LA PROCESIÓN CAMINO DEL CALVARIO, por Miguel Romero. Cronista Oficial de la ciudad de Cuenca

LA PROCESIÓN CAMINO DEL CALVARIO

…en palabras líricas de escritores de Cuenca

La Semana Santa de Cuenca, de interés turístico internacional, tiene en sí misma, una excepcionalidad que le define como original. Entre sus procesiones ordenadas y silenciosas, entre sus extraordinarios Pasos donde el imaginero más castellano definió el más selecto arte con su gubia, entre sus cordones de nazarenos con tulipa y horquilla -sentidos, honestos y devotos-, la Luz de Cuenca refleja el sentimiento más sobrio donde la Pasión más austera hace simbiosis con el patrimonio edificado de su ciudad colgada ante las Hoces.

Pero entre sus procesiones, está ese santo y seña que define la del Camino del Calvario, la que todos llaman familiarmente, la procesión de las Turbas o de las Seis de la mañana. En ella, los cuatro o cinco mil turbos hacen sonar su tambor y su clarín mientras el Nazareno de Marco Pérez, ese sufrido Jesús -acompañado del Cirineo– les escucha y les atiende sin mediar palabra alguna que rompa el mito de su credo. Es única como procesión porque es única Cuenca en su soliloquio. Todo es un crujir ante la Pasión de Cristo, un “reventar” el silencio de la noche y la luz de la mañana, un sentir lo más hondo de su fe en ese caminar del Cristo atenazado por el deseo de la salvación del mundo.

Jesús Nazareno.

Escribía nuestro Federico de Cuenca, en aquel lejano 1949, “quiero soñar los comienzos de la Semana Santa en Cuenca, la primera procesión. Y veo avanzar solo, acaso con una cruz desnuda, acaso con un pálido crucifijo de marfil, un menestral cualquiera del artesonado conquense, hace cuatro siglos.”

Son esos mismos que cumplirá aquella procesión Camino del Calvario ahora, en este año 2016, cuando todo discurre entre el recuerdo de la solemnidad y la devoción hecha misterio.

El mismo Federico hablaba en el año 1945 de “los recuerdos se arraciman indiferentes al rigor del tiempo de emisión. Pero no por ello silenciaré aquella Semana Santa primera tras la revolución, ni aquel impresionante desfile de Nuestro Padre Jesús Nazareno, obra maestra de La Roldana, venerado en el convento de Carmelitas de Sisante donde jamás Cuenca vivió momentos de más honda emoción“.

Y así lo hacía, elevando en poesía pura cuando cantaba al Jesús de la mañana:

 

Oh noche inacabable, de profundos rumores

desgarrada un instante de clarinazos lívidos.

Cuenca, como una hermosa cabeza degollada,

 flota sobre la plata fría de sus dos ríos….

 

Y sigue cantando el poeta, en 1951, haciendo su historia narrada con la personalidad del austero conquense frustrado por su dolor: “Dije hace años, interpretando lagunas y silencios, que las procesiones nacieron en Cuenca aquel día del siglo XVI en que un menestral, en el ambiente gremial de la época, salió a la calle con un Cristo entre las manos. Las gentes comenzaron a agruparse en torno suyo, sin saber por qué, como acorraladas por una fuerza invisible. Aquella fuerza, aquel cerco tenía ya un nombre y oscuramente lo presentían los más agudos; lo adivinaban desarrollándose, insignificante pero, perceptible, agazapado entre tanto y tanto esplendor.”

Y por último, en ese 1952, relata con pasión compungida y sentimiento nazareno aquella madrugada del Viernes Santo:

Procesión Camino del Calvario, Cuenca en la madrugada del viernes santo, con la tensión dramática de los días anteriores y que intentó resolver con el silencio o el largo gemido de su Miserere, cobra bruscamente una nueva dimensión. Cristo avanza hacia la cima del sacrificio. Pero hay algo infinitamente más preñado de sentido en esa original disonancia de la mañana del Viernes Santo cuando todavía reina la noche. Después, a medida que las luces crecen y va entrando la mañana, esa mañana del Viernes Santo que se detiene en el umbral del tiempo amedrentada, temerosa, no queriendo servir de escenario a la Gran Tragedia, el grito de los clarines y el batir ronco de los tambores se van diluyendo para dejar que de nuevo impere el silencio bajo el sol implacable del mediodía o en la paz augusta de la tarde. La procesión del Camino del Calvario acaba. Ha sido inmensa, perfil de Cuenca, gloriosa, señera y tal vez, no hay otra igual. Seguro.”

Otro poeta del tiempo, escritor, maestro de periodistas. Enrique Domínguez Millán cantaba y canta a nuestra Semana Santa desde el sentimiento eterno. Y entre su recrear literario, habla de ese Camino del Calvario como nadie, en aquel 1957,: “El viernes santo es el día grande de nuestra Semana de Pasión. Todo él es una continua procesión, pues que sus tres desfiles enlazan sin solución de continuidad. Se inicia con el alba, al sol que despunta, si cabe un poco antes de aparecer uno y otro. Procesión de los nazarenos madrugadores, de las turbas judaicas que despiertan a la ciudad con sus agudos clarinazos y sus broncos redobles; procesión la más típica y pintoresca, la del hermoso rostro del Jesús de El Salvador, la del rocío mañanero en los ojos de la Verónica, la del San Juan de los madereros, tan piropeado, tan íntimo por las mozuelas; la de la sobria Soledad de San Agustín.”

