EL EREMITORIO O DESIERTO CARMELITANO NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN, por Teresa Palomino. Escritora

 
 
 
 
 
Música recomendada
Vivaldi – Complete Cello Concertos, Raphael Wallfisch

TRADICIÓN, LEYENDAS, HECHOS MILAGROSOS

 

Eremitorio del Desierto carmelitano de Bolarque (1592-1836)

 

 

El territorio de Castilla La Mancha y en la denominada Alcarria, adyacente a Buendía, Cuenca, y aledaños, subyacen restos, señas de identidad de un pasado del que deberíamos sentirnos orgullosos. Desde tiempos remotos nuestros ancestros, pescadores y recolectores, hasta nuestros días, las diversas civilizaciones nos han ido dejando su historia en un territorio, a veces agreste y salvaje en aquellos tiempos y escasamente poblado. ¿Qué buscaban?, caza y terreno para cultivar pero sobre todo agua, y de eso había en abundancia. En este entorno se quiso ubicar lo que se dio en llamar Desierto Carmelitano y, con muchas reticencias, económicas, al entender que lo que se pretendía con estos eremitorios era reformar su Regla, y el Vicario General  de la Orden accedió a ello. La idea primitiva se basaba en imitar a los eremitas del Monte Carmelo y, siguiendo sus pasos e ideas, se fundó el 16 de agosto de 1592 con el nombre de Ntra. Sra. del Carmen de Bolarque, en la sierra de Anguix, en una meseta inclinada hacia el río Tajo, el primero de los seis que se construyeron posteriormente, siendo los verdaderos impulsores: Fray Tomás de Jesús, Fray Alonso de María, primer prior, y Fray Bartolomé de San Basilio que que permaneció en él durante ocho años.. Fray Alonso de Jesús escribió:

 “Nuestra religión, por conservar su más propio espíritu, ha hecho unas casas de Desierto, donde se vive como vivieron nuestros santos primitivos, sin trato ni comunicación alguna, en continua oración y silencio…”

 

Grabado de Salcedo .Ilustración española y americana.1884

 

La primera construcción fue un pequeño habitáculo fabricado de madera y ramas, la comida era escasa, alimentándose de frutos silvestres y de unas hierbas que cocían de un sabor muy amargo. Su creación tenía, como principal cometido, la edificación de pequeñas ermitas diseminadas por el monte, siendo las tres primeras:

SAN ELIAS: Bajo los auspicios de la Duquesa de Feria, quedando como tradición que cada ermita fuera erigida y pagada por personas externas de linaje y poder económico.

SANTA CATALINA, la de SAN FRANCISCO Y STA MARIA EGIPCIANA: Propiedad de los Contreras, grandes mecenas del mismo).

En 1619 un incendio destruyó el monasterio, volviéndose a reconstruir, llegando en el siglo XVIII a tener 32 ermitas de tres tipos:

Las “ermitas-vivienda” de unos 15 pies de lado estaban diseminadas por el monte, eran cuadradas con oratorio, celda y chimenea para cocinar.

Las “ermitas de devoción u oratorios”, por los caminos y,

La “ermita-portería” a la entrada del recinto interior.

 

Plano del Real Sitio y Santo Desierto de Bolarque

NOMBRE Y NÚMERO DE ERMITAS:

 

 

