a una  realidad oscilante en términos de Américo Castro, que finaliza con el triunfo del amor sobre el interés y que nos permite extraer algunas jugosas máximas del pensamiento cervantino, como la de que en el amor todo está permitido y que lo material no puede vencer sobre lo espiritual.

En realidad, si leemos con atención el texto, nos damos cuenta como Cervantes juga con sus personajes principales, don Quijote y Sancho, haciéndoles cambiar por completo sus ideas respecto del asunto en el breve espacio de un capítulo y aportando una solución final muy avanzada para las normas sociales de la época ya que opta por el triunfo del ingenio y del mérito personal frente al poder social y económico ligados a una riqueza que se presume heredada. Refresquemos pues, los personajes y la trama, ya que en ella encontraremos el mejor ejemplo del Quijote sobre esa cocina de la opulencia en el Siglo de Oro reservada a la mesa de los reyes de la casa de Austria y de los nobles. En este caso, es una boda de un rico labrador, fenómeno social tan importante en la época, la que va a servir a Cervantes para tratar con ironía y cierto regocijo ese refrán del tanto tienes, tanto vales para contraponerlo al valor espiritual del amor y ese otro refrán tan conocido del contigo, pan y cebolla. Subyace en todo el episodio una velada crítica a ese derroche que apunta el episodio de las bodas en una época en la que la sequía y malas cosechas, los impuestos reales conocidos como del millón y la ruina económica de España, habían originado una migración extrema de las zonas rurales a las urbanas en busca de una economía de subsistencia. 

LOS PERSONAJES

Junto a varios personajes secundarios como los labradores y bachilleres que conducen a don Quijote y Sancho hasta el lugar de las bodas o los acompañantes al enlace como danzantes, cocineros y doncellas, los personajes principales son la hermosa Quiteria, el rico Camacho, Basilio el zagal, don Quijote y Sancho.

La hermosa Quiteria tiene dieciocho años, es labradora y de un linaje que aventaja al de Camacho, mientras que éste tiene veintidós años y es labrador, el más rico de toda esta tierra,  mientras que Basilio, el zagal, parece ser muy joven, quizás de la misma edad que Quiteria, ya que han crecido juntos desde sus tiernos y primeros años.  Con ellos, don Quijote y Sancho que van a asistir, primero como espectadores privilegiados del enlace y después como actores que participan en la trama y en el desenlace final. Si analizamos estos personajes podemos extraer algunas conclusiones respecto a ellos, tales como la igualdad de clases sociales que empieza a germinar en la época ya que Basilio, el pastor, vive puerta con puerta con la familia de Quiteria, que se presume de cierta nobleza, o el hecho de que Camacho, a sus veintidós años, sea el más rico de la comarca, lo que hace pensar en un rico heredero rural más que en un labrador que ha hecho fortuna por su esfuerzo personal, ya que los historiadores como Nöel Salomón, señalan que “en conjunto, los labradores –tanto si eran renteros como propietarios de una parcela-  eran pobres. Sólo una reducida minoría se había separado de la mediocridad económica para llegar al acomodo e incluso a la riqueza”. Junto a ellos, la postura de don Quijote que manifiesta una encendida defensa de las normas sociales tradicionales al inicio de la aventura, aprobando el matrimonio concertado por los padres de Quiteria pero que cambia de parecer en el transcurso del episodio hasta exaltar como buen caballero andante el triunfo del amor al final del mismo, mientras que Sancho, defensor de la unión de Basilio y Quiteria al comienzo de las bodas, torna su parecer hasta convertirse en un acérrimo defensor de Camacho y sus bondades materiales. Burla, burlando, Cervantes nos introduce también con ellos en este doble juego de la apariencia –la norma social, lo conveniente- que no resiste el empuje de la realidad y de los sentimientos –el amor-.

