RUTA DE PALENCIA A LEÓN (España), por Jesús María Ruiz-Ayucar

Las mimosas han perdido su electricidad amarilla anunciando el comienzo de la primavera. Los almendros dejaron de florecer para proporcionarnos su fruto y poder almacenarlo para las fiestas de navidad. Sus almendras nos darán unos turrones exquisitos, llenos de recuerdos de la infancia, cuando solamente existían el “duro” y el “blando”. A mi me gustaba más el duro, pero ahora prefiero el blando. Las muelas no me dejan apreciar toda su sabiduría, todo el color de su sabor. Pero no importa, el blando llena lo mismo que el otro.

            Los árboles dan vida y alimento, vida a las ciudades y al campo. Nada hay más triste que una ciudad sin árboles. Y en España no son sus ciudades muy dadas a proporcionar amplias zonas arboladas, los suelos son muy apreciados para llenarlos de ladrillos y asfalto, y claro, así no es posible vivir como deberíamos.

            Se ha cantado a los pinos de Roma, a sus olivos con alturas desconocidas en España. Aquí solamente existen olivos para que produzcan aceite y aceitunas, pero no para que adornen. Se les poda, se les machaca sanguinariamente y quedan enanos. Son como experiencias que realizaban algunos salvajes con los seres humanos para experimentar nuevas técnicas. Los judíos saben mucho de estas experiencias. Pues así como los olivos, manzanos y otros árboles: solo sirven para producir, para obtener dinero. O los jíbaros reduciendo las cabezas de los muertos.

            Pocos son tan bellos como los manzanos en flor. Su blanco es absolutamente puro. Ni Zurbarán fue capaz de obtener con sus oraciones frailunas un color tan perfecto. Ni con los blancos de los almendros.

            Pero el árbol no solo produce color para quienes solamente los tenemos como elementos bellos o productores de oxígeno. Las ciudades deben llenarse árboles para la meditación bajo su sombra. Una oración bajo un pino piñonero, o bajo una encina en forma de paraguas es una oración completa, una oración que con seguridad llega a lo más elevado, allá donde no alcanza nuestra mirada.

            Todas las poblaciones desnudas que tenemos en Castilla son ciudades llenas de historia, pero tristes; ciudades cuya enorme belleza postrada se reduce a los muros de una iglesia perdida, deshabitada, oculta a las miradas de los creyentes. Iglesias como La Anunciada, San Cebrián de Mazote o san Miguel de la Escalada donde la soledad se encuentra solamente con la compañía de aromas de tomillo y terreno pedregal.

            El adobe invade estas poblaciones del norte de Palencia y de León, con pueblos casi derrumbados, balcones hechos añicos. Pero nos iluminan las piedras eternas de sus vetustas iglesias, que no se sabe cómo resisten. De vez en cuando un río serpentea por las llanuras castellanas, por la Vieja Castilla. Tordesillas y el Duero; Medina del Campo y el Zapardiel; Arévalo y el Adaja; León y el Bernesga. Ríos con sonoridad de historia: Pisuerga, Órbigo, Cea, Esla, Valderaduey. ¡Cuánta historia almacenan estos nombres! Pero qué escasez de vida en los campos, cuanta soledad, páramos solitarios. De vez en cuando un arbusto, un árbol, junto al río para recuerdo de que existen. O un pinar que alegra el paisaje, como en Arévalo.

Algunas poblaciones alojan paseos de bellas arboledas, como el que se alinea junto al Bernesga en León, paseo de castaños donde se recrean los viejos con sus viejos recuerdos; donde pasean sentados en sillas de ruedas personas que perdieron su capacidad de moverse, como los pueblos de Castilla que han olvidado en muchas ocasiones que existe el progreso.

            Pero si las arboledas resplandecen por su carencia, el arte inunda sus pueblos: Nª Sª de la Anunciada, en Urueña; La Casa del Tratado, San Antolín y monasterio de santa Clara, en Tordesillas; catedral y san Isidoro en León; palacio de Gaudí y catedral, en Astorga; iglesia de la Asunción, en Villarmún; el rollo de Villalón de Campos; Paredes de Nava, donde nacieron el poeta Jorge Manrique, y los pintores y escultores, padre e hijo, Pedro y Alonso de Berruguete; villa romana de La Olmeda, en Pedrosa de la Vega; catedral de Palencia, y ¡por fin! san Martín de Frómista. Grande entre las grandes; bella, bellísima. Merece una escapada para verla.

