EL QUIJOTE, por Miguel Romero Saiz. Cronista Oficial de la Ciudad de Cuenca.

“Por la libertad, uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.”

Miguel de Cervantes escribió “el Quijote de la Mancha” y lo hizo postulando la libertad como fundamento de lo humano, para advertirnos que “cada cual es artífice de su ventura” en los casos propicios, ya que también es limitado y sometido a la suprema ley: vivir como se pueda.

La obra de Cervantes es, sin duda, un documento social y fiel reflejo de sus días, pero es también una obra de un creador que trasciende y desborda su época y por ello es aplicable a todas las épocas:

 

 “Bien podrían los encantadores quitarme la ventura; pero el esfuerzo y el ánimo será imposible.”

El Quijote de la Mancha, es la obra maestra del dramaturgo, poeta y novelista Miguel de Cervantes. Es una caricatura perfecta de la literatura caballeresca y sus dos personajes principales encarnan los dos tipos del alma española, el idealista y el soñador que olvida las necesidades de la vida material para correr en pos de inaccesibles quimeras, y el positivista y práctico, Sancho.

Sobre la base de un país que conocía bien, Cervantes inventó una geografía, en parte real y en parte imaginada. El espacio o medio geográfico que él utiliza es deliberadamente impreciso creando con ello el germen necesario para la interpretación subjetiva personal que haga de esta obra un sueño casi eterno y del lector un empedernido viajero.

Podríamos aquí aplicar esa máxima del romántico alemán Novalis cuando en su aforismo afronta con énfasis: “cuando soñamos que soñamos estamos empezando a despertar”, porque lo que Cervantes creó se ajustaría perfectamente a la frase de Borges cuando dice que “el hidalgo fue un sueño de Cervantes y don Quijote, un sueño del hidalgo.”

 

Está claro que el autor cervantino busco sus caminos de libertad. Quiso crear, en boca de personajes sacados de la misma realidad, un manantial de aforismos, moralejas, refranes, metáforas y conclusiones que enlazaran esa búsqueda de la verdad, de ese deseo de vida que su alma ansiaba en un mundo, por entonces, necesitado de ello.

Cervantes concibe la novela como historia poética: no hace falta atenerse estrictamente a la verdad de los hechos (las historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la semejanza della, y los verdaderos tanto son mejores cuanto son más verdaderos (Quijote II, 57) pero no puede rebasarse nunca la verosimilitud; basta con referir “lo que pudo ser” por disparatado que parezca:

 

“Que entonces la mentira satisface

Cuando verdad parece y es la escrita

Con gracia, que al discreto y simple aplace.”

Cervantes recurre al viaje, dicho está, y lo hace como vía propia y personal de escape: “ese riquísimo simbolismo del viaje como esa búsqueda de la verdad, de la paz, de la inmortalidad, como buscando un centro espiritual.” Si no queremos ahondar tanto, al menos es incuestionable que la salida del hidalgo manchego responde al alocado aventurismo de la acción, teniendo un sentido justificador: por lo menos, la comprobación de la entidad en viejos ideales caballerescos como medio de vida.

Don Quijote comenzó a caminar por los extensos campos de La Mancha cabalgando sin cesar, a veces todo el día, sin descansar en agotadoras jornadas. Es, simple y llanamente, un manchego transfigurado en héroe homérico y su patria es de donde sale y a donde vuelve, La Mancha.

Sale de cualquier sitio y pasa por muchos y muchos lugares, entre ellos, San Clemente, no hay duda.

Dibujo Marcel Nino Pajot

Su caminar puede ser por uno u otro camino, es lo de menos, pero en el pensamiento de cada frase y de cada andanza se encuentra su metafísica ideológica y personal. Busca lugares que ya conoce, en sueños, se adentra en territorios perdidos que su amo, Cervantes, le indica como necesarios para meditar el tiempo y, desde la amarilla Mancha asciende por el río Júcar como siguiendo la sinfonía del agua.

Por eso, la interpretación de esta obra es la esencia misma de su contenido. Cada lector vive su propio Quijote y lo analiza como algo personal, algo muy suyo, en el que cada momento descrito le suscita vivencia íntima.

Sigues el viaje y lo haces tu mismo desde la óptica de una lógica común, en un contenido ajustado al proceso orográfico real, sin mediar su controversia, sin desviar la atención del propio proceso que le conduce hacia ese lugar reflejado. Así, traduces, transcribes, casi inventas y sigues, en esa misma pauta de su propio creador.

