LA ESCRITURA CAUTIVA Y LA FASCINACIÓN DE SEFARAD, por José Luis Nájenson. Escritor y poeta

Siendo un autor argentino, israelí y judío, que escribe en español, mi lengua madre, esas  identidades -las dos primeras arraigadas en el espacio y la tercera en el tiempo, más otra a la que luego aludiré, plasmaron mi obra, y aquellos escritos fueron espejos sucesivos, breves atisbos cambiantes para contemplar el “maleficio” del que hablaba Borges, “…de cuantos ejercemos el oficio/ de cambiar en palabras nuestra vida”.

 

Renovar una vez más esa mirada es el propósito de este ensayo. Para los nacidos bajo la Cruz del Sur, en Hispanoamérica, la palabra “cautiva” tiene un aire de frontera, de malones desbocados y fortines en llamas, tolderías desechas y mujeres robadas, en una lucha heroica, a menudo desigual, sobre el poncho interminable de la pampa. Pero las sabinas indias en tierras de blancos, y las criollas en tierras de indios, tienen sobre todo la connotación de vivir entre dos mundos, un poco forzada, otro voluntariamente. Y esta última significación es la que quiero destacar. Se trata de una cautiva que no quiere ser liberada ni transformarse en “otra”, o volver a la otra banda del Desierto (como llamaban a la pampa árida los primeros argentinos), sino permanecer cautiva, reteniendo, de alguna manera, parte de ambos mundos.

Candelabro o Menorah

En tanto escritor y poeta que escribe en español en Israel, soy cautivo, en primera instancia, de la lengua castellana como lengua materna. Y no quiero dejar de serlo, aunque algunas veces me haya tentado “la lengua del Paraíso”, como llamaba Borges al hebreo. No sólo porque amo este murado idioma, en el cual un célebre emperador le hablaba a Dios, sino porque negarse a escribir en la lengua madre -salvo honrosas excepciones- en la que todo se ve y se oye o se adivina, equivale a una castración.

 

En segunda instancia, soy un cautivo de este país, que ha cumplido 69 años de existencia, de su pujante historia reciente y su larga historia pasada, quizá “la más larga de las largas historias” (en el sentido de Braudel). Y tampoco quiero dejar de serlo. La tercera identidad, la judía, está dada precisamente por esa “larga duración” de nuestro pueblo, la nación sempiterna, de la que un gran poeta dijo que, en su andar errante, tenía como patria un libro.

 

Casa de las Cadenas en Toledo

Pero tanto la identidad argentina, la de mi país natal, como la israelí, el país de mis mayores al que he venido voluntariamente, son identidades espaciales, configuradas por la vida y la cultura de ambos Estados. La identidad judía, en todas sus variantes, es fundamentalmente temporal. La esencia del Hombre es el tiempo, y la historia judía es un poco como la historia universal. Si la memoria es el lecho de la identidad y la historia el cauce del tiempo, la judeidad es una identidad que sobrevive en el tiempo. En este sentido, enhebra las identidades espaciales como un hilo conductor. Según esta idea, que debo a mi mujer, Noemí, historiadora y educadora, dedicada durante muchos años a los dilemas de la identidad judía, mi escritura cautiva, escriba sobre lo que escriba, ya desde la atalaya de Córdoba y Rosario o la de Jerusalén, fue, es y será siempre judía. En un mundo globalizado y de complejas relaciones migratorias, aquéllas y aun otras identidades pueden coexistir más o menos armónicamente en un escritor. Yo he regresado a mi tierra. Si el Imperio Romano no hubiera destruido el Segundo Templo y el Segundo Estado judío, tal vez hubiese nacido en Jerusalén. No sé si soy, o somos, un caso único en el tiempo y el espacio, ni si el concepto de escritura cautiva puede aplicarse a otros “retornados”, en otros siglos y / o regiones del planeta.

