CARLOS II, por Arturo Vinuesa

Música: Boccherini: La Musica Notturna delle Strade di Madrid – Op. 30 n. 6 (G. 324)

Si, efectivamente, con la triste figura de este desdichado rey se personifica el fin de los Habsburgo en España y el declive de la monarquía hispánica, varias circunstancias influyeron grandemente en el devenir histórico con que se identifica su acción personal. El historiador Hamilton, tratando de explicar la crisis de Europa, sentenciaba “España experimentó el reverso de lo que había sido en el siglo XVI y se precipitó por el plano inclinado de la decadencia, sólo necesitó un siglo para hacerse con la hegemonía europea y un solo siglo también para descender al rango de segunda potencia”

La crisis española es inseparable de la crisis europea en todos los órdenes, económico, político, social, moral y científico. La concepción de Europa se sobrevalora al de cristiandad, la corriente de independentismo v,g. Portugal, el agotamiento de Castilla o el régimen privativo de Cataluña son pruebas de la transformación del sistema político-social de España.

En realidad la decadencia del Imperio europeo-Hispánico con la falta de decisiones acertadas de los validos de Felipe III y Felipe IV ante los conflictos religiosos italianos y holandeses que propiciaron de nuevo la sangría humana y económica de nuestro tercios en el continente. Con la muerte de este último se agravaron aún más los problemas de España en la figura de su hijo Carlos. En ese estado de cosas, y rigiendo los destinos del país la Junta de Gobierno presidida por su viuda durante la minoría del sucesor ésta reconoció la independencia de Portugal por el Tratado de Lisboa.

Carlos II fue proclamado rey en 1665, a los cuatro años. Era una persona educada por teólogos, careciendo de conocimientos políticos. Má aún la correspondencia que mantuvo con Sor Úrsula Micaela Morata, mística alicantina, como su principal consejera, acrecentó su deformación en este campo. Por otro lado su mala salud hacía sospechar que moriría joven, por lo que nuevamente se descuidó su educación; nadie se preocupó de prepararle adecuadamente para las tareas de gobierno.

El duque de Maura diría que la monarquía de Carlos II era una “oligarquía claudicante, pobretona y pedigüeña que no pudo impedir que un pícaro de los patios de palacio se alzara con el poder”, refiriéndose a Fernando de Valenzuela y el irónico Quevedo afirmaba que “un ministro en paz se como en gajes más que en la guerra pueden gastarse diez linajes”.

El portugués Antonio Sardinha diría el error cometido al acceder a la independencia de Portugal se agravaría cuando el rey Carlos ordenó quitar del escudo de España las quina de aquél. Por otro lado Luís de Camoens se expresaría así lo propio es decir “castellanos y portugueses porque españoles somos todos

El descontento en todos los sectores sociales era palpable y, como consecuencia la lucha contra Fernando de Valenzuela aumentó y, apoyándose en la nobleza, Juan José de Austria marchó sobre Madrid y tomó el poder en 1677. Valenzuela fue desterrado y Mariana de Austria abandonó la Corte fijando su residencia en el Alcázar de Toledo.

Juan José de Austria, con el apoyo popular, se convirtió en el nuevo valido. Su gobierno quedó ensombrecido por la lucha política contra sus adversarios y la dramática situación de la monarquía hispánica, obligada a ceder el Franco Condado a Francia mediante la Paz de Nimega en 1679. En ese mismo año, el Rey, de 18 años de edad, se casa en primeras nupcias con María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV de Francia. Aunque nunca llegó a estar verdaderamente enamorada de su marido, con el paso de los años María Luisa llegó a sentir un genuino afecto hacia él. Carlos, por su parte, amaba tiernamente a su esposa.

En esta situación de inestabilidad afectiva de los monarcas y ante la falta de sucesor se desembocó en una actividad esperpéntica por parte de la reina que llegó a realizar peregrinaciones y a venerar reliquias sagradas. Finalmente murió en, dejando al rey en un estado depresivo.

El Rey, plenamente consciente de su incapacidad para asumir las funciones de gobierno, dejó el mismo en manos del duque de Medinaceli, como su valido, y posteriormente en el conde de Oropesa. El último intentó poner orden en la economía y hacienda real, creando para ello la Superintendencia General de la Real Hacienda, presidida por el marqués de Vélez, que, aunque no funcionó como era de esperar, marcó el comienzo de las futuras reformas borbónicas. Al enfrentamiento con la tradicional aristocracia y la Iglesia, y su falta de sintonía con la nueva reina, Mariana de Neoburgo, segunda esposa del Rey, se unieron los desastres de la guerra contra Francia —pérdida de Luxemburgo por la Tregua de Ratisbona, invasión francesa de Cataluña que precipitaron su caída en junio de 1691.

Uno de los hechos más importantes que cambiaría más tarde la monarquía hispánica fue la Paz de Ryswick, firmada con Francia en después de la ocupación francesa en el Palatinado. La consecuencia más importante de esta paz fue la posibilidad de Francia de acceder al trono de la Corona española.

