EL DUELO, LA MOMIFICACIÓN Y LOS FUNERALES EN EL ANTIGUO EGIPTO, por Fernando-José Sánchez Larroda. Profesor de Geografía e Historia

EL DUELO, LA MOMIFICACIÓN Y LOS FUNERALES EN EL ANTIGUO EGIPTO

I.- INTRODUCCIÓN: LA MEDIACIÓN ANTE LOS DIOSES.

 

La inquietud del Ser Humano frente a su propia muerte, se remonta al inicio de los tiempos. Común a todas las civilizaciones, incluida la egipcia, plantea tres cuestiones clave. En primer lugar, el angustioso problema de la inmortalidad del alma y, por tanto, el de la aniquilazación o no del propio “yo”, tras la desaparición física del individuo. En segundo lugar, la posible presencia real de un universo intangible fuera del mundo que nos rodea. Finalmente,la presumible existencia  de una deidad o deidades  superiores que marcan el devenir del sujeto. En la Antigüedad sólo el ámbito mágico, ritual y religioso era capaz de dar una respuesta convincente a una pregunta tan  emocional como íntima de la Humanidad.

Paralelamene a este pensamiento, nace un repertorio de cultos y ceremonias. Actuaciones que tratan de hacer más fácil para un difunto el tránsito de una “vida” a “otra” . Las llevaban a cabo una serie de individuos investidos de autoridad moral y sobrenatural. Personas “iniciadas” desde temprana edad, por sus cualidades personales y espirituales. Así surgen los “chamanes” (“sabios”), con supuestas capacidades de modifciar el mundo real, curar, adivinar y comunicarse con los espiritus. A este grupo también pertenecen los “magos”, personajes dedicados a la astrología, la hechicería y la brujeria. Finalmente, tenemos a los sacerdotes, individuos intermediarios entre el pueblo y la divinidad, especializados en el mantenimiento de un culto concreto y conocedores de secretos herméticos a los que sólo podían acceder unos pocos. Estos últimos, constituirán en muchas culturas, incluida la de Egipto, un estamento social sagrado y dominante. En defiitiva, sujetos muy preparados en íntimo contacto con las fuerzas naturales y una “realidad” inmaterial paralela, a veces terrible. Encargados de mediar con las divinidades del“Mundo de Ultratumba”. Aquellas que juzgaran el alma de las acciones cometidas.

presentacion

Desde la perspectiva racionalista y laica del siglo XXI, son conemplados como figuras carentes de sentido. Etéreas, sinónimos de oscuridad,  superchería, ignorancia y retraso cultural. Nada más lejos de la realidad. En un mundo en el que los hombres vivían en esencial armonía con la Naturaleza. En un período en el que la vida y la muerte eran un acontecimiento cotidiano del que nadie podía sustraerse. En el que el tiempo era algo relativo y el porvenir no dependía estrictamente de los deseos humanos. En una sociedad que vinculaba todo a los pretensiones de las deidades. En un universo abierto a todo y no constreñido al Antropocentrismo, estas figuras fueron fundamentales. Así, gracias a ellos, las gentes sencillas, como el “baket” egipcio (“sirviente”), podían comprender  y acatar el mundo que le rodeaba. Así ocurrió durante la Prehistoria y la Edad Antigua.

II.- LAS FUENTES HISTÓRICAS.

Las noticias sobre el duelo, la momificación y los funerales en Egipto (“Kemet”, la “Tierra Negra”), son fraccionadas y escasas. Nos las proporcionan diversas fuentes. Por una parte, autores como el historiador y geógrafo griego Herodoto de Halicarnaso.(s. V a. C.“Los Nueve Libros de la Historia”), y  el historiador italo-griego Diodoro de Sicilia (s. I. a. C. “Bibliotheca Historica”, primera sec. Lib. I). En ambos autores encontraremos abundante documentación, sobre todos los temas referidos a Egipto. Sin embargo, hablan de una época en la que la influencia griega era ya muy importante y por tanto, pueden darnos referencias imprecisas. Por otra, ya en el plano estricto del embalsamamiento, cabe citar: 1- papiros: Ipuur  o Leiden nº 344 (s. XIII a. C.); papiro Rhind (época ptolemaica); Bulaq III del Museo de El Cairo (traducido por el egiptólogo francés de origen italiano, Gastón Maspero) y Louvre nº 5158; ambos de la etapa romana; 2- estelas: Djehuty y Antef, (Tebas, XVIII dinastía); nº 1042 de Bolonia; nº 378 del British Museum (período ptolemaico); 3- Ostrakon egipcio nº 2616 de Florencia; 4- inscripciones: de Amenhor. En cuanto a la momificación de animales, práctica normal en Egipto, tenemos el papiro demótico de Viena nº 27 (época ptolemaica, dedicado al embalsamamiento del buey Apis).

II.- EL DUELO Y LOS FUNERALES EN EL ANTIGUO EGIPTO.

1.- La vejez y  la construcción de la sepultura.

 

En este apartado, nos dejaremos guiar por el gran autor francés Pierre Montet. El nos introducirá en una mentalidad muy alejada de la nuestra. Si bien se centra en el período ramésida, sus comentarios son válidos para amplias etapas de la historia de Egipto.

 

a.- La vejez.