EL ESCENARIO

 

La liberalidad de Camacho lo lleva a fijar el lugar de las bodas en una pradera que manda “enramar y cubrir todo el prado de arriba, de toda suerte que el sol se ha deber en trabajo si quiere entrar a visitar las yerbas verdes de que está cubierto el suelo”  amén del cortejo de danzantes, espadachines y zapateadores. Instrumentos musicales como “flautas, tamborinos, salterios, albogues, panaderos y sonajas” que dejaban oir confusos y suaves sonidos de la mano de los músicos y los árboles “todos llenos de luminarias, a quien no ofendía el viento, que entonces no sonaba sino tan manso que no tenía fuerza para mover las hojas de los árboles” (II.19).

Este escenario contribuye también a difuminar la realidad a través de la apariencia, ya que se oculta el sol, ese gran astro al que se rinde culto en el siglo, para crear una escenografía espectacular con los músicos, cantantes y danzantes ya que “no parecía sino que por todo aquel prado andaba corriendo la alegría y saltando el contento” (II.XIX).

Al igual que en “El sueño de una noche de verano” donde Shakespeare mueve a sus personajes en la nocturnidad donde apariencia y realidad son difíciles de distinguir, aquí Cervantes presenta en todo su esplendor las ofrendas de la riqueza material para exaltar después el valor de lo espiritual, del amor vencedor en la contienda. Pero en este escenario, es donde aparecen las referencias a esa cocina del placer, del bienestar, que forma parte de las cocinas del Quijote sobre todo en la figura de Sancho, porque éste, sujeto de continuo a una economía de subsistencia, ansía sobre muchas otras cosas instalarse en el placer de un buen festín, de un banquete que le compense de tantas jornadas sin nada que llevarse a la boca excepto un mendrugo de pan duro o unas yerbas recogidas al borde del camino.

Es así, que al amanecer, cuando don Quijote reprocha a Sancho de esta manera: “De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más de torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas” (II.20). Y mientras don Quijote alude a su curiosidad por ver lo que sucede con el desdeñado Basilio, Sancho se manifiesta ya totalmente de acuerdo con lo establecido por el orden social de la época: “Más que haga lo que quisiere, no fuera él pobre y casarse con Quiteria” (11.20). Pasa después a elogiar el valor del dinero y de los bienes materiales frente a las habilidades personales de Basilio ya que con ellas, según él, no dan un cuartillo de vino en la taberna.

 

Al entrar en la enramada, “lo primero que se ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero,  un entero novillo, y en el fuego donde se había de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa (molde) de las demás ollas, porque eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro (matadero) de carne; así embebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como si fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para que el aire los enfriase” (II.20).

 

Prosigue la narración diciendo como Sancho llegó a contar más de sesenta odres de vino, de más de dos arrobas cada uno, así como rimeros de pan blanquísimo; los quesos puestos como si fueran ladrillos enrejados formaban una muralla, y dos grandes calderas de aceite, servían para freír cosas de masa que con dos grandes palas eran sacadas y zambullidas en otra caldera de miel preparada que estaba a su lado. Aludiendo a los cocineros y cocineras dice que pasaban de cincuenta: todos limpios, todos diligentes y todos contentos. Y al estilo de los grandes banquetes cortesanos de Versalles o Madrid en los que era costumbre sorprender a los comensales con extravagantes rellenos o preparados, señala que: “ en el dilatado vientre del novillo estaban doce qiernos y pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían de darle sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía haberlas comprado por libras sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tan abundante que podís sustentar a un ejército” (II.20).

Todo es desproporcionado, excesivo, semejante a una narración oriental de fastos preparados para impresionar al espectador y dejarlo preso en las redes de la opulencia, del dinero gastado de manera poco refinada para dejar el mensaje de que su dueño nada en la abundancia.

Y todo está dispuesto a la vista del público, como una cocina de opulento ensueño que es una provocación para todo el que la ve, en una época como aquella de los primeros años del siglo XVII sujeta en el medio rural a una economía de supervivencia y una cocina tan sencilla como despojada de todo ornamento –pan, queso y un poco de vino las más veces-. Por todo ello, el espectáculo crea en Sancho, mejor dicho en su estómago, un peculiar estado de ánimo. “Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se aficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quien él tomara bonísima gana un mediano puchero; luego le aficcionaron la voluntad los zaques; y, últimamente las fruitas de sartén, si es que se podían llamar sartenes tan orondas calderas” (II.20).

