UN 16 DE JULIO CAMBIO LA HISTORIA DE ESPAÑA, por Luis Manuel Moll Juan

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LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

 

El efecto de la Batalla de las Navas de Tolosa fue la hecatombe para el imperio Almohade en la Península Ibérica. Con esta histórica victoria de la alianza cristiana se había iniciado el declive del dominio musulmán de España. La Batalla de las Navas de Tolosa, fue sin duda, la batalla más importante de la Reconquista. Gracias a ella, las mujeres de España y posiblemente de Europa no llevan el velo hoy en día.

Una batalla que se libró en España y salvó del poder almohade a toda Europa.

Llano de las Américas.  Campo de batalla 
-Cerro de los Olivares: Lugar donde se situaban inicialmente las tropas almohades con Al-Nasir -El Empedraíllo-Puerto del Rey: Calzada medieval por la que descendió el ejército cristiano en busca de la Mesa del Rey -Mesa del Rey: Altiplanicie donde se apostó el ejército cristiano los dos días previos a la batalla y desde donde dominaban perfectamente el campo de batalla y la posición almohade. Llano de las Américas: Llanura donde aconteció la batalla campal el lunes 16 de Julio de 1212. -Cerro de las Américas: Enclave donde se situó la tienda del Miramamolín Al Nasir y el ejército almohade para la batalla, y donde tras tomar la tienda se puso fin a la battalla. 
Muhammad an-Nasir
Sancho VII de Navarra
Alfonso VIII de Castilla
Pedro II de Aragón

Aquel 16 de julio de 1212, tres reyes castellanos,  Alfonso VIII de Castilla, de Pedro II de Aragón, de Sancho VII de Navarra y un nutrido de  tropas portuguesas de Afonso II y del rey de León Alfonso IX, se unieron para combatir a un enemigo:  el bendecido por Alá y califa almohade Muhammad an-Nasir, llamado Miramamolín por las fuentes cristianas, por adaptación fonética de su sobrenombre de «Amir al-Mu'minin»

La Ibérica España estaba casi totalmente perdida. Todavía se recordaba la derrota de Alarcós en el 1195 y la pérdida del castillo de Salvatierra que eran los preludios negativos de lo que se avecinaba.

Las fuentes no se terminan de decidir el número de castellanos cristianos que formaban las tropas cristianas. Se hablan de cifras muy dispares lo que si que se sabe es que estaban divididas entre los siguientes reinos:

Las tropas castellanas al mando del rey Alfonso VIII de Castilla, junto con varias milicias urbanas de concejos castellanos o milicias concejiles, entre ellas las de Medina del Campo, Valladolid, Segovia, Soria, Ávila, Almazán, Medinaceli, Béjar y San Esteban de Gormaz. Entre las tropascristianas destacaba la mesnada real, que constituía la guardia personal del rey y los caballeros que formaban parte de su séquito habitual.

Tropas cristianas de la época

Las tropas de los reyes Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón. Entre las tropas del Pedro II de Aragón se encontraban los obispos de Barcelona, Berenguer de Palou y Tarazona, García Frontín I así como Sancho I de Cerdaña. Las tropas del rey de Aragón al año siguiente lucharían en la batalla de Muret donde moriría entre otros el alférez real Miguel de Luesia. Aproximadamente se congregaron mil caballeros del rey de Aragón y unos doscientos navarros. El ejército aragonés no solo contaba con caballeros aragoneses, sino que también acudieron de sus dominios occitanos. Algunos caballeros portugueses y leoneses combatieron voluntariamente, pero sus reyes Alfonso IX de León y Alfonso II de Portugal rechazaron el llamamiento de Alfonso VIII y el papa por conflictos entre ellos y con Castilla. Por ello, Alfonso VIII pidió la mediación pontificia para evitar ser atacado por otros reinos peninsulares. Inocencio III accedió y amenazó con la excomunión a todo aquel que se atreviera a violar la paz mientras los castellanos lucharan contra los musulmanes. Este hecho contrasta con lo sucedido años atrás, cuando el mismo papa había obligado al monarca castellano, sin éxito, a devolver esos castillos a Alfonso IX, que eran los que causaban el litigio entre los reyes castellano y leonés.

