PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, AUTOR ESPAÑOL DEL SIGLO DE ORO, POLIFACÉTICO Y LONGEVO, por Alfredo Pastor Ugena. Catedrático de Historia y Escritor

 “Aquí la necesidad

no es infamia; y si es honrado,

pobre y desnudo un soldado

tiene mejor cualidad

que el más galán y lucido;

porque aquí a lo que sospecho

no adorna el vestido el pecho

que el pecho adorna al vestido”.

 

(Fragmento de su obra Para vencer amor; querer vencerle, donde sintetiza lo que significaba para él la vida en los tercios castellanos)

El Siglo de Oro constituyó un período donde España era una colmena de actividad artística y literaria, en un contexto de decadencia política y económica. Las cosas que ocurrían dentro y fuera de nuestra geografía alimentaban considerablemente la imaginación de muchos artistas y les predisponía hacia el buen camino propio de la creatividad universal de las artes y las letras.

Anónimo. Pedro Calderón de la Barca. Museo Lázaro Galdiano. Madrid

 Este era el telón de fondo de nuestra nación, donde las letras nunca alcanzaron cotas tan deslumbrantes como en esta época. Los reyes y los nobles españoles ejercían de mecenas y tomando bajo su patrocinio un gran número de poetas, novelistas y pintores de la más alta calidad.

El mundo raramente ha visto tal galaxia de talento literario, con nombres como los de Miguel de Cervantes, Félix Lope de Vega, Francisco de Quevedo, Pedro Calderón de la Barca y Tirso de Molina. La figura excepcional de la época fue Lope de Vega. Pedro Calderón de la Barca,  dramaturgo,  filósofo y  teólogo, fue igualmente popular pero menos prolífico que Lope.

Algunas obras de Calderón.

 El siglo XVII fue la cuna y la sepultura que vio crecer y morir a Calderón de la Barca y Henao en un camino de vivencias marcado por la hegemonía y la decadencia más absoluta de España, especialmente en el exterior, sostenida normalmente por una situación interna dominada por la desigualdad múltiple y extrema, con una polarización de rentas, contribuciones e impuestos que definían un ambiente de corrupción sin paliativos.

Los retos que el XVII español planteó a los hombres de letras, recibieron distintas respuestas. Esa pluralidad de posturas destruye el tópico de que los escritores del Barroco fueron meros intelectuales orgánicos al servicio de la Monarquía.

            Prolífico y longevo, Calderón de la Barca escribió dramas y comedias, autos sacramentales e historias mitológicas. Su obra abarca, además de la poesía, todos los géneros teatrales practicados en la época: piezas cómicas, obras trágicas, de tipo filosófico (todas pertenecientes a lo que en la época se llamaban comedias) piezas de teatro religioso (los denominados autos sacramentales) y obras de teatro breve.

Comienzo de El Mágico prodigioso. Manuscrito autógrafo. BNE

       Triunfó en palacios y corrales, encarnando como nadie el espíritu polifacético del Barroco español. Ningún sentimiento ni escenario humano queda fuera de la exploración moral e intelectual de Calderón.

            Junto con Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) es el dramaturgo del Siglo de Oro español de mayor reputación internacional. Fue un gran erudito que supo representar el espíritu de la época que le tocó vivir, quien refleja “la vida como sueño” unida a la idea del mundo como teatro.

             La enorme popularidad del autor hizo que pronto su obra circulara en todos los territorios de la monarquía hispánica,  lo que le dio  el estatus de clásico internacional.

            Fue un gran paladín para reivindicar la literatura española frente a la extranjera. “Es el más sublime entre los poetas dramáticos de España y aún entre todos los del mundo, salvo los trágicos griegos y Shakespeare, que con él compiten” (Juan Valera- 1888).Supo encuadrar el fervor católico en la pluralidad de sus obras, así como la exaltación de lo trascendental y de lo característico de un gran momento histórico.

            Soldado en su juventud y sacerdote en la vejez, fue testigo de los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II. Conoció a Cervantes y Velázquez y fue contemporáneo de Góngora Quevedo y Gracián. Su etapa más fructífera se produce durante el reinado de Felipe IV y su nombre está unido a la inauguración del palacio del Buen Retiro de Madrid, en 1635, y a gran número de representaciones palaciegas que allí se representaron.

