VARIACIONES SOBRE UN TEMA TOLEDANO, por Gerardo Piña Rosales. Director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española

Para Jorge Ignacio Covarrubias

 

 

Llego al aeropuerto de Newark varias horas antes de la salida del vuelo de la Continental Airlines a Madrid. Desde una cafetería, y después de pasar todos los controles habidos y por haber, me entretengo con el ir y venir de los viajeros. Los aeropuertos son siempre terreno fértil para la observación y catalogación de ejemplares de la variopinta fauna humana; lástima que, al menos en los de Estados Unidos, no esté permitido hacer fotografías.

 

Durante el vuelo me enfrasco en la lectura del espléndido estudio de Humberto López Morales, La singladura del español en el mundo.

 

Llegada a Barajas. Desde luego, para viajar en estos tiempos hay que estar muy en forma (a menos que uno se invente cualquier impedimento físico, para que lo lleven y traigan en silla de ruedas): escaleras, corredores y pasillos interminables, registros y controles, etc. En las zonas para fumadores —jaulas sin rejas—, los nicotinofílicos aspiran con delectación el humo de sus cigarrillos, mientras los demás pasajeros, con aire (oxigenado) de suficiencia y superioridad moral, corren en busca de sus valijas. Un funcionario del gobierno de Castilla-La Mancha y un chofer me esperan a la salida del aeropuerto.

 

Nos vamos acercando a Toledo. Acuden a mi mente, entrecruzándose de forma aleatoria, recuerdos de pasadas visitas a la Ciudad Imperial y de personajes y obras que asocio con esta ciudad: mi primer viaje a Toledo, en 1968, con mi hermana Maruja; mi frustrada búsqueda en la Biblioteca Municipal, en 1987, del archivo de Javier Malagón, rico en obras relativas a la historia de América y al exilio español, pero aún sin catalogar; mis relaciones ―siempre castas― con las ninfas de las églogas garcilasianas, somorgujándose en El Tajo; y el cuento de Francisco Ayala, “El Tajo”, que tiene lugar durante la Guerra Civil; la Escuela de Traductores de Toledo, Alfonso X y el mito de las tres culturas en gozosa y pánfila convivencia; el exeimplo “Don Yllán, el mágico de Toledo”, de don Juan Manuel, insólito ejemplo de posmodernidad; Tristana, la película de Buñuel, basada en la obra homónima de Galdós, con Catherine Deneuve recorriendo, de las garras de Fernando Rey, las tortuosas y sombrías calles toledanas.

 

El automóvil remonta un suave cerro y nos encontramos frente a la fachada —en forma de decorado cinematográfico de película de época— del Hotel Buenavista. A modo de barbacana, los bolardos, desencadenados, parecen cabezas cercenadas de gigantes. La verdad es que, digan lo que digan los historiadores del arte, poco queda hoy de lo que fuera el Palacio de Buenavista, construido en el siglo XVI al parecer por el mismísimo Domenico Theotocopoulos. ¿Pernoctaron aquí —como afirma Fernando Martínez Gil, en La Invención de Toledo— Tirso de Molina, Cervantes y Baltasar Gracián?  En los jardines hay hermosas fuentes, cipreses y tilos, pero los ciervos y gacelas han desaparecido, víctimas de los afanes cinegéticos del Conde de Romanones, otrora propietario del palacio, y de su compinche Alfonso XIII.

Desde la ventana de mi habitación se columbran la ciudad, con sus tejados ocres, la mole de la catedral, los cuatro torreones del Alcázar y el serpenteante Tajo.

 

Más allá de los muros que circundan el hotel, sobre un terreno arenoso y ondulante, se ven unos cuantos olivos. Tres urracas acosan a un gazapo; un alcotán persigue a una paloma. Centinela del aljibe, un raquítico ciprés se extasía ante su propia sombra. Cae la tarde. A lo lejos, en los arrabales de la ciudad, se divisan colinas y altozanos coronados de pinos y una cantera de la que descienden lentamente camiones cargados de piedras. Por el azul purísimo del cielo algunas nubecillas blancas emprenden viaje hacia el sur.

