MUJERES, HOMBRES Y ESPEJOS EN LA HISTORIA DEL ARTE por Johana Roldán. Pintora y escritora.

Son los espejos extraños objetos que se encuentran entre nosotros desde casi los comienzos de nuestra curiosidad. Tal vez la primera pregunta sorprendida sobre “quién soy yo” surgió con un individuo enfrentado a su imagen en la superficie del agua que iba a beber.

 

Tenemos noticia de los primeros espejos hacia el 1500-2000 a.C. en Susa (Irán), siendo de metal bruñido en sus comienzos. Las representaciones femeninas junto a un espejo para la historia del arte se encuentran ya en época egipcia en las de Hátor, tenida como diosa de la fertilidad y de la belleza, por lo que a menudo aparecía entre cosméticos, si bien era una belleza asociada a la idea de la bondad y no de la vanidad. Al tiempo, la diosa Isis toma algunas de sus características y también se encuentra asociada a este objeto en su mitología religiosa, cuando Isis se sirve de su espejo para localizar los pedazos de su esposo esparcidos por todo el mundo en un castigo del dios de la muerte, Seth.

 

Aseo de la reina Kawit con espejo en la mano. Museo Egipcio del Cairo.

La historia de los espejos es amplia, conociéndose los primeros de cristal como originarios de la ciudad de Sidón (Fenicia), según Plinio el Anciano. Pero más amplia aún es su repercusión simbólica, desde la mitología, antropología, magia, hasta la historia del arte y de la literatura, incidiendo con fuerza en el mundo del concepto de lo femenino en todos los casos. En esta lectura nos vamos a interesar no tanto por su historia como por el mensaje que estas manifestaciones en el arte o la literatura nos han dejado para la cultura y maneras de pensar habituales, puesto que el símbolo es una idea consciente o inconsciente que entendemos en una sola mirada y condiciona nuestro pensamiento.

 

El juego de la imagen reflexiva del espejo lleva a la idea de la identidad y a la de verdad. Lo que vemos es una imagen idéntica, pero también puede ser entendido como lo contrario, un engaño, aquello que parece que somos, el engaño al que somos llevados por los sentidos, siendo lo que vemos tan sólo una idea de lo que realmente somos. Así surgen ideas de mundos paralelos o incluso de tradiciones religiosas, como en ocasiones en la cultura Europea, la de tapar los espejos de la casa durante el velatorio para evitar que el alma del difunto se quede atrapada en ellos o bien vuelva del otro mundo.

Espejos de obsidiana
Espejo antiguo

Esta idea del engaño de lo que vemos y mundos desconocidos lo encontramos en “Alicia a través del espejo” cuando Lewis Carroll les hace decir a sus personajes:

“Ahora -dijo Carroll- fíjate en el espejo y dime en qué mano tiene la naranja la niña que ves en él. 

(…)

-Si yo estuviera al otro lado del espejo, ¿no es cierto que naranja seguiría estando en mi mano derecha?”  

La verdad y la mentira son tan solo un problema de reflexividad o de percepción frente a un espejo.

 

En cambio en la cultura oriental es considerado tradicionalmente el espejo de mano como un objeto de buena suerte conyugal y que podría garantizar la fidelidad. Aquí funciona como la mirada hacia la verdad, quien se refleja se ve y se enfrenta a sí mismo, su imagen interior y exterior. En cambio la imagen de geisha de Kitagawa Utamaro (periodo Edo, 1793) tan solo pretende mostrar la de una mujer dedicada a ser un hermoso objeto de belleza, el espejo que la enmarca no está asido por sus manos, la verdad no está en sus manos, es falseada por la cosmética utilizada. Esta actitud de la mujer frente a los espejos será la reflejada en distintas culturas y durante siglos por los pintores masculinos que las retratan, siempre enfrentadas ante el dilema y el poder de la belleza, atrapada con sus espejos.

 

Utamaro Kitagawa. Pintando los labios. Foto: Wikimedia Commons

El engaño del cosmético ha sido motivo de dudas a cerca de su legitimidad durante tiempo. En época clásica se utilizaba una única palabra para designar al “rostro”, a la “persona” o incluso para decir “personaje”, de modo que ese encubrimiento era entendido como algo sospechoso por los hombres respecto de las mujeres, que no se mostraban tal cual eran y podían ser “descubiertas” una vez quitado el engaño de sus rostros. Continuamos con serias dudas sobre este tema en Edad Media. En un momento en el que en todo el mundo cristiano se piensa que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, se acusaba a las mujeres que se pintaban de camuflar “el rostro de Dios”. Y así se sigue pensando durante siglos, como cuando en 1616 Thomas Tuke se pregunta como podían las damas “orar con un rostro que no les pertenecía”. La duda acerca del uso de los espejos y la imagen transformada en la vida cotidiana se convierte en una duda de transcendencia religiosa, sobre el interior. Nuestro exterior como reflejo del alma, si es cambiado, produce una máscara y un engaño. La verdad y la mentira, la realidad externa sensorial y la interna esencial, se mezclan con la separación de la luna de un espejo y su reflexividad. No en vano la palabra espejo viene de “especular” o la reflexividad física del espejo utiliza la misma palabra que la usada para la reflexión sobre conceptos. Reflexionar o especular es tener una imagen de algo que no tiene porqué ser la verdad.