 

En el país del Nilo, la muerte era un hecho omnipresente en todos los estamentos sociales. Y aunque, tal como afirma Fhilipp Vanderberg, parafraseando a la arqueóloga francesa Christiane Desroches-Noblecourt, “Para todo egipcio, la muerte significaba la transfiguración deseada, el paso que conduce a la vida auténtica y eterna”, ésta, por supuesto, era vista como algo lejano y, con toda probabilidad,  no apetecible. Aunque había que someterse a ella de modo inevitable. Por ello había que prepararse para tal trance.

 

Sólo se atisbaba con los primeros signos del decaimiento físico. Con la ancianidad. Los egipcios la contemplaban con pesadumbre. Para ellos, significaba la degradación total de la persona. Sin embargo, a pesar de esta estremecedora concepción, anhelaban la longevidad. Aquel que, por llevar una vida ordenada o por el azar, llegaba con sus capacidades físicas y psíquicas casi intactas, a viejo, era objeto de la admiración general. Incluido la de la realeza. Sin embargo, tener una buena vejez no sólo consistía en eludir las enfermedades. También era necesario, para unos pocos,  haber llegado a un estatus social y económico pudiente. O por lo menos, para la mayoría,  poder vivir con decoro. Esta situación personal era denominada “Amakhu”. La ostentación de este título era una merced personal del Faraón. Éste, considerado un ser divino, no se lo negaba a ningún súbdito fiel. Tal dignidad aseguraba la comida cotidiana y, tal vez,  un buen sepulcro.

 

El beneficio del “Amakhu”era un modelo a seguir por los grandes magnates con su propia servidumbre. De este modo, conforme los criados envejecían, su amo les buscaba una labor, sueldo y comida acordes con sus achaques y edad, en espera de la sepultura. El “Amakhu” representaba, para Montet, una clara muestra del respeto que sentían los egipcios hacia sus ancianos. Esta situación podía aliviar los últimos años de una persona. Sin embargo, se sabía que la muerte,  tarde o temprano, llegaría.  El “Inframundo” esperaba en la tierra del sueño y de las tinieblas. El “Occdente”, a la otra orilla del Nilo. Allí donde el individuo encontraba el sosiego eterno.

b.- La sepultura.

 

La idea de la vida de “Ultratumba”, hacía que la atención de todos los egipcios, a partir de cierta edad, se centrara en la costrucción de su última morada. Desde el Faraón hasta el último de los sirvientes. Los monarcas organizaron   la construcción  de su tumba desde el principio de los tiempos. Desde el Imperio Antiguo, con las inmensas piramides, pasando por el Medio, con construcciones más modestas, acabando en el Imperio Nuevo y los períodos más tardíos. A partir de la XVIII dinastía se levantaron grandes  mausoleos al Oeste de Tebas, en dos lugares montañosos  cercanos. El “Valle de los Reyes” y el “Valle de las Reinas”. Allí se perforaron inumerables tumbas denominadas “Hipogeos”. Éstas, algunas muy profundas, tenían recubiertas sus cámaras y pasadizos por jeroglíficos de carácter magico y ritual. En ellos sólo se relataba el viaje nocturno de Ra por las doce regiones del mundo inferior en lucha contra los enemigos de la luz. La vida del Faraón no importaba. El lugar era un territorio sellado e íntimo. Oculto a la mirada humana. Ideado para pasar desapercibido.

 

En cuanto a las tumbas de los particulares, las primeras consistieron en un simple hueco excavado en tierra, donde se depositaba el cadáver rodeado por un pequeño ajuar, Con el tiempo, fueron cambiando y ampliando. Sin embargo,   diferían  mucho de las de la realeza. Se encontraba en lo más profudo de un pozo. Depositado el sarcófago en la cámara funeraria y realizados los últimos ritos religioso – mágicos se sellaba su entrada y se cagaba el hueco. Encima se alzaba una construcción para honrar la memoria del finado y realizar plegarias. La portada destacaba dentro de una explanada decorada con pinturas. Del patio se pasaba a una cámara, ornamentada en paredes y techo, con pinturas con los momentos más importantes del homenajeado (máxime si era un potentado). El conjunto se completaba con una segunda cámara donde éste adoraba a sus dioses. Este tipo de tumba correspondería a personas con cierto grado de poder adquisitivo. Empero, la estructura de las de los más humildes permanece en el olvido.

 

El sarcófago era el elemento más relevante de todo el mobiliario mortuorio. El cuerpo del Faraón y de los aristócratas era envuelto por varios.  La momia era cubierta por una máscara de oro. Una vez realizado este acto, era colocada en el interior de un féretro de plata. Finalmente, todo el conjunto era alojado en una caja cuya tapa que por el exterior, representaba la faz del finado, con los símbolos osiríacos y por el interior, contenía la figura de la diosa del cielo, “Nut”. El bloque, con ojos esculpidos en los laterales y realizado en granito negro, se situada sobre un pedestal rectangular enmarcada por las deidades guardianas de los fallecidos. El ataúd se completaba con un arca que contenía los vasos canopes que contenían los órganos del cuerpo.

