PERO, ¿REALMENTE EXISTIÓ DULCINEA?, por Ricardo López Seseña. Académico de la Hispanidad

“En doce años que ha que la quiero más que a la lumbre destos ojos que ha de comer la tierra, no la he visto más que cuatro veces; y aún podrá ser que destas cuatro veces, no hubiese ella echado de ver, la una que la miraba”.

Hablar de la etérea Dulcinea para convertirla en ser real no deja de tener sus complicaciones, pero si ateniéndonos a la lógica pensamos que de la abundancia del corazón habla la lengua, nos parece tener mucha lógica pensar que los escritores, muchas veces, la mayoría, fijan a sus supuestos personajes identificándolos con otros reales, que generalmente nada tienen que ver con las aventuras que se les atribuyan en la obra. Ello nos lleva a deducir que, muy bien pudo la tal Dulcinea, ser un personaje de carne y hueso.

Sobre las 189 veces que, en el libro, Cervantes, menciona El Toboso, casi todas relacionándole con Dulcinea, nos puede hacer pensar en una obsesión casi enfermiza del autor y, como consecuencia, a no dudar de su existencia.

Comenzaremos afirmando que el propio don Quijote, al principio de la novela, expresa claramente las posibles dudas del origen del nombre con el epíteto de "mi dulce señora".

En El Toboso tuvo cuna y lugar una moza labradora, de muy buen parecer. Eran sus padres Lorenzo Córchuelo y Aldonza Nogales; la hija llamábase Aldonza, como la madre, y la gente para distinguirla de otras homónimas decía de ella Aldonza Lorenzo. Y así fue generalmente conocida, y así a pesar del recato y encerramiento con que la creyeron, la admiró y le quiso el amor del más famoso caballero que vieron los pasados siglos y verán los venideros.

  1. Blanco Belmonte, hace la siguiente descripción:

Dos retratos se conservan de Aldonza, bien que ninguno de ellos se ajuste a la verdad del original.

Un bellaco y avispado destripaterrones, que ganó la inmortalidad en improvisadas andanzas escuderiles, la pintó como moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, de mucho rejo, tonante voz, nada melindrosa, capaz de tirar una barra tan bien como el más forzudo zagal, aventajada de estatura, diligente y hacendosa.

El hidalgo Don Alonso Quijano, viéndola a través de su amor ideal, la describió como de hermosura sobrehumana, en la que se hacían verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas. Y así en Aldonza Lorenzo, sus cabellos eran oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve…

Dulcinea por Jose Alonso Loaiza

Aldonza no era ni como la trazó el escudero ni como la soñó el hidalgo.

Era una mocita garbosa y de buen talle, que vestía como las lugareñas de su clase y de su villa; con zagalejo corto, justillo apretado, blancas medias, recios zapatos y holgado mandil para el trajín diario, y de paño fino, con pañoleta de encaje y mantilla de terciopelo, en los días festeros. Carillena, pelinegra, boca de risa; en Aldonza había un atractivo: el de la dulzura inefable de los ojos, pardos, humildes, henchidos de melancolía. Aquellos ojos parecían vivir en perpetua espera de algo que tardaba en llegar, tal vez no llegase nunca, pero que era fielmente esperado.

Acaso por cumplirse con respecto a ella el refrán de que “los de a pie no llegan y los de a caballo se pasan,” la mocita permanecía soltera y, muy en camino de quedarse definitivamente para vestir vírgenes.

Dulcinea por Marielle Collins

 Los piropos de los patanes no le daban frío.

Hechas estas detalladas y controvertidas descripciones de la moza, hemos de decir que no hemos encontrado en los libros parroquiales ningún referente nominal en la época, ni siquiera parecido, y si afirmar por satisfacer la curiosidad, que a través de la historia de El Toboso solamente hemos encontrado una Dulcinea que, con tal nombre pasea por nuestra tierra en la actualidad.

Dicho esto, pasamos a ver lo que grandes eruditos han opinado sobre el asunto:

El maestro de los comentaristas de la obra cumbre escrita en lengua castellana, el erudito Rodríguez Marín, en una de sus notas marginales a la edición por él comentada, se inclina hacia la realidad de la existencia de dicha dama, aportando nombres que pudieran conducir a su demostración.

Ducinea  por Mingote
Dulcinea por Manuel Valdés

Señala el director de la Biblioteca Nacional, a un doctor Zarco como próximo deudo de Dulcinea, y el alcalde de El Toboso en 1925, ahondando su incansable buceo en arcones y alacenas, encuentra un árbol genealógico, con una señora soltera: doña Ana Martínez Zarco, hermana del doctor D. Esteban Martínez Zarco y Villaseñor, que falleció el año1600, y en sus tiempos de juventud estudió, y hasta se asegura fue rector, en la universidad de Bolonia.

