LOS VINOS DE LA MANCHA Y EL QUIJOTE, por Alfredo Villaverde Gil

 

Cruzar La Mancha, ese Mar Rojo español de cielos infinitos puntea la memoria de verdes y blancos. Verdes de viña y blancos de cal, los dos colores que anuncian el tránsito a una Andalucía gozosa que los hizo suyos y los tiene por bandera. La Mancha es una diapasón por el que resuenan las aventuras inmortales de un hidalgo cósmico nacido de la pluma soñadora del literato más universal, acompañado de un escudero extraído de la realidad cotidiana de cualquiera de estos pueblos -vino puro- que vuelcan todavía su latido en la tierra, una grama en la que madura el corazón de la esperanza -vino eterno-.  Cruzar la Mancha es sentir como la vida se agolpa en los ojos hasta revelar la imagen del ser que bebe paisajes y escucha las palabras sabias y las alegres canciones de un poeta maduro y maternal que nos enseñó a respetar y apreciar esta tierra y estas gentes. Con él llega también el olor del mosto joven para alegrar paisaje y paisanaje: 

                                                 Bebe, amigo, que la vida es breve

                                                 y mirada a través de una botella

                                                 aún al menos nos parece bella.

Cruzar esta tierra es navegar por la ruta de la sangre de sus nervudos sarmientos como brazos retorcidos por tanto cuajarse en siglos de uva prieta y granada como la propia vida, al final de cada estío. Y es recordar jornadas de labor hechas con ilusión. Cavar, podar, limpiar, fumigar, hasta que la mirada se canse de escrutar el cielo esperando la lluvia y se incendie con el brillo del rubí del fruto que crece como un niño y debe ser tratado con amor y ternura. Memoria del lagar que acoge, catedral del fruto, el caldo que se transmutará en vino alegre, suave o corpóreo, esencia de la tierra que nos llama desde la mesa o el peregrinar por sus templos paganos a conciliarnos con su euforia y su deleite.

El vino en La Mancha es el principal referente de los frutos de una llanura mesetaria con altitud media entre los 600 y 700 metros y clima continental tan duro que su salto térmico puede rondar los 60 grados centígrados  al pasar de los 40 grados en verano a los 20 grados bajo cero en invierno, con un régimen de lluvias escaso que no suele superar los 300 mm. anuales y tipos de suelo fundamentalmente calizos y arenosos formados por tierra parda bien sobre roca metamórfica o costra caliza. La manxa o al-ansha (tierra seca) árabe, también considerada la más ancha por otros investigadores, es una extensa región que ocupa parte de las provincias de Toledo, Ciudad Real, Albacete y Cuenca. 

Tanta es la diversidad en el cultivo vitivinícola en estas tierras manchegas que son numerosas las denominaciones de origen que marcan las características autóctonas de sus vinos: Mancha, Valdepeñas, Manchuela, Ribera del Júcar, Vinos de la Tierra de Castilla, Vinos de Pago de Castilla-La Mancha, así como su influencia en el resto de vinos y denominaciones de origen de los demás vinos de la región castellano-manchega, así como su notable aportación vinícola a los de otras regiones como La Rioja y Jerez. En esa diferenciación entre apolíneos y dionisiacos que hicieron los griegos, los manchegos seríamos los más rendidos al dios Dionisos y al Baco de los romanos, al que habría que rendir culto allá por el 30 de noviembre, cuando dice el refrán que por San Andrés, el mosto vino nuevo es, que es cuando el vino surge como promesa nueva de gozo y esperanza, por lo que no sería malo instaurar la gran fiesta del vino en esas fechas tal como hacen los franceses con su Beaujolais y promocionar estos jóvenes caldos que nacen con los mejores augurios.

¡Viva La Mancha, que da vino en lugar de agua! dice el aforismo tradicional y ahora podemos añadir que da el mejor vino porque desde las pequeñas o grandes cooperativas hasta las bodegas industrializadas que conforman las más importantes empresas del territorio, se tiene una conciencia clara y responsable de que la calidad ha sido la mejor embajadora de estos vinos en todo el mundo. La Mancha es hoy la región vitivinicola más grande del planeta con unas 400.000 Has. de viña, de las cuales un 40% aproximadamente elaboran vinos con la Denominación de Origen “La Mancha” que a su vez  es la mayor de España y conocida como la bodega de Europa ya que sus vinos sirven también para la elaboración de coupages en otros destinos fuera de La Mancha. Vinos tintos, rosados, blancos, espumosos, dulces, de aguja, con numerosas variedades de uva entre las que destacamos entre las tintas las Tempranillo, Garnacha, Cabernet Sauvignon, Moravia, Syrah y Merlot y entre las blancas las Airén, Verdejo, Macabeo, Chardonnay, Sauvignon Blanc y Moscatel.