La opulencia del mobiliario fúnebre dependía del estamento social y económico al que se pertenecía. El más suntuoso era el del Faraón. Consistía en un sinfín de objetos. Desde carros de combate, barcos, sillas, lechos, cofres, bastones de mando, hasta vajilla y objetos rituales. Elementos que necesitaría, sin duda alguna, como soberano, en el “Más Allá”. Al lado se colocaban ánforas y otros recipientes repletos de viandas y bebida para cubrir las necesidades del monarca. El ajuar de los aristócratas trataría de parecerse (de modo lejano), al de su señor. El de los pobres, como máximo, consistiría en objetos cotidianos y herramientas propios de su profesión. La presencia de estatuillas es común a todos los enterramientos.

 

 “Thot” y “Anubis” eran las deidades a quienes se confiaba el sueño eterno de los fallecidos. Sin embargo, sus restos eran también protegidos por aves   (halcones, buitres) y ofidios.  

 

2.- El duelo, la momificación y el funeral según Herodoto y Diodoro de Sicilia.

 

a.- Itroducción.

 

Siguiendo al doctor Eduardo Alfonso, sabemos que la religión nilótica admitía cuatro existencias en el “Inframundo”.  En primer lugar la del cadáver o “Khat”. En segundo lugar, la del doble o “Ka”. Otra era la del alma o “Ba”. Finalmente, la del espíritu o “Ju”. En el plano divino, el espíritu triunfante era dotado de un cuerpo celestial o “Sahú”. Basándose en estos principios, se creía que para que el alma perviviese en el “Más Allá”, necesitaba  ser reanimada por el “doble” o forma sustancial de la materia física del fallecido. De ahí la obsesión en la perfecta preservación de los cuerpos. Ahí es donde nace la idea de la momificación por medios artificiales.

 

b.- El duelo.

 

Las noticias que Herodoto nos ha legado, con todo lujo de detalles, sobre el duelo, la momificación y el funeral en el Antiguo Egipto. las encontramos en su segundo libro “Euterpe” (85 – 90).

 

Es de resaltar que las mejores descripciones que relata se refieren a los finados pertenecientes a familias pudientes. Así, en la descripción del duelo tenemos:

 

“Los duelos y funerales son así: cuando […]muere un hombre de cierta importancia, […] todas las mujeres de la casa se emplastan de lodo la cabeza y el rostro. Luego dejan en casa al difunto, […]recorren la ciudad, golpeándose, ceñida la ropa a la cintura y mostrando los pechos, en compañía de […]sus parientes. En otras partes plañen los hombres, […]ceñida la ropa a la cintura. Concluido esto, llevan el cadáver para embalsamarlo”. (Hrdt, II, 85).

 

En esta breve pero intensa narración del duelo, observamos dos datos muy interesantes. En primer lugar la existencia de una división estricta entre mujeres y hombres en la exteriorización del dolor por el óbito del finado. Dentro de esta distribución por género, vemos que la “teatralización” del acontecimiento es más intensa entre las féminas que entre los varones.  Éstas exteriorizan su luto mediante golpes a la altura del corazón, enlodádose el cabello, subiéndose las ropas a la cintura y enseñando los pechos. Los hombres, también con las ropas subidas a la cintura, se mantendrían en otro lugar para sollozar. En segundo lugar, en el fragmento se habla de “todas las mujeres de la casa […] en compañía de […] sus parientes”. De él se desprende que estamos ante un evento familiar, pero no en el sentido actual de la palabra. Afectaría, muy probablemente, a todos los miembros de la casa. Tanto familiares, clientes, sirvientes como esclavos. Todos ellos obligados, moral  y socialmente, a manifestar su aflicción de un modo público y notorio. También resalta la permanencia del cadáver en su hogar a la espera  de llevarlo a la “Casa de la Muerte” (lugar de preparación del difunto para su momificación, del que hablaremos más tarde).

 

El dolor y el sentimiento serían iguales en las clases sociales inferiores. Sin embargo, es lógico pensar que el duelo no sería tan ostentoso ni exagerado como ocurría en el caso de los magnates. Un simple artesano o un “sehety”          (campesino egipcio),  jamás se podrían permitir semejantes gastos.

b.- La momificación.

 

Los embalsamadores.

 

Cuenta Herodoto:

 

“Hay gentes establecidas para tal trabajo y que tienen tal oficio. […] Cuando se les trae un cadáver, presentan a los que lo han traido unos modelos de madera, pintados imitando un cadáver. La más primorosa de estas figuras, dicen, es la de aquel cuyo nombre no juzgo pío proferir a este propósito. La segunda que enseñan es inferior y más barata, y la tercera es la más barata. Después de explicadas, preguntan de qué modo desean se les prepare el muerto; cuando han cerrado el trato se retiran; los artesanos se quedan en sus talleres y ejecutan […] el embalsamiemiento […]”. (Hrdt,  II, 86).

 

Es decir, en la sociedad egipcia existía un gremio de artesanos especializados en el embalsamamiento que se distribuían por contrato, las ciudades y barrios donde ofrecían sus servicios.  Diodoro de Sicilia, a la vez que comfirma esta información, comenta que estos expertos (“tariqueutas”, en palabras de Jacques Pirenne), habían aprendido su arte de sus antepasados y que tenían una diginidad parecida a la de los sacerdotes y eran admitidos en los templos como hombres justos sin que nadie les impidiese el paso.  Desarrollaban su labor en las denominadas “Casas de la Muerte”, talleres cercanos a las orillas del Nilo, donde se llevaba casi en secreto los diferentes pasos de la momificación. Además de esta práctica, se encargaban de la celebración de los funerales y de las ceremonias de culto. 

