GÉNESIS, por José Manuel Mójica Legarre

Génesis

El anciano cerró con cuidado la sobada Biblia que tenía entre las manos y la depositó a su lado, con afectada suavidad, sobre el asiento rudimentario hecho de gruesas cañas de bambú que, tan apenas unas horas antes, él mismo había fabricado frente a la tumba de quien hasta hacía unos pocos días había sido su esposa. Desde que aquellos despistados predicadores evangélicos, cruelmente comidos por los jejenes, habían pasado por su casa dejándole ese libro como recuerdo, había adquirido la costumbre de leerlo a menudo. Le gustaba sobre todo repasar aquel pasaje del jardín del Edén y, en más de una ocasión, había soñado que él y su compañera eran los últimos seres humanos vivos sobre la tierra, en resumen, una especie de punto final a la sociedad moderna que cerraría el ciclo iniciado por Adán y Eva.  Pero después de la reciente muerte de su esposa, el hermoso paisaje en que se asentaba su rancho, su conuco, que antes le parecía un jardín paradisíaco, para él se había convertido en un bosque tenebroso, umbrío, y aquellos pensamientos sobre el Paraíso, aquellas zarandajas que leía en la Biblia, habían pasado a un segundo plano para centrarse en otra obsesión. Después de algunas horas le había nacido en un rincón del cerebro el impulso de abandonar aquel paisaje que, desde el momento en que la última palada de tierra cayó sobre el cadáver de su mujer, había dejado de ser su hogar.

Tras una noche de insomnio inquieto el hombre fumaba a las puertas de la cabaña, ensimismado en sus pensamientos, mientras contemplaba cómo se elevaban con parsimonia las volutas de humo acre en el fresco ambiente. La luz incierta del amanecer trataba con mucho esfuerzo de abrirse paso entre las espesas copas de los árboles, cuando el anciano entró en la choza que había sido testigo de más de cincuenta años de convivencia razonablemente feliz.

Con movimientos pausados colocó en el interior del petate un saquete de harina de maíz, luego añadió café, azúcar y sal completando la exigua carga con algunas ropas, concluyó el parco equipaje con la mosquitera envuelta por una hamaca ligera, lo colgó del hombro, se tocó con un ajado sombrero de color indefinible y volvió a la tumba ante la que se descubrió respetuosamente para despedirse de aquella que fue su fiel compañera durante tantos años.

Después de garabatear en el aire un signo de la cruz, a imitación de los dos palos cruzados que adornaban la pobre sepultura, se cubrió de nuevo con el sombrero y, tras dar algunos pasos vacilantes, se volvió para recoger la Biblia, que había quedado abandonada sobre el asiento de bambú, y la colocó en uno de los bolsillos de la ajada mochila.

        Al poco de internarse en la pica de la selva, ya caminaba con la sorprendente habilidad de quien conoce la situación exacta de cada raíz traicionera, de cada matorral enano, sin esfuerzo aparente, con una extraña agilidad que no se correspondía con su avanzada edad. El anciano había llegado a esa intrincada parte de la selva amazónica cuando contaba escasamente veinte años, huyendo de las alevosas reclutas que el ejército venezolano perpetraba de vez en cuando. Al principio de su estancia en aquellos parajes vivió como los animales silvestres, cazando, sobreviviendo sin un lugar fijo en el que descansar sus huesos al atardecer. Una tarde cualquiera, hacía muchos años de eso, apareció ella junto a su hamaca, huyendo de un cacique yanomami que pretendía venderla a otra tribu, y, a los pocos días, dormían juntos.

        A partir de aquel día él se ocupó en quemar una extensión de terreno para hacer su conuco y, después de un viaje a un pueblo que distaba cinco días de marcha para ir en busca de algunas cosas que les eran indispensables, plantó yuca, plátanos y algunas otras cosas que les ayudaran a sostenerse sin demasiadas penurias. Más tarde vino la construcción de la choza que les brindara cierta comodidad y, sobre todo, que elevara a la categoría de hogar aquel remoto terreno.

