DEL INGENIOSO HIDALGO, por José Manuel Mojica Legarre. Maestro de los fogones

Ser o no ser, ser Cervantes mejor que Shakespeare

Sepan vuesarcedes que siendo yo natural de Molinos de Papel, nuestro amo me agrupó con hermanos que venían de Palomera, Pastrana, Segovia, la Cartuja del Paular, Zaragoza, Villanueva de Gállego y Tarazona ya que, cuando fuimos adquiridos, no había posibles para traer finos genoveses ni estirados de Angulema o del Bearn, por lo que debió contentarse con lo que tenía más a mano; pero eso no quita mérito a nuestro empleo pues en este caso no es arte el soporte sino lo que contiene. Por mor de mi nacimiento pude haber servido tanto a la Ley como a la Corona, las Audiencias o a la Iglesia; pero el azar y mi buena estrella quisieron que me adquiriese un hombre que revolucionó la manera de relatar situaciones que solo sucedieron en su intelecto.

Los más agudos de entre los lectores ya habrán colegido que no soy más que una resma de papel elaborado a finales del siglo XVI y debo explicar que sobre mí, al igual que sobre mis hermanos, Don Miguel de Cervantes escribió una parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha; pero al igual que se lee en el principio de la gran obra del genial “Manco de Lepanto”, apuntaré que el manuscrito del que formo parte está en un lugar “de cuyo nombre no quiero acordarme”. Esto no significa que Don Miguel perdiera los papeles, aunque algunos dicen que en Argel estuvo a punto de perderlos junto con algo más, sino que permanecemos escondidos para, de este modo, evitar que muchos pierdan su tiempo intentando sacarnos a la luz después de tantos siglos.

De cualquier manera mejor estamos, mis hermanos y yo, al abrigo de ojos tan alparceros como escudriñadores que, en lugar de apreciar la belleza que contenemos, en vez de admirar el ingenio de quien volcó su inteligencia convertida en palabras sobre nuestra tosca superficie, se desojarían hasta el hartazgo para poner de manifiesto errores, faltas de ortografía y fallos de sintaxis por desconocer que, en la época en la que nacimos, las últimas correcciones las hacían libreros e impresores quienes, a la postre, eran los encargados de dar forma definitiva a casi todas las obras literarias -los manuscritos de los autores estaban plagados de errores- y si bien las Españas han cambiado en muchas cosas con el paso imperturbable de los tiempos, la inquina de los fracasados que apoyan su ego y pretenden cimentar su valía en señalar fallos ajenos, sin aportar nada propio parido tras mucho maginar, ha ido a más.

Cierto es que fui solo papel en su día pero hoy, convertido en parte de un mito, puedo afirmar con autoridad todo lo anterior porque, al formar parte de una obra intemporal, eterna, hemos alcanzado la singular capacidad de vivir al margen de los tiempos, transitando los años a la par de los seres humanos, siendo testigos de todo cuanto sucede; pero hoy, cansado de ser lo que muchos calificarían de “mudo testigo” de la historia, he decidido quebrar mi silencio al tiempo que intento romper una lanza en favor de los antiguos escritores en una lengua castellana, tan apreciada en el mundo como denostada en su lugar de nacimiento.

Miguel de Cervantes en Valladolid. Museo Casa Cervantes. Valladolid. Falleció un 23 de abril del calendario gregoriano.
Shakespeare. Falleció según el calendario juliano: 23 de abril de 1616 y según calendario gregoriano: 3 de mayo de 1616 (51 años)

Para principiar esta mi defensa, preciso es decir a quienes disfrutan escribiendo –mejor dicho: golpeando fichas cuadradas que como por arte de magia hacen aparecer las letras en unas pantallas luminosas- que, por muy bien que añuden las palabras, nunca podrán complacerse en el sicalíptico sonido del cálamo recién afilado con el cortaplumas, empapado en una mezcla de nuez de agalla, vitriolo y goma arábiga, trazando ideas sobre nuestra áspera superficie de papel corriente, como tampoco gozarán del aroma de la tinta mezclado con el de los pabilos encharcados en cera, ni de las pausas que impone a la mente el tener que mojar la pluma en el tintero, pausas calmas o febriles que pueden dar tiempo a que el magín idee alguna nueva treta para sorprender al lector.