 

Visita a Toledo. Almudena se llama la guía. Tendrá unos 40 años, y es toledana de pura cepa. Dejémosla que, micrófono en mano, nos lo cuente, mientras nosotros, forasteros más o menos ilustrados, aplastamos las narices contra las ventanas del autocar: «Señoras y señores académicos, no saben lo honradísima que me siento de poder dirigirme a unas personas como ustedes, verdaderos adalides de la cultura, de la lengua, del arte. Procuraré esmerarme, aunque les confieso que estoy un poquillo nerviosa. Perdonen si en mis explicaciones incurro en algún error, pero ya saben ustedes que a veces los críticos no se ponen de acuerdo en sus datos y apreciaciones (como captatio benevolentiae ya está bien, querida Almudena);  pero de lo que sí pueden estar seguros es del amor que siento por la ciudad que me vio nacer, ciudad de mis padres y de mis abuelos: Toletum, Tulaytulah, Toldoth, Tolétho, Toledo, Patrimonio de la Humanidad. Ese amor es lo que yo quisiera transmitirles a ustedes en esta mañana de radiante sol toledano.

 

La ciudad de Toledo está rodeada en sus tres cuartas parte por el río Tajo, convirtiéndola casi en una isla (ese gerundio me huele a anglicismo). Esa configuración tan especial contribuyó a su autodefensa durante el pasado. A finales del terciario es cuando surge una falla inmensa y todo este territorio se transformará en roca granítica, que es, al fin y al cabo, la protagonista de nuestra historia, porque el río se ve obligado, al chocar con los materiales impermeables de la roca, a bordearla, formándose así el llamado Torno del Tajo (ni Juan Benet lo  hubiera dicho mejor).

Después de las segundas guerras púnicas, los romanos eligen Toledo para invernar y autoabastecerse. Después de los romanos, se asientan en Toledo los visigodos (que eran más bien brutos), y convierten la ciudad en capital del reino visigótico. Recientemente se han encontrado restos de una basílica visigoda, descubrimiento que nos obligará a cambiar lo que pensábamos de ellos (no le des más vueltas de hoja: eran bastante brutos), porque había tan pocos restos, algunas torres y muros, pero ningún edificio. Y es que al parecer los visigodos no se asentaron en el peñón granítico, sino en la vega, en la parte baja de la ciudad (a lo mejor no eran tan brutos).

Aquí está Toledo, mostrándose poco a poco, revelándosenos de forma singular (como si nos hiciera un estriptis). En el siglo VIII, los musulmanes invaden España, y Toledo formará parte del Al-Andalus (¡Allah Akbar!). Vean, contemplen, admiren nuestra gran herencia mudéjar: he ahí un bellísimo arco de herradura polilobulado; y qué me dicen de ese enjarjado de calles laberínticas, como la medina de cualquier ciudad árabe (¿ha dicho “enjar… qué”?). Y los nombres no pueden ser más árabes: Zocodover, Alcázar, Alcántara, y hasta mi propio nombre, Almudena, que significa “la elocuente” (¡bingo!). Yo a veces digo que soy un poco como la ciudad: me bautizaron cristiana, mi nombre es árabe y mi nariz, judía (interesante símil, aunque de dudosa corrección política). Entramos a la ciudad por la zona Norte. Fíjense en esas calles empedradas, angostas, rezumantes de historia de un mágico pasado (no te pongas estupenda, Almudena). Los musulmanes nos dejaron el trazo de la ciudad, mezquitas, baños, el rico mazapán, el damasquino —esa forma de incrustar el oro haciendo dibujos geométricos, porque, como ustedes saben, la decoración figurada está prohibida en el Islam— y las espadas, que ya no usamos (¡menos mal!), pero que en su día tenían fama de fuertes y flexibles (y que hoy son made in Taiwan). 