Todo ello cautiva al escudero que, a la manera del refrán, queda conquistado por el estómago, hasta el punto de convertir a Camacho el rico en su paladín y abandonar sin esfuerzo la causa de Basilio, el pastor de su mismo estrato social. Don Quijote, por contrario, encarna la firmeza de las ideas y de la ética frente al poder de la apariencia, del dinero, y reprocha a Sancho su actitud desde el distanciamiento que le otorga su desapego de las cosas materiales.

Pero no acaba aquí la escenografía sino que prosigue con una narración exquisita de los danzantes, espadachines, doncellas y ninfas que participan en las bodas, así como de las poesías que se declaman en boca de Cupido, del Amor, la Poesía y la Libertad, que Cervantes aprovecha también para deslizar con ironía sus dardos, cuando pone en boca del Interés “Soy quien puede más que el Amor, y es Amor el que me guía; soy de la estirpe mejor que el cielo en la tierra cría” (II.20). Todos ellos recitan sus alabanzas a las riquezas de Camacho como referencia de su prodigalidad, y mientras tanto, Sancho participa de esta apariencia de felicidad colectiva con un caldero lleno de gansos y gallinas, y mientras come, deja constancia de su criterio: “Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener…un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado” (II.20). Sancho consigue su arenga en defensa de los placeres materiales al notar la tristeza de don Quijote, que se resiste a participar de todo este mundo tan ajeno a sus ideales de caballero andante, a su ascética de galán enamorado de Dulcinea del Toboso.

EL DESENLACE

Realizada la presentación de los personajes, elegido el escenario y puesta en marcha el núcleo de la acción, el desenlace lo plantea Cervantes en el capítulo 21 de la segunda parte del Quijote, que se inicia con la llegada de Quiteria, la novia, como un nuevo objeto de representación, de apariencia, ya que según aprecia Sancho “no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega” (II.21) ya que en vez de escapularios trae ricos corales y el paño bordado de Cuenca es del más rico terciopelo, con guarnición de tiras de raso blanco. Las manos adornadas con sortijas de azabache, anillos de oro y perlas, dijes en la garganta y en los cabellos, que son los más largos y rubios (objeto de deseo en la época) que el escudero haya visto nunca. Amén de todo ello, Quiteria “es una chapada moza, y que puede pasar por los bancos de Flandes” (II.21),  lo que significa que es portadora de tantas joyas y metales que el valor de todo ello es elevado pues se necesita ir a los bancos flamencos para poder sufragarlo. Si a ello unimos que Sancho conviene comparar su talle al de una palmera y sus adornos s los dátiles, fruto de la misma, que nos trae reminiscencias del Cantar de los Cantares bíblico, podemos imaginar con total verosimilitud la imagen dorada y resplandeciente de Quiteria, seducida también hasta este momento por la riqueza de Camacho y por el deber de obediencia a sus padres, que han convenido sus esponsales a la usanza de la época.

Nada se dice de Camacho, el novio, cuyas señas de identidad son las de su poder, el dinero utilizado en el espectáculo y de la apariencia que aquí ofrece de la mano de los invitados y de la novia, pero sí de Basilio, el zagal enamorado, que llega vestido de un sayo negro con jirones de seda roja (el Eros y el Tánatos entretejidos) y coronado con una corona de ciprés, en claro sigo de carácter funeral y pastoril. Ambos, Quiteria y Basilio, llegan descoloridos, mudada la color, a los esponsales, como si afrontasen el destino, el fin de su desgraciado amor, con el sufrimiento que mengua la salud. Sin embargo, en el discurso del pastor, encontramos los primeros signos de que esa unión entre Quiteria (la novia comprada a sus padres y convertida en mujer objeto por el dinero) y Camacho va en contra de las normas morales que consagran el amor como motivo fundamental del vínculo entre los desposados. Dice Basilio: “Bien sabes desconocida (por ingrata) Quiteria, que viviendo yo, tú no puedes tomar esposo” (II.21); lo que creo alude, más que a algún compromiso secreto entre ellos, al hecho de que el amor es la única razón capaz de crear un vínculo, y Basilio sabe que Quiteria está enamorada de él, por lo que no puede esposar con Camacho.

