MONT SAINT MICHEL, por Carmen Parra López. Licenciada en Filosofía

                        Cuando se toma la carretera que, desde los alrededores de Avranches, lleva al Mont Saint-Michel, uno mira y remira en el horizonte buscando lo que parece que se nos oculta. El monumento juega al escondite con el viajero. Hay que pasar unas cuantas curvas, cambios de rasante y rebaños del preciado mouton du pré-salé, para que surja el promontorio, “La Maravilla de Occidente”, ante nosotros. Conforme se acerca uno, surgen hoteles, hostales, casas rústicas, fábricas de galletas normandas, todo un mundo de ofertas turísticas que hay que obviar porque lo que interesa está al final del camino. Si la marea está baja — los horarios de las mareas están expuestos por todos sitios —, el parking se ofrece a la vista empañando un tanto el panorama. Imponente y recortándose sobre el cielo nos mira desde su belleza arrebatadora.

 La ciudadela que cubre el perímetro montañoso sobre el que se asienta la Abadía, forma un todo con esta, de tal forma, que no podemos poner un límite a una y otra. Recorriendo la calle principal, que sube en rampa hacia la entrada al monumento, se ofrecen recodos en los que la mirada se pierde sobre la grandeza del espectáculo de las aguas despidiéndose suavemente o lamiendo con fiereza la orilla. Aquí tienen lugar las mareas más grandes del continente. En ocasiones se nos aparece, con marea baja, hasta donde llega nuestra vista, un desierto de arena húmeda como si el mar se esfumase y no tuviese intención de desandar el camino. Pero en la hora en que se anuncia marea alta, las olas rompen contra la roca, en ocasiones ayudadas por el rudo viento, entonces el parking desaparece bajo el agua y todo se confabula para que observemos casi sin respiración el juego que la naturaleza nos propone. Antaño, este fenómeno originaba que el monte se convirtiese en una isla o en una península. Hoy no llega a aislarse del todo.

Aubert, obispo de Avranches, fue quién ideó — allá por 709 —, la primera iglesia, consagrada al Arcángel San Miguel (que hoy lucha contra el dragón a 170 metros de altura sobre nuestras cabezas gracias a la reforma del siglo XIX). Posteriormente fue ampliándose y por deseo del Duque de Normandía acogió una orden benedictina, con lo que se fueron construyendo alojamientos conventuales en las laderas de estilo prerrománico y románico. No cesó su crecimiento durante los siglos XII y XIII por el oeste y por el sur. Comienza entonces la parte gótica, que concierne al claustro y al Refectorio. Con el transcurrir de la historia, un enemigo más potente que la más grande de las mareas, quiso ensañarse con él: el hombre y sus guerras. Se fortificó y desplegó sus defensas. Durante la guerra de los cien años sufre un asedio de treinta. Un siglo tras otro fue acumulando en sí toda clase de reformas y añadidos, lo que permite admirar hoy una amplia gama de estilos desde el carolingio, románico, gótico hasta el clasicismo.

 La fe también habitó entre sus muros. Se convirtió en uno de los lugares más importantes de peregrinación del occidente medieval junto con Roma y Santiago de Compostela. Desde hace más de un milenio, hombres, mujeres y niños llegan aún siguiendo la ruta normanda, el “Chemin des Paradis”. Si se me permite la licencia, hay una composición musical de Mike Olfield, titulada así, “Mont Saint-Michel” en su álbum “Voyager”, que refleja — en mi humilde opinión — perfectamente con su melodía cada aspecto y cada avatar histórico que este lugar encierra.

                        En época revolucionaria y en el Imperio sirvió como prisión. Coincide que siempre bellos lugares, en algún momento, son heridos en su alma al servirse de ellos como meros recipientes inmundos. Al fin, en 1979 fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

Catedral
Abadía del M ont Saint Michel

Casi mil quinientos años han transcurrido, y continúa desafiando a la naturaleza y al ser humano. Un punto fronterizo entre Bretaña y Normandía, sobre la desembocadura del Couesnon. Cualquier vista en cualquier época del año sobrecoge; en verano, con el cielo azul, en invierno con la dureza de las inclemencias que el Canal de la Mancha envía en forma de viento y lluvia.

 El claustro parece suspendido del mismo cielo, sus arcos se abren a la inmensidad del espacio vacío sobre el agua. Aquí, como en ningún otro sitio, se ponen en contacto el mundo material con la impalpable grandeza de la naturaleza. Todo se conjuga de forma que el resultado es superior a las partes que lo componen. El aire, la tierra y el agua. El fuego está en la fuerza con la que San Miguel blande su espada sobre esta atalaya de piedra y fe que se yergue sobre un mar bravío que lo rodea en un abrazo eterno.

 

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