IV RUTA CERVANTINOQUIJOTESCA EN SU ANDAR DESDE BELMONTE A LAS PEDROÑERAS, por Luis Manuel Moll Juan

García Huetos, nos dice que El Quijote es la biblia de la literatura. En él se encuentra el  microcosmos y el  macrocosmos, la dualidad del hombre que se fundirá en uno. Y habla de “El Aleph”, aquella narración de Borges en la que Carlos Danieri camina por un túnel al fondo del cual parece atisbar un punto de luz. –Así es El Quijote, la ósmosis entre lo real y lo ideal, la fusión de todos los géneros. Así es también la vida de Cervantes que quiere moverse en un mundo ideal, de creación, como es el de la literatura pero se ve obligado a ejercer un oficio rastreo, el de cobrador de impuestos, para alcanzar finalmente la gloria pero morir arruinado.

Grabado antiguo de Belmonte

Dejamos ya hace un rato a Los Hinojosos y ya nos aventuramos en la ciudad de Belmonte. Al entrar por la puerta de su recinto amurallado llamada de los Peregrinos, se perciben en el ambiente y entre sus piedras, los pasos de los fantasmas de Doña Juana la Beltraneja, a la que, previo pacto del Marqués de Villena Don Juan Fernández Pacheco, este había prometido entregar a Isabel, la futura Reina Católica.

Mapa de Belmonte

Vista de la Iglesia, murallas, calles y Castillo de Belmonte

Antiguamente, este pueblo era conocido como Las Chozas; el infante Don Juan Manuel construyó en 1305 un castillo que después sería convento. Más tarde al pueblo le cambiaron el nombre por el de  Bello Monte. El Marqué fundó el palacio-castillo-fortaleza en el año 1470 y la coronó a esta Villa como capital de sus estados respondiendo a su propia leyenda que aún aparece en la entrada: “Una y sin par”.

Una coplilla que todos los belmonteños y belmonteñas conocen:

“El castillo de Belmonte

es de piedra y durará

Así dura la palabra

que mi corazón te da.

Belmonte tiene una importante Colegiata del siglo XV, construida sobre una anterior de origen visigodo. Destaca la sillería del coro, del siglo XV, tallada con historias bíblicas por Enrique Egas y procedente de la Catedral de Cuenca (de donde se trajeron en el siglo XVIII); es la primera sillería de coro tallada con imágenes de toda la Península Ibérica. Posee un órgano del siglo XVIII utilizado todavía para algunas celebraciones y conciertos de música sacra. En la pila bautismal, fue bautizado Fray Luis de León.

El imponente castillo, destaca sobre toda la ciudad, tiene salas que nada tienen que envidiar a las que podemos encontrar en la Alhambra de Granada. Cervantes, seguramente, a su paso por este lugar, tuvo que pararse a contemplar sus majestuosas murallas, y quizás se adentró en el interior de las mismas.

En Belmonte, algunos cervantistas, sitúan  la escena vivida por nuestro Caballero de la Triste Figura, que narra en el capítulo XVII de la Segunda Parte y que se intitula “ De donde se declaró el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito de Don Quijote con la felizmente acabada aventura de los leones”.

Dibujo del capítulo XVII en una edición inglesa (Londres) de 1705

De Belmonte nos llevamos el alma e sus murallas hasta encontrarnos con “otra joya”: la poco conocida Villaescusa de Haro. La Villa que tuvo una universidad “que nunca pudo ser”. El pueblo que más obispos ha dado a este país; “once” en total. Cervantes lo conoció amurallado, seguramente, otra vez, cruzó alguna puerta de ellas: Del Cerezo, del Haro, de las Pilas y del Cubillo, también conocida como “Arrimo de ruecas” porque a su vera se reunían las mujeres para “dar a la rueca” para confeccionar las prendas de lana que después llevarían todas ellas lozanas.

Don Diego Ramirez de Fuenleal, tuvo la brillantez idea de levantar en 1507 una capilla para el enterramiento de sus padres de estilo gótico isabelino con cerrajería cincelada en 1491. Su impresionante retablo cuenta con cinco huecos rematados por un baldaquino. Tiene unas tallas finísimas y es posible que en su construcción intervinieron los mejores artífices de la época: Simón de Colonia en la arquitectura, Felipe Vigarny en la escultura y Fray Francisco de Salamanca en la rejería.

Capilla de La Asunción en Villaescusa de Haro (Cuenca)

Y dejamos Villaescusa, como excusándonos  de la prisa que tenemos para dirigirnos hacia  la Castillo de Garcimuñoz pasando por viejos lugares en los que bien pudo haber sido manteado Sancho Panza. Los cervantistas dicen que pudo haber sido alguna  venta de situada entre estos parajes repletos de castillos como el de Haro.

Castillo de Haro

No cabe duda: Don Miguel de Cervantes, tuvo que recorrer todos estos lugares, caminos de llanura y consciente el autor de que el protagonista de su obra  “caballero de La Mancha” “era el más delicado entendimiento que había en La Mancha” (I, 19), que además era “conocido en toda la región manchega” (I,30), que “ habría de afrontar toda clase de hazañas para honra de Dios, provecho suyo y fama de La Mancha” (I,49) y que,  como “el caballero más valiente que ha producido La Mancha” (I,52) habría de ser “honor y gloria de toda La Mancha”.