 Continúa su discurso aludiendo a lo mezquino de las riquezas de Camacho que le sirven no sólo de buena fortuna, sino de bonísima ventura, mientras reprocha a la novia el olvido de sus obligaciones para con él (para con el amor) cuando por el contrario, él no ha dejado de guardar el decoro que convenía en su honra (no se ha aprovechado de su relación amorosa para tener relaciones sexuales) a la espera de que el tiempo y su trabajo le permitieran mejorar de fortuna y pedirla en matrimonio. Finaliza Basilio con un extemporáneo brindis que alude a la riqueza del novio y la ingratitud de la novia, así como a su pobreza, causa de su desgracia y de su sepultura, ya que en ese momento, extrae un estoque de su vaina y se arroja sobre él, pareciendo darse muerte.

Aquí Cervantes parace dejarnos un desenlace de tragedia, al estilo de “Otelo” o “Romeo y Julieta” de Shakespeare en las que el amor, a causa de los celos o del adverso destino, no logra triunfar sobre la muerte, pero en una pirueta teatral nos muestra a Basilio, herido de muerte, que solicita esposarse con Quiteria, antes de confesar sus pecados. Y los ruegos y razones de sus amigos y del propio don Quijote, convencen a Camacho para que autorice y a la novia para que consienta desposarse con el moribundo, poniendo en su boca estas palabras tras recibir el sí de Basilio: –Y yo por tu esposa, ahora vivas largos años, ahora te lleven de mis brazos a la sepultura (II.21). Oído esto por Basilio, dio fin a la impostura y sacándose el estoque, que había traspasado en falso su cuerpo, dio a conocer la treta que había utilizado para desposarse con Quiteria.

El fin justifica los medios, dice Cervantes en boca de don Quijote: “No se pueden ni deben llamar engaños los que ponen la mira en virtuosos fines” (II.22) sobre todo si el de casarse de los enamorados es el de más excelencia “advirtiendo que el mayor contrario que el amor tiene es el hambre y la continua necesidad, porque el amor es todo alegría, regocijo y contento, y más cuando el amante está en posesión de la cosa amada”(II.22). Por el contrario, advierte a Camacho que “es rico, y podrá comprar su gusto cuando, donde y como quisiere” (II21) mientras que Basilio solo tiene a Quiteria y no se la ha de quitar ninguno, por poderoso que sea.

Todo lo que proviene de Camacho ha sido producto de su dinero, no de sus sentimientos. Por ello, aunque burlado y escarnecido, no duda en renunciar a la mujer objeto por haber sido comprada  cuando “se fijó en la imaginación de Camacho el desdén de Quiteria, que la borró de la memoria en un instante” (II.21). En ese momento, lo que era el bien visible más preciado de su riqueza ante los demás, dotado de una perfección y hermosura que realzaba la suya, al igual que la comida o el espectáculo de los esponsales, queda reducido a un puro objeto de consumo, a algo que se puede cambiar o sustituir por otro, a través del dinero.

LAS BODAS DE CAMACHO COMO SÍMBOLO DE LA COCINA DE LA OPULENCIA.

Don Quijote reprocha a Sancho su cambio de actitud, cuando deslumbrado por la cocina de la opulencia de los esponsales de Camacho, apoya su boda, animando a Quiteria a que acepte las galas y joyas que éste le ofrece en lugar de las habilidades de Basilio con los bolos o con la espada. Y le trata de glotón, cuando el pobre escudero entre promesas de gobierno de ínsulas y desafortunadas aventuras, sobrevive con su menguada economía de subsistencia compuesta de pan, queso y vino algunas veces, o de los escasos encuentros afortunados con otras gentes que le ofrecen compartir su condumio.