Aquí tienen la famosa Puerta de Bisagra. Ustedes, que son personas educadas, familiarizados con etimologías  y lexicones (muchas gracias, gentil cicerona, se ve que tienes buen ojo), saben que lo de “bisagra” no tiene nada que ver con el herraje de dos piezas unidas o combinadas que, con un eje común y sujetas una a un sostén fijo y otra a la puerta o tapa, permiten el giro de estas, sino con “bab”, del árabe”, que significa “puerta”, y “sagra”, que es la parte Norte de Toledo. Esta puerta fue mandada construir por Alfonso VI, en el siglo X, y reconstruida por el arquitecto Alonso de Covarrubias en tiempos de Carlos I de España. No olviden que Toledo fue la capital del mundo en el siglo XVI, que fue la Ciudad Imperial, y por eso vemos en la puerta esa águila bicéfala. ¿No les parece que más que una puerta defensiva es una puerta triunfal? (indeed, Almudena, indeed).

Esta es otra de las puertas de acceso a la medina: la  Puerta del Sol, obra mudéjar del siglo XIV. Noten ese relieve, con el emblema de la Catedral: representa la Imposición de la Casulla a San Idelfonso bajo el Sol y la Luna, de ahí el nombre de la puerta. A mí me encanta perderme por esos barrios con calles y plazas de nombres tan poéticos como la Plaza de los Alfares, la Plaza del Vado, la Calle de los Azacanes

Y ahí, también de estilo mudéjar, pero del siglo XIX, pueden ver la estación del tren. Imagínense la llegada a Toledo, en aquellos trenes de carbonilla, de personajes tan ilustres como Pérez Galdós, Blasco Ibáñez, o Baroja, todos ellos enamorados de nuestra ciudad (y qué decir de aquel grupo de jóvenes del 27, liderados por Buñuel, que fundaron la Orden de Toledo, cuyos tres preceptos básicos eran: vagar durante toda una noche por la ciudad, borracho y en completa soledad; no lavarse durante la estancia; velar el sepulcro del Cardenal Tavera).

 

En estos momentos estamos pasando por debajo de un arco del Puente de Alcántara.  Como el agua del Tajo no era —ni es— potable, los romanos la traían desde una distancia de 45 kilómetros en acueductos y sistemas de canalización.

 

Y ahora pasamos por el “Arroyo de la degollada”. ¿Por qué ese nombre? Porque con él se recuerda la bella y terrorífica historia de la mora Zaira y el cristiano Don Diego. Yo me imagino a Zaira con el cabello más negro que la noche, los ojos rasgados y azabachados y unos labios gordezuelos y rojos como la sangre, y a Don Diego, alto, esbelto y de ojos azules como el cielo de Toledo (¡y además conoce los Romances Moriscos!). Se enamoran y se prometen en matrimonio. Pero cuando el padre de Zaira, un tal Abdalmalek o Abdalmalik, se entera de que su hija ama a un infiel, monta en cólera y jura impedir a toda costa la herética unión. Los amantes huyen a caballo de la ciudad, y justo aquí, al cruzar este arroyuelo, Abdalmalek les da alcance. Don Diego le hace frente. Abdalmalek le lanza un cimitarrazo, Don Diego lo esquiva, pero con tan mala fortuna que la espada que iba dirigida a su cuello le rebana el pescuezo a la desdichada Zaira. (¿Y qué pasó después? Lo sabrán si leen el libro de Antonio Delgado, Leyendas de la ciudad del Tajo, año 1946).

Lástima que no podamos detenernos a explorar las ruinas de esos baños árabes, el llamado hamman. Los baños árabes eran de una sofisticación extraordinaria. Tenían un fin higiénico y social. Había días para hombres y días para mujeres. Se daban masajes, se servía el té, había espectáculos (no sigas, Almudena, que siento rebullir mi sangre sarracena).