Poco después de la construcción de la cabaña, el hombre tuvo un golpe de suerte al encontrar unos penetros de diamante mientras trabajaba en el conuco. Sin perder tiempo inició la marcha con intención de venderlos en Ikabarú. Volvió a los pocos días cargado de pollitos, gallinas, semillas y arrastrando tras de sí a una pareja de chivos que, con el pasar del tiempo, hicieron el milagro de mantenerlos sin padecer hambre ni estrecheces; pero Dios no les había concedido hijos y, aquello, les dolió en el fondo del alma hasta que, echando mano de una resignación que a veces no terminaban de sentir sinceramente, pudieron asumir que deberían vivir en su sola compañía, lo que era como decir solos el resto, de su vida.

       Los recuerdos se amontonaban en la cabeza del anciano mientras caminaba sin darle la mínima tregua a su cerebro; parecían oscilar al compás de sus pasos y, a semejanza de una carga mal puesta, le dificultaban un camino que, conforme más se adentraba en la selva, comenzaba a ser desconocido. En realidad, pensó, habían tenido una buena vida y habían sido razonablemente felices. Nunca les había faltado comida que llevarse a la boca y la india sabía tejer con gran habilidad; de hecho, la última ropa ya confeccionada que había llegado a su poder, fue la que recibieron de manos de aquellos misioneros evangélicos que se habían perdido en su periplo adoctrinador a través de la selva.

Lo malo de no haber tenido hijos, pensó el viejo, era que la choza y el conuco se perderían para siempre por falta de cuidadores; en ese momento una especie de dolor sordo cruzó su pecho cuando se imaginó la cabaña en ruinas y el huerto invadido por la maleza. Sacudió la cabeza con gesto negativo para ahuyentar aquellos pensamientos funestos y siguió caminando internándose más en la tupida vegetación.

       Cuando el sol llegó a su cénit, preparó una pequeña hoguera y se hizo un café sin azúcar para engañar al hambre. El agradable olor de la infusión le trajo un montón de recuerdos haciéndole soñar despierto, con tal realismo que, entre la hojarasca, creyó distinguir la silueta de su compañera muerta haciéndole señas de que siguiera caminando en la dirección que indicaba su brazo extendido. 

El anciano conocía demasiado bien la capacidad mágica de la selva como para desatender aquella señal imperiosa que le hacía la sombra de su esposa difunta. Por eso, sin pensarlo mucho, apagó el fuego echando, con los pies, tierra encima de las brasas, apuró el café, cargó de nuevo el petate y comenzó a caminar en la dirección que había creído adivinar en el gesto de la inexistente sombra de su mujer muerta. La jornada se le hacía dura, pero trató de apurar sus fuerzas antes de acampar para el merecido reposo nocturno.

       Tumbado en la hamaca ligera, bien protegido por la tupida mosquitera, el anciano trató de dormir envuelto en la negrura cómplice de la noche recién nacida; pero sus esfuerzos se revelaron imposibles porque su arrugada piel, con los años, había terminado por adquirir el mismo olor de su compañera y, en el agitado duermevela, estiraba a veces inconscientemente un brazo esperando encontrar a su mujer en la punta de los dedos arrugados, sarmentosos. Cuando después de tantear a ciegas no la hallaba, se despertaba sobresaltado, comprobando que la humedad de sus mejillas no era a causa del rocío sino de unas lágrimas, salobres y amargas, que corrían por su rostro buscando descolgarse hacia el suelo salvaje de la selva; a su alrededor, en la jungla, la vida y la muerte jugaban su eterna partida. Cazadores y presas, asesinos y víctimas apostaban su vida en el juego de la supervivencia del más fuerte, ajenos al terrible dolor que anidaba en el alma del anciano; el amanecer le sorprendió tomando café sin que hubiera podido dormir. Tras acomodar su magro equipaje, se puso en marcha.