Manuscrito de Pentateuch
Judíos en el siglo XIV

En todo caso, una de las características de mi escritura cautiva es la nostalgia. Retomando el aserto borgiano citado más arriba, todo escritor se halla cautivo entre la vida y la palabra, y para librarse hay que romper el “maleficio”. La manera de hacerlo, en su infinita multiplicidad, es quizá lo que distingue una escritura de otra. Pero así como el recuerdo está ligado a la voluntad, la nostalgia es independiente de ella. Un recuerdo es algo finito,  concluido, fijo en el pasado; perdura lo que le permite el olvido; la nostalgia, en cambio es inconclusa, infinita, y surge del pasado inconsciente, no del conscientemente rememorado.  Para mí, la nostalgia es la Décima Musa. En mi caso, esa nostalgia es, ante todo, nostalgia de la lengua española, nuestra cautivadora, en su ropaje argentino. Conlleva, además, la añoranza de aquel país, su gente, su ternura sentimental, su tristeza. Para citar una vez más al Homero del Sur, “Yo vengo de un país triste”. Si el laberinto mexicano, como lo descubrió Octavio Paz, es el de la soledad, el laberinto argentino es el de la tristeza; nostalgia y tristeza, además, son hermanas siamesas.

Pero hay una cuarta identidad que incide en mi escritura cautiva, una identidad específicamente literaria, que podríamos denominar “la fascinación de Sefarad”, y que ya ha sido estudiada por Edna Aisenberg en varios escritores judíos argentinos, aunque fuesen de origen asquenazí y no sefardí. Yo soy un buen ejemplo de ello, ya que una considerable porción de mis escritos están dedicados a, o ambientados en, Sefarad, empezando por el libro “Pardés-Sefarad”, que obtuvo el Premio “Villa de Martorell de Poesía Castellana, 1995″, en Cataluña, y  siguiendo con uno más reciente,  “El suspiro del Moro”(publicado en Zaragoza, 2003). Este último,  combina cuentos con poesía y su poemario se titula precisamente “Periplo judeo-andaluz y otros periplos”, y el cuento que da nombre al volumen está inspirado en los pesares del último rey moro de Granada desde una perspectiva judía. Dos derivaciones de esta cautividad sefaradí fluye por los temas cervantinos y colombinos, en los que he asumido la postura, no meramente literaria, de esa quimera-certeza que insinúa el origen judío de ambos. Como cabía esperar, la fascinación por Sefarad se conecta con la fascinación por la Cábala, quizá debido a la fuerte influencia  de la mística judeo-española medieval en la Cábala en General. Pardés y Sefarad  tienen las mismas letras en hebreo, en una cadena circular: פרדס   ספרד

A continuación se incluye un poema que muestra los antedichos cautiverios y fascinaciones.

NI TAN BLANCA NI MORENA                                               

(De: José Luis Najenson: “Tríptico Cripto-Judeo-Valenciano, en ” Pardés-Sefarad”*, Premio Villa de Martorell de Poesía, 1995. SEUBA Ediciones, Barcelona, 1995)

    “A ti lengua santa

  a ti te adoro,

 más que toda plata

  más que todo oro…

 Si mi pueblo santo

 él fue captivado,

 con ti, mi querida

él fue consolado.”

                                (Rabí Moche Bejarano:”La Corona de la lengua Sefardita)  
* Pardés: jardín, huerto, en hebreo. “Entrar al Pardés” es un eufemismo para aludir al estudio profundo de la Cábala.

Ni tan blanca ni morena

que no cristiana ni mora,

desde el calvario a la iglesia

brilló tu piel de magnolia,

y de tu pelo, una mecha

saliéndose de la toca,

que ya refulge de cerca

como rubí de corona*

y de lejos reverbera

como la tarde en la Lonja.

 

* Insinúa que se entrevé el cabello rojo, común entre los descendientes de levitas.

 

Hay una estrella de fuego

bajo el hábito, piadosa;

el manto como la Virgen,

de Magdalena tu sombra,

y esos ojos azorados

que sin querer te traicionan.

¿De dónde viene tu altivo

perfil de Judit airosa,

y ese mirar al Oriente

cuando la plegaria añoras?

 

Mujer de voces secretas

y vieja estirpe orgullosa,

de cuando moros no había

ni cruces sobre las lomas.

¿Cómo no ver tu silueta

entre la guardia celosa

de tus hermana doncellas?

¿Cómo no ansiar esa boca

que está pidiendo una ofrenda

aunque la muerte te ronda?

Flor de Valencia cautiva

entre el amor que te acosa

y el martirio que te hostiga;

en la oculta sinagoga

pude soñar que eras mía

bajo el palio de la boda.

Entre el altar y la puerta

quedó flotando tu toca,

y a mi sueño perimido

se lo llevaron las olas.

                 

                  * * *

* Pardés: jardín, huerto, en hebreo. “Entrar al Pardés” es un eufemismo para aludir al estudio profundo de la Cábala.

 

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