SEMBLANZA DEL POETA PEDRO A. GONZÁLEZ MORENO, por Miguel Romero y Grisel Parera

Pedro A. González

Música: André Rieu

Siempre crece hacia dentro la memoria,

como una flor extraña

que renunciase al aire y que creciera

hacia el sueño inicial de sus raíces.

 

Por Miguel Romero

A tiempo de penumbra, cuando todo parece inclinar el sentido hacia la poética, hay versos que turban la memoria mientras el intelecto se crece en vuelos inconexos. Tal vez, leer a este poeta manchego es tan gratificante como leer a Juan Ramón Jiménez. Y no, por similitud de obra, porque no hay confrontación latente, sino por su sencillez, por su lenguaje fácil cuando hace del verso un diálogo constante.

Es un buen profesor de Lengua y Literatura metido a poeta, pero a poeta de los elegidos, por eso sus éxitos lo definen en Premios. El Joaquin Benito de Lucas, el llegar a ser finalista del Adonais, el Francisco de Quevedo, el Tiflis o el último, José Hierro de San Sebastián de los Reyes.

Recuerdo su primera obra, aquella de “Señales de cenizas” y luego “Pentagrama para escribir silencios”, qué dos grandes títulos, no solo en el topónimo elegido, sino en el verso encerrado. Hablaba de sentimientos, de su interiorismo más sencillo y a la vez, más profundo. Talavera, Pozuelo de Alarcón, Valdepeñas, su pueblo Calzada de Calatrava y así, un sinfín de lugares manchegos que han visto su pluma y se han rendido a su dialéctica del verso.

Pero es profesor y no desdeña en hacer didáctica en cada frase que paraliza su mente. Por eso, no ha querido dejar el verso solo y así, entre las tinieblas del mundo que nos rodea, se ha lanzando a la publicación de prosa, prosa cuidada en buena narrativa y ofrece en “Los puentes rotos” su más cuidada expresión del lenguaje escrito para hacer grande la sensación placentera de una lectura con meditación y buen argumento. Eso lo han sabido compensar en Manzanares ganando su IX Premio.

 

Tampoco es ya el poema

esa reseca cáscara que queda

sobre el papel, la frágil

arquitectura de sus nombres, ese

pentagrama de sílabas que quieran ser pájaro.

 

Aquí se detecta su didáctica de profesor, de hombre que cultiva el intelecto para hacer de su lenguaje una buena práctica para el alumno. En “Calendario de sombras” o “Anaqueles sin dueño”, bien lo vemos y lo estudiamos.

Acabo y lo hago leyendo un bello poema suyo “El picón de la infancia” y ahí me reencuentro conmigo mismo. Eso de quemar las palabras como oficio de poeta o en dejar que los versos queden reducidos a su ascua, en la Mancha o en la Sierra, solo haciendo picón con las palabras, pero negro picón. Me entusiasma su poesía, desde luego.

 

Abandono

 

A Davina Pazos

 

Con un callado gesto de abandono

 también se van hundiendo las cosas: ese reino

 de la nada y de nadie,

 tan próximo a nosotros y que nunca

 llegó a pertenecernos, porque a veces

 es en lo más cercano donde se abren

 las distancias más hondas.

 

 Tantas cosas inútiles que estaban

 ahí, junto a nosotros, rodeándonos,

 poniéndonos un cerco de voces que no oíamos,

 hablándonos con signos y silencios que nunca

 supimos descifrar y que llevábamos

 cosidos a la piel sin advertirlo:

 Todo eso que llamábamos las cosas

 y no eran nada más que la costumbre

 de reinventar la vida en cada gesto;

 todo eso que siempre

 nosotros preferíamos contemplar a distancia

 como si nada nos perteneciera,

 como quien ve, desde un acantilado,

 unos barcos hundiéndose a lo lejos.

 

 Y uno tras otro vimos

 (desde la orilla equivocada siempre)

 hundirse muchos barcos

 sin saber que nosotros,

 muy lentamente, íbamos

 hundiéndonos con ellos.

 

 

De su libro

  Calendario de sombras

 

 

La carne del mar. 

 

“Si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido…”

(Alfonsina Storni)

 

Que nadie toque el mar, que nadie toque

la carne de las olas,

que es carne de mi propia carne. Nadie

toque la piel sagrada de la espuma

porque con ella tejo, sin prisa, mi sudario.

 

Se pone en pie la sal igual que un hombre

que sale a recibirme

con su abrazo de algas: soy la amante

del mar, la que ya nunca

verá ponerse el sol desde la arena.

 

Que nadie pise el agua, que es flor de mi saliva,

metal del verde sueño de los náufragos.

Que nadie beba de esta transparencia

porque estará bebiendo de mi boca

el oscuro veneno de la sed.

 

Que nadie toque el pan

salado de mi cuerpo, porque sólo

ha de ser alimento para el agua.

 

Soy la amante del mar, la que ya nunca

confundirá el amor con la caricia.

 

(De Anaqueles sin dueño)

Pedro González Moreno, un poeta del sentimiento.

Por Grisel Perera

 

Creciendo hacia la infancia,

viajan tus versos,

para llegar al origen

y antes,

cuando luz y oscuridad eran

todo y nada.

 

Se puede acariciar el latido,

mirar las

Señales de cenizas.

y oír colores en

El pentagrama para escribir silencios.

 

Busco las palabras no dichas, las imágenes perdidas

y el grito  del agua en

El desván sumergido.

 

La Erosión y sus formas,

es huella infatigable del hoy,

Dodecaedro,

cóncavo y convexo, como la vida.

 

En Calendario de sombras,

la alegría y la tristeza se conjugan,

en el juego de los opuestos,

para ser,

pasajeros del tiempo.

 

La Mancha, llanura legendaria de molinos,

rumor trémulo de esperanza y

El ruido de la savia,

donde las sílabas son pájaros escondidos en

Anaqueles sin dueño.

 

El picón de la infancia,

es eco y es sueño,

llama que vuela y se posa

en el recuerdo.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *