EL LIBRO DEL BUEN AMOR, por Nicolás del Hierro

DE CUANDO JUAN RUIZ ANDUVO POR ESTAS TIERRAS Y CÓMO CONVERTIDO EN PERSONAJE “ARCIPRESTE DE HITA”, EXTENDIÓ SU NOMBRE AL DE “DON MELÓN DE LA HUERTA”, EN EL “LIBRO DE BUEN AMOR

Música: Juan S. Bach. Concierto de Clavicordio

Nacido Juan Ruiz, según el autor deja escrito en la estrofa 153 del LIBRO DE BUEN AMOR, bajo el signo de Venus, y afirmando que quienes bajo este signo nacen, su vida es amar a las mujeres (cop. 152), y que es servir a las damas mi aspiración total”, doblemente intencionado, a continuación asevera que aunque comer no pueda la pera del peral / el sentarse a la sombra es placer comunal (cop.154), claramente nos demuestra que en relación hembra/varón, incluso cuando no se consiga la meta en la relación que se pretende, bueno es intentar el camino.

Tiene, pues, el LIBRO DE BUEN AMOR el acicate temático que, a la sazón,  desarrollado por un miembro de aquella Iglesia, induce al curioso, más que al estudioso, a imaginar cómo pudo ser en realidad Juan Ruiz y cuál su comportamiento en una sociedad medievalista y en un tiempo donde imperaba la picaresca, y las trotaconventos y celestinas facilitaban la consecución de las más liberadas féminas, que por otro lado, ambiental y familiarmente se veían rodeadas de prejuicios y cotilleos, por lo que no pocos de sus más habituales deseos habían de realizarse de tapadillo.

Sabido es que el Libro está escrito con un sentido moralizante y de divertimento, y que a pesar de tanta fechoría amorosa y buena carga de erotismo, lo que el Arcipreste mantiene firme es su Fe en Dios, pues aun cuando para el logro de ciertas hazañas aclare que busqué trotaconventos, cual me mandó el amor, en la misma estrofa (697)  asegura que ¡Dios y la mí ventura guiaron mi labor!.

En esto de moralizar a través de lo amoral cabría decir que el Arcipreste de Hita fue precursor temático de Cervantes, al conseguir éste el más célebre de los caballeros andantes con un libro que nace en contra de la caballería; así la moral que busca el LIBRO DE BUEN AMOR se hace a través de fórmulas libertinas, si tomamos el sexo de tapadillo como amoral, acogiéndonos a la interpretación que de ello hace la iglesia, y según el modo en que aquí se aborda.

Que el amor es un gran mentiroso”, asevera el de Hita en el último verso de la estrofa 161, y este mal lo personificará en el propio Amor cuando le dice que “contigo traes siempre los mortales pecados” (cop. 217); no obstante a lo largo del Libro observaremos cómo los elogios para ese mismo amor son frecuentísimos y los versos se engalanan y crecen en su defensa: “Amor hace sutil a quien es hombre rudo (cop, 156), “Muchas noblezas  tiene”, (cop. 155), y, muy al final, “Toda clase de azúcar es allí prodigado” (1337).

Aunque nunca de cortejar mujeres se cansara (cop. 577), desconfiado estuvo mientras hablaba con el Amor, pues (“nunca encontré una dama como el Amor la pinta). A pesar de ello, cuando ha visto y conocido a Doña Endrina, sólo cuatro estrofas después (cop.580), ya nos dirá: “busqué y encontré dama de que era deseoso”. “De talle muy apuesta, de gestos amorosa, / alegre, muy lozana, placentera y hermosa, / cortés y mesurada, zalamera y donosa, / muy graciosa y risueña, amor de toda cosa”, (cop. 581).

Son, sin duda, estos encantos y virtudes de mujer los que apremian al Arcipreste de Hita para consultar a Doña Venus, mujer de D. Amor, ante quien dice mostrarse servidor y humillado (585).

Hay en este apartado, en esta aventura con la cuarta mujer (la viuda doña Endrina) un acontecimiento atípico en el contexto del LIBRO, y por ende, con el comportamiento del personaje que, al narrar en primera persona, hemos de tomarlo por el Arcipreste, pues si en el diálogo con don Amor y en seguimiento para con la entrevista de doña Venus el personaje actúa en primera persona representando al autor, tras ser éste aconsejado en la perseverancia, cortesía, dulzura y generosidad, y, sobre todo, algo muy de aquella época: utilizar la mensajería y las artimañas de la Trotaconventos.

