EL QUIJOTE MITO Y REFERENCIA DE LA ENCINA, por Natividad Cepeda

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Monumento al Quijote en Pedrique.

El sol va dejando por entre las ramas de la encina sus gemas de topacio Cae sobre las hojas los primeros rayos de luz dejando encajes en el agreste paisaje. En esta tierra de la Mancha la transparencia es vidriera de catedrales góticas. En los viejos recodos del camino se divisan a lo lejos los rebaños. Dentro de las tierras labradas se suceden los tapices de las profundas estancias que se pierden en las hogueras del sol recién nacido. Por la carretera los coches cruzan veloces sin reparar en los ramajes de los encinares diseminadas y casi abandonadas a su extinción. Se han perdido tantas encinas en nuestros montes que muchas generaciones no volverán a verlas en la llanura  bajo el cielo azul.  Admiro a la encina por su inmensa belleza. Por esa perenne firmeza de soledad férrea y altiva, un tanto hosca y la vez acogedora para cobijar a rebaños y personas cuando no hay otra sombra que la suya en medio de los campos. 

Soledad, la suya, esquilmada desde antiguo  por haber sido transitados los caminos y montes. Lloro por los encinares que se pierden a pesar de la escasa protección oficial, que siempre llega tarde.  De poco sirven leyes para conservar un paraje natural, si sus habitantes necesitan para vivir  ayudas gubernamentales porque faltan recurso económicos. Porque amarlas, sí se aman pero había que calentarse en los hogares, y la encina dio apaño para fogones y calderos donde lavar las ropas y bañar a los niños también. Y en la tierra llamada de Don Quijote el amor a la encina, fue amor de aprovechamiento y reparo de hambres.

Encinas. Foto Carlos Morcillo

En esta llanura, por vivir, no nos dieron otra cosa qua la vida.  La vida dura, como las hojas de la encina. Cuando miro una encina no siento la dulzura de suspirar lánguidamente, porque la encina no es un melancólico sauce mecido por el viento. Las encinas, nuestros árboles desamparados son relojes del tiempo. De un tiempo lento y viejo anterior al Quijote.  ¿Pero acaso interesa a alguien el corazón umbroso de la encina?  Poco interesó en el pasado el viejo árbol. Tampoco el llanto del Quijote  convertido en locura.

El tiempo sin embargo se pertenece a sí mismo, y por esa causa se puede encontrar  en la mirada de un hombre, rebeldía al negarse a ser muchedumbre, masa adormecida y alienada: y aunque sabe que ser diferente le traerá sinsabores, sostiene en su espíritu la temblorosa tierra de su carne. Alonso Quijano el Bueno, descubrió: que él era ese hombre. Le sucedió un día cuando estaba sentado en el alero de la tarde y se le inundó el pecho del aroma del  romero. Decían las crónicas que  había pasado de los cincuenta, y con esa edad se suponía que todo estaba vivido. Él,  se miró las manos largas, fuertes, huesudas, con las estribaciones nervudas recorriéndole el tacto de los dedos, y pensó que sus manos aun podían acariciar el tronco de la encina con amor.

Tres encinas nevadas

Pero una encina no se acaricia y un hombre que piensa eso, no está cuerdo. El hombre se levantó de la esquina de su casa y se perdió por los caminos. Durmió en viejas posadas y en las ventas, donde por la noche los arrieros desenganchaban a sus caballerías y contaban los dineros junto con el sudor y cansancio de la jornada. Porque en esta tierra dura, los hombres llevan su impronta en sus ademanes y en sus gestos, al mirarlos se ve lo que desean: incluso, se nota cuando desean a una mujer y evitan que ella lo sepa.   Todos trabajan para subsistir, porque la vida es tan dura como el clima de la tierra que habitan.  Miguel de Cervantes cruzó por estos lares. Cruza y conoce a los dioses que subyacen en el subconsciente, percibe la magia en el alero de la tarde y mirando sus  manos ve en ellas todos sus fracasos.  Él, es un paria a quién la guerra excluyo de honores. No quiere recordar su cautiverio, donde tuvo que tragarse la dignidad y el orgullo para vivir. Vivir sobre todos los infortunios, para conseguirlo se refugió en sus sueños.  A nadie se lo dijo porque lo tacharían  falto de juicio. Entonces escribe sus anhelos, sus derrotas y sus amores de soldado y trotero caminante. Se enamoró de una mujer y  no pudo decírselo porque  ya era tarde. Tarde para cambiar la edad y la fortuna de no ser un poeta famoso.

