LAS BODAS DE CAMACHO COMO SÍMBOLO DE LA COCINA DE LA OPULENCIA, por Alfredo Villaverde Gil

Música recomendada: Barroco clásico

Don Quijote reprocha a Sancho su cambio de actitud, cuando deslumbrado por la cocina de la opulencia de los esponsales de Camacho, apoya su boda, animando a Quiteria a que acepte las galas y joyas que éste le ofrece en lugar de las habilidades de Basilio con los bolos o con la espada. Y le trata de glotón, cuando el pobre escudero entre promesas de gobierno de ínsulas y desafortunadas aventuras, sobrevive con su menguada economía de subsistencia compuesta de pan, queso y vino algunas veces, o de los escasos encuentros afortunados con otras gentes que le ofrecen compartir su condumio.

No hace Sancho sino seguir los dictados de su condición humilde, para la cual emparentar con alguien rico significa salir de la miseria y huir de las azarosas circunstancias de la vida, para lo cual todo está permitido, tal como explica a su mujer Teresa Panza en la carta que escribe (II.36) en los momentos previos a ocupar el puesto de gobernador en la ínsula Barataria: “así que, por una vía o por otra, tú has de ser rica, de buena ventura”. Previamente, Sancho menciona la posibilidad de hacer dinero con el gobierno y de ostentar el poder aunque le cueste un precio alto ya que la recompensa, el dinero, bien lo merece.

Las bodas de Camacho. Tapiz siglo XVIII. Biblioteca Histórica de la Complutense. Madrid

La diferencia entre Basilio y Camacho –señala Francisco Vivar en su ensayo “Las bodas de Camacho y la sociedad del espectáculo“-  se refleja en sus partidarios a través de la posición ética de don Quijote y Sancho. El primero siempre atento, con sus creencias y actitud como defensa, rechaza la riqueza de Camacho; el segundo dominado por la pasión de la comida, no puede resistirse y es dominado. En él “la máscara se antepone a la verdad” en palabras de Erasmo (Adagios, III). La defensa de la virtud y de la discreción es la que hace don Quijote cuando nos dice en el capítulo 22, que defendió la causa de Basilio: “Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a don Quijote obligados de las muestras que había dado defendiendo su causa”. La oferta de comida, continua Vivar, favorece los valores mundanos, opuestos a la existencia moral cristiana y, sobre todo, a la preparación para la muerte del cristiano a la que alude Sancho en el capítulo 20. La Actitud de Sancho está en contra de la ley divina, pues, a pesar de conocer el sentido de la muerte cristiana, no se ajusta su comportamiento al temor de Dios, piensa más en lo inmediato que en el futuro, en vivir el presente que el vivir. Sancho para morir. Sancho entiende la actitud de don Quijote pero prefiere “despabilar esta espuma, que lo demás son palabras ociosas, de que nos han de pedir cuenta en la otra vida”. La exhibición de la abundancia está en contra de la moderación o del justo medio que se exige al cristiano. La comida que presenta Camacho es un desafío a la virtud, es un despilfarro vacuo que va contra el temor a Dios. Sancho, sabiendo que don Quijote tiene razón, como porque no puede evitar la tentación y tiene que satisfacer su apetito.

No es gratuito el hecho de que Cervantes haya escogido una boda para reseñar el hecho de la apariencia y del espectáculo, toda vez que en La Mancha, las bodas han revestido y revisten todavía una especial significación en la vida social. En una región rural, con una economía básicamente de subsistencia, poblada por labradores y atravesada por pastores, arrieros, emigrantes y viajeros de toda condición, la boda era un hito singular, seguramente el más importante de la vida de los desposados. Las bodas, que podían durar hasta dos semanas, en las casa de los más poderosos, se celebraban como mínimo durante tres días: anteboda, boda y tornaboda, contando los dos primeros con la asistencia de todos los invitados y reservándose el último para las familias de los novios. En la actualidad, la boda suele prolongarse a lo largo de todo un día, conservando en algunas ocasiones la costumbre de la tornaboda para el día siguiente al del enlace, que se dedica fundamentalmente a bailar y celebrar los desposorios.