  • v Virgen del Carmen, haciendo las veces de portería, situada próxima al río y patrocinada por la marquesa de Camarasa.
  • v De los Apóstoles Pedro y Pablo, financiada por don Diego Daza.
  • v San Hilarión, erigida por don Fernando de Espejo.
  • v Santa Teresa, fundada por Fray Martín.
  • v San Elías, una de las primeras y por tanto ubicada a la subida al convento. Duquesa de Feria.
  • v Las de S. Francisco y Sta. María Egipciaca, como ya se dice más arriba, fueron las primerizas junto con la de San Elías, por la familia Contreras.
  • v Santa Catalina, igualmente de las primeras en construirse, y sufragada por Jorque Manrique.
  • v San José, al norte, erigida por Pablo González.
  • v San Juan Evangelista, una de las más alejadas del edificio conventual, patrocinada por los duques del Infantado.
  • v De San Ildefonso, entre la arboleda: la condesa de Cifuentes, el conde de Puñorostro y doña Mayor Méndez, fueron sus benefactores.
  • v De la Magdalena, por los duques de Medinaceli.
  • v Del Nacimiento, junto al camino del río: por doña María de Granada.
  • v San Juan Bautista, bastante paupérrima, construida y costeada, de inicio, por los propios frailes; más tarde por el Almirante de Castilla, la condesa de Lemos y doña María Fajardo.
  • v San Francisco Javier, los duques del Infantado
  • v Jesús Nazareno, junto a la Sala Capitular, marquesa de Palacios.
  • v San Francisco, oratorio, marqués de Valpardo.
  • v Santísimo Cristo de la Misericordia; por don Francisco y don Gaspar Coronel.
  • v Santa Ana y oratorio de San Gregorio, los frailes carmelitas.
  • v San Antonio Abad; existieron dos bajo la misma advocación; una por el marqués de Balbueno y la otra por la marquesa de Estepa.
  • v Santa Bárbara, duque de Abrantes.
  • v Santo Tomás de Aquino, erigida por los frailes carmelitas.
  • v San Joaquín, oratorio, por don Manuel Delgado.
  • v San Juan de la Cruz, marqués de Campo Florido.
  • v San Joaquín y San José, oratorio; duquesa de San Esteban.
  • v Sra. de las Angustias, condesa de Luna.
  • v Del Humilladero del Santísimo, por la duquesa de los Arcos,
  • v San Ildefonso, la segunda, por don Miguel Venia.
  • v Mª del Monte Carmelo, por don Gabriel de Silva, obispo de Málaga.
  • v Purísima Concepción, duques del Infantado, y ya son tres.
  • v San Rafael, sufragada por la comunidad carmelita y,
  • v La de Portería.
Foto Teresa Palomino.

Los frailes se retiraban allí buscando aislamiento, sobre todo en Cuaresma. El silencio era absoluto “silencio perpetuo”, aunque ellos mantenían un lenguaje de señas y gestos .Eran requeridos al edificio central por toque de campana. Su comida era a base de hortalizas, frutas, pan, aceite y vino, y, todos los viernes del año, en memoria de la muerte de Cristo, solo comían pan y frutas.

Todo el conjunto estaba cercado con muros de piedra y sillarejo, “Clausura Papal”, no mayor que la altura de un hombre a lo largo de 4 Km…Otra segunda cerca, más baja y estrecha de cantería en la cual se encontraban ubicados los edificios propios conventuales. La única entrada al “recinto papal”, estaba situada en la parte baja, al sur,  por un camino jalonado de álamos, robles, encinas, etc. se llegaba a la segunda cerca, y de allí a la portería, accediéndose al monasterio por senda estrecha y muy empinada.

El núcleo principal del Desierto es su convento, situándose éste sobre una meseta inclinada hacia el río Tajo. El Claustro, es su eje central, sencillo y rudo, de un solo piso, abriéndose desde él todas las comunicaciones al resto del monasterio. En el costado Norte estaba la Sala Capitular, a continuación la Sacristía y desde ésta se pasaba a la Iglesia., de una única nave dividida en cinco tramos, y en el costado norte tres capillas, siendo la de los Contreras con su bóveda la más completa. Tenía espadaña, a pesar de no quedar nada de ella,  por grabados de Salcedo en1884.

En el costado meridional, las celdas de los frailes, muy humildes, de no más de ocho o nueve pies de lado; en ese mismo costado se encontraba la sala de reuniones y biblioteca. En el lado meridional y sur, el refectorio, cocina y las despensas. Todavía se pueden apreciar algunos bancales para el cultivo en la caída al río, avellanos, olivos, cerezos. etc.

Con la elevación de la presa, las aguas anegaron la huerta, el viñedo y el molino harinero, en dirección norte, algunas ermitas así como la senda primitiva y caminos cercanos al río.