       A media mañana el hombre tuvo que vadear un arroyo y, ya en la otra orilla, pensó que lo mejor sería volver a su choza y morir, en soledad, pero en paz, olvidando aquel loco impulso de escapar hacia ninguna parte; sin embargo, una nueva aparición de su compañera bajo la protección de una ceiba, le insufló fuerzas para seguir caminando a pesar de que, frente a él, la sombra gigantesca de un tepuy auguraba un camino ascendente lleno de dificultades y fatiga.

       Las jornadas se iban sucediendo monótonas e  insensibles. Un día se le acabó el café, al siguiente el azúcar y, más tarde, el anciano, se quedó sin provisiones; tenía la penosa impresión de que todo había terminado para él. Estaba perdiendo la noción del tiempo cuando encontró una pequeña oquedad bajo una piedra y, ahíto de fatiga, con el hambre royéndole las entrañas, se acostó justo cuando oscurecía; antes de dormirse pensó con la fría indiferencia de quien no tiene futuro, y es consciente de ello, que aquel era un lugar para morir tan bueno como otro cualquiera de la selva. A medianoche, abrió los ojos. Desde el fondo del hueco en el que estaba, le llegaba una extraña luminosidad, débil pero perceptible, cuyo origen se prometió descubrir al día siguiente.

        Cuando empezó a rayar el alba el anciano se puso a buscar en el fondo de la cueva y dio con una especie de pequeño túnel que parecía trepar por el vientre de la montaña. Decidió cargar con sus enseres apenas despuntaba el sol y, después de algunas horas de arduo esfuerzo, tras doblar un recodo del túnel, la luz del sol le deslumbró. Una vez que sus ojos se acostumbraron a la cegadora luminosidad y pudo ver bien el paisaje, cayó sentado: Ante él se desplegaba una pradera verde tapizada de césped, rodeada de tupidos árboles y dividida por un arroyo de aguas cristalinas; en el centro de la pradera crecía un árbol

frondoso cargado de frutos multicolores parecidos a los higos y la temperatura era suave, como si el húmedo calorón que reinaba en la selva se hubiese quedado a la entrada del túnel.       Su primer impulso fue beber agua del riachuelo. La frescura del líquido pareció vivificarle por un momento; pero a los pocos minutos el hambre le anudaba el estómago con una violencia que no había imaginado que pudiese existir. De pronto un cachicamo, criatura no demasiado frecuente por aquellos parajes, se puso a beber indolentemente al lado del anciano. Con un movimiento rápido, el hombre, hizo presa en el animal y, con un veloz tajo de su cuchillo, lo degolló; pero cuando metió el cachicamo dentro del agua del arroyo con intenciones de lavarlo y prepararlo para asar su carne, la herida del animal se cerró instantáneamente y el animal aprovechó el pasmo del hombre para huir sorprendiendo aún más al anciano.

        Aunque estaba completamente seguro de lo que había visto, en su interior, se negaba a creerlo. Pensó que, si era verdad lo que sus ojos habían percibido, él mismo podría herirse y la lesión se cerraría de inmediato cesando la hemorragia al contacto con el agua.

        Desenfundó el cuchillo y cuando expuso su antebrazo ante los ojos para herirlo, pudo apreciar que en lugar del pellejo arrugado y la carne fláccida que tenía el anciano, aparecía una extremidad recubierta de piel firme, con los músculos latiendo llenos de vida que proclamaban una fuerza y una vitalidad, tan sólo comparable a la que había tenido hacía cincuenta años.        La sospecha que iba tomando fuerza en su mente asaltó al hombre metiéndole la inquietud en el cuerpo; cuando reunió el valor suficiente para asomarse al tranquilo espejo del remanso, lo hizo cuidadosamente, temeroso de que el agua le devolviera la imagen que temía ver. El rostro reflejado en el agua era el suyo, sí, pero con un lustro menos.

