CARLOS DE LA RICA, EL CURA POETA, por Miguel Romero Saiz. Vicepresidente de la AECLM

Carlos de la Rica

Desde el Guadazaón, ese río ancestral que lame la dehesa del Hoyo, recorre parajes romanos y brinca ante las musas del convento de dominicos en Santa Cruz, me viene a la memoria las rimas de Carlos de la Rica.

                              Adán, soy Adán; el Hombre y nada

                              más.

                              Dios me hizo una tarde de siesta.

                              Con ojos para ver,

                              manos para tocar los árboles,

                              oídos para escuchar la cigarra y la noche.

Mayo-58-Algunos de los que acompañaron a la Santa Hijuela en su viaje a Daroca, ante el templo del Pilar de Zaragoza.

Cuando llega a Carboneras, ya cumple sacerdocio que ha aprendido en el seminario de San Julián de Cuenca. Allí, en la ciudad de la Hoces, en esa Cuenca milenaria, en la plaza de la Merced, donde brilla el barroco y ruge el Júcar, él, estudió Cánones y Teología, por ser creyente en la moral católica y allí sentiría la sensación de abrir muro poético dentro de su creación más solemne. Había leído a Salustio y Terencio, bebida la pócima de Cervantes y magnificado el verso de Garcilaso, por eso, no fue esfuerzo sentar cátedra entre piedras milenarias, las mismas que los marqueses de Moya, Beatriz y Andrés, habían pisado y traído para levantar muros donde estuviera guardada la Santa Hijuela.

La Santa Hijuela

La nave del templo en Carboneras sentía el espejo de las mieses oleando en el trigo del llano, a su lado la habitación de los frailes se recogía en torno al girasol del claustro. Lo que ha venido deparando el tiempo habido el desmoronamiento de paredes, desaparición completa del enorme andamio de la fábrica, emborronamiento de su grandeza. Y es que allí, entre la espadaña de aquel convento hecho panteón para dormitar los restos de aquellos marqueses, Carlos hizo su andamiaje particular pintando paredes con realismo católico, sin dejar de sentir su halo profético como poeta del tiempo. El Renacimiento le hizo demasiada mella en su contexto y por eso, las églogas, fueron sus primeros titubeos literarios, más luego, llegaría el verso prosaico como elemento contemplador del mundo que le rodeaba.

Pero este hombre nacido en Pravia, tierra asturiana, un día de 1929, vino a Cuenca no sé ni por qué ni cómo, pero vino. Allí hizo su aprendizaje en las doctas leyes de la Sagradas Escrituras y luego, sentaría cátedra para hacer sacerdocio durante toda su vida. Lenguas del norte y del sur, hablan de su ascendencia borbona, y otros, más bien involucrados en el periodismo, dicen que su “hermano” el rey Juan Carlos, tuvo a bien hacer de él, un descendiente indirecto pero sentido, pues invitado a su boda en tierras helenas, demostraría que no todo es olvido, sino credo de vida.

Llega, como en silencio, al pueblo del Guadazaón y allí hace hogar para siempre. Este lugar, está enclavado en el Señorío de Moya, luego marquesado, y entre sus pueblos, Cañada del Hoyo por proximidad, Valdemorillo de la Sierra y antes Pajarón, Arguisuelas y sin dudarlo, hasta Cañete pisó, le haría formar parte de esa tierra que Raúl Torres llamase “la saga del Guadazaón”. En su juventud, por eso de ser rebelde, apoyó cuanta revuelta ideológica marcaba rumbo; luchó contra la ausencia de libertades de un franquismo caduco y supo que el Concilio Vaticano II era necesario por el reformismo que provocaba. Sin embargo, se comprometió con el Postismo, un movimiento de alta modernidad y por ello, escribió los primeros versos que sus amigos de grupo, Ángel Crespo, Gabino Alejandro Carriedo y Federico Muelas, le iban definiendo. Colaboró en revistas como foro de expresión y así Deucalión y el Pájaro de Paja, le marcaron la senda de una poesía pastoral sin retorno.

Sus primeras publicaciones son letales para el modernismo literario. Ciudadela en 1995 y La Casa, en 1960, abren la espita de la creatividad. Luego, los clásicos a los que adora, le advierten de nuevos retos y empieza a desenvolverse en la vanguardia del llamado “realismo mitológico” enfrentándose con aquellos poetas sociales que no admitían ninguna vocación humanística de la que bebía constantemente. Se une a los movimientos del 68, apoya a la juventud rebelde, se hace “hippy” y conversa con el tiempo futuro. Se observa en sus obras, como Edipo el rey, en 1965, y Poemas junto a un pueblo en 1977, cuáles van a ser sus raíces vanguardistas, llenas de amor por el judaísmo al que adora; el Neopostismo con su estética a través del grupo de la Camama, protagonizado por José del Saz Orozo, Manuel de San Martín, Carlos Asorey y Luis Lloret, creando la fundación del Toro de Barro en 1965.

Su obra es tan ingente como su influencia social y cultural. Crea y revive con el Toro de Barro la editorial más reconocida en aquellos tiempos de la década de los setenta, porque siendo una de las diez editoriales más afamadas de España, abre el mundo poético y literario a Ángel Crespo, Eduardo Chicharro y Carlos Edmundo de Ory, sin dejar de lado aquellos poemarios vanguardistas en las generaciones más jóvenes de la poesía española. Y no queda ahí su sello, porque abre a la sociedad conquense, el significado cultural de la Real Academia de Artes y Letras de este lugar, arma que creará y presidirá con empeño de hacer carrera para que Cuenca y su gente tenga un porvenir en la cultura de vanguardia.