 

Y ahí muy cerca, aunque sólo se pueda ver el jardín, está el Cigarral de Cervantes (nota erudita del transcriptor: este Cervantes no es el autor del Quijote, aunque éste situara en los Cigarrales a don Quijote en uno de los capítulos a su paso por Toledo), uno de los pocos que todavía no ha sido “restaurado” con fines turísticos. Los cigarrales toledanos eran casas de recreo, veraniegas, que ya desde el siglo XVI se pusieron de moda. Como nuestro clima es mediterráneo, no se extrañen de ver pinos, cipreses, almendros, olivos (sí, pero no se ven cigarras ni cigarrones)

 

Pasamos ahora por el Puente de San Martín, del siglo XIV, obra de Don Pedro Tenorio. No es casualidad que lo hubieran levantado a la entrada de la judería: de esa forma, los judíos, cada vez que se veían obligados a cruzarlo, debían pagar el llamado “pontazgo” (¡otro detalle más de la convivencia entre las tres culturas!).

 

Y ahí, donde las aguas del río se remansan, se encuentra el Baño de la Cava. A la hermosa Florinda la había enviado a Toledo su padre el conde Don Julián, noble visigodo del Norte de Africa, para que escalafoneara y llegara a ser alguien en el reino de Don Rodrigo. Cuentan que Florinda solía venir a solazarse a unos baños, ahí a la orilla del río. El rey Don Rodrigo, que había oído hablar de los encantos de la simpar Florinda, se escondió un día tras unos juncales del río (¡oh visigótico voyeur!), y cuando la vio, toda desnuda ella, y midiendo sus muslos con los de sus doncellas a ver quién los tenía más bellos, quedó prendado (es decir, que le picó la concupiscencia). Don Rodrigo le pide relaciones, pero Florinda (tal vez por hacerse la estrecha y poder sacarle después más partido al asunto) le dice que de eso nada. Y ahí fue Troya, pues Don Rodrigo (que para eso era rey) la saca por los cabellos de las aguas del río y ahí, ahí mismo, la desflorinda (¡que yo me la llevé al río/ creyendo que era mozuela!). La noticia de la violación llega al conde Don Julián, que, como cualquier padre ultrajado que se precie, clama venganza. Y para tomársela, propicia el cruce del Estrecho (que todavía no se llamaba de Gibraltar) por los árabes, quienes en la famosa batalla de Guadalete derrotan a Don Rodrigo y sus huestes. Don Rodrigo, en su huida, cae en un foso donde anidan unas serpientes (y es entonces cuando el gran fornicador declama “ya me comen, ya me comen, por do más pecado había”).

 

Toledo cuenta hoy con 82.000 habitantes; dentro de sus muros, es decir en el casco histórico, viven 11.000. En el siglo XVI había 60.000 habitantes. Como la ciudad no podía crecer más, Felipe II trasladó la corte a Madrid, y con él se fueron todos sus cortesanos (“Quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija”). Ahí comienza la decadencia de Toledo.

 

No se pierdan, allá a lo lejos, casi a la orillita del río, el Castillo de Malpica, fortaleza mudéjar de planta cuadrada con torres macizas en cada esquina. Lástima que el castillo esté en manos privadas y no podamos visitarlo. Sí, lo compró un magnate saudí (¿una nueva invasión? إن شاء الله)

Y ahora, si les parece, nos bajamos del autocar y visitaremos el famoso Alcázar, que actualmente alberga la Biblioteca de Castilla-La Mancha y las colecciones del Museo del Ejército, procedentes del antiguo Salón de Reinos de Madrid. Esta Biblioteca es riquísima en impresos y manuscritos de los cardenales Borbón y Lorenzana; contiene además los fondos las bibliotecas de los jesuitas, de cuando la desamortización de Mendizábal. El fondo actual, compuesto por unos 1.000 manuscritos y cerca de 100.000 volúmenes, es uno de los más importantes de España. Pueden consultarse, además, la hemeroteca y la colección donada por Javier Malagón, jurista toledano que después de nuestra Guerra Civil vivió exiliado en Washington (¿habrán tenido ya tiempo en los últimos veinte años de catalogar ―no digamos digitalizar― sus fondos?). Subamos al piso superior, desde podrán contemplar unas magníficas vistas de Toledo».