 

Los tipos de momificación.

 

Herodoto explica tres tipos de embalsamiento. Todos de acuerdo con el estatus social y la capacidad económica del fallecido y de sus familiares. El primero era el utilizado por la familia real y los aristócratas mas adinerados. Los otros dos, serían los más generalizados entre la población. Diodoro completa la información con su precio:  un talento de plata para el primero y veinte minas para el segundo. Sobre el tercero sólo nos dice que era muy barato.

Siguiendo a Herodoto, comenzaremos por el más caro y complicado:

 

“[…]Ejecutan en esta forma el embalsamiento más primoroso. Ante todo meten por las narices un hierro corvo y sacan el cerebro, parte sacándolo de ese modo, parte por drogas que introducen. Después hacen un tajo con piedra afilada de Etiopía a lo largo de la ijada, sacan los intestinos, los limpian, lavan con vino de palma y después con aromas molidos. Luego llenan el vientre de mirra pura molida, canela, y otros aromas, salvo incienso, y cosen de nuevo la abertura. Desxpués de estos preparativos embalsaman el cadáver cubriéndolo de nitro durante setenta días y no está permitido adobarle más días. Cuando han pasado los setenta, lavan el cadáver y fajan todo su cuerpo con vendas cortadas en tela fina de hilo y le untan con quella goma de se sirven por lo común los egipcios en vez de cola. […]. Ése es el modo más suntuoso de preparar los cadáveres”. (Hrdt,  II, 86 -87).

 

Una vez lavado el cuerpo del fallecido, era colocado sobre una soporte fabricado en piedra o madera con forma de felino y se iniciaba el proceso de embalsamamiento. Éste constaba de cuatro partes diferenciadas: 1- vaciado del cerebro; 2- evisceración; 3- inmersión del cuerpo en una solución de nitro o natrón; 4- vendado. En el proceso,  los artesanos utilizaban alrededor de una quincena de artículos. Desde cera de abeja,  casia,  cinamomo, aceite de cedro (o de enebro), goma, henné  (polvo de un arbusto espinoso usado en el tinte de los cabellos), bayas de enebro, cebollas, vino de palma, resina, aserrín, la pez (residuo de la destilación del alquitrán), betún y el natrón, que era esencial. Varios de esos productos venían del extranjero, en particular la pez y la brea, extraídos de los abetos del Líbano.

 

El cerebro era el primer órgano en ser extraido. El embalsamador lo hacía a traves de las fosas nasales mediante un utensilio curvo, que en época de Herodoto era de hierro, pero que durante el período clásico del Imperio Nuevo era de bronce. Algunos egiptólogos piensan que se giraría dicha herramienta dentro del cráneo con el fin de licuar la masa encefálica. Después se pondría el cuerpo boca abajo con el fin de eliminar cualquier resto, por la misma incisión que se había practicado al principio. Con el mismo objetivo se introducían líquidos disolventes.

 

Sobre este primer paso, Fhilipp Vanderberg nos recuerda algunas teorías mantenidas por el profesor cairota Zeki Iskander, en 1973. Para dicho autor, fue durante la XVIII Dinastía (desde 1570 a. C), cuando se extrajo por vez primera el encéfalo a un cadáver con la ayuda de un trépano, mediante un golpe en el tabique nasal y un gancho. También afirmaba que existía otra variante consistente en perforar el cráneo por el parietal para sacar el cerebro. Esta segunda práctica no era frecuente.

 

La segunda fase  era la evisceración del tronco. El especialista que debía realizarlo era elegido ceremonialmente y una vez acabado su cometido, era perseguido y lapidado ritualmente al ser una ofensa el dañar el cuerpo de un difunto, sobre todo si e trataba de un ser sagrado como era el Faraón. Así lo expresa Diodoro de Sicilia:

 

“[…]El llamado <<marcador>> hace una señal en el lado izquierdo del cuerpo en el lugar donde debe hacerse el corte. Después, el llamado <<cortador>> toma un cuchillo de obsidiana y abre el abdomen exactamente por el lugar marcado. En seguida se va corriendo y todos los presentes lo persiguen arrojándole piedras por lo que ha hecho.Porque en Egipto todo el que hiere o hace daño a otro es aborrecido”. (Diod. Sic., “Bibliotheca Historica”, prim. sec. Lib. I)

 

 La operación se realizaba a través de un corte limpio ejecutado con un cuchillo de obsidiana (roca volcánica muy dura) o de bronce (con forma de gancho en su cara inferior), entre las costillas falsas y el hueso de la cadera. Fhilipp Vanderberg, siguiendo a Elliot Smith, en su obra “Royal Mummies” (“Momias Reales”), explica  que no todos los embalsmadores realizaban la incisión en la misma zona del cuerpo y que las dimensiones de ésta no podía determinarse debido a la capa de resinas que la recubría. Podría hablarse de unos 86 mm, aunque también podrían existir algunas que presentasen el doble de largo.