Y hemos encontrado, respecto a dicho hermano un curiosísimo documento sobre el personaje que, por su interés, dado que avanza la importancia de su categoría, me parece oportuno dar a conocer y que dice así:

Un expediente de constitución de mayorazgo está encabezado por el testamento que el 26 de febrero del año 1599 otorgó ante el notario Miguel de la Parra, en el propio Toboso, el Dr. Esteban Martínez Zarco de Morales, en el que, naturalmente va enumerando los fines que deja para que constituyan el vínculo, y entre otros quedan los que a nosotros nos interesan, y figuran los siguientes:

Armas:

43 Item, digo que yo tengo tres espadas muy buenas, y en especial la Valenciana de maese Francisco, que fue discípulo del Moro de Zaragoza, y otra espada de las antiguas de Vil, y otra del perrillo, que es corta para de a caballo, y un alfanje Turquesco que me presentó el Duque de Nájera, siendo él VI Rey en Valencia, y yo corregidor en las villas de Requena y Utiel

Dulcinea por Charles Robert Leslie
Dulcinea por Joseph Feinsilver

Los padres de nuestra ilustre doña Ana (la probable Dulcinea), de D. Esteban, y de un D. Bartolomé, fueron:  D. Pedro Martínez Zarco y doña Carolina López, ramas del tronco con arranque familiar en el matrimonio de D. Antonio Martín y doña Catalina Panduro, apellido del que también nos habla Rodríguez Marín en sus atisbos.

En documentos, legalizados, se encuentra en la ejecutoria de nobleza del doctor Martínez Zarco, cuyas armas titulares aún se ostentan deterioradas por los estragos del tiempo en el frontis de la casona de El Toboso, que hoy se señala como el palacio de Dulcinea.

Allí, esculpidos en piedra berroqueña, se admiran los escudos de la familia de la dama del enamorado caballero, formados por los cuarteles de la casa Martínez Morales y Villaseñor y los del Colegio de los españoles en la ciudad de Bolonia, fundado por el cardenal Gil de Albornoz.

Dulcinea por Salvador Dalí

Las armas del Colegio las forman una banda inclinada que va de la parte superior derecha a la inferior izquierda; y la de los Martínez, un águila en el cuartel superior derecho, un lucero y un moral en el superior izquierdo, y en los dos cuarteles inferiores, tres bandas sobre las que campean una luna creciente y siete estrellas.

Por todo ello, Dulcinea significa el amor mismo, que tiene a veces estirpe divina y progenie casi vulgar, que culmina en las cimas del ensueño y se arrastra por y sobre la arcilla de los humanos. La superioridad de esta heroína literaria sobre todas las demás creadas por los mayores escritores, estriba precisamente en su carácter tan poco unilateral, dotado por el contrario de esa compleja oposición o paradoja latente que impera no sólo en el amor, sino en el conjunto de la vida misma.

Registrados los archivos parroquiales resulta, que el tal Flaminio no tuvo hermanas, pero sí hijas, y que el doctor don Esteban Zarco de Morales, padre de Flaminio, tuvo varias hermanas, y de posición, entre las que se cuentan, la que vulgarmente llamaban la Zarca, casada, y Ana, que murió soltera.

Según Clemencín, Dulcinea no fue otra que la referida doña Ana Martínez Zarco de Morales y Villaseñor, cuyos parientes y criados prepararon a Cervantes en el célebre callejón de Mejía, el remojón, desafío o apaleamiento, por lo que la habría ridiculizado en el "Quijote".

Otros dicen, sin embargo, que el lance se produjo por celos, ya que nuestro gran escritor rondaba incesantemente a doña Ana, de quien se había perdidamente enamorado, mientras que don Rodrigo Pacheco, también la pretendía.

Don Ramón Antequera en su libro titulado “Juicio Analítico del Quijote”, en 1863, escribe:

"Para el carácter ridículo y extravagante, y para disfrazar a quien aludía, la presenta Cervantes como Aldonza Lorenzo, pero yo creo, y el señor Turbio lo ha dicho antes, que el nombre de Dulcinea es un nombre compuesto por anagrama, Y para mi es formado por las palabras latinas Dulcis Ane, que pronunciadas Dulce, Dulcis Ana, Ane, y tomando la palabra Dulce y Ane, tenemos Dulceane. Y variando aún más. Es decir, anteponiendo Dulci y descomponiendo el Ane y colocando la a, en lugar de la e, tenemos Nea, que unido al Dulci, da formado el nombre de Dulcinea: Esto así visto, nos hace creer que la tradición es exacta, y Ana Zarco de Morales es en quien personificó Cervantes a Dulcinea.

A tenor de la información de los anagramas del siglo XVI, si el nombre de Dulcinea lo fuese, en todo caso no significaría, sino que la heroína se llamaba Doña Dulcinea y de ningún modo Ana.

No abundamos más por parecernos que carece de importancia seguir buscando teorías y, expuestas las más comunes al asunto, pasamos a concretar que como queda claro son dos las aspirantes a personificar con realidad al personaje, una la noble Dª Ana Zarco de familia noble descendiente de reyes y la otra Aldonza Lorenzo, una moza del pueblo a la que se atribuyen las realidades físicas propias de las mozas de la época. Así cada uno puede escoger a su gusto una u otra, e identificar a Dulcinea con la que más le plazca, a cada cual y en cada momento.

Es curioso que de alguna forma este asunto puede entrañar cierta rivalidad entre los “admiradores” del personaje ya que mientras unos se inclinan por la señora otros lo hacen descaradamente por la aldeana.

Terminemos diciendo que como sobre gustos no hay nada escrito, hasta aquí supo el genial escritor dejar dudas y controversias para disfrute de los posibles lectores de su obra, que en honor a la verdad hemos de afirmar con rotundidad, que son muchos más los que dicen haberla leído que los que realmente lo han hecho.

                                             

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