Las tropas (freires) de las órdenes militares de Santiago, Calatrava, Temple y Hospital de San Juan. Eran caballeros fuertemente pertrechados y especializados en la guerra, que formaban parte de las fuerzas permanentes al servicio del ejército cristiano. No sería un gran número de caballeros, pero cada freire contaba con un escudero a caballo y uno o dos peones. Un contingente de cien freires podían suponer un cuerpo de medio millar de efectivos en el combate. Además, su disciplina y jerarquización los convertía en una fuerza de élite, que habitualmente se integraba en las grandes batallas en la mesnada real o militia regis, que tenía como obligación constituir la guardia personal del rey y estaba formada por los nobles del séquito regio. Junto con los caballeros de las órdenes militares habría que incluir las guarniciones de los castillos, que en gran parte estaban defendidos por freires de estas órdenes militares, pero no solo por ellos. Los castillos más importantes y expuestos al ataque enemigo (como los de Calatrava, Consuegra o Uclés) podían llegar a contar con una guarnición de cincuenta caballeros, a los que habría que añadir los peones. Pero había fortalezas guarnecidas por dos o tres caballeros y muchas estaban defendidos por una decena o dos de caballeros y medio centenar de hombres en total.

Un gran número de cruzados (Alfonso VIII los cifra en 2000, aunque las fuentes medievales suelen exagerar) provenientes de otros estados europeos o ultramontanos, llamados así por haber llegado desde más allá de los Pirineos. Estos guerreros, en su mayoría franceses, llegaron atraídos por el llamado del papa Inocencio III, quien a su vez había sido contactado por el arzobispo de Toledo, Jiménez de Rada, por encargo del rey de Castilla. La mayor parte de ellos no llegó a participar en la batalla, ya que abandonó el ejército antes de entrar en liza. Entre los convocados extranjeros figuraban también varios obispos, como los de Nantes o Burdeos. Quedaron unos 150, occitanos sobre todo, con el arzobispo de Narbona Arnaldo Amalric, cuya archidiócesis era una importante sede vinculada a la Corona de Aragón.

Caballero Cruzado

Las fuerzas musulmanas se componían de una alta cifra de hombres y, como en el bando cristiano, se desconoce el número de combatientes, lo que es cierto es que eran considerablemente superiores en número al bando cristiano.

El ejército cristiano tenía un tamaño ciertamente respetable, pero el gran número de tropas convocadas por el califa almohade Muhammad an-Nasir (Miramamolín para los cristianos) hacía que pareciera pequeño a su lado.. Su composición no era menos heterogénea que la de su oponente. Además del ejército regular, que estaba profesionalizado y dependía del Estado, se componía de levas temporales (reclutamientos forzosos) y de voluntarios yihadistas. El ejército regular estaba formado, a su vez, por diferentes etnias y tribus: bereberes almorávides, otras tribus bereberes, árabes (caballería ligera, especialistas en la táctica del tornafuye), andalusíes, kurdos (los agzaz, la caballería ligera de arqueros), esclavos negros de la guardia personal del emir e incluso mercenarios cristianos, como fue el caso de Pedro Fernández el Castellano, que combatió en el bando almohade en la batalla de Alarcos (1195).

En primera línea se situaban los peones voluntarios, encargados de entrar en combate los primeros contra las filas enemigas, aunque su preparación militar era muy irregular y su valor como tropa, escaso. Muchos acudían a la llamada desde la yihad o guerra santa de todos los rincones del mundo islámico.

Inmediatamente detrás se situarían arqueros, ballesteros, además de peones armados con jabalinas y caballería ligera que podía desplazarse con rapidez hacia los flancos, y que también podía utilizar lanzas arrojadizas. Un cuerpo fundamental era el contingente de arqueros a caballo kurdos conocidos como agzaz. Esta unidad de mercenarios de élite había llegado a la Península tras haber sido capturados en lo que ahora es Libia durante la guerra que mantenían los almohades del Magreb con los ayubíes de Egipto. Todo este despliegue tenía como fin recibir la primera carga del enemigo y lanzar sobre él dardos.

Tropas árabes de la época

El grueso del ejército regular almohade (formado por cuerpos heterogéneos) se encontraba en una segunda línea o haz detrás de los peones voluntarios, con la potente caballería andalusí, cuyo armamento era similar al de los caballeros cristianos, y la caballería ligera almohade y árabe, que había sido muy eficaz contra los ejércitos cristianos maniobrando por los flancos. La mayoría de sus veteranos y bien armados hombres procedían del noroeste de África, pertenecían a tribus árabes y guerreaban con rápidos movimientos de caballería.