 

Foto Pedro Muñoz

EL DESIERTO CARMELITANO DE BOLARQUE

 

En primer lugar, el Desierto es un espacio geográfico sobre todo apartado, solitario, con montes y fuertes riscos a su alrededor. La naturaleza salvaje del lugar será transformada y trabajada por el ermitaño, convirtiéndola en una zona amena. Es la simbiosis entre el hombre, el monje-ermitaño y el entorno natural, viviendo de los productos que éste le proporciona, construyendo el monasterio sin agredir el entorno natural.

Sus celdas, estrechas y pobres, están separadas unas de otras, y a su vez unidas por un claustro humilde y bajo, labrado muy toscamente, contando con un pequeño huerto atendido por el propio ermitaño, siendo el trabajo manual muy importante, evitando con él la ociosidad y aliviaba al religioso del cansancio de los ejercicios espirituales.

El Desierto se configura con un alta cerca, delimitando el espacio donde se encuentran diseminas las ermitas, a las que los ermitaños se retiran temporalmente, llamada “Clausura Papal”, en contraposición de las creencias populares que decían, y aún se escucha,, que eran celdas de castigo.  En el interior, una segunda cerca rodeando el espacio propiamente conventual (celdas), espacios comunes, Iglesia, Biblioteca, Refectorio, etc. A la entrada del Desierto se encuentra la hospedería y una capilla para los huéspedes. El tiempo de permanencia en el mismo, en sus comienzos, no es perpetua, oscilando entre uno y tres años. No se admitían jóvenes, ni enfermos físicos ni mentales, tampoco laicos, ni mujeres etc. Con las sucesivas modificaciones a la Regla se fueron suavizando.

Foto Pedro Muñoz

El tiempo de estancia en el Desierto se le conoce como “JORNADAS”, dividiéndose en tres:

Los dos primeros meses, el ermitaño se ocupa en el conocimiento de sí mismo, y en la aceptación y contrición de sus propios pecados. Moderar el trabajo manual, respeto y obediencia al prelado, prior del Desierto, así como al director espiritual que será escogido por él mismo.

Los meses siguientes debe reformarse en su interior, frenando y mortificando todas las pasiones, ejercitando la meditación y contemplación. Y finalmente es la unión con el Creador mediante jaculatorias “en vivos y encendidos deseos de unirse y transformarse en Dios”. Su horario comenzaba a las cinco de la mañana hasta las cinco de la tarde, entre misas, tercias, letanías, maitines, laúdes, trabajo, descanso y preparación de su comida. A todo este conjunto se le denominó Desierto Carmelitano, imitación a los antiguos ascetas y a Jesús en el tiempo que permaneció en el desierto. ¿Qué representaba para aquellos que podían permanecer entre uno y tres años, o bien qué buscaban?  Aceptación y conocimiento de sí mismos, contrición de sus pecados, frenar las pasiones mediante la meditación, y la unión con Dios. Pasado este tiempo regresaban a sus conventos mejorados, renovados y ricos en virtudes.

El Desierto se confiere como una ayuda para alcanzar la perfección monástica, la plenitud de su vocación. Es decir, es un estilo de vida buscado en la oración continua. Perpetuo silencio y clausura inviolable; en definitiva, lo que se pretendía o buscaba era salvaguardar unos valores definidos en la Regla del Carmen y que no siempre se pueden vivir en un monasterio normal. El Desierto, siguiendo la tradición eremita, mantiene viva la llamada al radicalismo evangélico; la renuncia a la patria, familia, riqueza; renuncia o ruptura de todo cuanto rodea al ser humano, rompiendo con el modelo de sociedad dominante o con el sistema establecido, buscando vivir en paz con uno mismo.

En ese paraje escondido y aislado, los monjes han dejado escrito hechos acaecidos y tomados como milagrosos, siendo muy probable que fueren producto de su excesiva espiritualidad y deseo de ver algo sobrenatural cuando en realidad pudiera ser “algo normal”.

Los alacranes, nunca picaron a ningún a fraile. Los incendios en verano, eran sofocados cuando se ponían a rezar.

Una vez que el pan no había llegado desde Sayatón, el Prior repartió los cinco panecillos y al terminar se dieron cuenta que se habían multiplicado; otro día el pater cocinero se dio cuenta que le faltaba aceite y al comprobar la tinaja, ésta se había llenado milagrosamente.