        La rala barba de color moreno había sustituido a la canosa que, hasta hacía muy poco tiempo, ornaba la cara del anciano. Poco a poco una idea se fue abriendo paso en su aturdido cerebro. Era muy posible que, sin quererlo, hubiese hallado la fuente de la eterna juventud; pero, pasado el primer momento de alegría, al contemplar la idea de una soledad eterna, pensó que la felicidad sólo sería completa si viviera su esposa. Claro que, si el cachicamo muerto había vuelto a la vida, también el cadáver de su compañera podría sufrir el mismo cambio.

       Como no tenía completa seguridad de que el efecto del agua fuese el mismo con un cadáver putrefacto, se emboscó, mató un capibara y lo dejó que se pudriera al sol, durante algunos días, alimentándose mientras tanto de los frutos del árbol que estaba en el centro de la pradera; durante ese tiempo observó que, cuantos más frutos del árbol comía, mejor iba conociendo el comportamiento de los animales. Un día, cuando el cadáver del capibara apestaba, lo arrastró hasta que logró meterlo por completo en el agua.

        No había transcurrido ni siquiera un minuto desde que había sumergido el cuerpo muerto en el arroyo cuando el animal saltaba fuera del agua y se ponía fuera del alcance del hombre. Con una sonrisa en los labios se dijo que no tenía tiempo que perder. Llenó su totuma con agua del arroyo, cargó algunos frutos del árbol en el petate y, sin más dilación, se puso en marcha hacia su choza.

      Las renovadas piernas del hombre no parecían andar sino volar a ras del suelo selvático; a la experiencia acumulada en caminar sobre aquel terreno durante años, se le añadía ahora una fuerza, una agilidad y una agudeza de percepción que nunca antes había sentido. La distancia que lo separaba de la tumba de la que había sido su compañera parecía desaparecer bajo sus pies, devorada a una velocidad que él hubiera considerado inconcebible aún en la flor de su juventud. Cuando días después avistó la choza, se desprendió de su carga, buscó una herramienta a propósito para su tarea y se dispuso a cavar en la tumba de su compañera sin tardanza.

El hedor que salía por entre las toscas tablas de lo que hubiera querido ser un ataúd era realmente insoportable. Cuando el hombre puso al descubierto los restos de su compañera, los gusanos hervían alborotadamente sobre el cadáver. Entró en la choza, se hizo con dos mantas y, superando el asco que le producía manipular aquel cuerpo putrefacto, colocó el cadáver sobre ellas, hizo un hato y, con ayuda de unas cuerdas se lo ató a la cintura. Después de cargar cuidadosamente su petate en el hombro, tras beber un poco de agua y comer un fruto, se internó en la selva dejando tras de sí un reguero de gusanos que se descolgaban de las mantas.

       El hombre no quiso darse tregua en su camino porque tenía prisa y, sobre todo, ganas de comprobar que todo cuanto había supuesto era cierto. Las fieras de la selva, excitadas por el olor a carroña que pasaba al alcance de sus fauces, aullaban y, algunas de entre ellas, trataron de disputar su presa al hombre; pero la enorme fuerza que tenía en esos momentos, el conocimiento del comportamiento animal que había adquirido y una astucia desconocida por él hasta entonces, le permitieron salir indemne de aquellos violentos ataques.

       Justo antes de llegar a las piedras que marcaban la entrada del túnel, el hombre se dio cuenta de que ni le quedaba agua para beber en la rústica totuma, ni tenía ya frutos para seguir alimentándose; momentáneamente abatido, decidió quedarse aquella noche bajo las piedras, velando los despojos de su compañera. Las primeras luces del amanecer iluminaron la arrugada piel del anciano que se encontraba totalmente agotado, sin rastro de aquella fuerza a la que ya se estaba acostumbrando. El arroyo quedaba a media jornada, tan cerca y tan lejos, que sintió una angustia sobrenatural ante el duro esfuerzo que tenía por delante. Apretando los dientes con determinación, llorando de rabia, comenzó la colosal tarea de arrastrar a través del túnel las mantas con su macabra carga.