           

Mientras hago las fotos, siento una mirada clavada en mí. Me vuelvo, y es el Gran Inquisidor, Fray Baltasar de Oyanguren, aquel que se solazaba escuchando cómo aullaba en la hoguera un tal Alonso de Alarcón, condenado por habérsele oído decir que «Nuestra Señora (la Virgen María) no fue casada, sino amancebada y que se fornicó con muchos».

 

Al salir del Alcázar, nuestra guía nos concede una media horita para que tomemos café, antes de la visita a la Catedral.

 

No muy lejos está la Plaza de Zocodover, corazón de la ciudad, y allá me encamino. Después de asegurarme de que no hay inquisidores en la costa, me siento en un banco de piedra junto a unos hombres que charlan animadamente. De pronto un tufillo a marihuana nos invade. Enfoco el objetivo: junto al escaparate de una tienda de españoladas, un joven desgreñado se fuma un contundente porro, mientras las figurillas de Lladró ―un lánguido Quijote y un Sancho con boina, un Hamlet con su consabida calavera, una jovencita decimonónica con sombrilla, una flamenca con cara de chinita, una pareja de enamorados en trance― continúan impertérritos en su mundo porcelanesco.

 

Uno de los hombres, gordo y habanofumante, se dirige a mí y me dice: «Ya ha visto usted, hasta eso hemos llegado. No tienen vergüenza. Se emporran en cualquier parte, y después andan por ahí robando y haciendo fechorías para procurarse esas basuras que se meten en el cuerpo». Me limito a contestarle: «Tiene usted razón, no sé hasta dónde vamos a llegar».

 

Antes de irme, hago unas cuantas fotos más: el campanario de una torre mudéjar, donde una paloma se apresta a tañir la campana; un anciano de ojos intensos y cuello de tortuga que me sonríe con dulzura, feliz de ser retratado; una puerta por donde se accede a los sótanos de la Inquisición (en los que Edgar Allan Poe se inspiró para su famoso cuento); un farol traspasado por los rayos del sol.

        

Regreso al redil, pues ya Almudena y el docto grupito de académicos se dirigen a la Catedral.

 

«Desgraciadamente, queridos amigos nos queda poco tiempo para visitar la Catedral, pues les espera para almorzar el Presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, don José María Barreda, en el palacio de Fuensalida. Pasen, pasen, y no se me pierdan. Huelga decirles que nos encontramos en la cumbre del estilo gótico en España.

 

La Catedral es obra del siglo XIII, época del arzobispo de Toledo Rodrigo Ximénez de Rada. Durante siglos se creía que el primer maestro arquitecto de esta Catedral había sido Petrus Petri. Vengan, acérquense, y lean lo que hay escrito en esta lápida; aunque está en latín, no es difícil entender lo que dice (claro, es latín macarrónico): “Petrus Petri, fallecido en 1291, maestro de la iglesia de Santa María de Toledo, cuya fama cundió por sus buenos ejemplos y costumbres, el cual construyó este templo y aquí descansa, pues quien tan admirable edificio hizo, no sentirá la cólera de Dios”. Pero en el siglo pasado salieron a la luz unos documentos de mediados del siglo XIII, en los que se hablaba de “un maestro Martín de la obra de Santa María de Toledo” (yo me quedo con el Petrus Petri: su rotundo nombre no admite rival). Dicen los historiadores del arte, y ustedes les darán la razón, que estas rejas de piedra (de Petrus Petri, seguro) es de lo más hermoso de la Catedral. ¿Qué les parecen esas armas y blasones policromados de Castilla y León?, ¿y qué me dicen de esos ángeles que parecen estar volando? (pues para eso son alíferos, ¿no?)