No hace Sancho sino seguir los dictados de su condición humilde, para la cual emparentar con alguien rico significa salir de la miseria y huir de las azarosas circunstancias de la vida, para lo cual todo está permitido, tal como explica a su mujer Teresa Panza en la carta que escribe (II.36) en los momentos previos a ocupar el puesto de gobernador en la ínsula Barataria: “así que, por una vía o por otra, tú has de ser rica, de buena ventura”. Previamente, Sancho menciona la posibilidad de hacer dinero con el gobierno y de ostentar el poder aunque le cueste un precio alto ya que la recompensa, el dinero, bien lo merece.

La diferencia entre Basilio y Camacho –señala Francisco Vivar en su ensayo “Las bodas de Camacho y la sociedad del espectáculo-  se refleja en sus partidarios a través de la posición ética de don Quijote y Sancho. El primero siempre atento, con sus creencias y actitud como defensa, rechaza la riqueza de Camacho; el segundo dominado por la pasión de la comida, no puede resistirse y es dominado. En él “la máscara se antepone a la verdad” en palabras de Erasmo (Adagios, III). La defensa de la virtud y de la discreción es la que hace don Quijote cuando nos dice en el capítulo 22, que defendió la causa de Basilio: “Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a don Quijote obligados de las muestras que había dado defendiendo su causa”. La oferta de comida, continúa Vivar, favorece los valores mundanos, opuestos a la exigencia moral cristiana y, sobre todo, a la preparación para la muerte del cristiano a la que alude Sancho en el capítulo 20. La actitud de Sancho está en contra de la ley divina, pues, a pesar de conocer el sentido de la muerte cristiana, no se ajusta su comportamiento al temor de Dios, piensa más en lo inmediato que en el futuro, en vivir el presente que el vivir para morir. Sancho entiende la actitud de don Quijote pero prefiere “despabilar esta espuma, que lo demás son palabras ociosas, de que nos han de pedir cuenta en la otra vida”. La exhibición de la abundancia está en contra de la moderación o del justo medio que se exige al cristiano. La comida que presenta Camacho es un desafío a la virtud, es un despilfarro vacuo que va contra el temor a Dios. Sancho, sabiendo que don Quijote tiene razón, come porque no puede evitar la tentación y tiene que satisfacer su apetito.

No es gratuito el hecho de que Cervantes haya escogido una boda para reseñar el hecho de la apariencia y del espectáculo, toda vez que en La Mancha, las bodas han revestido y revisten todavía una especial significación en la vida social. En una región rural, con una economía básicamente de subsistencia, poblada por labradores y atravesada por los viajes de pastores, arrieros, emigrantes y viajeros de toda condición, la boda era un hito singular, seguramente el más importante de la vida de los desposados. Las bodas, que podían durar hasta dos semanas en las casa de los más poderosos, se celebraban como mínimo durante tres días: anteboda, boda y tornaboda, contando los dos primeros con la asistencia de todos los invitados y reservándose el último para las familias de los novios. En la actualidad, la boda suele prolongarse a lo largo de todo un día, conservando en algunas ocasiones la costumbre de la tornaboda para el día siguiente al del enlace, que se dedica fundamentalmente a bailar y celebrar los desposorios.

Entre las costumbres nupciales de La Mancha se encuentra la  compra de la novia  a través de la dote, ya que el matrimonio en tanto que unión también económica se formaliza a través de una serie de pautas y convenios en los que la familia del novio, sus padres, compraban a la novia, cuyo mayor o menor precio se estipulaba en la dote. En una sociedad del tipo rural, donde la propiedad del terreno y de otros bienes de consumo resultaba tan importante para la estabilidad, era normal el convenir el matrimonio por razones económicas, tal como realizan los padres de Quiteria con Camacho. La imagen enjoyada y adornada de la novia no viene sino a corroborar que el precio pagado por ella era alto y el matrimonio conveniente para su familia. Abundan los refranes que ponen de manifiesto que una equivalencia económica entre los desposados era importante para que el matrimonio pudiera realizarse: “Labrador es mi padre, labrador es mi hermano, labrador tiene que ser el que a mí me de la mano” o el repetido por Sancho “Tanto tienes, tanto vales”,  por lo que el desenlace ofrecido por Cervantes apunta un final a tono con los nuevos tiempos del siglo XVII, en los que se cuestionaban los valores tradicionales por una sociedad sacudida por las nuevas ideas y emergente a un criterio revolucionario y poco acorde con las costumbres en boga, como es el triunfo del amor (Contigo, pan y cebolla) sobre el dinero.