Estos vinos, cuyo origen hay que buscarlo en las repoblaciones efectuadas a raíz de la conquista por Alfonso VI del reino de Toledo y el establecimiento de las Órdenes Militares que recogen la herencia del Císter y del Temple, tienen su primer antecedente histórico en el año 1308, con motivo de la queja de los habitantes de Alcázar de san Juan (ya con Fuero propio) contra el Comendador de la Bailía de Consuegra que para cobrar las exacciones no dudaba en allanar y expoliar domicilios, en organizar timbas para dejar sin blanca a los del lugar y en mantener a la gente presa sin juicio, amén de algunos que traían vino de fuera y dando dinero a los freyres lo vendían, siendo que allí lo había de cosecha propia.

Innumerables son las menciones que se hacen al vino manchego en el Quijote. Ya al inicio de la Primera Parte encontramos en el capítulo segundo como el ventero iba echando el vino, vino que afligió el corazón de Sancho Panza (I.8) cuando dió un tiento a la bota, y hallóla algo más flaca que la noche antes. Vino con el que se elabora el famoso bálsamo de Fierabrás (I.17) que tal mal sentara al vientre del escudero y que forma parte de la salsa del hambre (I.19) cuando no hay nada que echarse a la boca. Vino que parece sangre derramada cuando don Quijote acuchilla los cueros que lo acogen (I.35) y que repara los desmayos del estómago del escudero con dos tragos de lo añejo (II.3). Vino que está presente en las bodas de Camacho y ausente, como todos los manjares, en el banquete imaginario de la ínsula Barataria y que tiene su gran elogio en boca de Sancho Panza en el capítulo II.13 de la obra, donde se cuenta la aventura del caballero del Bosque, cuando su escudero pone en manos de Sancho Panza un gran bota de vino el cual empinándola, puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y en acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y dando un gran suspiro, dijo:

-¡Oh, hideputa, bellaco, y cómo es de católico!

-¿Veis ahí -dijo el del Bosque en oyendo el hideputa de Sancho- cómo habéis alabado el vino llamándole hideputa?

-Digo- respondió Sancho, que confieso que conozco que no es deshonesto llamar hideputa  a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero, dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?

-¡Bravo, mojón!- respondió el del Bosque-. En verdad que no es de otra parte, y que tiene algunos años de anacianidad.

-¿ Amí con eso?- dijo Sancho-. No toméis menos, sino que se me fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que temga yo un instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor y la dura, y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañedoras? Pero no hay de que maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años conoció La Mancha, para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré: “Dierónles a los dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo probó con la punta de la lengua; el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro; el segundo dijo que más sabía a cordobán. El dueño dijo que la cuba  estaba limpia, y que el tal vino no tenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán. Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. Andado el tiempo, vendióse el vino y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña, pendiente de una correa de cordobán.” Porque vea vuestra merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer en semejantes causas.

Hierro y cordobán, llave y correa, el maestro Cervantes nos sorprende aquí como en toda la obra con otro cuento ingenioso puesto en boca de Sancho. Y para no ser menos yo os voy a contar otro que me sucedió en uno de mis viajes por tierras de California (USA), patria de buenos vinos. Andaba yo por el valle de Sonoma y sus aledaños cuando fui invitado a visitar una hacienda y sus viñedos que me impresionaron gratamente por su aspecto y cantidad de uva a medio granar. Llegó la hora del refrigerio y mientras probaba un excelente chablis, conocí que el hacendado tenía apellidos rotundamente españoles. Dio la casualidad que apareciese poco después y puestos al habla me confesó que sus bisabuelos provenían efectivamente de España.

-¿De dónde?- indagué por curiosidad.

-De un lugar maravilloso que se llama La Mancha.

Y a renglón seguido me hizo ir tras él por los pasillos de su bodega hasta recalar en un refugio o salita mínima existente en uno de sus costados. Tomó allí una botella venerable de su lugar de reposo y me la mostró con devoción:

-Fue el primer vino que mi bisabuelo guardó en barrica. El primer gran vino de esta casa.

Y allí, impresa en la etiqueta de la cubierta se hallaba la figura enteca y bien conocida del caballero andante, de don Quijote.

-Cuando tenemos una añada de un vino excelente, reservamos cien botellas para la hacienda con esta marca, en recuerdo de mi antepasado- me dijo sonriendo ante mi gesto de sorpresa.

Me obsequió una de aquellas botellas de vino Don Quijote que nunca saldrán al mercado y yo, después de degustar su néctar a mi regreso, despegué con cuidado la carátula y la guardé en el interior de una de las ediciones que poseo de la gran novela, justo al inicio del capítulo XIII de la segunda parte, donde se narra la aventura del caballero del Bosque y las habilidades del buen Sancho como catavinos.

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