 

Y ahora cierren los ojos, cójanse de las manos, que yo les guiaré. Pueden abrirlos. Se quedaron ustedes embelesados. Esta maravilla es el retablo (que no es lo mismo que El retablo de las maravillas). Se realizó nada menos que por encargo del cardenal Cisneros. Es una obra colectiva: en ella trabajaron los imagineros, tallistas y filigranistas más importantes de su época. Aprecien la delicada filigrana de pilarcillos, agujas, doseletes, chambranas (rico léxico: pa que aprendan los académicos).

 

Vuelvo a pedirles que cierren los ojos, y no los abran hasta que yo les diga. Nos acercamos a la capilla del Tesoro: ¡Ya! No me extraña que se hayan quedado boquiabiertos ante tal belleza: esta es la gran custodia de Enrique de Arfe. Labrada primero en plata y después en oro macizo, tardó siete años en elaborarse y su coste superó los quince millones de maravedíes (¿qué sentirán mis colegas andinos ante tanta sangre derramada?)»

 

De pronto, parece como si la Catedral hubiese empezado a trepidar: resuena el Órgano del Emperador (tendrán que quitar ese cartelito donde se ruega silencio). «Maravilloso, maravilloso», musita Alfredo Matus, director de la Academia Chilena de la Lengua y musicólogo de pro; y como conoce mi melomanía, con aire misterioso y poniendo los ojos en blanco, me dice: “Es el Officium Defunctorum, de Tomás Luis de Victoria”».  

Al sepulcral son de la música y ante la mirada perdida de un inválido, Almudena va enumerando letánicamente los nombres de los monarcas enterrados en la Catedral: Sancha II, Reina de León (R.I.P.), Sancho III el Deseado (R.I.P.),Alfonso VII el Emperador y su esposa doña Berenguela (R.I.P.), Sancho IV el Bravo (R.I.P.), Enrique II y su esposa Juana (R.I.P.), Juan I (R.I.P.), Enrique III el Doliente y su esposa Catalina de Lancáster (R.I.P).

 

El toledano tour ha concluido. Agradecemos a Almudena su gentileza y sus eruditas explicaciones, y nos dirigimos, dejando atrás la Iglesia de Santo Tomé y el Taller del Moro, al palacio de Fuensalida, donde tendremos el honor de almorzar con las autoridades de la ciudad. Nos da la bienvenida un tal Saturnino de la Cierva, individuo de rostro afilado y ojillos de estornino, quien, con voz aflautada y actitud displicente, se ofrece a enseñarnos el palacio: «El palacio fue edificado a comienzos del siglo XV por el primer conde de Fuensalida, siendo uno de los mejores exponentes del mudéjar palaciego toledano con influjos gótico….». Nadie le hace el menor caso. Lo que queremos es almorzar: por hoy, el espíritu lo tenemos ya bien alimentado.

A las 7 de la tarde, toda la comitiva académica llega al Museo de Santa Cruz ―hermoso edificio plateresco―, en la calle Cervantes, para asistir a la ceremonia de entrega del Premio Don Quijote. Nos recibe el presidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda.

 

Me llaman la atención unos tapices que narran la conquista de Arzila y Tánger. Y en ese preciso momento, acompañado de su mostachudo amigo Tarik, llega Juan Goytisolo, morabito de mi devoción. Me acerco a él como si me acercara a un viejo amigo (lo conocí en Nueva York allá por el 73). Le hablo de Tánger, ciudad en la que residí por más de veinte años, y de cuánto me entusiasmó en su día la lectura de La reivindicación del conde Don Julián. Cuando le cuento que durante todo un mes de julio me dediqué, cámara en mano, a fotografiar las calles de la medina por donde brujulea el personaje de su novela, Goytisolo sonríe y me dice que la próxima vez que vaya a Marrakech no deje de hacerle una visita.

 

 

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