A través del corte se extraían principalmente los intestinos, que eran limpiados con vino de palma (extraido de la fermentación de la savia de la  “Phoenix Dactylifera” o Palmera Datilera, muy abundane en Egipto, con propiedades medicinales) y diversas especias. Normalmente se dejaban los riñones y el corazón (residencia de la vida, la conciencia y de los sentimientos, que debía ser pesado por Osiris). Este último, podía ser sustituido por un escarabeo sagrado. Los organos extirpados eran embalsamados y colocados en los “Vasos Canopes”. Éstos, eran cuatro recipientes que garantizaban la unidad del fallecido. En las clases adineradas, llevaban esculpidas las cabezas de los cuatro hijos de “Horus”, genios protectores de los muertos. El hígado era custodiado en el canope de “Amsit”, con cabeza de mujer. Los pulmones eran amparados por “Hapi”, el babuino. El estómago era vigilado por “Duamutef”, con cabeza de chacal. Finalmente, los intestinos estaban defendidos por “Kebehesneuf”, el halcón. Cada vasija estaba bajo el resguardo de una deidad (Isis, Neftis, Selkis y Neit). Durante el entierro cada una era orientada a los cuatro puntos cardinales de una manera predeterminada por un ritual mágico que garantizaba la entrada al “Más Allá”, al finado.: la cabeza femenina, al S.; el babuino, al N.; el halcón, al O. y el chacal, al E. Sólo se sabe con cierta certidumbre que esta costumbre perduró hasta la XXI dinastía (1070 – 945 a. C).

 Tras ser rellenado con mirra y otros aromas, además de vendas, para evitar que se deformara, el cadáver era cosido. Después era sometido a una tercera fase: la imersión durante 70 días en una solución de “Natrón” o “Nitro” (carbonato sódico hidratado). Pierre Montent nos informa que se trataba de un artículo muy utilizado por los egipcios (además del embalsamiento), en las tareas cotidianas, fundamentalmente en la limpieza de la vivienda y en la producción de cierta cerámica. Se encontraba con profusión en el Wadi Al Natrun (O.del Fayum), región que cuenta con ocho lagos alcalinos, y en la zona de Nekheb. Esta operación era indispensable para deshidratar completamente los tejidos y evitar que las bacterias actuasen. A la par se le sometía a la acción del sol, con el mismo objetivo. El resultado final era un esqueleto recubierto por un pellejo amarillento (aunque con el tiempo el color se tornaba grisáceo, como en el caso del cuerpo del Faraón “Tut-Ank-Amón” (descubierto por el arqueólogo inglés Howard Carter en 1922), con mejillas hundidas y labios delgados. A pesar de ello, sus facciones aún eran reconocibles. Tras la desecación, el cuerpo era limpiado y  frotado con resinas y óleos par mejorar su aspecto. Como paso previo al fajado del cuerpo, sus oidos eran tapados con cera de abeja, que también eran utilizadas para cubrir las fosas nasales, la boca y el corte utilizado para la evisceración.

Diodoro, si bien en lo esencial no difiere casi en nada de los relatado por Herodoto, comenta que el cuerpo era tenido en aceito de cedro por más de treinta días. No en natrón.

Siguiendo a Montet, una vez acabado el proceso, se procedía  a engalanar y ataviar los restos mortales del fallecido. La momia era embellecida con  pectorales, collares,  amuletos de carácter hermético, dediles y anillos (el “de la Justificación” en su mano derecha), y se le pintaban con oro las uñas de pies y manos (raramente). Y se le calzaban sandalias. Una compacta plancha de oro con el ojo “udya” (que tenía la cualidad de curar las heridas), tapaba la incisión del costado. Entre las piernas le colocaban el “Libro de los muertos”, guía indispensable en el otro mundo. Luego el cuerpo era envuelto en vendas de lino. embadurnardas en goma, comenzando por los dedos de modo individual, siguiendo por los miembros superiores e inferiores y acabando por el tronco y cabeza. La operación resultaba mucho más complicada que lo que nos hace creer Herodoto. Así, por poner un ejemplo, explicaremos el arduo y minucioso ritual  mágico –religioso que se realizaba sólo para fajar la cabeza. Lo haremos siguiendo al doctor  Eduardo Alfonso:

“Untar la cabeza y boca con aceite y envolverlo en la vendas de Harmakhis. La venda de la diosa Nekheb será puesta sobre su frente: la […] de Hathor, señora de On, sobre la cara; la […] de Thuth sobre las dos orejas; la […] de Nebthetep sobre la nuca. Todos los ligamentos, todas las vendas de la cabeza estarán hechos con tiras cuyos detalles examinará el Superior de los Misterios, para convencerse de su buen trabajo. Deben destinarse:

               La venda de Sekhet la grande, amada de Ptah, compuesta de dos piezas, para la cabeza del difunto.

               Para las dos orejas, dos vendas llamadas las acabadas.

               Para la nariz, dos piezas llamadas Nehai y Smen.

Para las mejillas, dos vendas llamadas Queviva.

Para la frente, cuatro piezas, las brillantes.

Para la parte superior de la cabeza, dos piezas.

Veintidós piezas a derecha e izquierda de la cara, pasando sobre las orejas del cadáver.

Para la boca, cuatro vendas, dos dentro y dos fuera.

Para la mandíbula, dos piezas.

Para la nuca, cuatro piezas grandes.

Consolídese enseguida las vendas con una venda ancha de dos dedos, untar la cabeza con aceite por segunda vez y tapar todos los orificios con aceite espeso”.