Su obra es inmensa. Lo es, en poesía con más de veinte poemarios completos donde Loa y elogio de las cosas de Cuenca en 1984; Los mimbres de mi cesta en 1986; el hallazgo de Simuel en 1980; Piedras, rostros y paisajes en 1993; la razón de Antígona en 1980; setenta años de poesía en Cuenca en 1972 y Juegos del Mediterráneo en 2001, podían ser prueba más que suficiente, pero aún así, su obra es todavía mayor en contenido y belleza, porque Los duendes en esos Pliegos del Hocino; o los veinte poemas experimentales con Luis Muro, Antonio Gómez y Rojas, hacen de su estirpe un recuerdo imborrable. Amó y pensó en sus poemas más clásicos, tuvo ese oficio de Alquimista y no quiso dejar atrás, Roma, una de sus emociones eternas.

Carlos de la Rica fue imaginario y solemne. Amó el mundo hebreo como nadie y quiso ser amigo de Elías Canetti, al que conoció en Bulgaria junto a Jaime Vandor. Luego, creció entre las mimbreras de Carboneras, llegando hasta Cañete para hacerle sentido homenaje, junto a mí, como su monaguillo precursor, porque vio en la raíces del judaísmo un escape para el humanismo selecto. Todo lo hacía con sentimiento puro. Buscó en las raíces romanas de aquellos lugares, junto a Federico Campos, la sensación de la pureza clásica; hizo de la iglesia parroquial de Carboneras, un Museo de la pintura neo-románica para creer en su vínculo al clasicismo y desde aquí, junto a su amigo Enrique Domínguez Millán, buscó en la poética del tiempo, cómo y por qué, el sentir de Acacia Uceta, de Goñi en la pintura, de Víctor de la Vega en el mural, de Florencio, amigo que rompió su alma, en la crítica constructiva de la nueva literatura que nacía a camino de franquistas contratiempos.

Recuerdo pues, su estela en figura extrema, con la melena rubia y blanca al viento, sus patillas ruinosas que descienden, su nariz aguileña y sobre todo, sus ojos vivos e inquietos de un hombre sabio que sabe bien, dónde se encuentra y lo que quiere. Me alegro de haberle conocido pues con él aprendí mis pasos en el Parnaso; le recuerdo en sus homilías de una iglesia-fortaleza en Carboneras y quise que él, fuera mi buen guía para correr camino en la Historia. Un día, caminábamos hacia Reillo y me hablaba del mundo, de Roma, de sus hijos ilustres como Séneca y Plauto, del Renacimiento y Botticelli y de sus maestros en el mundo de los vivos, tal vez, de la poesía de Alexandre o de Alberti.

Al desempolvar los papeles de antaño, ha llegado a mi mano, aquel artículo del Día de Cuenca, en fecha, 8 de septiembre de 1994, tres años antes de su muerte, firmado por él y con el título de “Aura de Cañete”, aludía al pueblo de mis padres y adoptivo mío, al que ahora me recibe con la Biblioteca en titulación mía, y hablaba del Júcar y del Cabriel, ríos de las cien verdes corrientes; de la Virgen de la Zarza, patrona que es; de Álvaro de Luna, el condestable engañado por su propio rey Juan II en la Castilla del siglo XV; y luego de Isidro Romero, alcalde primero en tiempos de 1982 cuando se encontró el arco de daba entrada a la Sinagoga de Cañete y, después, de Manuel Marzal, alcalde actual que había ayudado a que la Real Academia de las Artes y las Letras conquenses hiciera homenaje a Elías Canetti, el sefardí que de aquí saliesen sus raíces a tiempos inmortales.

En su artículo del Día de Cuenca, “Cañete resplandece en fiestas, y fiesta es el Kadish de alabanza al nombre de dios (¡Bendito sea¡) que se pronunciará ante la lápida que le celebra y le recuerda en la fachada del Ayuntamiento cañetero. Otro personaje inquieto, que lo fuera ya cuando era monaguillo mío en Carboneras, dirá su pregón de fiestas. Miguel romero ha escrito libros inolvidables dedicados a Cañete y a esa Sierra nuestra tan bella. El aura de Cañete es tan hermosa cuando pronuncia el nombre de Elías Canetti, su hijo.”

Y ahora, porque amigo es y de los buenos, el poeta nacido en Santander y afincado en Cuenca, le hizo un poema en el lejano 1997 para hacer homenaje a toda esa larga vida dedicada a la palabra, cuando aún vivía y su corazón a punto estaba de dejar el alma. Así le decía José María Abellán, el poeta del Mito encantado de Cuenca:

Carlos,

               un hombre,

                              un verso,

un poema inacabado siempre,

                                            luz en la luz,

voz,

lucha.

¿Quién te dijo

                              que la vida era un vuelo de la imaginación,

una herida por el filo de una sonrisa?

¡Con qué pasión amamos

                                            cuando el dolor nos llama,

cómo hilvanamos la duda a la esperanza

                                                               y la esperanza a la

fe

y acaso a la certeza

de la que la humana condición nos ennoblece¡

En este punto y seguido

con el que la eternidad escribe hoy la historia,

aquí estamos,

                              aquí estoy,

para poner mi hombro junto al tuyo en el banzo de la vida,

y decirte que yo amé tus versos

                                                           y los amo,

Carlos,

               que los amé en La Casa

                                                           y sin que Edipo Rey lo supiera,

aunque nunca pusiera mi voz en aquel Toro de Barro.

Hoy,

               quienes como yo,

                                                           rendimos nuestra voz a tu palabra,

queremos ser verso con tus versos,

y poema entre los tuyos,

con el hocino donde Federico acunara tus primeros latidos

literarios.

Carlos,

               hoy un verso herido,

una historia de amor,

                                            un vuelo,

una guerra lejana,

un hombre amigo.

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