Bernardo Strozzi. Mujer de oro ante el espejo.Web Gallery of Art . Wikimedia Commors

Una de las narraciones más intensas acerca de reflejos y espejos, no solo como objetos, sino como el reflejo de la identidad y de la vanidad, nos llega desde un hombre, el mito de Narciso, quién queda enamorado de sí mismo al mirarse en el agua como castigo de la diosa de la venganza Némesis, por el trato que éste da a la ninfa Eco. En este mito, el dualismo del espejo queda patente y todo se convierte en un juego de ideas que circulan en doble sentido; la del reflejo y el amor a uno mismo, tal vez en la idea de que el amor no es sino eso, la mejor imagen que tenemos de uno mismo reflejada en el otro. Pero sobre todo en la idea del amor a la propia imagen y el egoísmo, surgiendo así el concepto del narcisismo.

Otros importantes juegos de reflexión en doble dirección ocurren en este mito, entre las palabras de la ninfa Eco, condenada a repetir las últimas que oye pronunciadas, y Narciso, siendo su voz el equivalente sonoro de lo que sería el espejo, un eco. En la narración, Narciso le grita “¡Antes morir que abandonarme a ti!” y la pasiva Eco responde “Abandonarme a ti”.

John William Waterhouse. Eco y Narciso WahooArt.com

Narciso muere por intentar atrapar su adorada imagen. El buscar la belleza de uno mismo en el reflejo de un espejo es considerado un rasgo femenino. Los hombres, desde época clásica (y sabemos que a los griegos debemos casi todos los esquemas políticos, filosóficos, artísticos o patrones mentales de belleza que tenemos) eran los dueños de la palabra, la lucha y la acción, mientras que la mujer obtenía en los hijos, la belleza y su legitimidad referida en el espejo su fundamento principal. De modo que un hombre con sesgos femeninos como el de la autocontemplación que tiene Narciso, solo puede acabar muriendo.

 

“Espejito, espejito mágico, ¿quién es de todas la más hermosa?” dice la dramática madrastra de Blancanieves en la fantástica lectura de Jacob Grimm. La imagen de la mujer frente al espejo no solo es cotidiana y símbolo de su belleza, e incluso poder, sino de tiempo y muerte, la belleza es tan finita en el tiempo que su muerte y el vano intento de mantenerla es asociado de inmediato por los artistas y así representado, como vemos en este cuadro de Stephen Mackey, con su dulce y oscura narración visual, en la que la mujer es un delicado personaje híbrido a la que la muerte muestra su ser con un gran espejo enfrentado.

 

Así, la belleza y el espejo manifiestan igualmente la vulnerabilidad de la mujer, su debilidad cultural. Es como si al perderla, estuviera acabada y no pudiera esperar más de sí misma. La malvada bruja de Blancanieves merecía morir. En este sentido, podríamos enlazar con como hemos entendido y asociado belleza y bien como algo unido, así como la fealdad asociada a la maldad. Es por eso que este tema es tan extenso como lo es la cultura y el entendimiento sobre uno mismo y abarca tanto lo universal como lo personal, de modo que hay en este artículo puntos que debieran de ser tratados como libros (tenemos “Historia de la Belleza” e “Historia de la fealdad” de Umberto Eco, por ejemplo). La idea platónica de Belleza unida a la del Bien se ha inculcado profundamente en nuestra cultura y la asociamos desde la infancia sin ser explicada. Es espejo de nuestro pensamiento.

 

Francis Bacon. Retrato de George Dyer, Museo Nacional Thyssen Bornemisza. Madrid

Cuando los hombres son enfrentados a los espejos en la historia del arte, no suelen ser expuestos a la vulnerabilidad de su belleza (a excepción de Narciso), si no más bien a la de su interior psicológico. La reflexión del espejo es excusa para hablar de las “torturas del alma”, como ocurre en el “Retrato de Dyer” pintado por Bacon en 1968, en el que el individuo muestra su propia imagen distorsionada, la catástrofe del ser interior, pero buscando encontrarse.

 

Alfredo Castañeda. La dama del espejo.

O bien otro ejemplo como este curioso cuadro de Alfredo Castalleda, en el que el espejo sirve como objeto reflexivo para hacernos llegar la idea del  misterio del interior del personaje, aquello que nunca veremos y que ni siquiera él mismo es capaz de ver, vuelto hacia el espectador, nos llega la misma imagen sin más explicación que la de su rostro visto. La belleza habla por sí sola como idea, la ausencia de ella habla de la persona.

Es tan potente esta idea de belleza que en cierto modo anula a quien la posee pero la hace víctima de su necesidad. La mujer se ha convertido durante siglos en hermoso objeto digno de ser pintado y admirado y ella se ha sabido digna de ello. Hoy día, el espejo de la mujer tiene otra imagen reflejada y habrá que esperar unos siglos para ver que es lo que las artistas féminas deciden trasmitir de lo que les rodea o de sí mismas. Aunque sigamos mirándonos en los espejos.

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