            Pero si las arboledas resplandecen por su carencia, el arte inunda sus pueblos: Nª Sª de la Anunciada, en Urueña; La Casa del Tratado, San Antolín y monasterio de santa Clara, en Tordesillas; catedral y san Isidoro en León; palacio de Gaudí y catedral, en Astorga; iglesia de la Asunción, en Villarmún; el rollo de Villalón de Campos; Paredes de Nava, donde nacieron el poeta Jorge Manrique, y los pintores y escultores, padre e hijo, Pedro y Alonso de Berruguete; villa romana de La Olmeda, en Pedrosa de la Vega; catedral de Palencia, y ¡por fin! san Martín de Frómista. Grande entre las grandes; bella, bellísima. Merece una escapada para verla.

            No, no se me olvida, ¡cómo podría olvidarse!, el arte hecho soledad, camino tortuoso, curvas constantes, allá en lo más hondo la ya citada San Miguel de la Escalada, casi sepultada en una zona perdida de la civilización, en la llamada Ruta Escondida, próximo al río Esla, donde el arte se encuentra por doquier, Santa María de Gradefes, puro románico del siglo XII; o san Pedro de Eslonza monasterio fundado en el siglo X. Pero hay más, hay una arquitectura popular, con casas que luchan con la historia, que permanecen tal cual se construyeron en tiempos remotos, casas de campo hechas de un barro macizo, tenaz; puentes que los  siglos que no han podido con ellos y continúan sirviendo a los caminantes del Camino de Santiago, y a quienes laborean el campo.

            El hostal de San Marcos es un lugar para residencia de dioses del Olimpo, por todo lo que reúne en su interior, lujo, arte, pinacoteca por todas partes y una buena comida.

            Uno recorre las tierras y se acuerda de los reinos medievales, los monarcas reconquistadores y peleas por tierras inhóspitas.

            Pero la historia surge por todas partes, historia militar mezclada con la vida espiritual, pues en todas partes se encuentran fortalezas hechas iglesias románicas. El románico es el espíritu de oración recogido en todo el norte de Palencia, mezclado con la luminosidad del gótico esplendoroso de la catedral de León. Luz, luz para iluminar la oración y que llegue a lo más alto, como las ojivas que sujetan tanta altura.

            Esto pueblos se sienten orgullosos de su historia, y de su libertad. Para ello construyeron su rollo jurisdiccional, símbolo del orgullo de ser villa y poder impartir justicia. En pueblos como Villalón de Campos o Itero de la Vega tienen unos rollos que son la envidia de las demás villas, tal es su categoría arquitectónica. El primero con menos de dos mil habitantes, pero el segundo no alcanza los doscientos.

            Toda esta tierra destila historia mezclada con religión, no en vano por todas partes nos encontramos con el Camino, sin tener que aclarar que es el de Santiago. Por todas partes se ven los peregrinos, con sol, con lluvia, con frío, con sol de justicia. El peregrino tiene alojamiento por todas partes, y en todos los lugares se le respeta y se le acoge en las hospederías y muchas poblaciones tienen el sobrenombre “del Camino”, y la Virgen del Camino es la guía de los caminantes, aunque quien hace el camino no sea religioso.

            Y tampoco me olvido de la gastronomía. Y no me puedo olvidar de las alubias de la Bañeza, obra de arte gastronómico, ni del cochinillo de Arévalo, ni del cocido maragato, ni de las mantecadas y hojaldres de Astorga, ni de la morcilla leonesa que me la descubrió mi amigo Cipriano, o de la cecina de Palencia.

            Pero todo esto está sin apenas árboles; llanuras, parameras, tierra desolada. Aunque hay que reconocer que en la comarca del Páramo los regadíos abundan, y extrañan, pues no es normal que en tierra tan desolada puedan encontrarse amplias zonas donde los aspersores semejan lluvia para alimento de sus tierras.

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