Es, en este instante, cuando el personaje se lanza a la conquista de doña Endrina a través de la vieja buhonera, cuando aporta la metamorfosis de su nombre y pasa a llamarse don Melón de la Huerta, quien en lugar de conseguir el favor o el intercambio del contacto carnal, como en la mayoría de las aventuras y lances que el Arcipreste nos narra, el trance termina en matrimonio; lo que nos puede hacer pensar si la ironía del autor no habrá tomado el simbolismo del nombre en el doble sentido intencional de la palabra, y por ello ha llamado don Melón al personaje de la historia, pues sin esta ironía, sin esta evasiva o recurso final, entra en lo absurdo que dicho lance acabe en boda si, como mantiene el autor, el resto de las aventuras recaen en la primera persona de la leyenda y esta primera persona está representando a un miembro de la iglesia, como es el Arcipreste. Bien es cierto y sabido que,  por labor de investigadores, el de Hita utiliza para este apartado recursos y esquemas que no empleó en otros, quizá porque, como aseguran algunos de ellos, Juan Ruiz realiza aquí una adaptación de la comedia medieval Liber Pamphili.

Para esta duda o enredo del nombre, podríamos apoyarnos en el momento que doña Endrina, tras serle altamente elogiado el galán por la Trotaconventos, en la cop. 737 le pregunta quién es él, y la vieja, en la estrofa siguiente (738), le dirá rotunda que “es don Melón de la Huerta, nombre con el que lo significa la propia doña Endrina cuando, casi al final del episodio (cop, 873), el enamorado está llamando a su puerta. Pero sucede que, entre una y otra estrofa (845), la propia doña Endrina hace referencia concreta al Arcipreste: Muchas cosas haría por amor del de Hita, / mas guárdame mi madre, de mí nunca se quita.

¿Está, por tanto doña Endrina en el juego del cambio de nombre, que probablemente hayan tramado fuera de escena el personaje y su astuta consejera, o es el propio autor quien recurre al trueque, dado el desenlace matrimonial que para el episodio prevé y que al mantener en el mismo la primera persona, resulta absurdo que la figura del esponsal la represente un miembro de la iglesia cuando, a lo largor del libro y gran parte del mismo relato, el personaje sigue siendo el Arcipreste? ¿O entra aquí la obligación que el autor se impone, sabiendo abordado el enredo temático en otra comedia que presuntamente le fuera conocida?

Puestos a desgranar hipótesis, acaso la más convencional fuera el recurso de la ironía, dado el supuesto carácter abierto y desenfadado de Juan Ruiz, quien no debía ser, no ya por Arcipreste sino como hombre, muy dado a la idea del matrimonio, por lo que al llevar a éste a su personaje, lo bautizó como don Melón de la Huerta, acogiéndose a la doble intencionalidad del término.

Expuesto así  el concepto, lo que resulta obligatorio por mi parte, no sólo por cuanto a este pasaje se refiere sino en la totalidad del libro, es elogiar lo que ya durante siglos fue elogiado, destacando en él sus grandes aciertos poéticos, humanos y de fe, aún cuando lo primero que resalte a la apreciación de los más sea el erotismo; algo que, aunque nos quede como un poso temático o acción de fondo, se vale de la belleza y la naturalidad con que la palabra aborda el trance para adquirir niveles estéticos de magistral altura.

Pues pide, y pidiendo crece, la llaga de amor penado, dirá doña Endrina en un acertado verso, mientras la envuelven las dudas, y, en bellas  estrofas, temblará nervioso don Melón cuando llega el momento crucial de su conquista. De igual modo debemos destacar las que dedica a ensalzar el amor de tapadillo y las que astutamente utiliza la vieja para despertar sentimientos de atracción en la joven viuda. Y las otras, las otras coplas en las que, creyéndose aquélla engañada, recurre al ejemplo de aves y peces para exponer sus lamentaciones de mujer, (¿precursor también aquí el Arcipreste de escenas calderonianas?). Pero, mujer al fin enamorada, cede ante su ilusión y deseo convencida, sin duda, por algo que dejó bien sentado en otra estrofa (685) y que puede sustituir al “sí quiero” del casamiento que a don Melón exige, pues: “Es cosa ya muy probada / que, la mujer, por sus besos, siempre resulta engañada; / con mucho apasionamiento abraza el hombre a la amada / y toda mujer se rinde si esta joya es otorgada.

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