            A esta década de plenitud creativa, sucede la crisis. Los sucesos políticos de 1640 llevan en 1644 al cierre de los teatros públicos durante cinco años y aunque en 1649 se reabren, Calderón atravesará una crisis tanto espiritual como profesional. Se ordena sacerdote en 1651 y, desde 1653, ocupa la Capellanía de la Catedral de los Reyes Nuevos de Toledo, comenzando una nueva etapa creativa en su prolongado quehacer literario.  

Grabado de Pedro Calderón de la Barca por José de Buendia 1676. Biblioteca Nacional. Madrid

Para demostrar la fecundidad de nuestro inmortal poeta y dramaturgo, bastará indicar que escribió durante treinta y siete años, los Autos Sacramentales que se representaron en Madrid, Toledo, Sevilla y Granada, cuyo número se hace llegar a 100, y a 111 las comedias, según una lista elaborada por el mismo Calderón en julio de 1.680, y remitida al Duque de Vergara, que le pedía desde Valencia nota cabal de ellas y de sus autos. La primera comedia que compuso fue El carro del cielo a la edad de trece años, y la última Hado y Divisa, ya octogenario. Escribió, además multitud de loas, poemas, sainetes, romances, y otras obras que le dieron fama.

            Tres son las cualidades que resaltan en las obras de Calderón: la religión el honor y el respeto y consideración hacia la mujer, que Calderón consideraba como primera condición del buen caballero.

            El “caballero de Calderón” fue el defensor acérrimo de su mágica divisa: Dios, Rey y Dama. Los tres sentimientos básicos del más grande de los poetas cristianos que afloran en su obra: el del honor, el monárquico y el religioso, consecuencias de su triple personalidad de dramaturgo, soldado, y sacerdote.

El espíritu religioso y eminentemente católico que le animaba, se ve especialmente  en sus comedias La vida es sueño; La exaltación de la cruz; Los dos amantes del cielo, y, en general, en sus numerosos Autos Sacramentales.

            El sentimiento de honor se descubre en las comedias: A secreto agravio, secreta venganza; El mayor monstruo, los celos, y especialmente en El Alcalde de Zalamea, donde no un noble, que esto nada de extrañar sería, sino un oscuro villano, el alcalde de Zalamea, lo invoca con altivez y orgullo.

            Calderón, como señala Diez Borque, oculta celosamente su intimidad: “parco en hablar de sí mismo y de sus aventuras y dolores”, hasta el punto de que cierto período de su vida, a partir de su ordenación sacerdotal, podría calificarse, de acuerdo con las estimaciones que realiza Valbuena Prat, como “biografía del silencio”.

            Reunió en su persona las virtudes que estructuran su personalidad y la verdadera personificación de su siglo, el XVII: militar arrogante en su juventud, venerable eclesiástico más tarde y gran poeta siempre.

            Por lo que se deduce de la lectura de sus obras, se puede asegurar que fue valiente, honrado, discreto, enamorado, en extremo religioso, leal a toda prueba y, como los galanes, algo pendenciero. Español ante todo, tuvo que dar siempre a sus personajes la fisonomía de su patria.

El caer, no quita la gloria de haber subido.

 

Pedro Calderón de la Barca. Monumento en la plaza Santa Ana. Madrid

Calderón de la Barca trazó su propio retrato:”hombre de estatura regular, ni grueso ni delgado; la frente siempre con arrugas, y en la sien izquierda la cicatriz de una cuchillada… Cejijunto; ojos hundidos, pequeños, algo bizcos; bigotes largos y subidos hasta los ojos, color pálido y tirante a amarillento; nariz regular y recta; boca grande, pero con buena dentadura, manos grandes y vellosas, y pies algo deformes…” Este nada halagüeño autorretrato cabe suponer que lo trazó Calderón en su edad madura y cuando la vida no “le pinta a gusto”. Pero… ¿fue así? Algunos aspectos los podemos deducir de sus retratos, pintados “con solvencia”.

 

 

(De mi libro: La obra de Pedro Calderón de la Barca: la incidencia en Toledo y su provincia).

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