EL MURO por Javier Ubach. Escritor

Mi máxima aspiración consistía en terminar mi carrera de Ingeniería en la prestigiosa Universidad Humboldt, así que al finalizar la beca Erasmus decidí continuar en Berlín. La mala situación económica de mi país y una cuenta pendiente con mi abuelo, me animaron a tomar aquella decisión, aunque la separación de mi familia era un inconveniente. Pese a mi desconocimiento del alemán el idioma tampoco fue impedimento, ya que  gracias al inglés no tuve ningún problema a la hora de comunicarme. Parecía mentira, pero pese a tener un padre y un abuelo alemanes, apenas sabía unas pocas palabras en su lengua materna.

Aún recuerdo que nada más aterrizar en el aeropuerto de Tegel, la nieve me dio la bienvenida. El intenso frío y la escasez de luz me sumieron en la melancolía. Después me encaminé hacia mi nueva residencia de estudiantes, ubicada junto al bello bosque de Grunewald. Su lago y la tranquilidad de una zona residencial lejos del ruido de la gran ciudad, eran otros de sus atractivos. El primer día que tomé el tren en dirección a la universidad descubrí una placa ubicada al pie del andén. En ella, se aludía a los convoyes de la muerte abarrotados de judíos que se dirigían a su exterminio. Fue una dura toma de contacto con la historia de la que sería mi ciudad en los próximos años.

Panorámica de la Puerta de Brandenburger, Pariser Platz, Berlin, Germany.

Tras los primeros días de adaptación, comencé las clases de alemán para facilitar mi integración y poder buscar un empleo con el que dejar de depender del dinero familiar. Pasadas unas semanas, decidí emplear un par de días festivos de los que disponía en conocer a fondo la ciudad. Mi primera visita comenzó por Mitte, el atractivo centro de la capital. Tras hacer la primera parada en Alexander Platz, continué caminando desde allí en dirección a la célebre avenida Unter den Linden. De camino pude contemplar la torre de televisión, y junto a ella el Ayuntamiento Rojo. Más adelante, a orillas del Spree, la bella Catedral y el renacido Palacio Imperial eran testigos del discurrir del tiempo. Cercana a la catedral, el Altes Museum, que contenía el enigmático busto de Nefertiti, espectador impasible de los megalómanos desfiles nazis. Muy próxima, en la atractiva Isla de los Museos se ubicaba el Museo de Pérgamo, con piezas tan importantes como la Puerta de Astarté, la del mercado romano de Mileto y el altar de la ya citada ciudad griega.

Museo de Pérgamo: de izquierda a derecha, Artar de Pérgamo, Puerta de Ishtar y busto de Nefertiti

En otra de mis intensas sesiones turísticas caminé por la atractiva Unter den Linden hasta desembocar en la Puerta de Brandeburgo, el emblemático monumento sobre el que se alza la cuadriga robada por Napoleón. Como siempre, multitud de turistas y paseantes lo rodeaban mientras inmortalizaban el momento con sus teléfonos móviles. Después, tras ella y a las puertas del frondoso parque Tiergarten, otro icono de la historia germana: el Reichstag. Al frente del parlamento alemán, en sus verdes explanadas, decidí hacer un alto en el camino y tomar un ligero tentempié.  Mientras lo contemplaba, no podía quitarme de la cabeza aquella mítica imagen del soldado del Ejército Rojo, el cual coronaba con su bandera al coloso caído. No lejos de allí variados restos de la contienda atestiguaban la crudeza  y violencia de la guerra, pero yo, atraído por uno de ellos (el último reducto de Hitler), me dispuse a encontrarlo pese a seguir oculto en el subsuelo de Berlín. Caminando por Wilhemstrasse, la antaño sede de la Cancillería y de numerosos edificios gubernamentales del Tercer Reich, me adentré entre los antiguos apartamentos de la RDA, habitados ahora por inmigrantes turcos y rusos en su mayoría. Allí, junto a un aparcamiento y de manera casual, pude leer en un cartel informativo algo que me sorprendió: bajo el asfalto que pisaba yacían los restos del búnker de Hitler.