José Antonio Maravall en su libro “Antiguos y modernos” recoge una cita del libro de Alfonso de la Torre “Visión deleitable de la filosofía y otras ciencias” en el cual se menciona como objeto de ostentación de las clases opulentas su afición a los grandes banquetes: “Sabe que es venido al mundo el reino de los cocineros, en tanto grado, que se alaban muchos dellos de haber comido tal y tal cosa, y en tal manera guisada”. Esto viene a señalar un renacimiento del arte de la cocina que en la Edad Media había permanecido adormecida y que quiere recuperar aquí los fastos de Roma con pantagruélicos banquetes en los que se pone de manifiesto la capacidad económica y de representación de las clases adineradas, amén de satisfacer su gula que en algunos casos, como en el rey francés Luis XIV llegaba ser patente, ya que, según cuenta su cuñada uno de sus menús consistía en cuatro platos con distintas sopas, faisán, una perdiz, una pierna de cordero, un plato de ensalada y diversos platos de confituras y dulces.

Ello, conlleva subsidiariamente a que la principal labor de los cocineros de la época, en cuanto detentan algo de poder, sea la de aligerar en lo posible de grasas la comida, reducir el número de platos e introducir nuevas creaciones como las salsas (bechamel, mahonesa) o el consumo del champán. De esta cocina de excesos que nos dejó reyes gotosos desde Juan II a Felipe II, tenemos numerosos ejemplos en los inicios del siglo XVII como el banquete que ofreció el duque de Buckingham (tan novelado por sus pretendidos amores con la española Ana de Austria) en la nave capitana de su escuadra a su llegada a Santander en el que se sirvieron mil seiscientos platos, todo con tal abundancia que a los mirones que acudieron se les dejó servirse a voluntad, con brindis real y traca final a los postres de toda la escuadra al que acompañó la rotura de toda la vajilla y cristalería utilizada en el festín. O la noticia que nos deja Cabrera de Córdoba en su “Relación de las cosas de la Corte” sobre lo que cada día se enviaba al embajador francés extraordinario duque de Mayenne como agasajo oficial en 1612, llegado con el fin de pedir la mano de la infanta Ana de Austria para el rey francés Luis XIII:

Día de carne. -8 pavos, 26 capones cebados de leche, 70 gallinas, 100 pares de pichones,  100 pares de tórtolas, 100 conejos y liebres, 24 carneros, 2 cuartos traseros de vaca, 40 libras de cañas de vaca, 2 terneras, 12 lenguas, 12 libras de chorizos, 12 perniles de garrobillas, 3 tocinos, 1 tinajuela de 4 arrobas de manteca de puerco, 4 fanegas de panecillos de boca, 8 arrobas de fruta,  4 frutas a 2 arrobas de cada género, 6 cueros de vino de 5 arrobas cada cuero y cada cuero diferente.

“Día de pescado. -100 libras de truchas, 50 de anguilas, 50 de otro pescado fresco, 100 libras de barbos, 100 de peces, cuatro modos de escabeche de pescados, y de cada género 50 libras, 50 libras de atún, 100 de sardinillas en escabeche, 100 libras de pescado cecial muy bueno, 1000 huevos, 24 empanadas de pescado diferentes, 100 libras de manteca fresca, 1 cuero de aceite, fruta, vino, pan y otros regalos extraordinarios, como en el día de la carne se dice.

Para esto hay dedicadas cuatro acémilas con sus cajones que traen este  recado y lo ponen en el aposento sobre unas mesas y cierran, y no parece otro día sino las cestas vacías y no quien las vacía”.

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