Mientras se acababa de vendar la momia, un sacerdote entonaba dos oraciones especiales, una dedicada al difunto y otra, para la deidad protectora. Finalizado el acto, la faz era cubierta por una máscara mortuoria. Para la gente común, era de tela y estuco. Para la realeza y altos dignatarios, era áurea (a veces unida con hilos a una vestidura de perlas o pectoral). Al mismo tiempo se le imponía un collar y el escarabeo sagrado sobre el pecho Una última mortaja lo envolvía todo, sujeta por tiras paralelas.  Los metales preciosos indicaban la clase social del finado.  

 

Si en el lapso de tiempo transcurrido entre el óbito y el fin de la momificación (que era una media de dos meses y medio), los artesanos responsables del mobiliario fúnebre habían realizado su cometido, se podía colocar el muerto en el ataúd y enterrarlo.

En cuanto a los embalsamamientos más asequibles, Herodoto cuenta:

“Para los que quieren la forma media y huyen de la suntuosidad, los preparaban así: llenan unos clístenes de aceite de cedro y con ellos llenan los intestinos del cadáver, sin extraerlos ni cortar el vientre, introduciendo el clíster por el ano e impidiendo que vuelva a salir, y lo embalsamn durante los días fijados. El último sacan del vientre el aceite que habían introducido antes; el cual tienen tanta fuerza que arrastra intestinos y entrañas ya disueltos. La carne la disuelve el nitro, y sólo resta del cadáver la piel y los huesos. Una vez hecho esto, entregan el cadáver sin cuidarse de más.

El tercer modo de embalsamar con que preparan a los menos pudientes es éste: lavan con purgante los intestinos, embalsaman el cadáver durante los setenta días, y lo entregan después para que se lo lleven”. (Hrdt,  II, 87 -88).

Es decir, los embalsamamientos de peor calidad se caracterizaban, según Herodoto, por la ausencia de la  extracción del cerebro y de la evisceración por medios quirúrgicos. En el caso de la momificación de tipo medio, los órganos del tronco eran disueltos mediante la introducción de aceite de cedro (vía rectal), con un enema. Al respecto, los distintos investigadores difieren en cuanto las sustancias introducidas. Para unos, es aceite resinoso de enebro. Para otros óleo de trementina y brea de madera. En cuanto los productos para ungir el cuerpo sería una mezcla de lubricantes ordinarios y de enebro. Sea como fuere, el resultado era la desintegración de las visceras, convertidas en líquido y luego extraídas por el mismo lugar. Tal operación conllevaría una considerable bajada en el precio final de la momificación. El resto de manipulaciones se centrarían en la desecación mediante nitro. Herodoto no menciona el vendaje. En el tercer caso, los artesanos se limitaban a purgar los ntestinos, deshidratar el cuerpo y entregarlo a la familia.

c.- La momificación de las mujeres y de los fallecidos en circunstancias especiales.

Además del relato de la momificación y sus diferentes variantes, Herodoto también se centra en el  embalsamiento de las mujeres de alto rango y en los cuerpos de aquellos que morían ahogados en el Nilo o devorados por los cocodrilos que habitaban en él:

“En cuanto a las mujeres de los nobles, no las entregan para embalsamar inmediatamente que mueren, y lo mismo las mujeres muy hermosas o principales, sino las entregan a los embalsamadores tres o cuatro días después. Hacen esto para que los embalsamadores no se unan a las mujeres. Cuentan en efecto, que se sorprendió a uno mientras se unía a una mujer recién muerta y que un compañero de oficio le había delatado.

Si un hombre, lo mismo egipcio que forastero, ha sido arrebatado por un cocodrilo o por el mismo río, y aparece muerto, los hombres de la ciudad a la que ha sido arrojado deben sin falta embalsamarle, tributarle las mayores honras y sepultarle en ataúdes sagrados. No se permite a ningún otro tocarle, no de los parientes ni de los amigos, sino que los mismos sacerdotes del Nilo, con sus propias manos le sepultan, pues su cadáver es tenido por algo más que humano”. (Hrdt, II, 89 -90).

 

En cuanto al primer caso, Herodoto nos informa de la exstencia de algún caso de necrofília entre los embalsamadores. Este comportamiento sexual aberrante no sería habitual. El “Papiro Ebers” (tratado médico, datado en el 1500 a. C., durante la XVIII dinastía egipcia), confirma la existencia de tales prácticas pero no da pistas sobre si el autor o autores fueron castigados. Aunque confirmaría el rechazo de la población. Evidencia del miedo existente a este fenómeno, era la contratación de hombres armados para velar los cadáveres de las fallecidas. A la vez, éstos eran entregados cuando presentaban claros síntomas de descomposición.

 

En el segundo caso, Herodoto habla de los ahogados en el Nilo o devorados por animales que viven en él. Teniendo en cuenta el carácter sagrado del río y todo lo que le concernía, no es de extrañar que todos los fallecidos en él, adquiriesen a su vez un halo divino y mágico. 

3.- El funeral y entierro.

Herodoto se nos muestra muy parco en sus explicaciones al respecto:

“Entonces lo reciben los parientes, mandan hacer un aaúd de madera, lo guardan y lo depositan en una cámara funeraria colocándolo en pie, contra la pared”. (Hrdt, II, 86) .