El anciano ya no era capaz de distinguir si lo que causaba el escozor en sus ojos era el sudor producido por el esfuerzo, el hedor que se desprendía del cadáver o las lágrimas dolorosas que vertía al ver tan lejana la meta de su ilusión. Durante horas luchó contra sí mismo, contra la fatiga y la tierra hasta que, por fin, llegó a la pradera casi al caer de la tarde. Con un último esfuerzo, arrastró la carga, irresistible ya en esos momentos, logró sumergir el cadáver en las aguas al tiempo que él se lanzaba al arroyo.       Cuando los gusanos desaparecieron arrastrados por la fuerte corriente, ante los ojos del anciano, el cadáver, fue tomando color, se creaba tejido sobre las partes descarnadas de los huesos y, al cabo de unos minutos, su compañera, con treinta años de edad, salía viva del agua.

      No hicieron falta palabras para transmitirse la felicidad que les producía aquel reencuentro; tras una noche eterna de intenso contacto corporal entre dos seres jóvenes y muy enamorados, después de un sueño reparador, el tibio sol iluminó dos cuerpos perfectos tendidos sobre la hierba.

       Los días comenzaron a pasar iguales, dulces, con la suave placidez de lo hermoso. A cada amanecer que nacía bajo un sol cada vez más agradable, crecía el conocimiento que ambos tenían sobre el comportamiento de los animales y, como la pareja se alimentaba siempre de los frutos del árbol, las fieras comenzaron a llegar a las orillas del arroyo sin ningún temor. Al cabo de algún tiempo, tomaron consciencia de que podían entender lo que éstos expresaban y que ellos, de alguna manera, también podían entenderles.

        El hombre era íntimamente feliz en aquel ambiente porque se estaban cumpliendo sus sueños más deseados, más íntimos: Ya estaban viviendo los dos en el jardín del Edén, ya se cerraba el ciclo en el que ellos eran los últimos seres humanos eternos e inmortales, el último Adán, junto a la última Eva, para marcar un nuevo comienzo de la humanidad en el que no habría reclutas del ejército venezolano, ni caciques “coño’e madres” que vendieran indias vírgenes a otras tribus.

        Poco a poco, casi sin que lo notaran, la vida en aquel magnífico paisaje se fue haciendo muelle. La mujer pasaba la mayor parte del tiempo paseando, haciendo el amor con el hombre o comunicándose con los animales que llegaban al arroyo. Éste, por su parte, además de compartir el día con su compañera, lo ocupaba en tejer cuerdas, tallar madera y pasar largo tiempo leyendo su sobada Biblia. 

      Un día en el que el hombre, exudando felicidad por todos sus poros, venía de leer los primeros capítulos del Génesis a la sombra del árbol, pudo ver a su pareja charlar animadamente con una descomunal anaconda que permanecía enrollada a los pies de la mujer; ambos parecían muy divertidos mientras la serpiente parecía señalar con su lengua bífida en dirección a un árbol de cuyos frutos todavía no habían comido.

        Cuando el hombre se fijó bien en aquel árbol, se dio cuenta de que, en las mismas ramas, crecían mezcladas manzanas, piñas, naranjas, guayabas y cuanto fruto se pudiera imaginar. De repente, en el cerebro del hombre, se materializó la imagen bíblica de Eva y la serpiente. Sin mediar palabra, agarró a su compañera y, con ayuda de una cuerda, la ató al tronco de un árbol a pesar de sus protestas.

       Durante días, soportó impasible la agonía de la mujer hasta que, una mañana, en el lugar que ocupaba su compañera en el árbol, amaneció una masa informe llena de gusanos. Con lágrimas en los ojos, el hombre, abandonó la pradera por el túnel, sin haber cogido agua del arroyo, con rumbo a una muerte segura; pero el camino hacia su final le sería mucho más leve acompañado por el convencimiento de que, por su culpa, no nacería de nuevo una humanidad condenada a morir asfixiada en sus propios errores.

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