Tal es así, que la música tiene el mismo significado que el proceso textual y te sumerge en la improvisación y en la creación reflexiva, buscando las fórmulas que definen los diferentes periodos evolutivos. En el Barroco, momento de nacimiento de la obra, las fórmulas básicas de entonces abrían el camino de la sonata o de la sinfonía, con instrumentos característicos del momento: la familia del violín, el oboe, el fagot, el timbal, la guitarra, sin dejar de usar otros de tiempos anteriores, tales como la trompeta, el arpa o el clavicémbalo. (Recordamos como antes de aparecer la segunda parte del Quijote se estrenaba en París en 1614 la obra “Le ballet de Don Quichot dansé para Mrs. Sautenier”.

Al analizar las múltiples conexiones que esta obra tiene con la música, en la que los compositores se sienten fascinados e inspirados por el caballero errante que sale por el mundo con su criado Sancho Panza, para crear las más bellas piezas operísticas, coreográficas, sinfonías y ballets…, nos lleva a una y otra partitura en momentos de sensación idílica, romántica, sensorial. En el Romanticismo se prestó una gran atención al Quijote pues reunía las premisas fundamentales que definían su emblema. Así, obras tales como “Don Quijote” de Manuel García en 1827 o la de Ventura de la Vega, “Don Quijote en Sierra Morena” y “La Venta encantada” nos elevan al misticismo de la letra, creada en este caso por Gustavo Adolfo Bécquer y de la melodía precisa en aquel maestro Antonio de Reparaz.

No existe una obra literaria española con mayor repercusión en la música que ésta. El crítico Enrique Franco, en su artículo “El Quijote en la música romántica” intenta dar una explicación. Ortega y Gasset, siempre clarividente, nos proporciona algunas luces, “no existe libro alguno cuyo poder de alusiones simbólicas al sentido universal de la vida sea tan grande y, sin embargo, no existe libro alguno en que hallemos menos anticipaciones, menos indicios para su propia interpretación.”

Julián Marías nos avisa: “la unidad elemental de esta obra es la aventura; fiel a la técnica de los libros de caballerías, Cervantes compone su novela como un encadenamiento de aventuras que sucesivamente acontecen al hidalgo y a su fiel escudero. La fluencia de sus vidas está articulada por ellas, y por otra parte se intercalan los episodios y relatos ocasionales, ajenos al verdadero cuerpo de la narración –Marcela y Crisóstomo, Luscinda y Cardenio, la hija del oidor, el cautivo, el curioso impenitente-; pero por debajo de todo ello se va tejiendo la figura total del Quijote, con el esencial complemento de Sancho, y en ella se va decantando el peso de todas las aventuras que en rigor son tangentes a la pretensión en que consiste la personalidad de Don Quijote, lo que pudiéramos llamar en un sentido preciso el quijotismo.”

 
Marcel Nino Pajot

El protagonismo dual de uno y otro personaje, la riqueza de cuanto sucede en torno suyo, la vitalidad de unas historias recreadas por Cervantes o imaginado por su genio hacen del Quijote un mundo cuya riqueza de perspectivas permite al músico dotado de talento internarse por sus galerías para sacarles la punta de una expresión distinta, mientras los menos o nada dotados de auténtica palpitación artística se entretienen en la descripción, hacen historia cómica y hasta pintoresquismo más o menos localista; algo reñido con la universalidad que alienta la obra cervantina.

Al igual que el Quijote describe constantes viajes, parajes contrapuestos, cautivándole el medio geográfico y la realidad histórica y vivencial; al igual que sigue inspirándole la herencia literaria, el acervo folclórico y costumbrista, la cultura popular, el paisaje y el contenido tradicional que él había vivido y estaba viviendo en esa sociedad del momento; le va a suceder en la música al tener que integrarla por completo en una partitura musical ya que está repleta de situaciones, historias y escenas perfectamente abordables en grandes y pequeñas formas musicales.

Una obra viva, ingeniosa, aduladora, creativa, burlesca, sugestiva, y cuantos otros calificativos queramos aducir abren el riesgo al infortunio, a la partitura rocambolesca, a la pantomima como “El imperio de la locura o Muerte y apoteosis de Don Quijote” firmada por el francés Julien Vavoigille en 1822 o, por el contrario, nos conduce a un momento de fuerte vivencia, tan real como el propio sentimiento y el amor, en esa obra “Don Quijote y Dulcinea” de Maurice Ravel en pleno siglo XX (1932).