 

Entre viñas y montes y el aprendiz de laguna conocido como Pozo Airon, el romancero se incorpora a los caminantes de la ruta quijotesca. Un romancero que seguramente Cervantes en su avidez de lectura, leyó:

A caça va el rey don Bueso

por los montes a correr”

 

Y otro romance creado a final del siglo XVI  de autor desconocido:

Doliente estaba don Bueso

De amores que no de fiebres;

Doloridas penas pasa

Por mirar ojos crueles…

Pozo Airon

Don Bueso, vecino de La Almarcha, era un idéntico a Barba Azul, después de enamorar y deshonrar a 24 mozas del pueblo y de sus alrededores, las arrojó a la profundidad del pozo antes mencionado, en las que él mismo fue sumergido al luchas y ser vencido por la última de las enamoradas mozas lugareñas.

Y ya estamos contemplando el castillo de Garcimuñoz. El poeta, caballero de la Orden de Santiago, Jorge Manrique, fue gravemente herido bajo sus murallas en una batalla sostenida contra las huestes del Marqués de Villena, defensor a ultranza de los derechos sucesorios de Doña Juana la Beltraneja.

Entre sus versos resuenan aquellos pregonantes de:

“Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar,

que es el morir

allí van los señoríos,

derechos a se acabar

y consumir.”

 

Jorge Manrique murió en la cercana villa de Santa María de Reus. Estos parajes, son tan quijotescos  que algunos cervantistas afirman que Cervantes pensó identificarlo con el “lugar de La Mancha”, patria de su personaje. Por estos parajes cruza la vía romana “Complutum” que procedente de Alcalá de Henares, llegaba hasta Cartagena.

Castillo de Garcimuñoz. Foto: Ayuntamiento de Garcimuñoz

Y nos vamos hacia Alberca del Záncara que conserva en sus calles la austeridad de los pueblos manchegos. En sus inmediaciones encontramos el paraje de Cerro de Motejón, no es espacio protegido, pero se tiene constancia de que fue una fortaleza árabe en la cual existía una fábrica de moneda y timbre. Además en el centro de su pueblo se encuentra un árbol con unos 500 años, “La Chopa”. Cervantes tuvo que estar cerca de él y posiblemente llegó a disfrutar de su sombra comiendo algo de ese manjar asociado con La Mancha, su Quijote y sus rutas: el “queso manchego”

La Chopa en Alberca del Záncara
Molino en Santa Maria del Campo de Rus

Y seguimos caminando por prados de La Mancha, apenas se nota el cambio del paisaje y vamos viendo los campos que fueron testigos y testimonios a la vez de toda la historia hasta llegar a la “patria” de esa planta sanadora tanto para el cuerpo como para el espíritu; planta poderosa y olfativa, de perdurable recuerdo para propios y extraños. Perfume para algunos y repelente para otros. Hablamos del ajo, “el ajo de las Pedroñeras”. Luis F. Leal nos dice sobre de los ajeros de las Pedroñeras: “Muchas son las horas, que en actitud maternal,  pasa el ajero de Las Pedroñeras, cualquiera que sea su edad o sexo, con su cuerpo arqueado hacia la tierra. Su columna ha tomado forma de hoz y al llegar al final del corte –que en ocasiones se hace interminable- levanta sus ojos y los lanza hacia el horizonte, mientras su espíritu sediento de tiempo y de trabajo bebe un trago largo de esperanza. Y así, jornada tras otra. Como distinguido sietemesino, el ajo necesita de grandes y delicados cuidados. Buenos abonos y mejores mimos le dedica el ajero de Las Pedroñeras: la siembra en fecha adecuada, mejo diciembre que enero, la escarda y finalmente la recolección, allá en el mes de julio, cuando el sol arde esplendoroso en la meseta manchega y se refleja en la espadaña de su torre, cuya iglesia es rayana al medioevo.”

Iglesia de Las Pedroñeras

En la universal novela de Cervantes siempre que se hace mención al ajo es para relacionar su olor con la villanía. A ajos le huele a don Quijote la tosca y fea aldeana del Toboso, a ancas sobre una burra, que el iluso caballero toma por Dulcinea:” 

“Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea, según tú dices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma” 

(Parte II, Cap. X)

“El ajo es lo primero que don Quijote proscribe a Sancho cuando parte a gobernar su ínsula, y las expresiones “harto de ajo” o “hijo del harto de ajos” son epítetos de villano que Cervantes pone en boca de sus personajes (don Quijote, la dueña Rodríguez o Sanchica) en varias ocasiones a lo largo de la novela”:

“… don villano, harto de ajos, amarraros he a un árbol, desnudo como vuestra madre”. 

(Parte II, Cap. XXXV)

“… bellaco, harto de ajos…” 

(Parte II, Cap. XXXI)

“Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cómo va sentada y tendida en el coche…” 

(Parte II, Cap. L)

“Sin embargo el ajo era en tiempos de don Quijote alimento de capital importancia, tanta al menos como la cebolla. El Diccionario de Autoridades” pondera del ajo que “tiene virtud aguda, caliente y vigorosa”, por cuya razón lo considera “socorro grande de la gente trabajadora”. ¡Y cuánta razón encierra el viejo diccionario! Untado en pan, rehogado con migas frito o cocido en las sopas, en gazpacho o en ajo blanco, en salsa al ajillo, mojillo o ajilimoje, en ajiaceite, o ali oli, nunca podía faltar el perfumado condimento y calorífico sustento en la mesa del villano. El refranero popular así lo refrenda: “Ajo crudo y vino puro pasan el puerto seguro”. “Vino puro y ajo crudo hacen andar al mozo agudo”.

 

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