Menciona muy sucintamente la introducción del cuerpo en un sarcófago, pero sin hacer ninguna alusión a sus características. Finalmente, habla de una tumba, pero sin explicarse. Sólo alude a la colocación del ataúd. Por su parte, Diodoro sólo informa que durante el entierro los familiares y amigos se lamentaban por toda la ciudad y que durante ese tiempo no se lavaban, no bebían vino, no se divertían ni llevaban ropas elegantes. En cuanto a las tumbas solo menciona que eran cámaras especiales donde se conservaban los cuerpos para que pudieran verlos los “que nacieron después de su muerte”. Es por esta razón que deberemos ir a otras fuentes para poder informarnos.

a.- El cortejo fúnebre.

Si seguimos a Pierre Montet nos haremos una clara composición de lugar del entierrro de un individuo de clase alta en el período ramésido. Era un espectáculo muy ostentoso que se dirigía en lenta procesión desde la “Casa de la Muerte” hacia las márgenes del Nilo antes de llegar al “Oeste”, “la tierra de los justos y del Inframundo” (“Imenet”). El acto se disponía por grupos, según el grado de relación con el difunto. Encabezaban el cortejo  los familiares del difunto, en permanente agitación y lamento. Junto a ellos, una pléyade de plañideros a sueldo de ambos sexos, hacía una persistente exhibición de sufrimiento. Las señales de aflicción se realizaban siguiendo las mismas pautas que en el duelo. Un segundo conjunto de personas, era el de aquellos cuya relación con el fallecido no era tan estrecha. Su actuación no era tan dramatizada y su función era evocar las virtudes del difunto. Los allegados, sirvientes y conocidos, eran seguidos por varias cuadrillas de criados. Unas acarreaban adornos florales, dulces, cerámica, menaje de losa y arcas con figurillas. Otras trasladaban los enseres habituales y el carro. Las siguientes custodiaban los utensilios íntimos, los canopes, toldos, cetros, bastones de mando y estatuas. Los objetos suntuosos y alhajas se exhibían públicamente en fuentes. Finalmente, aparecía   una plataforma con velos o pantallas de madera, arrastrada por hombres y un tiro de bovinos. Contenía el sarcófago, instalado en una barca fijada sobre un trineo y encuadrado por las estatuas de Isis y de Neftis.

b.- El viaje por el Nilo.

Alcanzado el río sagrado, la comitiva se detenía en un muelle, donde aguardaba un conjunto de varias naves. La más importante era la que debía albergar el sarcófago y las deidades protectoras. Era un modelo construido para navegar exclusivamente por el río. Se distinguía por su fisonomía particular, con una proa y popa curvadas hacia adentro y una estancia ricamente decorada. A bordo, esperaban un tripulante y un sacerdote revestido con la piel de un felino, que carbonizaba fragancias en un pebetero. La gran barcaza iba impulsada por una segunda, que difería de la primera por ser capaz de navegar por el mar y ser de origen fenicio. Sobre la cubierta de su habitáculo, las plañideras seguían con su misión. En las demás embarcaciones viajaban los familiares y allegados que querían acompañar al finado a su última morada. Además transportaban las pertenencias del fallecido. Los que no deseaban seguir, permanecían en el atracadero, despidiéndose con plegarias. 

c.- Camino de la tumba. 

Una vez en la orilla occidental, la comitiva encontraba numerosos tenderetes donde se ofrecían todo tipo de objeto de culto para quien lo necesitara. Reagrupada, siguiendo el mismo orden con el que se partió, empezaba el camino hacia el pie de la montaña libia, una vez cruzados los campos de cultivo. Precedido por un sacerdote, el catafalco, una vez colocado sobre un trineo, era arrastrado por un tiro de vacas. Una vez iniciado el ascenso, los hombres sustituían  a los animales. Mientras tanto, otro sacerdote rociaba con agua y perfumaba el sarcófago con incienso. Iban en busca de la diosa de Occidente, Hathor (deidad femenina con forma de vaca cuyos cuernos sostienen un disco solar con un “uraeus” o cobra). Ella era la encargada de acoger, proteger y ofrecer alimentos a los difuntos, evitándoles sufrimientos. Nutría y daba vida del árbol celeste.

Realizado el encuentro algunos sirvientes ponían a refrescar agua en grandes tinajas y encendían  algunos hornillos.  A la par, se colocaba el sarcófago, una vez extraído del catafalco, contra una estela, cercana a una figura exenta en forma de halcón colocado en una percha, representación de “Hathor”. A la vez se depositaba un cono perfumado en la cabeza a Mientras tanto los familiares y las plañideras intensificaban sus muestras de dolor. Contemplaban el comienzo de un rito significativo: la “apertura de la boca”. Los encargados de llevarlos a cabo, colocan encima de un ara, pan cerveza y comida, junto a los elementos precisos para consumar la ceremonia. Estos son un cuchillo en forma de pluma de avestruz, una reproducción de una pierna de buey, una azuela y una paleta con volutas en los extremos. Accesorios con los que un sacerdote eliminará mágicamente, los resultados de la momificación, restituyéndole sus vísceras. Se abre la boca del finado para que pueda hablar y comer. Simultáneamente se le posibilita el movimiento de sus extremidades. El funeral ha finalizado.

