ENTORNO A ANTONIO MACHADO Y LEONOR RUIZ

Fue en los comienzos de 1906 cuando el poeta andaluz, ya elevado su nombre en aras del verso, decide preparar oposiciones a Cátedra de Instituto de Segunda Enseñanza, en la asignatura de francés. Pero al llegar el verano, el tribunal aplaza el ejercicio de la convocatoria y no sería hasta mayo del año siguiente (1907) cuando el poeta se examina y logra plaza en el Instituto soriano. Conseguida ésta, don Antonio Machado llega a Soria el 4 de mayo y toma posesión de su Cátedra. Pero dado lo avanzado del curso y consciente de que él no había podido explicar previamente su asignatura, renuncia a examinar al alumnado, permaneciendo en la capital soriana apenas dos o tres días más, para regresar de nuevo a Madrid, hasta el comienzo del nuevo curso: 1907/ 1908.

De regreso a Soria se hospedó en una pensión o casa de huéspedes sita en la calle de los Estudios, de escasos pupilos y casi todos ellos estables, alguno de los cuales con cierto nivel cultural en la elite provinciana, pero poco versados en el mundillo poético del que venía el recién llegado profesor; ambiente que favorecería más aún su introvertido carácter, y que le valdría al poeta para pasear en solitario y conocer los entresijos líricos de una ciudad y unos campos que se crecerían en su inmortalidad lírica sobre páginas de futuros libros, principalmente en Campos de Castilla. Esta paseante o paseadora soledad soriana abundaría en el poeta aquel su primer curso de profesorado. Sería el tiempo en que nos confiesa que

Converso con el hombre que siempre va conmigo

-quien habla solo, espera hablar a Dios un día-;

mi soliloquio es plática con este buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía”.

¿Por qué no pensar que ese dios filantrópico, buscado a través del poeta, y con el que el hombre quiere hablar, le llegó al profesor en figura femenina durante el curso siguiente y con él la ilusión de los días? El corazón y el estado anímico del hombre cambiarían inesperadamente. Allí, en la misma casa y pensión de la calle de los Estudios, le asaltaría el sorprendente hallazgo del amor. No se habían conocido antes, porque la chiquilla estaba viviendo con unos familiares en la pequeña villa de Almenar. Aquella criatura, casi una niña, era hija de la dueña de la pensión y se llamaba Leonor Izquierdo Cuevas. Sus quince años, ojos azules y rubios cabellos, la suave belleza de su rostro y formas corporales enamoran al hombre maduro que ya era Antonio Machado.

En los últimos días del mes de julio de 1909, cuando contraen matrimonio en la iglesia de Santa María la Menor, Leonor acababa de cumplir 16 años y Antonio se aproxima a los 34. Unos meses atrás, apenas conocerse, y despierto en el poeta el sentimiento de enamorado, acoplaría en un más extenso poema, a modo de seguidilla o cantares de “soleá”, aquel conocido terceto, que dice:

Y la niña que yo quiero,

¡ay!, preferirá casarse

con un mocito barbero”.

Versos sobre los que Leonor, ya con más confianza, y tras su matrimonio, se asegura textualmente que le dijera: “Yo me enfadé mucho cuando los escribiste, porque tú sabías que no era verdad”. Su proyectado viaje en “luna de miel” a Barcelona, donde se hallaba Manuel, se ve truncado al llegar a Zaragoza. Aquí se enteran de que las comunicaciones con la capital catalana están cortadas por causa de la revolución en la llamada Semana Sangrienta. Desde la capital maña pondrían rumbo a Pamplona y desde allí a Irún y Fuenterravía, junto al Cantábrico mar.

Son estas fechas de felices horas entre la pareja. Disfrutan de los ambientes y de los paisajes que les rodean, de sus contactos con familiares y amigos. Antes de iniciarse el siguiente curso, pasan un tiempo en Madrid, donde Antonio acude a tertulias con escritores y poetas, presentando a su joven esposa y dando a conocer sus nuevos y castellanos versos. Regresan a Soria al comenzar el nuevo curso, que aquel año, por afecto y efecto con la festividad de San Saturio, no se inicia hasta el 7 de octubre.

El matrimonio vive ahora en la Plaza de Teatinos, llenando su vida de proyectos: Antonio escribe poemas para el libro que habría de ser Campos de Castilla, y Leonor acaricia la ilusión de un largo viaje a París, del que su esposo le hablaba con tanto entusiasmo. El proyecto parisino se ve cumplido cuando Antonio le confirma que le ha sido concedida una beca por la Junta de Ampliación de Estudios y que, sumado al sueldo, les permitirá pasar una temporada con cierto desahogo en la capital francesa.

Instalados en un pequeño hotel de la rue Perronet, la joven pareja, abiertos los ojos de Leonor al recién descubierto embrujo de París, recorre los culturales y artísticos lugares que ya conociera Antonio de viajes anteriores, sin que falte algún bohemio café para que el escritor presente a su joven esposa a conocidos poetas.

Corría a la sazón el año 1911 y, con la Fiesta Nacional Francesa, el 14 de julio, París es un desborde de entusiasmo y celebraciones. Pero para Antonio y Leonor resulta diferente, porque el pañuelo de ésta aparece todo manchado de sangre tras acercárselo a los labios, en actitud de higiene y tras un golpe de tos. Imposible les resultó aquel día hallar en París un médico particular, pues disfrutan en el campo o pequeños pueblos la alegría de su Fiesta. El matrimonio, que naciera con un sencillo encuentro romántico dos años antes, adquiere con esta inesperada imagen roja todo el colorido del romanticismo en uso y de la época. Podría pensarse que la vida les estaba ofreciendo previamente un sueño demasiado hermoso, que trunca la sangre. La ciencia no le aportaría muchas esperanzas.

Casi dos meses después, en septiembre, por indicación médica, tras una breve escala en Madrid, la pareja regresa a Soria, cuyo fresco clima parece obrar en pro de la salud. Antonio le habla a la joven de cosas amables, y no duda en buscar para ella la quietud que los médicos le han recomendado. El poeta hace construir un cochecito que él mismo empuja por las calles sorianas en busca de solanas invernales. Pero sería un espejismo, pues diciembre le aporta una fuerte recaída. Es un tiempo donde Antonio parece olvidarse de sus versos y su Cátedra; está entregado plenamente al mimo y cuidado de la esposa, que nunca dejaría de ser una enferma modelo. Anímicamente se sabía hundido, pero no lo demuestra ante la mujer. Momentos hay en los que desearía morir con ella. Hay constancia de que posa sus labios en los de Leonor, pretendiendo el contagio.

Mil novecientos doce se abría al calendario, y no es el invierno el tiempo menos malo para quien sufre los embates de la tuberculosis. Son estos meses iniciales arca de dolor, pero también de esperanzas. Habría de llegar el calor del verano, y con él aquel primero de agosto que la agonizante vida de Leonor se hiciera tránsito sobre el cuerpo de la niña-mujer, que apenas tres años vivió en su matrimonio y que sólo meses antes disfrutara con el poeta la salida triunfal de Campos de Castilla, sin duda cuando había en el escritor un menor deseo de su triunfo literario, cuando menos disfrutar podía de los elogios de Unamuno, de Azorín y de Ortega y Gasset, de los honrosos comentarios en A B C, en La Nación de Buenos o Los Lunes de El Imparcial. Leonor se iba, Leonor se fue. Con su enfermedad y su  muerte, el poeta había pagado el triunfo de los buenos y de los elegidos; el de los nobles, lo pagaría después.

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