Sepan, pues, vuesarcedes, que tanto mis hermanos como yo mismo, con el pasar de los siglos, hemos visto mudar algunas palabras hermosas, biensonantes diría yo, por otras que no lo son tanto y sin saber el por qué se ha pasado de bebendurria a botellón, de buchinche a bareto, de catacaldos a bloguero, de lo alabancero a lo políticamente correcto y de mendacidad a discurso de político; pero gracias a Dios no hemos tenido que soportar la deformación, el encogimiento de la lengua castellana, con el que escriben algunos en los pequeños aparatos móviles que sirven para comunicarse a distancia; afortunadamente para ellos, nuestros modernos hermanos, blancos, pulidos, bien recortados a la misma medida y con apellido de moderno espía literario de su graciosa majestad llevado a lo que vuestras mercedes llamáis cine, se han librado por el momento de soportar el rechinante “Ola k ase?” y otras zarandajas y abreviaturas por el estilo, basadas en el idioma de Inglaterra. Inglaterra, sí: el ángulo de la tierra; un ángulo que constriñe a sus habitantes, puesto que, por definición, si no son agudos, ni tampoco graves, y mucho menos llanos, solo pueden ser obtusos. ¡Y a fe que lo demuestran!

Y hablando de hijos de Inglaterra no podía por menos que hablar del contemporáneo del inmortal Don Miguel: Guillermo Sacudelanza, al que usarcedes conocen como William Shakespeare. No, no me equivoco pues, aunque en los días que corren se haya aceptado “Shakespeare” como su verdadero apellido, él mismo firmó como Shakespe, Shakspe, Shakspere o Shakespear y de esta última palabra hemos sacado la traducción literal, con la proverbial mala leche hispana, de la que ya nacimos contagiados.

Dejaré a un lado la opinión de aquellos historiadores partidarios de que Shakespeare no es una persona sino que las obras que se le atribuyen pertenecen a varios bardos, lo que tampoco me extrañaría dada la inclinación de los ingleses en agavillarse para cualquier quisicosa. Pues bien, siguiendo el hilo de mis razones, parece ser que el tal Guillermo pudo viajar en el año de Gracia de 1605, como miembro de una delegación de 700 personas –mejor dicho: 700 ingleses- que llegaron en misión de paz a Valladolid, ciudad en la que residía nuestro amo Don Miguel en compañía de su esposa, su hija y sus hermanas; pero nuestro dueño no fue invitado a los fastos puesto que los correveidiles y cortesanos de la época, siempre ciegos a la cultura y a todo cuanto no sean curules y prebendas, no consideraron que mereciese tal distinción.

Si Cervantes y Sacudelanza se conocieron, o no, es algo que guardaremos en secreto hasta que el tiempo, o un fuego benefactor acabe con mis hermanos y conmigo; pero lo que sí gritaremos a voz en cuello es que, mientras en las obras de Don Miguel no aparece ninguna concordancia con las del tal Guillermo, después de esta visita inglesa, sí que aparecen en Inglaterra alusiones a la obra de nuestro genial amo. Poetas como Wilkins en 1607 o Fletcher, en una obra firmada junto al mismo Guillermo -¡ah el bujarrón hideputa!- en 1613, obra que un tal Theobald retomó en 1727 en su obra “Doble falsedad” robando personajes del “Ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha” para sus escritos; de ahí se colige que si bien el ingenio de Don Miguel sorprendió favorablemente a los hijos de Albión -hago aquí un paréntesis para explicar a quienes esperaban que citase “La pérfida Albión” que este dicho no fue usado para describir a Inglaterra hasta 1793 y el honor de ser el primero en usarlo fue el poeta y diplomático francés de origen aragonés Augustin Louis Marie de Ximénès en su obra “L´ere des Français”- el caletre de Guillermo dejó fríos a los autores españoles. Claro que en cuestión de plagios, Don Guillermo sabía lo suyo puesto que, de todos es sabido, no dudaba en copiar versos clásicos completos para incluirlos en sus poemas.

Algunos pensarán que no me gusta Inglaterra o que estoy en contra de las obras de Shakespeare; en cuanto a lo primero, no hay duda por haber nacido en las Españas, durante un tiempo en que los ingleses no dejaban de dar por saco, al parecer siguen en las mismas, y cualquier español deseaba ver a los hijos de Inglaterra, como poco, condenados a galeras apaleando sardinas. En cuanto a lo segundo, no estoy en contra de Don Guillermo, no; pero me molesta que los ingleses quieran ponerlo por encima de Don Miguel. Claro está que de esto tienen mucha culpa vuesarcedes, más inclinados a venerar lo extraño que lo propio, y a denostar lo patrio por el solo hecho de serlo.

Por último, decir a vuesarcedes que el final de la inmortal obra de Don Miguel, fue bastardeado por la pluma que utilizó para escribir las últimas líneas y, por ello, donde se lee “Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero,” debe leerse “Para mí solo, humilde papel, nació nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo sostener su escrito; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que, para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo, tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en éstos como en los estraños reinos”. Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que, por las de mi verdadero don Quijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.”

 

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