Concluido el acto, se coloca el sarcófago antropomorfo en una fosa rectangular, labrada en la roca con mucha previsión. A su alrededor se depositan los objetos personales, bastones  armas y amuletos, transportados en las barcazas. Después, el conjunto era sellado con una tapa de piedra. Cerca de éste se disponían el mobiliario, los canopes y algunas arcas. Además se situaba lo más valioso para el fallecido. Son las provisiones y una mezcla de cebada y arena guardada en cuadros de madera con fondo de tela burda, con la figura momificada de Osiris dibujada en ella. Para estimular el renacimiento del cuerpo,  tal y como había hecho Osiris durante su reencarnación, se regaba durante cierto tiempo la amalgama de semillas y  tierra con el fin de que germinase. Una vez segada y secada, se le envolvía en una tela. Durante el Imperio Medio, se colocaba como vegetal el loto, símbolo de Ra. En época ramésida, su sustitución por el cereal, según Montet, es un claro indicio de la victoria del culto osiriano sobre el de Ra.

.- El viaje del alma y el Juicio de Osiris.

 

la momificación no bastaba para la pervivencia eterna del espíritu. Necesitaba del beneplácito del dios del Inframundo”. Osiris (“Wsir”), quien enjuiciaba los actos del sujeto a lo largo de su vida.

 

Siguiendo al profesor Alfonso, sabemos cuál era el destino del espíritu. Nos los explican los egipcios a traves de innumerables rituales insertados en los siguientes manuscritos: 1- el “Libro de los Muertos”; 2- el “Libro de la Duat”; 3- el “Libro de las Moradas”; 4- Los jeroglíficos de las pirámides y de los sarcófagos.

 

 El “Duat” o mundo de “Ultratumba”era un semicirculo dividido en doce sectores que representaban las “doce horas de la noche” (desde las 18 horas hasta las 6 de la mañana).  Cada hora personificaba una “morada” del alma. En ellas el espíritu luchaba y vencía sobre los defectos que le habían acompañado en vida (vicios, ignorancia, mezquidad, etc, ). “Pecados” encarnados en ofidios espantosos animales, engendros escondidos, primates alborotadores, superficies ígneas, cordilleras, eriales, gradas y pasajes. Estos yerros, si eran dominados, permitían al alma alcanzar la morada de Osiris. De lo contrario, se le recluía en el “Reino silencioso de Sekker” (otro apelativo que recibía el dios del Más Allá), donde la divinidad no se inmutaba por sus sollozos, ignorádola por completo. Es la “Sala de las Tinieblas” o de los “Sueños Eternos”. Allí, el alma duerme en forma incorruptible, careciendo de todo tipo de sentimiento hacia sus seres queridos, impidiéndosele la capacidad de despertar para reconocerlos.

 

A las moradas llegaba el “Ba” tras ser recibido por “Anubis” (el chacal, guardián del “Inframundo” , tambien llamado “Ampú”), en el acceso del “Mundo Osiríaco” y conducido por la “Barca de Ra” a través del “Nilo subterráneo”, hasta llegar al “Restau”, puerta de entrada del “Duat”. A lomos de “Hathor” (diosa – vaca y “Señora de Occidente”), pasaba la “Montaña Occidental” y entraba definitivamente en los reinos celestes, dode le esperaba el beneplácito o el castigo de Osiris en su “Juicio”, localizado en la “hora sexta” del “Duat”. En el umbral de la “Sala del Juicio”, el espíritu era acogido por el dios “Heru” (simbolizado en una estrella de color verde y cinco puntas). Depués, las diosas ”Isis” y “Neith” le conducían ante el trono de “Osiris”. Ante Él, debía hacer una confesión negativa de 42 pecados, diciendo la verdad. Finalizaba tal declaración con una solemne afirmación: “Soy puro, soy puro, soy puro!” . A continuación se pesaba el corazón del difunto (“Ab”), colocado en un platillo de una balanza manejada por “Anubis” y “Heru”, situada en el centro de la “Sala”. Como contrapeso, estaba la “Pluma de la Verdad”  (“Mahat”), colocada en el otro platillo. Si se mantenía el equilibrio entre los dos elementos, el alma se salvaba. El hecho era proclamado y anotado por el escriba celestial, “Thuth”:

 

“El difunto ha sido pesado en la balanza; no hay falta en él; su corazón está según la Verdad; el fiel  […] marca justamente”. Osiris respondía a todo ello: “Que el difunto salga victorioso para ir a todos los lugares, donde gozará junto al espíritu de los dioses. Que no sea rehusado por los guardianes de  las Puesrtas de Occidente”. (Cap. 125 del “Libro de los Muertos”).

 

 Al ser positivo el veredicto de Osiris, el “ka” y el “Ba” del difunto (fuerzas vital y animica, respectivamente), podían reunirse con su cuerpo momificado, conformado así una unidad (“Aj”, ”Ser Benéfico”). Su destino era la campiña o marisma de “Aaru”(“El Paraiso”), donde reinaba Osiris, junto a otros grandes dioses de la mitología egipcia. Morada final elegida para los justos.

 

Por el contrario, si el corazón desequilibraba la balanza, el alma era condenada  a una “segunda muerte”, siendo devorada por la fiera destructora “Amenit” (mezcla de león, hipopótamo y cocodrilo). Esto suponía para el fallecido la anulación de su inmortalidad . Del mismo modo,  se borraba su recuerdo de la memoria de la gente íntegra y recta.

 

Una vez cocluidas satisfactoriamente las pruebas, todo aquél que lo merecía, desde el Faraón al más humilde de los egipcios, podía descansar eternamente.

 

 

                                                              BIBLIOGRAFÍA.

 

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