Los accidentes, como es natural, se sucedían y uno de ellos estando comiendo pescado fray Francisco de la Cruz, se le atravesó una espina en la garganta y ya moribundo, el Prior sacó la reliquia de la costilla de Santa Teresa poniéndosela en la garganta, y en aquél mismo instante desapareció.

La prohibición para las mujeres estaba vedada, pero se cuenta que una joven vivió largos años hasta que murió, y al enterrarla descubrieron que era una mujer.

Como las ermitas estaban diseminadas, existían sendas que conducían a ellas, y cuentan que para llevarles alimentos tenían un borriquillo, tan inteligente, que al llegar llamaba con sus patas, considerándose un milagro.

Una leyenda que aún perdura en Sayatón  es que cuando la desamortización, los frailes escondieron en un lugar secreto y recóndito; campanas, cálices, telas muy ricas, joyas, dinero etc.., esperanzados que algún día pudieran regresar, juramentándose que nunca revelarían el lugar. Mauricio Antón, fraile, e casó con una mujer natural de Sayatón teniendo gran descendencia y a pesar de sus necesidades, no consiguieron que revelara el sitio.

En la Guerra de Sucesión los franceses, enterados de dicha leyenda, intentaron infructuosamente llegar al lugar de su ubicación, pero bien por tormentas, nieblas y otros fenómenos, el Desierto no pudo ser localizado.

 

Foto Pedro Muñoz

DECADENCIA

 

La decadencia del Desierto Carmelitano de Bolarque se inició en 1835 por la desamortización de Mendizábal, por supresión de las órdenes monásticas y en febrero de 1836 con la exclaustración de los monjes, encontrándose en 1843, en un estado de ruina total siendo comprado por don Juan de Ortiz y Zárate, vecino de Madrid por 14.100 reales; en la actualidad es propiedad de los duques de Pastrana y conde de Mayalde.

La finca, conocida como La Pinada, es propiedad privada de los duques de Pastrana o sus descendientes. Llegar hasta ella, salvo en barca, es harto dificultoso; primero porque hay que pedir permiso y después llegar hasta el barranco del Rubial y continuar por el antiguo camino que usaban los frailes,  de no más de un metro de ancho, a media ladera de la sierra y teniendo bajo los pies el río…, resulta un poquito peligroso y más cuando en esa zona, los actuales propietarios, la emplean para criar jabalíes. Lo ideal es acceder en barca. 

Muchas de sus riquezas artísticas se trasladaron a Pastrana y  se pueden admirar en su colegiata: la talla del escultor barroco Salcillo de La Divina Pastora, o el óleo de Diricksen que representa a María Gasca,  retablos, reliquias, y otros objetos como escudos; desconozco dónde fueron a parar los cálices y las otras joyas. ¿A saber?

Quien escribe ha visitado en cuatro ocasiones, sobre todo la última aún a riesgo de caer al precipicio y a las aguas embalsadas del Tajo, por estar prácticamente perdida y tapada por la maleza la senda, que si bien la primera me causó una emoción indescriptible, las siguientes me fui afirmando.

Desde ese lugar los monjes escribieron que veían altos muros en la sierra de Enmedio; tenían razón, desde ese lugar se divisa, escondido entre pinos y maleza, el esqueleto y ermitas del otrora poderoso Desierto.

Sirvió como posada, refugio de gancheros, y en la película del “Río que nos Lleva”, basada en la novela homónima de José Luis Sampedro, se rodaron varias escenas en el mismo. Hoy es solo un montón de paredes ruinosas, pero si dejamos que nuestra imaginación vuele, nos transporta a un pasado esplendoroso, lleno de vida, magia, encanto…, aderezado por un paisaje agreste en el que afloran todos los sonidos naturales del entorno roto, a veces, por el motor de alguna embarcación. Si cerramos los ojos, a esta escribidora le ocurrió, percibimos el eco de la campana llamando a vísperas, el roce de los sayos con los matorrales, el olor inconfundible a leña y puchero, a tomillo, romero, almendros en flor…, voces, que como un susurro, se mezclan allí, en los muros rotos y olvidados.

 

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