En la retaguardia otro haz del ejército regular almohade y tras él, formando una apretada línea en torno a la tienda personal del sultán, se encontraba la llamada Guardia Negra (también denominados imesebelen), integrada por soldados-esclavos procedentes de zonas subsaharianas, que protegían con sus grandes lanzas dispuestas hacia el enemigo y las conteras apoyadas o clavadas en el suelo el palenque o recinto fortificado (mediante objetos del bagaje, los recipientes de las flechas, bestias de carga e incluso camellos) en que se encontraba la tienda del emir. La Guardia Negra era un cuerpo de élite que conformaba la guardia personal del emir, y cuya misión era protegerlo hasta el final de la batalla. Finalmente, lo reforzaban arqueros y ballesteros. En las Navas este dispositivo de la zaga del ejército islámico se situó en una colina (posiblemente el cerro de los Olivares), lo que aumentaba la seguridad y permitía al califa una mayor visibilidad para seguir el curso de los acontecimientos de la batalla

El 12 de julio, las tropas cristianas se encaminaron hacia la zona rasa en que se encontraban acantonados los musulmanes. Es decir, Navas de Tolosa, o llanos de La Losa, puntos cercanos a la localidad de Santa Elena (donde se ha abierto un Centro de Interpretación de la Batalla), al noroeste de la provincia de Jaén. La previsión era, pues, librar una gran batalla campal. Sin embargo, An-Nasir decidió cortar el acceso del enemigo al valle, y para ello situó hombres en puntos clave, de forma tal que los cristianos quedaron rodeados por montañas, y por tanto con una muy limitada capacidad de maniobra.A pesar de todo, los cristianos consiguieron superar la adversidad: harían el movimiento de aproximación al enemigo por el oeste, a través de un paso llamado Puerto del Rey, que les permitió cruzar la sierra para luego, ya en terreno llano, marchar contra el rival. Cuentan las crónicas castellanas que quien reveló a las tropas la existencia de esta senda fue un pastor local, a quien algunos autores identifican con Martín Alhaja, mientras otros relatos atribuyen la revelación del paso a San Isidro, polémica que generó encendidos debates en el siglo XVIIILos ejércitos cristianos llegan el viernes 13 de julio de 1212 a Las Navas, y se producen pequeñas escaramuzas durante el sábado y domingo siguientes. El lunes, 16 de julio, atacan a las huestes almohades. Se dispusieron en tres haces o líneas de cuerpos de ejército.

BATALLA DE NAVAS DE TOLOSA- Francisco de Paula van Halen-COLECCION-DEL-SENADO

Tras una carga de la primera línea de las tropas cristianas, capitaneadas por el vizcaíno don Diego López II de Haro, que hicieron huir a la vanguardia de voluntarios musulmanes, los almohades, que doblaban ampliamente en número a los cristianos, realizan la misma táctica que años antes les había dado tanta gloria. La caballería ligera y los arqueros de la vanguardia, poco armados pero ligeros, simulan una retirada inicial frente a la carga para contraatacar luego, conocida táctica de los ejércitos islámicos conocida como tornafuye, con el apoyo final del grueso de sus fuerzas de élite en el centro. A su vez, desde los flancos de caballería ligera almohade, equipada con arco, tratan de dañar a los atacantes realizando una excelente labor de desgaste, y finalmente, las haces centrales andalusíes y bereberes rematarían la maniobra envolviendo al ejército cristiano gracias a su mayor número de tropas. Recordando la batalla de Alarcos, era de esperar esa táctica por parte de los almohades.

Sin embargo en este caso, ante el peligro de verse rodeados por el enorme ejército almohade, Diego López II de Haro ordenó estabilizar el haz, y mantener una línea de frente sin internarse excesivamente en el ejército enemigo persiguiendo a los fugitivos voluntarios y a la caballería ligera. En ese momento, el haz central del ejército almohade avanzó hacia la línea de López de Haro, que comenzaba a flaquear ante la duración del esfuerzo anterior y el hecho de que su avance había sido en subida. Mientras, la caballería andalusí comenzó el movimiento envolvente. Este punto crítico de la batalla sucedió al mediodía, y se mantuvo con movimientos de ataque y contraataque a lo largo de bastante tiempo sin que la iniciativa se decantara claramente por ninguno de los bandos. Posiblemente, en un momento de la batalla, el avance y maniobra envolvente desde los flancos de las tropas almohades estuvieron a punto de decidir la victoria.

En ese punto Alfonso VIII ordena rechazar los avances por los flancos del enemigo, para sostener un haz central sólido. Es entonces cuando entraría en juego el grueso de la caballería cristiana, quizá la aragonesa por el flanco izquierdo y la navarra y concejil por el derecho, o incluso con un movimiento de la caballería castellana hacia el flanco más débil. En todo caso, el bando cristiano consiguió detener a los musulmanes en los flancos, y estabilizar de nuevo las haces.

