UN PASEO POÉTICO POR LA CUENCA TURÍSTICA

Casas Colgadas

Música recomendada: 

Ya mi comenzar es un dilema. Dudo si escribir que aquí la piedra es alma o si la tierra es una alfombra que renueva cada primavera su textura en una permanente reconquista tras el riego del agua que le aporta la belleza de sus ríos. Cuenca es una eclosión estética del paisaje que origina la naturaleza, pero también es el pulso que le echaron los hombres a la Historia, haciéndola presente en la selectividad de su conjunto.

La antigua Kunka nos llega desde la recuperación de los siglos y en el encanto de un entretejido de luces y de sombras, cuyo misterio se crece en el pretérito sabor de los acontecimientos. Ismail beni Dilnún nos recuerda la conquista con un florecimiento industrial, al que nos aproxima Alfonso VIII abriendo la puerta de San Juan a la reconquista y acercándonos al presente, como si la constante y siempre renovada agua de sus ríos cualificara la historia conquense.

Calles de Cuenca

San Julián llega con su caballo y hace crecer arcángeles en la espadaña que hacia la Meca orientaba su postura, y, en expresión de piedra y herrería, le da impresión al gótico con formas catedralicias, para que la mirada del conquense cambie el rumbo de su espiritualidad a través del cristal de las vidrieras que avistan los cuatro puntos cardinales del planeta.

Uno piensa que en esa conjunción del presente y del pasado radica la razón existencial de un pueblo y unos habitantes que alojan su ilusión y su trabajo en la solariega mansión del ensueño y la esperanza, en la realidad y la leyenda. Cuenca de la razón y del misterio, abrazo y beso de la naturaleza, mutismo de la roca y susurro del agua donde el tiempo se consolida sin fecha de calendario.

Llega el viajero aquí con la esperanza de los siglos y el sosiego de las horas, el disfrute siempre de un embrujo entre natural y mítico, como si lo que estuviéramos viendo, y lo ensoñando a través de la imagen contemplada, desplegara en nosotros su partitura más sensible.

Calle Alfonso VIII

Romana ayer, mora y judía más tarde, hoy Patrimonio de la Humanidad para que sea de todos, Cuenca extiende la alfombra de su floresta, mulle el cojín de su piedra y ofrece el abrazo de su arquitectura monumental al viajero y al turista. Cuenca es la combinación de una serie de encantos y virtudes que arraigan desde la historia y la leyenda para consolidarse en el tiempo, llegando a nuestros días con proyección de porvenir. La naturaleza, la mano del hombre y el poder creativo que éste vertió en la ciudad, suponen el hechizo de lo que encantamiento, naturalismo y realidad genera en su conjunto.

Un enclave absoluto donde la roca se humaniza, el agua de sus ríos se hace abrazo y la arquitectura atractivo de arte, comportan un conjunto estético de fuertes y variados imanes entre los que no pueden sentirse ajenos quienes a Cuenca lleguen. Tras escalar parte de la ciudad sobre ruedas, el viajero pisa suelo conquense en la plaza Mayor, echa una ojeada a los atractivos de la misma y detiene su tiempo en la Catedral, porque aquí se diluyen las horas en armonías perfectas. Sigue por la calle San Pedro hacia su iglesia templaria, donde pone sello la firme actitud de la beata de Villar del Aguila. Cerca de aquí, le cuentan al viajero algo sobre la Casa del Duende, “que no tiene puerta”.

Otra de las grandes fascinaciones de Cuenca son estas leyendas; quizá por ello la fantasía en la narrativa de Raúl Torres y en la poesía de Federico Muelas, en el saber y el embrujo de Miguel Romero Saiz y el darse en su conocimiento o fluir, reseña a reseña, en los análisis literarios de Florencio Martínez Ruiz.

Firtaleza Árabe
Murallas romanas

La parte más alta de la ciudad es el barrio del Castillo, y podíamos incluir también el cerro de San Cristobal y su zona cristiana. Nos dicen que por aquí los franceses hicieron de las suyas: nos hablan, de la Custodia conquense, como golpe sacrílego de los gabachos, y uno no sabe si esta información pertenece a la realidad o al poder imaginativo de las leyendas.

Desde el Mirador del Júcar gozamos la magnitud de la naturaleza, algo que se repite cuando, a contra mano, contemplamos la Hoz del Huécar y el cerro del Socorro, así como también lo que el hombre supo hacer en su modo arquitectónico y aprovechando aquélla, ya nos detengamos a contemplar edificios con esencias de siglos, como fue el Monasterio Paulino (hoy parador Nacional) o el que años pasados se construyó para Conservatorio.

Parador y puente de San Pablo

La estrecha calle de Julián Romero: arcos, cuesta, rejería… Y la vista de la Hoz, del tajo, que nos ofrece el Huécar con el atractivo del Puente de San Pablo y los pequeños huertos o patios ajardinados que brindan algunas casas de su entorno, próximo ya el Mirador de Florencio Cañas en su placita, desde donde se disfruta la cercana maravilla de la naturaleza que habíamos contemplado más arriba y a mayor altura.

Hoces y el río Jucar

Tras una breve atención en la posada de San José, tomamos la calle de San Nicolás para llegar a su plaza y a su iglesia; la calle del Fuero y la plaza de la Merced. Disfrutamos de los rincones de unas plazas recoletas, sobre todo esta última, el Seminario y el Museo de la Ciencia. Es este rincón de la pequeña plaza de la Merced un lugar para dejarnos llevar en la retrospectiva de los años, como si el paso de los siglos no imprimiera velocidad a nuestro tiempo; tiempo y edades que se conjugan en Torremangana mientras admiramos la torre de su nombre, que nos retrotrae al siglo XVI, y miramos, ya de nuestros días, el monumento a la Constitución.

Posada de San José

Cuenca, lo hemos significado antes, es también una ciudad de miradores, y aquí, en esta plaza, no hay que dejar de asomarse al que se ofrece sobre  el Júcar, evidenciando el “agua verde, verde, verde” que Gerardo Diego cantó en su inmortal Romance, recordar la variedad poética de la consorte conquense Acacia Uceta y su esposo Enrique Domínguez Millán, y admirar al fondo las torres de la Ermita de la Virgen de la Luz, patrona de la Ciudad. Hay que bajar al Barrio de la Judería, a la iglesia de San Miguel, ganando altura más tarde por el callejón de las Ánimas y regresar a la plaza Mayor para reincidir y recrearnos nuevamente en la joya del Gótico, como ejemplar único, que es su Catedral.

 

 

Como dice la poetisa Aurora Gómez Blazquez en sus versos: “Cuenca decora las murallas de Roma”

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