Barrio Mitte

Sin embargo, aún no había llegado a mi principal objetivo. Desde hacía muchos años deseaba contemplar aquella exacerbada representación de la ignominia: el muro de Berlín.   Construido en el año 1961, durante nada menos que veintiocho años (hasta 1989), dividió la ciudad en dos partes: la occidental (al principio subdividida a su vez en varios sectores por los aliados tras el final de la Segunda Guerra Mundial), y la oriental, dependiente de la Unión Soviética y que posteriormente pasó a formar parte de la antigua RDA.  Primero gracias a los permisos de tránsito se permitía cierto flujo de personas a ambos lados del muro, pero posteriormente se recrudeció hasta imposibilitar la libre circulación de personas. Ello tuvo como consecuencia la separación de familias enteras, amigos y enamorados. Después de ser construida una alambrada el sistema se perfeccionó dotándolo de un muro de hormigón de hasta cuatro metros de alto, una infraestructura para la iluminación, torres de vigilancia, perros y puestos de seguridad. La llamada franja de la muerte era una zona que abarcaba unos cuarenta metros, llegando a alcanzar los cien la totalidad de las instalaciones de cierre.        

Plaza Alexander

Tanto interés por contemplar el muro se debía a mi abuelo Franz, que había combatido bajo las órdenes del ejército alemán  en la Segunda Guerra Mundial.  Yo aún recordaba las historias que me contaba mi padre sobre él. Tras sobrevivir en la batalla de Montecassino y librarse de caer preso en algún campo de prisioneros, vagó durante meses entre las fantasmales ruinas del conflicto. Después de aquella traumática experiencia e intentando sobrevivir en un país sumido en el dolor, conoció a la que sería mi abuela. Con los años logró un empleo como ferroviario en Berlín. Mis abuelos y mi padre (que ya había nacido), vivían en la parte oriental de la ciudad. Aquel día de infausto recuerdo, durante la visita a un familiar, el cierre de la frontera sorprendió a mi abuela y a mi progenitor en el lado occidental. El sinsentido totalitario les prohibía regresar a su hogar, privándoles del derecho a decidir en libertad.

Museo de Artes

El gobierno de la RDA quería frenar como fuese la salida de refugiados del país (hasta la construcción del muro el 13 de Agosto de 1961, alrededor de 1,6 millones de personas). Franz intentaría en más de una ocasión cruzar la frontera sin éxito. La obtención de una autorización o un permiso especial en el documento de identificación, eran dos opciones para lograr escapar de aquel sistema dictatorial, pero ni estas ni un salvoconducto fueron posibles. Esta es su historia:

La noche anterior la había pasado en vela repasando los detalles de la fuga. Tras perder de un día para otro su empleo al suspenderse el servicio de S-bahn, sobrevivía con el escaso dinero ahorrado. Llevaba varias semanas sin poder calentar el apartamento y las temperaturas continuaban bajando. Habían transcurrido cinco meses desde la última vez que vio a su familia, y cada minuto que corrían las agujas del reloj, maldecía a aquel maldito muro que les impedía reunirse. Tras agotar otras posibilidades decidió planear su fuga de la RDA al lado occidental. Su plan de huída consistía en cruzar a nado las frías aguas del Havel, al sur de Nieder-Neuendorf.                                                                     El día elegido, nada más anochecer, se dispuso a cruzar el bosque que lindaba con la frontera. Tenía estudiados los horarios del cambio de guardia, y su intención consistía en intentar atravesar el río de madrugada. Este era el momento más propicio por la única presencia de luz proveniente de las torres de vigilancia,  así como por la posibilidad de que el sueño sorprendiese al vigilante. También había tenido en cuenta la luz de la luna y la dirección del viento para no favorecer ni su visibilidad ni la transmisión de algún posible ruido.        

Imágenes del Muro

 Una vez traspasó la foresta, Franz se introdujo en la oscuridad del  río y comenzó a nadar a braza de forma suave y pausada. La experiencia adquirida durante  la guerra le sirvió  de ayuda para mimetizarse con el entorno en su asalto a la libertad; sin embargo la fatalidad se cebó con él.              Era otoño, la época en que grandes bandadas de aves migratorias cruzaban Europa de norte a sur buscando un clima más benigno.  El guardia, somnoliento y alertado por el sonido del batir de alas, disparó sin pensárselo dos veces. Una bala en la oscuridad de la noche le alcanzó de manera mortal frustrando sus ilusiones.  Mientras Franz se hundía en la soledad del Havel, su sueño se fue desvaneciendo lentamente.

Terminé de recordar la historia de mi abuelo y contemplé el muro fijamente durante unos instantes. Pasados unos minutos, decidí que había llegado el momento de continuar visitando la ciudad. Por delante tenía todo un futuro prometedor.Según confirmaciones oficiales en el periodo de separación del muro, entre 1961 y 1989, murieron más de 125 personas intentando cruzarlo. Unas 475.000 consiguieron pasar al oeste. El 9 de noviembre de 1989 se produjo la apertura de este, demoliéndose casi por completo. Hoy en día, en pleno siglo veintiuno, aún se siguen levantando muros.

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