Acacia Uceta, en 1971, poetisa hecha leyenda, mujer pregonera como hecho especial, sencilla madrileña que aquí hiciera hogar: “Yo sé que los que vengáis a Cuenca por primera vez vais a estremeceros en el amanecer de este Viernes Santo cuando veáis a las Turbas “mofarse de Cristo” con sus tambores destemplados y sus horrísonos clarines. Sé que, cuando veáis venir a Jesús por las callejas de la Puerta de Valencia, tambaleante y sin fuerzas, recortándose sobre un cielo de nácar entre las primeras livideces del alba, acosado por el rencor de las Turbas y por la frustración de sus mensaje, se os llenarán los ojos de lágrimas y recibiréis una impresión tan honda, que hará de éste el amanecer más patético de vuestra vida. Pero qué decir de su Verónica, y su San Juan, llamado guapo, y sin tregua, de su Soledad, enhiesta en ese trono de dolor.

Yo supe que era abril porque un gemido rasgó el alma de Cuenca.”

San Juan Apostol. Foto: Jesús Cañas El Fotero

Y Pedro de Lorenzo, en 1975, aquel insigne narrador de la Cuenca castellana. Periodista que vio a Cuenca como su hogar predilecto y en ella vivió toda su larga madurez. Narraba como nadie en esa palabra entusiasmada: “Cuenca, toda urna de dolor. Cuenca toda en un silencio sólo roto por el miserere de esquina en esquina. Cuenca arriba, por esta piña de serranía, por esta piña de cristal, por esta acrópolis cristiana sobre la Hoz del Huécar…Entre todo, la Cuenca del viernes santo se rompe en su caminar, con silencio y estruendo profundo. Camina hacia el Calvario como una ciudad penitente que necesita saldar sus cuentas…

Me descubro ante Carlos de la Rica. Sacerdote poeta, hombre universal donde los haya, precursor de un tiempo, renacentista para siempre, generoso con la palabra, adornista del pincel más severo y luminoso. El que presidiera la RACAL después de inventarla con Domínguez Millán, el que hiciera de su camino, un sendero luminoso de poesía, nos decía en 1983: “Conmemora Cuenca, su hora. Ella, la ciudad, Cuenca, tiembla centinela de las noches anteriores, aterida y temerosa porque no sabe si esta es la razón de sus dinteles porque hay un Viernes de Dolores que impresiona. Cuenca es el prodigio de volúmenes y espacios, una locura quizás no muy premeditada, ordenada sin embargo por una línea levantada que se acerca a la vertical y a la vez la desprecia, ciega el horizonte y paradójicamente lo busca en la aventura de sus hijos. Son sus procesiones la mezcla de zigzagueos, de ordenamientos de disparatadas filas a veces, ordenadas y silenciosas, las muchas. Cuenca es luz y lo que acá se muestra es la luz, y no de astros o de sol, otra que levanta al hombre y la mujer más allá del vértigo y la angustia. Los redobles de los tambores suelen colgarse de este prodigio que es Cuenca nunca más allá que en su Semana Santa. Y no quiero hablar como todos de la misma sensación, pero la Cuenca del Viernes Santo es tan compungida como exultante, es tan oscura como luminosa, es tan idílica como real. En ella, todos sienten lo que hacen, por eso, vibra en el amanecer más tenebroso.”

La Dolorosa. Foto: Jesús Cañas, El Fotero.

  Y acabo con mi maestro Luis Calvo Cortijo. En 1888 hablaba y hablaba de su Semana Santa con toda majestuosidad. Iniciaba con sus versos:

 

Deteneos viajeros junto al río

 y subid y ascended como lo hace Cuenca

 a la cima más alta

  hasta Dios mismo.

El amanecer Santo de Cuenca es único. ¿Qué tiene este amanecer en esta tierra? clarines, alfilerazos prendiendo vidas que se van un poco más; caracolas del Huécar, anunciando la mañana y a cuyo encuentro va el “Jesús”. ¿Qué tiene? el pueblo delante, seguido y empujado por El, compartiendo el alba estremecida. El Nazareno de las Seis, pincelada suave entre dos luces, impartidor de silencios, rompenoches pálido debajo de la Cruz, camina sobre el espinazo de la ciudad, recostada entre las hoces, alagartada hasta los entresijos de la Serranía.

Volverán a gritar los clarines cuando descansa. ¡A la que se mueva¡ y los necios hablarán de escarnios y burlas cuando, en el amanecer más solemne de Cuenca, no hay más rocío que la lágrima del turbo en el instante que el “Jesús” elige para empujar a la noche desde su pórtico de El Salvador. Después entre la Verónica y San Juan Evangelista, el sentido del equilibrio; luego, la Soledad de San Agustín sale a recoger silencios por las calles. ¿Qué tiene esta procesión? ¿Qué tiene este Amanecer?

 

Ahora toca mi turno, el del nazareno penitente de una Cuenca moderna. Siento esta Semana Santa como ninguna porque es la mía; y la siento profundamente. Ahora, me toca hablar de un Camino, el del Calvario; de una procesión la del amanecer del Viernes Santo, de una imagen, el Jesús Nazareno del Salvador, que hace temblar las estrellas a su salida y se aprietan las sombras. Le miro y me impregna de fuerte contenido de sentimiento, mi Jesús, ese que llaman de las Seis, el de las Turbas, el Jesús del Viernes:

 

               Jesús de las Seis en noche oscura,

               entre ese madero atenazado,

               con ansias modelando tu ternura,

               sientes ese dolor tan maltratado.

 

 

Jesús Nazareno de las Seis, el de Las Turbas. Foto: Jesús Cañas, El Fotero.

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