Las Bodas de Camacho, por José Moreno Carbonero. Academia de las Bellas Artes de San Fernando. Madrid

Entre las costumbres nupciales de La Mancha se encuentra la  compra de la novia  a través de la dote, ya que el matrimonio en tanto que unión también económica se formaliza a través de una serie de pautas y convenios en los que la familia del novio, sus padres, compraban a la novia, cuyo mayor o menor precio se estipulaba en la dote. En una sociedad del tipo rural, donde la propiedad del terreno y de otros bienes de consumo resultaba tan importante para la estabilidad, era normal el convenir el matrimonio por razones económicas, tal como realizan los padres de Quiteria con Camacho. La imagen enjoyada y adornada de la novia no viene sino a corroborar que el precio pagado por ella era alto y el matrimonio conveniente para su familia. Abundan los refranes que ponen de manifiesto que una equivalencia económica entre los desposados era importante para que el matrimonio pudiera realizarse: “Labrador es mi padre, labrador es mi hermano, labrador tiene que ser el que a mi me de la mano” o el repetido por Sancho “Tanto tienes, tanto vales”,  por lo que el desenlace ofrecido por Cervantes apunta, a tono con los nuevos tiempos del siglo XVII, en los que se cuestionaban los valores tradicionales por una sociedad sacudida por las nuevas ideas, a un criterio revolucionario y poco acorde con las costumbres en boga, como es el triunfo del amor (Contigo, pan y cebolla) sobre el dinero.

Casamiento de Basilio y Quiteria. Obra de Manuel García Hispaleto.

José Antonio Maravall en su libro “Antiguos y modernos” recoge una cita del libro de Alfonso de la Torre “Visión deleitable de la filosofía y otras ciencias” en el cual se menciona como objeto de ostentación de las clases opulentas su afición a los grandes banquetes: “Sabe que es venido al mundo el reino de los cocineros, en tanto grado, que se elaboran muchos dellos de haber comido tal y tal cosa, y en tal manera guisada”. Esto viene a señalar un renacimiento del arte de la cocina que en la Edad Media había permanecido adormecida y que quiere recuperar aquí los fastos de Roma con pantagruélicos banquetes en los que se pone de manifiesto la capacidad económica y de representación de las clases adineradas, amén de satisfacer su gula que en algunos casos, como el rey francés Luis XIV llegaba ser patente, ya que, según cuenta su cuñada uno de sus menús consistía en cuatro platos con distintas sopas, faisán una perdiz, una pierna de cordero, un plato de ensalada y diversos platos de confituras y dulces, lo que conlleva subsidiariamente a que la principal labor de los cocineros de la época, en cuanto detentan algo de poder, sea la de aligerar en lo posible de grasas la comida, reducir el número de platos e introducir nuevas creaciones como las salsas (bechamel, mahonesa) o el consumo del champán. De esta cocina de excesos que nos dejó reyes gotosos desde Juan II a Felipe II, tenemos numerosos ejemplos en los inicios del siglo XVII como el banquete que ofreció el duque de Buckingham  (tan novelado por sus pretendidos amores con la española Ana de Austria) en la nave capitana de su escuadra a su llegada a Santander en el que se sirvieron mil seiscientos platos, todo con tal abundancia que los mirones que acudieron se les dejó servirse a voluntad, con brindis real y traca final a los postres de toda la escuadra al que acompañó la rotura de toda la vajilla y cristalería utilizada en el festín, o la noticia que nos deja Cabrera de Córdoba en su “Relación de las cosas de la Corte” sobre lo que cada día se enviaba al embajador francés extraordinario duque de Mayenne como agasajo oficial en 1612, llegado con el fin de pedir la mano de la infanta Ana de Austria para el rey francés Luis XIII:

“Día de carne. -8 pavos, 26 capones cebados de leche, 70 gallinas, 100 pares de pichones,  100 pares de tórtolas, 100 conejos y liebres, 24 carneros, 2 cuartos traseros de vaca, 40 libras de cañas de vaca, 2 terneras, 12 lenguas, 12 libras de chorizos, 12 perniles de garrobillas, 3 tocinos, 1 tinajuela de 4 arrobas de manteca de puerco, 4 fanegas de panecillos de boca, 8 arrobas de fruta,  4 frutas a 2 arrobas de cada género, 6 cueros de vino de 5 arrobas cada cuero y cada cuero diferente”.

“Día de pescado. -100 libras de truchas, 50 de anguilas, 50 de otro pescado fresco, 100 libras de barbos, 100 de peces, cuatro modos de escabeche de pescados, y de cada género 50 libras, 50 libras de atún, 100 de sardinillas en escabeche, 100 libras de pescado cecial muy bueno, 1000 huevos, 24 empanadas de pescado diferentes, 100 libras de manteca fresca, 1 cuero de aceite, fruta, vino, pan y otros regalos extraordinarios, como en el día de la carne se dice”.

“Para esto hay dedicadas cuatro acémilas con sus cajones que traen este  recado y lo ponen en el aposento sobre unas mesas y cierran, y no parece otro día sino las cestas vacías y no quien las vacía”.

Bodas de Camacho de José María Sert (Detalle)

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