LOS ÚLTIMOS CIEN AÑOS DE LA AMÉRICA ESPAÑOLA, por María Lara

En lo relativo a Indias, el siglo XVIII, aquél que amaneció con la Guerra de Sucesión y la entronización de los Borbones, supuso a España un prolongado esfuerzo destinado a recuperar la posición de gran potencia, impulsando la explotación de las riquezas para obtener recursos con los que financiar las empresas de la monarquía. No en vano, durante esta centuria, nuestro país participó en siete episodios bélicos: el conflicto sucesorio citado, la guerra de la Oreja, la de los Siete Años, la de independencia de las 13 colonias norteamericanas, la de la Convención contra Francia y dos contra Inglaterra en 1797 y 1804.

A diferencia de la política unificadora llevada a cabo en los reinos peninsulares mediante los Decretos de Nueva Planta, la dinastía borbónica decidió poner en marcha en América una descentralización de los dos virreinatos que le permitiera vincular de forma más directa cada una de las tierras a la metrópoli a fin de garantizar su rendimiento económico. Asimismo, ante la expansión portuguesa e inglesa que amenazaba las colonias, se crearon nuevos regimientos militares y se aumentó la dotación de los que ya estaban configurados.

Patio Colonial

De este modo, como las demarcaciones de los virreinatos de Nueva España y Perú eran muy extensas, y por lo tanto difíciles de defender y administrar, se establecieron dos nuevos: el de Nueva Granada (1717) y el del Río de la Plata (1776). Ambos estaban situados en zonas expuestas a los ataques de los extranjeros y al constante e incontrolable contrabando comercial. Cuba, Venezuela, Guatemala y Chile, ubicados en zonas militarmente estratégicas, fueron elevadas al rango de capitanías generales por lo que, aunque dependían de los virreinatos, gozaban de mayor autonomía que una provincia común. Paralelamente, las expediciones científicas trataron de indagar en el patrimonio natural de esas tierras cada vez más “descubiertas” y, por ende, menos ignotas.

Hispanoamérica Finales del siglo XVIII
Grabado de una vieja calle de Valladolid de Lima. S. XVIII

A lo largo del siglo XVIII la población hispanoamericana creció considerablemente. De 10.300.000 habitantes en 1700, sobrepasó los 15 millones en vísperas de la separación. Los blancos y los indios representaban el 80% del censo. Los blancos siguieron siendo el grupo privilegiado: un 2% eran peninsulares y el resto, criollos, los grandes señores de América, pues habían recibido suculentas herencias, estudiaron en las universidades, invirtieron en negocios y adquirieron títulos de nobleza.

Al año pasaban a Indias unos 1.000 españoles, generalmente del Norte. Ya no observamos el predominio extremeño, andaluz y castellano de los primeros tiempos, recordemos que en el reinado de Carlos III se puso en marcha la colonización centroeuropea sobre los despoblados de Sierra Morena. También viajaron gentes de Canarias, pues este archipiélago tenía que cumplir su tributo de sangre remitiendo 5 familias a América por cada 100 toneladas exportadas de allí.

Pero los indios de la Ilustración eran muy diferentes a los precolombinos, pues el proceso de aculturación los había convertido en campesinos que pagaban impuestos, si bien muchos trataban de eludirlos marchándose de su tierra y llegando como forasteros a haciendas o minas donde ofrecían su trabajo a cambio de un sueldo.

Carlos III

La mezcla racial hizo descender el número de indios y aumentó el de mulatos y mestizos, sin duda el contingente que más creció en esta centuria, llegando a representar el 50%. Por desgracia la discriminación estaba a la orden del día y, a mayor melanina, más segregación racial. En la época de las clasificaciones zoológicas y botánicas se recurrió a compartimentar a la especie humana en función de la pigmentación. Sobre unos tipos básicos, claramente diferenciados en el lenguaje popular el siglo XVIII será testigo de una fiebre taxonómica empeñada en crear un complejo glosario que definiera  cada una de las variantes posibles del cruce.

Los cimarrones, los palenques y los códigos negros forman también parte del escenario de las provincias  que, en unas décadas, lucharían por su emancipación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *