SOSTENELLA Y NO ENMENDALLA, por Enrique Gracia Trinidad

Música recomendada:

"No hacer de una necedad dos —escribió Baltasar Gracián—. Es mui ordinario para remendar una cometer otras quatro [...] En un descuido puede caer el mayor sabio, pero en dos no, y de passo, que no de asiento"

 

Se juntan en la postura que indica el título la inveterada manía de tener razón aunque se sepa que no, la vanidad multiplicada en soberbia y la estupidez sin reflexión.

Es cosa muy de notar en la mayoría de nuestros políticos, que a fuerza de ideología tienen guardadas en el fondo del armario las ideas y el sentido común. Anotamos también esta postura en los medios de comunicación, que aunque se vean obligados a rectificar una noticia que se demuestra falsa, lo hacen en lugar y forma mucho menos notoria, que viene a ser algo así como mantenerla en grande y vistosa, pero enmendarla en pequeño y escondida.

Pero no trataba hoy de hablar de política o periodismo sino de gente más de letras, de muchos de esos escritores actuales, poetas sobre todo, jóvenes o no tanto, que cometen errores gramaticales y ejercen ignorancia supina de sintaxis, ortografía y estilo, esos escritorzuelos que levantan el anacoluto como bandera sin saber siquiera que lo hacen y hablan de la corrección como impertinencia y del arreglo como falta de espontaneidad; esos para los que enmendar lo primero que se les viene a la cabeza es algo que no les cabe en la cabeza.

La poesía, en concreto, como cualquier otro género literario, se escribe desde la pasión, el impulso, la inspiración si se quiere, pero debe luego pasar por el esfuerzo de la corrección, de la reflexión sobre lo realizado en primera instancia para darle la pátina de la creación y no dejarlo en la intemperancia de la improvisación.

Y es bueno saber improvisar, pero para otros lugares, para el teatro, para el espectáculo, para el discurso que nos solicitan sobre la marcha, para la tertulia o el foro público; pero no para lo que ha de quedar en negro sobre blanco.

No es tan necio el que suelta una necedad como el que advertido de ella, se justifica con un "y qué más da", alegando  inspiración o, aún peor, evolución del lenguaje, como si la evolución a golpe de error no tuviera tintes de retroceso muchas veces. 

Se podrá alegar que hay muchos que escriben porque les apetece o lo necesitan y que no han tenido preparación escolar suficiente. Mi respeto, están en su derecho, pero yo canto muy mal y no me empeño en que otros escuchen mis alaridos, ¿por qué ellos quieren hacer públicos sus deficientes escritos? Convendría que los guardasen como catarsis personal ya que así nacieron, sobre todo cuando no tienen la corrección adecuada para ser publicados ¿o todo vale?

Incluso he escuchado hace poco en un programa de radio que para escribir poesía "sólo hace falta sentir". Mal asunto: el sentimiento sólo no supone poesía, en absoluto.

Abunda este género del "me-ha salido-así" sobre todo en las redes sociales, paradigma sin duda de nuestro tiempo, donde, para más inri, algunos los procesadores de texto van por libre y ayudan a justificar la ignorancia o el descuido cuando no ambas.

Cuantos se empeñan en no corregir el error, en defender a capa y espada su supuesto derecho a meter la pata; cuantos esgrimen que es mejor escribir según les vino en gana, como salga, y que repasar y corregir lo primero que se les ocurrió es matar la supuesta frescura e inspiración de un texto, deberían tener en cuenta que el título de este artículo surge de antiguos romances y se fija en las "Mocedades del Cid", donde Guillén de Castro escribe con ligera variante:

                                                

                                                 Esta opinión es honrada:

                                                 procure siempre acertarla

                                                 el honrado y principal;

                                                 pero si la acierta mal,

                                                 defendella y no enmendalla.

 

 

Tras lo cual el pretencioso y pomposo conde Lozano, empeñado en no dar su pata a torcer ni corregir lo mal hecho, termina siendo enviado al otro barrio por Rodrigo Díaz de Vivar, por cabezón.

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