OTRO POETA EN LA FERIA QUE DICEN “DEL LIBRO”, por Enrique Gracia Trinidad, Escritor polifacético

Esto de la Feria del Libro está muy bien. Sin duda está muy bien. Pero dejadme que despotrique un poco, que hoy me he levantado, como dirían los hermanos Álvarez Quintero, con “ganas de reñir”.

Vale que la llamen feria del libro, porque llamarla feria de los tenderos de libros estaría mal visto, pero eso es realmente lo que es: una feria de comerciantes en la que en vez de vender ganado, artesanía o comestibles se venden libros.

Dirán los editores y distribuidores que no son tenderos, pero en la feria ponen también su caseta, y una caseta no es más que una tienda ¿o es que los regalan?

 

Los autores firmando en las casetas hacemos bonito, no cabe duda, solo que casi todos somos prescindibles. La gran mayoría pasamos por la feria vendiendo una docena de ejemplares a amigos y conocidos, amén de algún aficionado que también caiga.

Es repugnante ver extraordinarios y desconocidos novelistas, ensayistas, poetas, dramaturgos, cuentistas, ilustradores, viendo circular a las multitudes que buscan con fruición al famoso televisivo de turno que ha escrito la última gilipollez de moda (o le ha encargado a un “negro” que se la escriba). He visto colas inmensas, para conseguir el libro y la firma de un chef famoso, de algunos mozos de esos que hacen el imbécil en los programas de vísceras (perdón, del corazón), o al periodista, político o tertuliano televisivo, sean ellos o ellas, que tanto da. Todos lo hemos visto en la Feria, y todos sabemos, o deberíamos saber, que eso no es literatura, no es comunicación escrita, es negocio, mercadería, dinero que se mueve.

 

Que sí, que es necesario que se mueva el dinero, que todo el mundo tiene derecho a escribir (aunque no sepa) y cualquiera a escoger la lectura que le dé la gana (aunque en el fondo no lea), claro que sí, pero eso que llamamos el libro y la lectura es otra cosa.

Admiro a todos aquellos que marchan por la feria buscando libros interesantes, acostumbrando a sus hijos a ver los libros, buscando ahorrarse un poco con los descuentos, visitando amigos por las casetas y tomándose luego un refresco. Igual que detesto a los que no pisan una librería en su vida y va a la feria a ver qué famosillo se encuentran para que les firme unas páginas que casi con seguridad no leerán en la vida.

 

En el fondo, hasta me detesto a mí mismo porque también este año me toca estar firmando un par de horas. ¡Cómo se lo voy a negar a los buenos amigos con los que me encontraré allí un rato! ¡Cómo le voy a negar a mi editora ese apoyo de difusión de un libro que ha tenido la gentileza de editarme! Bastante tiene la pobre con echarle el valor de publicar poesía… Ya sabéis, ese género que cuando lo ven algunos de los paseantes feriales, salen corriendo como si la poesía mordiese. ¡Y muerde, que conste! ¡Hacen bien en correr!

 

 

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