Aunque en los últimos años de su reinado el Rey decidió gobernar personalmente, su manifiesta incapacidad puso el ejercicio del poder en manos de su esposa, la reina ”’Mariana de Neoburgo”’, aconsejada por el arzobispo de Toledo, el cardenal Luis Fernández de Portocarrero. Según un embajador francés, durante los últimos años el rey se encontraba en estado muy precario: «”Su mal, más que una enfermedad concreta, es un agotamiento general”».

Dada la falta de posteridad directa del Rey, comenzó una compleja red de intrigas palaciegas en torno de la sucesión. Este asunto, convertido en cuestión de Estado, consumió los esfuerzos de la diplomacia europea. Tras la muerte del heredero pactado, José Fernando de Baviera, el rey Carlos II hizo testamento el 3 de octubre de 1700 en favor de Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia. Esta candidatura era apoyada por el cardenal Portocarrero. La cláusula 13 del susodicho testamento rezaba:

“Reconociendo, conforme a diversas consultas de ministro de Estado y Justicia, que la razón en que se funda la renuncia de las señoras doña Ana y doña María Teresa, reinas de Francia, mi tía y mi hermana, a la sucesión de estos reinos, fue evitar el perjuicio de unirse a la Corona de Francia; y reconociendo que, viniendo a cesar este motivo fundamental, subsiste el derecho de la sucesión en el pariente más inmediato, conforme a las leyes de estos Reinos, y que hoy se verifica este caso en el hijo segundo del Delfín de Francia: por tanto, arreglándome a dichas leyes, declaro ser mi sucesor, en caso de que Dios me lleve sin dejar hijos, al Duque de Anjou, hijo segundo del Delfín, y como tal le llamo a la sucesión de todos mis Reinos y dominios, sin excepción de ninguna parte de ellos. Y mando y ordeno a todos mis súbditos y vasallos de todos mis Reinos y señoríos que en el caso referido de que Dios me lleve sin sucesión legítima le tengan y reconozcan por su rey y señor natural, y se le dé luego, y sin la menor dilación, la posesión actual, precediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos.

Mariana de Neoburgo, en cambio, apoyaba las pretensiones de su sobrino, el archiduque Carlos de Austria, hijo del emperador Leopoldo I. Las pretensiones del archiduque austríaco fueron respaldadas por Inglaterra y Holanda, las tradicionales enemigas de España durante el siglo XVI, que además rivalizaban con la Francia hegemónica de Luis XIV.

El testamento efectuado por Carlos II a favor del pretendiente francés Felipe V, implicaría no sólo una guerra internacional  por la ambición de las dos coaliciones formadas entre Francia y España y, por otro lado Austria e Inglaterra, principalmente, sino el mismo tiempo una guerra civil entre partidarios de aquél y el archiduque Carlos de Austria 

Recientemente se ha pretendido demostrar que el testamento de Carlos II es falso. Sin embargo, aunque el ”hechizado” Carlos fuera manipulado por su entorno para apuntalar la candidatura del Felipe V de España, éste ya se anteponía a su rival por derecho familiar y dinástico.

Carlos II, último de los Habsburgo españoles, falleció el 1 de noviembre de 1700, a los 38 años, aunque aparentaba una mayor edad. Según el médico forense, el cadáver de Carlos «”no tenía ni una sola gota de sangre, el corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenados, tenía un solo testículo negro como el carbón y la cabeza llena de agua”».

Se dice que en el momento de expirar se vio en Madrid brillar al planeta Venus junto al Sol, lo cual se consideró un milagro. Al mismo tiempo, en la lejana Bruselas donde evidentemente no habían llegado aún las noticias de la muerte del rey, se cantó un Tedeum en la Catedral por su recuperación. Al enterarse de esto, el astrólogo Van Velen exclamó que rezaban por la mejoría del monarca cuando en realidad acababa de fallecer.

El 6 de noviembre la noticia del fallecimiento del rey Carlos II llegó a Versalles. El día 16 Luis XIV anunció que aceptaba lo estipulado en el testamento del rey español. El ya Felipe V de España partió hacia Madrid, a donde llegó el 22 de enero. La tensión entre Francia y España y el resto de potencias europeas, que ya desde un principio desconfiaban del poder que iban a acumular los Borbones, aumentó debido a una serie de errores políticos cometidos en las cortes de Versalles y Madrid. Austria, que no reconocía a Felipe V como rey envió un ejército hacia los territorios españoles en Italia, sin previa declaración de guerra. El primer encuentro entre este ejército y el francés se produciría en Batalla de Carpi 9 de julio. El 7 de septiembre Inglaterra, las Provincias Unidas y Austria firmaron el Tratado de La Haya y en mayo de 1702 todos declaraban la guerra a Francia y España.

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