Una obra, el Quijote, que va a permitir la música simplemente descriptiva y también la música de gran aliento y que puede remontarse sobre la anécdota, intentando captar sus valores más trascendentes y universales.

Un texto que permite a un tiempo un enfoque clásico y romántico, impresionista o expresionista y que es capaz de adaptarse a la música serial o a la electrónica. No es de extrañar, pues, que compositores de todos los países y épocas se hayan enfrentado con las inmensas dificultades de una obra tan compleja y rica en matices.

Ahí está esa gran obra de Manuel de Falla, “El retablo de Maese Pedro”, escrita y estrenada en 1923 y cuya base se centra en un texto casi literal del capítulo XXVI de la segunda parte del Quijote y que tiene la gran virtud de captar en una obra breve el espíritu de la novela cervantina. D. Quijote asiste a una representación de títeres donde Don Gaiferos, Don Roldán, el emperador Carlomagno y la hermosa Melisendra, secuestrada por el rey Marsilio, escenifican una historia caballeresca. Don Quijote acaba participando directamente en la trama y, por rescatar a Melisendra de los moros que la persiguen, destroza el tenderete, para cantar al fin las glorias de la caballería y ofrendar su triunfo a Dulcinea. No cabe una mayor fidelidad a la letra y una mejor interpretación de la autenticidad del personaje.

Marcel Nino Pajot

La música en Cervantes.

El Quijote es un texto esencialmente polisémico y destinado al contraste de la vida misma, teniendo la complejidad de esa vida humana por lo que su condición de estímulo para la reflexión y el descubrimiento inacabado es la mejor garantía de perennidad.

Por eso en el capítulo XLVI de la Segunda Parte, Don Quijote muerde presto el anzuelo dispuesto por Altisidora: “Haga vuestra merced, señora, que se ponga un laúd esta noche en mi aposento, que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella.” Cuando Alonso Quijano se retira, recuperada la desmayada Altisidora, ésta apostilla: “Menester será que se le ponga el laúd, que sin duda don Quijote quiere darnos música y no será mala, siendo suya.”

Poco podría imaginar nuestro hidalgo caballero que si bien aquella misma noche recibió burlas y laúdes, años después de su muerte habría de contar en todo el mundo no sólo un sinfín de óperas que glosaron su triste figura, sino con innumerables agrupaciones instrumentales, orquestas de cámara y sinfónicas que describieran las disparatadas desventuras vividas en una Mancha sin medida. La historia de don Quijote condujo a los más importantes compositores de cada época a traducir la sinrazón universal de nuestro héroe más allá de toda lengua, a ese otro lenguaje de medidas e igualmente desmesurado que es la música.

Si en la obra literaria cada personaje tiene sus propias coordenadas de verdad, mentira, sueño, realidad, todo variable e intermitente, incluso el tiempo es vacilante, (lo que en muchos momentos para Sancho es una hora, para Alonso Quijano son tres días), la música quijotesca, esa música surgida de la propia novela que recoge todas aquellas manifestaciones musicales inspiradas en el relato cervantino, constituyen una creativa interpretación de la dimensión plural de la propia novela, una lectura singular que alumbra y a la vez, traiciona al infortunado caballero al tiempo que desvela las expectativas que los más variados auditorios han depositado sobre este afortunado disparate.

Ésta y otras situaciones que se dan permiten adaptar el concepto musical a sus propias vivencias, devaneos o vicisitudes, pues cuando el lector en su pausada lectura asiste atónito a ese vaivén de verdad y a la maravilla del juego (lo mismo asiste a una serie de paisajes majestuosos con un Quijote en trance que vive la más cruda realidad hasta casi su degradación) o cuando viaja y viaja sin cesar, recorriendo campos llenos de mies, encontrando a labriegos, aldeas blancas, pastores, truhanes, viviendo el canto, la romería o las tradiciones, comprobamos esa condición irremplazable de testimonio de una de las etapas más importantes de la música española en sus constantes referencias a las danzas, romances y canciones, instrumentos y costumbres de una sociedad heredada de los mejores hallazgos del Renacimiento musical y prometedora de sus mayores virtudes en las puertas del barroco.

 

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