LA RUEDA DE LA FORTUNA, por José María Carnero Montesinos

A los seres humanos nos encanta ver girar la rueda de la fortuna, como en una de esas atracciones de feria donde la gente prueba su suerte intentando llevarse el peluche más grande; lo que casi nunca suele pasar, porque la ruleta está trucada; de manera que, como se suele decir: “la casa siempre gana”.  Bastante tiene el feriante con andar montando el tinglado de feria en feria; de pueblo en pueblo; trasegando esa especie de colmadillo de las ilusiones, como para que, encima, se lleve la gente el mejor premio, así porque sí.

Lo cierto es, que a todos nos ha tentado alguna vez el “gusanillo” de comprar una tira de papeletas, con la ilusión puesta en la creencia de que, alguna vez, el traqueteo de ese supuesto engranaje va a parar ahí, justo en nuestro numerito. Lo que no sabemos es que quien maneja el mecanismo, y manipula a la veleidosa fortuna, es la disimulada mano del mismo que no para en su monótona cantinela, para incitarnos a probar suerte.  En fin…, algo que de tan trillado y sabido, a veces nos parece imposible que sea así. Y por eso, volvemos a caer… por si acaso.

Con las cosas de la vida puede pasar lo mismo, si no se anda ojo avizor, para evitar que nos cuelen un peluche de feria, en lugar de aquello por lo que ponemos nuestro empeño y afán de cada día. En estos casos resulta fundamental no quedarse con lo primero que te cuentan, por mucho que eso sea lo que te guste oír. Las más de las veces, no nos resulta grato, ni fácil, escuchar la verdad; porque parece que, con ella, tratan de hurtarnos nuestro derecho; o nos obliga a dar un rodeo para alcanzar aquello a lo que otros llegan sin el menor esfuerzo. Cada persona es víctima de sus circunstancias, pero nunca de la vida misma, porque a la vida hay que saber vencerla, aunque a unos les cueste más que a otros. Sólo es cuestión de preguntarse ¿qué es lo que la vida pide de mí? ¿Cómo puedo imponer mi yo a las circunstancias?

No existen fórmulas mágicas, ni soluciones generales aplicables a todo el mundo. Cada cual tiene su propia manera de sentir y afrontar las vicisitudes del momento en que la vida le coloca a lo largo de su recorrido existencial. Para eso están los valores propios e innatos, y los adquiridos: la fe; la cultura; la experiencia… Es de ahí donde hemos de buscar, para encontrar la fuerza física y espiritual necesaria para sobreponernos a las circunstancias. 

No somos entes abstractos, sino seres vinculados al espacio y el tiempo, que recorremos ese trayecto con toda nuestra carga existencial y nuestras subjetividades encima. Cada hito de ese trayecto vital se compone de cuanto hemos dejado atrás; el recuerdo; la experiencia; los éxitos o las frustraciones… Y lo que tenemos por delante. Pero ese acervo del pasado sólo nos vale como conocimiento empírico de lo vivido, para sacar de él lo positivo y evitar repetir errores, —de ahí su empirismo—, frente a las circunstancias propias de ese nuevo punto, el “ahora” en que nos encontramos; de forma que podamos mirar hacia el binomio espacio-tiempo que nos queda por delante, sabiendo poner metas objetivas, a corto plazo. Logros posibles de alcanzar de forma progresiva, basándonos en la experiencia; en nuestros valores; y en algo muy importante: el deseo… Ese factor, irreprimible, y esencial, para no cejar en el empeño, ni perder la fe y la confianza en nuestra capacidad de lograrlo.  En todo esto hay mucho más de cálculo que de azar, aunque ya sabemos que la suerte también puede ayudar a acelerar ese proceso, pero… nunca a malograrlo, porque por encima de ella está siempre la voluntad. Ya se sabe… “no sólo con decir Señor…, Señor… se entra en el Reino de los Cielos”. Hay un dicho que afirma: “Dios ayuda a quien se ayuda”.

La vida, algunas veces, nos depara aquello que habíamos esperado, cuando creemos que el tiempo se nos ha pasado. Nadie conoce el tiempo del que dispone. Si así fuese, vivir sería algo insoportable. Nadie, sino Dios, conoce el destino de los hombres, ni a lo que están llamados, ni en qué momento. Sólo sabemos medir nuestras propias capacidades… esos “talentos” que nos fueron otorgados; que, de alguna manera, han de encontrar el cauce para el desarrollo que, desde su nacimiento, el destino les tiene marcado. Nadie posee un don, sólo para que permanezca soterrado, sin dar sus frutos.

Filosóficamente el determinismo existe sólo en función de la trascendencia del ser humano hacia el Ser Supremo, que lo creó y le otorgó determinadas aptitudes. Si no fuese así, ese determinismo trascendente no tendría más valor que el de cualquier ser vivo, vegetal o mineral, cuyas propiedades biológicas o químicas, les imponen las peculiares características alotrópicas que rigen su función o comportamiento en la naturaleza.

Los seres humanos nacemos con determinadas características que nos predisponen, pero no nos determinan. Que seamos capaces de desarrollarlas plenamente, depende exclusivamente de nosotros, del empeño y la voluntad que pongamos en ello, sean o no las circunstancias, más o menos proclives o adversas… al final…, eso sólo será la parte anecdótica de su historia. Es un hecho sabido que Cervantes escribió el Quijote estando en prisión. Sólo con imaginar cómo serían las prisiones en el siglo XVII, entenderíamos que, de no ser por esa predisposición, a nadie en esas condiciones le apetecería dar rienda suelta a su imaginación creadora. Sin embargo aquella circunstancia, que debió marcar profundamente la vida del escritor, pasó al ámbito de lo anecdótico. Y como él, casi todos los grandes genios de la historia, pasaron por esos puntos negros en su deambular por el espacio-tiempo.

Somos seres humanos sujetos a la vida y la muerte, como cualquier ser viviente, pero con la impronta de la trascendencia, que nos lleva a la inmortalidad. Seres pensantes, capaces de actos de voluntad creadora. Productos de la mente… allí, donde todo es posible con sólo imaginarlo. No somos fruto de una casualidad, sino de la lógica. Sólo la decrepitud cerebral es capaz de poner fin a la eterna juventud de nuestro espíritu, mientras ocupe este cuerpo. Luego… sólo Dios sabe dónde estará el límite. De modo que vale la pena exprimir esta rara condición, y apurar su contenido, a vivir pendientes de cuanto —por mucho que lo queramos— sólo es el telón de fondo por donde trascurre nuestra existencia. 

No vale la pena apostar a la ruleta de la fortuna, cuando somos poseedores de la mayor riqueza, cuyo caudal es inimaginable. El gran premio nos tocó, junto con la carga genética, cuando fuimos concebidos. Unos con más o menos aptitudes para según que cosas. Pero todos, sin excepción, con algo que nos singulariza, y nos hace distintos a los demás. Encontrarlo dentro de nosotros mismos, es la tarea principal de nuestra vida. Todo lo demás… incluso la felicidad, no son más que sensaciones, que están en función de nuestras capacidades y sus prioridades. Saberlas aprovechar, y ponerlas en su debido orden, es el único secreto… La base para alcanzar la plenitud.

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