No pudo escribir una novela de amor. El amor que sí veía en las aldeas que recorría junto a posadas  y chozas de cabreros, por majadas y riscos, sin que fuera diferente entre amantes de alta alcurnia y gentes pobres de solemnidad. Cervantes, recoge a modo de gaceta, los aconteceres cotidianos, los enmascara vistiéndolos de alucinados personajes, locos, avariciosos, crueles, mendicantes y pilluelos, mozas de partido y duquesas, cortesanas y aldeanas…Todos de flaca carne, pobres humanos soñadores de glorias.

Encina "Mota"

Viaja y descubre las encinas. Las viejas encinas que dan cobijo a pastores y ganados, las que dan el sustento al carbonero, las que calman el hambre y calientan con su leña las frías noches de invierno por campos solitarios que se van quedando excluidos de las redes de las ciudades que crecen en habitantes y riquezas. Campos de Montiel, de pasado guerrero, por el cabalga un hidalgo flaco que tiene el corazón fuerte. Un viejo soñador; caballero de antaño que guarda su decoro a pesar de la pobreza imperante en la España decadente que abandona a sus gentes. No cabalga, caminan mirando los insectos, la mata de tomillo y romero, las fiestas patronales y las bodas ricas en viandas y fiestas. Admira los oficios de todos ellos, los que con el esparto hacen filigranas en esteras, los que amasan el barro y venden cantaros, tinajas,  botijos, lebrillos y pucheros. Los que curten las pieles y limpian la lana en los batanes, los que muelen el trigo en los grandes molinos de las sierras, artilugio extranjero que ha cambiado el paisaje manchego.

A los cincuenta años  ya  se es viejo,  y si alguno dice que está enamorado y se hecha a los caminos  no está cuerdo.  A esa edad lo único que queda es  ver morir al sol por el horizonte mientras teje encajes de luces en las ramas de las encinas. Y si le quema las injusticias que hay a su alrededor a causa de malandrines y fulleros, especuladores mal nacidos que esquilman la tierra y las gentes para evitar males mayores, el viejo narrador, escribe lo que no puede evitar. No le queda otra cosa que hacer, eso es ser escritor, cambiar fechas, nombres y lugares, para contar lo que ve y escucha.

Palabras de los encinares

El viejo soldado que sueña con la fama del escritor reconocido, escribe de las encinas en ese libro del mito quijotesco. Nos las descubre como parte de esa tierra pobre, bellotas y leña, frío y calor en la llanura y en las sierras…Montes despojados de su ecosistema  para sembrar trigo y cebada. Calveros  y encinares se suceden en extensiones de pasos fronterizos hacia Andalucía. Don Quijote de la Mancha sigue pasando por los lugares que Miguel de Cervantes describió, y también por los que no quiso nombrar con nombre propio. La geografía que nos muestra es la de un fabulador que va de aquí para allá, a su libre albedrio, rozando en su narrativa realidad y fantasía; porque eso es novelar. Y de no ser así ¿cómo descubrir  la sima encantada de Montesinos y los llantos  de la Dueña  Ruidera sus hijas y sobrinas y el escudero Guadiana? Todos salen a nuestro encuentro, Durandarte, Belerma y el poder del mago Merlín en un palacio al que bajamos siglos después rodeado de los mismos arbustos espinosos que vio Cervantes.  Mitos que buscamos y en los que nos protegemos también hoy. Lo demás, todo cuanto se especula y trata de amasar en la artesa de la cultura actual, caerá en el olvido, porque el origen de un libro es  la imaginación de su autor. Y a Miguel de Cervantes ningún estudioso de su obra le podrá suplantar ni obviar. 

Por eso cuando veo los encinares lo recuerdo porque sus ojos los contemplaron y, a pesar de que mi pensamiento no coincide con el pensar de Miguel de Cervantes por el tiempo que nos separa, si converjo con él, al admirar las encinas y su fortaleza recia en este habitad que comparto con ellas y con él. 

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