Finalmente, ya entrada la tarde, Alfonso VIII ordenó el avance en bloque de toda la retaguardia cristiana, poniendo en combate la mejor parte de sus tropas, la caballería pesada y todo el resto del ejército en un esfuerzo de avance intenso que hizo ceder la estabilidad de las líneas islámicas hasta obligarlas a su retirada. Cuando se produjo la desbandada, la multitud de efectivos musulmanes agravó la situación y los cristianos lograron acceder hasta el real de An-Nasir, de donde, a pesar de su feroz y temida“guardia negra” tuvo que huir precipitadamente. Según las fuentes más fiables, la ocupación del palenque se llevó a cabo prácticamente a un tiempo por parte de castellanos por la derecha y aragoneses por la izquierda, por lo que la leyenda de que fue el rey de Navarra quien accedió el primero al real almohade ha de ser rechazada. Esta leyenda es una recreación posterior que sirvió para dar origen a las cadenas del escudo de Navarra. Como se ha visto, el real no estaba fortificado por cadenas, sino que era un elemento que en ocasiones utilizaba la guardia personal del califa para que no tuvieran la tentación de huir, aunque este aspecto pudo ser ocasional y hasta legendario, pues difícilmente se puede pensar en que un cuerpo de élite vaya encadenado, ya que disminuiría mucho su capacidad para el combate.[cita requerida]

Carga de la caballería Árabe.

Tras la retirada almohade, el ejército cristiano emprendió la persecución hasta la caída del sol, movimiento final habitual que servía para adquirir el botín de guerra. El alcance (o persecución) se extendió por espacio de unos veinte o veinticinco kilómetros.

La precipitada huida a Jaén de An-Nasir proporcionó a los cristianos un ingente botín de guerra. De este botín la leyenda propagó que se conserva el pendón de Las Navas de Tolosa en el monasterio de Las Huelgas en Burgos. Sin embargo, el célebre pendón de las Navas de Tolosa fue un trofeo conseguido por Fernando III de Castilla en la conquista del valle del Guadalquivir a mediados del siglo XIII

Sancho II rompiendo la barrera de la Guardia Negra

Las consecuencias de esta batalla fueron decisivas. Aunque no supuso el fin del Imperio almohade la derrota militar conllevó un significativo declive de los almohades en la península ibérica y el Magreb la década posterior. También dio un impulso a las conquistas cristianas posteriores. A partir de entonces, el nieto de Alfonso VIII, Fernando III de Castilla, tomó Córdoba en 1236, Jaén en 1246 y Sevilla en 1248; luego tomó Arcos, Medina-Sidonia, Jerez y Cádiz. En 1252, Fernando preparaba su flota y ejército para la invasión de las tierras almohades en África. Pero murió en Sevilla el 30 de mayo de 1252, durante un brote de peste en el sur de Hispania. Solo la muerte de Fernando impidió que los castellanos llevaran la guerra a los almohades en la costa mediterránea, Jaime I de Aragón conquistó las Islas Baleares (desde 1228 en los siguientes cuatro años) y Valencia (la ciudad capituló el 28 de septiembre de 1238).

En 1252 el imperio almohade estaba casi acabado, a merced de otra potencia africana emergente. En 1269, una nueva asociación de tribus africanas, los meriníes, tomó el control del Magreb y la mayor parte del antiguo imperio almohade estaba bajo su dominio. Más tarde, los meriníes trataron de recuperar los antiguos territorios almohades en Iberia, pero fueron definitivamente derrotados por Alfonso XI de Castilla y Alfonso IV de Portugal en la Batalla del Salado, el último gran encuentro militar entre grandes ejércitos cristianos y musulmanes en Hispania.

Las consecuencias inmediatas de la batalla fueron: los cristianos obtuvieron el control de algunos pasos de Sierra Morena, los castillos de Vilches, Ferral, Baños de la Encina y Tolosa. La adquisición de Baeza se debió a que había sido abandonada por los musulmanes, y en lugar de ocuparla inmediatamente, la destruyeron. Úbeda fue conquistada por asedio, pero los cristianos la tuvieron que abandonar pasados pocos días.

La fortaleza de Calatrava la Nueva, cerca de Calzada de Calatrava, fue construida por los Caballeros de la Orden de Calatrava, utilizando prisioneros musulmanes de la batalla de Las Navas de Tolosa, entre 1213 y 1217. Llevando a cabo un arduo proceso de reevangelización del territorio que comprendía la construcción de nuevos templos y santuarios y la reconstrucción de los primitivos edificios visigodos como el santuario de Santa María del Monte de Bolaños de Calatrava.

Por otro lado supuso el dominio definitivo de la llanura manchega con la posterior conquista de la fortaleza de Alcaraz un año después

Fuente:  https://es.wikipedia.org/wiki/Wikipedia

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